PATRICIA SUÁREZ

 

Patricia Suárez (Rosario, Argentina, 1969)

 

Ha publicado la novela Aparte del Principio de la Realidad (Editorial Municipal de Rosario, 1998), los libros de cuentos Rata Paseandera (Bajo la Luna Nueva, Rosario, 1998), La italiana (Ameghino Editora, Rosario, 2000), Completamente solo (EUDEBA, Buenos Aires, 2000) y La flor incandescente (SIAL, Madrid, 2002), el poemario Fluido Manchester (Siesta, Buenos Aires, 2000), el cuento para niños Historia de Pollito Belleza (Monte Avila, Caracas, 1999) y el ensayo La escritura literaria (Homo Sapiens, Rosario, 2002).

 

 

 

 

LA TARADA

(HABLA LA PRINCESA DE BORGOÑA)

 

MONÓLOGO

 

 

 

 

 

"En lugar de la palabra Polonia, ponga la palabra Argentina."

Witold Gombrowicz en una entrevista a Dominique de Roux.

 

 

 

 

Varsovia, 1936, un año después del estreno de “Yvonne, princesa de Borgoña” de Witold Gombrowicz.

Los personajes son:

-Yvonne

-Gombrowicz, escribiendo en una pequeña mesita de cafetín, a un costado del escenario.

 

Pequeña sala, con lujo decadente, en la que ha habido un banquete real. Muy desordenada y sucia, hay restos de comida tirados por el piso, un charco de vino. Yvonne está tirada en el suelo. Se incorpora con dificultad, se sienta. Está ahogada: se toma el cuello con las dos manos, carraspea, tose con fuerza, le vienen náuseas, y llora con desesperación. Así durante un buen rato. Hasta que logra que le pase el aire por la garganta, entonces inspira ruidosa y profundamente, y llora con tristeza.

 

