(Madrid, España, 1936)
Para los lectores españoles
no puedo añadir nada sobre este personaje mediático que fue en los años setenta
y ochenta símbolo