Estuve por ahí, dando vueltas... YVONNE: Estuve por ahí, dando vueltas... viendo un poco el mundo como se dice. Siempre dentro del continente, no quise salir a aguas abiertas... Me entrevisté con unos señores, no vaya a creer, como quien dice, unos escritores. Ah, sí. Tuve algunas propuestas, ninguna de todas ellas va a hacerme millonaria, claro, pero... así, muda como estaba, Witold... No, no, no. Yo no me fui por traicionarlo a usted. Pero se imagina que no me sentí alegre de hacer de tarada. ¿Por qué? ¿Una tarada por qué? ¿Sabe que no logro explicarme por qué usted me hizo aparecer así delante del público? Mis tías no me querían, es cierto... pero yo no podría asegurar que no me quisieran porque había en mí un germen de taradez... ¿Era necesario que yo fuera así en su obra?  No me venga ahora con que yo no estaba madura para hablar... ¡Yo, que soñaba con ser una princesa como las de los cuentos de hadas! Casi no deseaba otra cosa que reinar. Una princesa como esa que se duerme o como la otra, la que se va al bosque con los enanos. Tenía hasta pensado aparecer con el cabello un poco desgreñado porque se me habría enredado en las ramas de los árboles, así... Su cuento... ese cuento que usted publicó, el del Rey Gnulo a quien todos le imitan en la Corte cada gesto que hace durante el banquete, a mí no me parece por completo original... Me recuerda extraordinariamente “El traje nuevo del Emperador”, ¿conoce de cuál le estoy hablando? El cuento para niños, en el cual dos ladrones timan al Emperador diciéndole que le han tejido un traje que sólo ven los puros, y en consecuencia el Emperador anda desnudo por las calles y nadie en la Corte, salvo un niño, al final, se anima a revelárselo... ¿Usted lo había leído ya? ¿Sí? ¿Lo robó entonces? No. ¿No es un plagio cuando un escritor hace esa clase de cosas? Ni se inspiró en él. Bueno, si usted lo dice, qué remedio que creerle. Yo, insisto que... No, está bien. (Pausa.) Con el pelo así iría. (Se peina, se arregla.) ¿Cómo me veo de princesa encantadora? No me mira, Witold. No le gusto, admítalo. Si yo le hubiera gustado aunque sea un poco, usted me habría hecho decir una pequeña frase, un bocadillo aunque fuera... No. No puede llamarle bocadillos a las tres o cuatro estupideces que digo en su obra. Eso casi ni siquiera es lenguaje humano. Pasa que usted me guardaba rabia desde antes de conocerme, se dejó llevar vaya a saber por cuáles habladurías y entonces... ¿Cómo alguien puede escribir a un personaje que no le gusta? ¿Por qué se ensañó conmigo? Mire que es difícil usted. ¿Y por qué el príncipe no me quiere en su obra? No, no. No, no me engañe. No me quiere, eso es evidente. ¿Adónde le enseñaron a escribir literatura a usted?  Aprendió solo. Y sí... así pasa. (Enérgica.) No, no se trata de que me meta en lo que no importa, no sea grosero conmigo, Witold. Hay academias que son muy buenas, hay cafés tertulias, universidades... Yo no le reprocho nada. Si a usted no le gustaban los estudios, no le gustaban los estudios y no se habla más del asunto. Es que, ¿adónde se ha visto un príncipe que torture a su prometida para saber si ella siente? ¿Por qué el príncipe se la pasa torturándome en su obra? Primero se enamora de mí locamente y después me tortura. ¿No es un poco injusto? ¿Qué? ¿Por qué dice que yo nunca estuve enamorada? ¿Y usted qué sabe? Si nunca me presta atención... Es que yo no trato a mis enamorados como insectos de coleccionistas. No. Suelo portarme de forma amable, ¿comprende? No, no me va a convencer. Eso es degenerado. No. Es mentira: eso no pasa en “La bella y la bestia”. ¡No! Yo recuerdo muy bien ese cuento. No, no otra vez, Witold. Greta Garbo no era muda. El cine lo era. Y además ella era bella, ¿o me va a decir que no se dio cuenta que yo bizqueo? De un cachetazo que me dio la institutriz. La bestia es usted, se lo digo con lo que me queda de respeto. A propósito, ¿ganó algún zloty con su obra? ¿Sí? Debió aprender de Witkiewicz, él, que es tan... experimental. No se ponga así. No se lo nombro. A Tadeusz Kantor tampoco. No, no se crea. Yo a veces voy por ahí, leo los afiches, leo los anuncios de los diarios... A lo mejor podríamos revertir la situación, ¿no le parece? Digo “podríamos” porque a lo mejor entre usted y yo... Yo tengo algunas ideas para que haga una pieza en la que yo hablo. No muchas ideas, no, porque me asustan las ideas, algunas nada más, las suficientes. Una segunda parte de su obra: “Habla la Princesa de Borgoña” por Witold Gombrowicz. ¿No? “Las revelaciones de la Princesa de Borgoña”. ¿Tampoco? ¿”La tarada”? No... Witold, usted... me desalienta. (Larga pausa.) ¿Iba la gente a ver su obra? Ah, qué lindo es ir al teatro, los corredores, las flores, los actores que salen de incógnito por las puertas traseras, los mendigos que los descubren y les hacen zancadillas, en fin. ¿Y qué comentaba la gente? Y sí. ¿Qué esperaba? Es que Lo que mata es la esperanza usted es muy obcecado, Witold. ¿Cómo se van a divertir viendo los sufrimientos de una tarada? Ah, no. Usted no quería que se divirtieran, no. ¿Y qué quería? Ay, no. Witold, Witold. ¿De dónde sacó eso? La gente no quiere eso. ¿Ve? Es como yo lo digo a cada rato: lo que mata es la esperanza. Uno espera una cosa o espera otra... y así se pasan los días y todo sigue más o menos igual de malo. Usted esperaba una cosa que no se dio y el público se rió, y sí. Yo para pensar leo filosofía. Exactamente. ¿Usted también Schopenhauer? Antes me entretenía con Nietzsche, pero ¿sabe qué pienso? O bien Nietzsche no tenía ni idea de lo que decía o bien se lo llevó a la tumba. ¿Ve? Yo tengo opiniones propias también. Es que usted no me conoce. Es injusto. Usted me quiere ver muda, suplicando por señas, arrastrándome, usted quiere que yo esté más desolada que la vista de la nieve sobre la cosecha... ¿Sabe cuál es su problema? Usted no deja hablar a sus personajes. (Enérgica.) ¿Y qué sabe que tenía yo para decir? Si no me prestó atención... ¿Qué musas? No, a mí no me oyó. Ah, no me venga con eso ahora; las musas son harina de otro costal. Yo estaba por ahí, bailando, por decir así... podría haber ido de Jaroslav, pero fui con usted... Uno no elige adonde nace. ¿Sabe a quién me refiero cuando digo Jaroslav, supongo? Ah, no sabe; se hace el distraído. Iwaskiewicz. Tuvo un éxito mayúsculo hace cuatro años cuando salieron “Las señoritas de Wilko”. Un verdadero hombre de letras, mejorando lo presente, como se dice. Yo derramé lágrimas auténticas durante la lectura del A veces tengo sueños, sueños premonitorios libro. Algún día harán una obra de teatro con esa novela, o una película, ¿quién sabe? (Pausa.) ¿Ve? Yo hubiera podido ser una señorita de Wilko, pero al final me quedé con usted para Princesa de Borgoña. Es obvio, muy obvio, que yo esperaba que usted me dejara decir alguna cosa, un bocadillo, no sé, una profecía... No le voy a decir que soy la Sibila de Cumas, pero a veces tengo sueños, sueños premonitorios, quiero decir. Una vez soñé que Valdemar, el marido de mi tía, pescaba un arenque en el Vístula. Y lo pescó a la mañana siguiente, apenas despuntaba el día. Yo creo que aún no me había desenredado del sueño cuando él ya estaba quitando el anzuelo al pez... Es cierto que estábamos veraneando allí, un lago bordeado de abedules, pero en cuatro días él no había pescado nada, ni siquiera un zapato, y no era de esperar que a esa altura... No me cree. No me cree, no le importo, no me oye. (Altiva.) Algunas cosas, claro. Algunas cosas. Pero esa es otra obra. Si usted quisiera... ¿Quiere que me postre a sus pies? Lo hago, no, no es de temer que me ensucie el vestido; al fin y al cabo usted me hizo pasármela hora y media en el piso. Me postro: ahí tiene. (Se postra.) Se lo pido como a un padrecito, como a un padrecito, Witold. No, no. No empecemos. Devuélvame la voz. Déjeme hablar. Hablar, sí. ¡No! ¿Por qué se va a aburrir? ¿Por...? (Pausa.) ¡No soy una tarada! 

 

(Larga pausa; Yvonne se repone. Transición.)

 

Usted sueña con el mar. Un viaje por mar. Yo le veo en mis visiones, Witold, usted no puede engañarme. ¿Qué botella? Ah, no sé, estaba ahí, yo no toqué el vodka. No, no. Yo las visiones las tengo estando sobria. Cuando bebo un poco de más, enseguida comienzo a hablar en francés. Claro que no es un francés que se entienda tan sencillamente. No me refiero a que sea un argot. Se me pega laNo todo es lenguaje de los gestos en el teatro lengua al paladar. Sí, sí. ¿A usted no le pasa?  No bebe. No es bueno con el mal pulmonar. ¡Es tan elegante sufrir de los pulmones! Yo a veces tengo una tosecita (Tose.) ¿Oye? Una cosa de nada. Y sin embargo... Todo este año estuve dando vueltas, siempre en el Continente, aunque me dijeron que en Inglaterra hay bastante trabajo para personajes de todo tipo, pero yo, yo soy continental. Usted es cosmopolita. Lo sé. Si le dije que sé que usted sueña con el mar. Con irse en un viaje por mar. Si se quiere hacer el desentendido, hágase el desentendido, a mí qué me importa. Pero soñar usted sueña con viajar a América quizás. Dije soñar, no anhelar. Me extraña de un escritor esta clase de confusiones. Claro que en su viaje, a usted puede pasarle como a... ¿Cómo se llamaba? ¿Cómo es que se llamaba? ¿Karl Rossmann? El joven que los padres mandan a América porque en la casa embarazó a una muchacha... a la criada; y ya en el barco, este joven, que por lo que uno infiere tenía un poco trastornada la chaveta, decide hacerse fogonero. Fogonero, ¿qué le parece? No le parece nada. En fin. ¿Sabe que en este mismo instante acaba de olvidárseme si Karl Rossmann es un personaje o una persona? (Pausa.) Entre las propuestas que recibí hubo una en la que tenía que hacer de tuberculosa, tuberculosa que hizo la mala vida, una perdida, una mujer caída: el clásico. La tos me salía bien, no crea, el problema fue que tenía que decir algunas palabritas... Una frase, un parlamento. No todo es lenguaje de los gestos en el teatro... De manera que me enviaron aquí de vuelta, me dijeron: “Dígale a Gombrowicz que le devuelva su voz”. Usted comprende. Si no a mí no se me hubiera ocurrido molestarlo. No, no. No fue la Zapolska la que me ofreció el papel. ¡Ay, Witold! Ni que la odiara usted. Ni Stanislas Witkiewickz. A él sí lo odia. No, no lo odia. Lo odia un poco. ¿En qué quedamos? Si quiere que yo le diga lo que veo en el futuro de usted, se lo digo. No, no tengo pudor respecto a eso. Antes se lo decía a todo el mundo, pero después la gente se enojaba, me pegaba, me tiraba del pelo, me daba patadas, me corrían con un cuchillo, hasta con un alfanje una vez... Por eso todos prefieren que me calle a escuchar las cosas como son. Ah, ah. No le había entendido. En el futuro de Stanislas. Muy bien. Déjeme un momento que... (Larga pausa.) Ah. Ya está: Tadeusz Kantor le montará todas las obras. ¿Qué? ¿Se va? ¡No! Discúlpeme. (Suplicante, se arrastra.) Perdóneme, padrecito, perdóneme. Está en el futuro, yo... Perdón, perdón, por favor. Píseme. Píseme, así, con la bota en la cabeza. ¿No? Bueno, en el cuello. Pégueme. Más fuerte. Más fuerte. Eso me dolió apenas. Más. (Cae deshecha.) Ahora está mejor. La fama será de Kantor; no de Witkiewicz. A él solo en Polonia, a Tadeusz Kantor en todo el mundo. ¿Quiere que siga o quiere que me calle? (Pausa.) Ahora se va. Qué inconstante que es, Witold. ¿Qué daño le hice yo? (Trance; casi gritando.) Pero usted se pasará veinticinco años fuera de su patria, ¡veinticinco! y cuando regrese nada será a como era antes, nada, ¿comprende? (Paz.) ¿Qué griego? ¿Qué Troya? Yo no leo libros sobre griegos. Lo ví andando en una ciudad apagada. ¿De las llamas? No, no me refería a eso. Aburrido, desasosegado... cometiendo delitos... ¿Revolucionario usted, Witold? ¿Me quiere hacer reír? Ah, como un revolucionario de la letra. Sí, no, no sé. Me refería a (Concentrada.) una estación de trenes vacía, un... ¿baño público?... un, unos, en repetidas oportunidades, muchachos de cabello negro... negro, renegrido... No, gitanos, no. (Exasperada.) ¿Quiere que siga o quiere que me calle? Entonces no me interrumpa. (Concentrada otra vez.) Ay, ahora... No escribe. No sé por qué. Hay nostalgia, hay cartas que cruzan el oceáno... dulces cartas en polaco. Hay un escritor ciego, una flor del país. ¿Qué Homero? ¿Qué Tiresias? ¿Quién? ¿Quién es Homero? No, no. Ya le dije que no leo libros griegos. Usted y el escritor ciego no se gustan... no, en ningún sentido. No, en ese sentido están los muchachos del... ferrocarril. Lee en francés usted. En ese país usted lee en francés, pero no es Francia, no. ¿Una colonia? ¿Las Antillas? ...No sé. ¿Llora? ¡No, Witold! Oh. ¿Por qué habré hablado? Witold, Witold. Oh. La fama, la fama. La fama es nada más que una una palabra, Witold, no se atormente. Sí. Sí. Usted la... sí, en vida. La disfrutará, sí. No, no muy tarde. A la vuelta sobre todo. Cuando vuelva a Polonia. ¿Cuándo será eso? (Concentración.) No sé... Dentro de... dentro de... ¿treinta años? ¿Ha visto? Lo que mata es la esperanza, ya lo decía yo. Lo lamento, no. Eso no se lo puedo decir. No, no. Todos dicen que no les importará saber la fecha y después resulta que no pueden vivir sabiéndolo. No. Levántese. No, levántese. No quiero. Se morirá cuando le llegue la hora. No soporto que nadie me suplique. No, es humillante; se lo ruego por favor, levántese, Witold. No es bueno que siempre nos estemos arrastrando.

 

(Larga pausa. Transición.)

 

En los viajes por mar el enemigo peor es el mareo y los vómitos; las descomposturas malogran mucho la salud. Por otra parte, si llega a buen puerto, América es una tierra de oportunidades. Un gran error, es cierto, ¿quién fue que lo dijo? ¿Fue un psicoanalista vienés el que dijo que los Estados Unidos era un gran error? No lo dudo. ¿El inglés? No, no es muy difícil el idioma inglés. Yo podría hablarlo perfectamente si usted me diera alguna cosa para decir... ¿Cómo que no? ¿Y por qué no? ¡Pero qué terquedad! ¿No sabe acaso que la desgracia del polaco es que no puede hablar con otra persona que no sea polaca? ¿Qué? ¿Tampoco escribiría en francés? Capricho, puro capricho, Witold. Sí. Sí. Joseph Conrad. Teodor Josef Konrad Korzeniowski, de la Ucrania polaca, ¿le gusta así? No, no. No todo el mundo puede ser aristócrata, qué idea. Marinero era. Y sin embargo ya ve, escribió todas sus novelas en inglés. ¿Cuál leyó? No, esa no me gustó. ¿Cuál? Ah, sí. Sí. Creo que es ahí donde dice que la vida es fácil en Oriente para los blancos, pero lo difícil es continuar siendo blanco. Para usted es lo mismo. No irá a tomar familia en América y mezclarse con los nativos. ¿Qué? No, no es La niebla londinense me daría melancolía que yo considere que sus inclinaciones son... Es que lo veo solo en su futuro. Usted y unos muslos ajenos; usted pellizcándolos. Qué coincidencia. ¿Cuándo soñó con eso? El mes pasado... (Haciendo memoria.) ¿dónde estaba yo el mes pasado? ¿Niza, París...? ¿Sabe que no...? ¿Estaba con Heinrich Mann...? (Larga pausa.) Después de todo, por lo que veo, en el futuro será moda irse a América. Exactamente. Como un Sindicato de Artistas: los hermanos Mann, Stephan Zweig, Bertolt Brecht, los hermanos Singer... Ah, sí. Un lugar muy particular, bonito, tropical adonde fue Zweig. Cuestión de gustos. ¿Qué dice? ¿California? No, no creo que sea California. No, ni Nueva York. No. Ni Chicago, ni Boston. Le digo más: no me parece que sea una ciudad de los Estados Unidos. De ninguna clase, no, Witold. Ni un pueblito miserable. No. Sino más bien... (Busca.) Un país como una pequeña ciudad de provincias. El país entero, sí. ¿Amigable? Bueno, yo no usaría la palabra amigable. ¿Qué libertades? Ah, sí. Si quiere llamar libertad a la indiferencia por su bienestar..., un país libre, claro. ¿Quién dijo eso? ¿Quién? No sé quién es H.G. Wells. Yo soy continental; nunca fui a Inglaterra. La niebla londinense me daría melancolía. No, me parece maliciosa una afirmación así. Ah, ¿ve? Con qué facilidad se va por la vida diciendo que el polaco aquel habla el inglés con gran torpeza pero lo escribe magistralmente. Irían al mismo Rotary Club; a lo mejor nuestro Teo Korzeniowski le ganó alguna partida al whist y el Wells le agarró inquina; ha visto usted cómo jugamos los polacos a los naipes... (Pausa.) No, yo no digo la buenaventura. ¿Qué tiradora de cartas? ¿De dónde saca esas cosas, Witold? Me asombra. Yo estoy en su cabeza. Usted me hizo, y luego me dio la, digamos, libertad para que otros me anden toqueteando. Su pasado y su futuro está contenido en su cabeza. Yo leo. Yo lo leo a usted, usted escribe, otros lo leen y me leen... (Enérgica.) Qué cargoso. Usted me devuelve la voz; yo le digo cómo se llama el país al que va ir a parar. La ciudad también. Los nombres de sus amantes..., ¿eso no es mucho pedir? Ah, vamos. ¡Si después usted se olvida de los nombres a los quince minutos! Ah, ah, ah; la línea de sombra. Por supuesto, lo leí. Incluso, le digo más: los hijos del Boris a quien está dedicado el libro, son lectores suyos también. Ahora de pronto le tomó cariño. Le tenía cariño desde antes... No, sí, le creo; si usted lo dice... ¿Cómo era? ¿Usted la recuerda? “Sí; caminamos; y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar detrás de nosotros la región de nuestra primera juventud”. ¿A usted no le parece bueno? No. Le parece que al cruzar la línea de sombra se es peor persona... No sé; lo pienso. ¿En qué? ¿Cómo se llama? ¿Ferdydurke? ¿Eso escribe ahora? Como una línea de sombra al revés. No es malo, no... No sé; no lo he pensado: yo lo que quiero es usted no me haga seguir haciendo de tarada, no sé si quiero ser inmadura o madurar o... ¿Voy a aparecer en Ferdydurke? ¡Mire que le gusta fastidiarme! Es todo muy complicado, Witold. Sí, ingenua sí, ¿pero es necesario que siempre sea tarada? ¿No le parece una exageración? Usted cree que porque en el libro el Capitán-niño llegó al puerto, ya cruzó la línea de sombra y se vino un adulto. No, no sé. Ahora me dice que Conrad le gusta. No, no le gusta. Le gusta un poco. Sí. No. ¿En qué quedamos? ¿Así que sacó mi nombre de ¿Ivy en inglés es hiedra? un personaje de...? No. Nunca me lo habría imaginado. ¿Cuál? ¿Ivy? ¿Qué Ivy? Ah, ah. “La soga al cuello”. No, no lo leí. ¿Hiedra? ¿Ivy en inglés es hiedra? Oiga, yo no quiero estar apretada a la taradez. (Se corrige.) ¡Inmadurez!, como usted dice ahora. No. (Pausa, carraspea.) Usted escribirá una novela sobre el mar, también. Lo veo en su futuro, en... diez años tal vez, o más... Un “conradiano”, a su propia manera. Claro, claro. Todos somos iguales a fin de cuentas, Witold. (Yvonne va enfureciéndose.) Argumentamos: si vive en Inglaterra y no en Polonia es un ciudadano inglés, no un polaco; o: si escribe en inglés y no en polaco, es inglés, no polaco; o: si está en el exilio y no quiere volver, entonces no es exilio, es emigración; o: si sólo nació en Polonia pero pasó mucha equis cantidad de tiempo en el extranjero no es polaco, ¡es un maldito jodido! ¡Chopin escribió “La Polonesa” pero vivía en Francia! ¿Chopin era francés o polaco? Ahora, ¿puede decirme usted qué cosa es un polaco, por amor de Dios? ¿Qué? ¿Es un caracol que debe llevar la casa a cuestas? ¿Qué es? ¿Qué significa? (Se calma.) Perdone. Me sulfuro. (Cae.) Ahora estoy agotada. Agotada. Déjeme. Hay pulgas en estos pisos de madera. Es un teatro muy viejo. No importa, no me pican. No les gusta el papel mojado. Déjeme un rato, por favor, Witold. Ah, eso. Argentina. Argentina, se llama el país.

 

(Yvonne va hacia la mesa que fue del banquete; come vorazmente un resto de corvina que ha quedado. Cuidadosamente quita las espinas.)

 

YVONNE: Ah, desgraciadas. Veremos esta vez. Veremos. (Mastica cuidadosamente.) Como lo digo yo siempre: lo que mata es la esperanza... ¿Las valijas? (Mira hacia una dirección fuera del escenario.) Por suerte abrigo no voy a necesitar. Ah. Un diccionario. ¿Cómo se dirá tarada en español? ¿El nombre Yvonne evocará para los argentinos una aristócrata? No, les va a sonar a prostituta francesa. ¿Y la región de Borgoña? Al vino tinto. Destino aciago. Al final voy a tener que pasármela aclarando cosas. La culpa es mía. Hubiera hecho de tísica, hubiera hecho de inválida...

 

(Come; tose, se atraganta. Mientras tose, apagón).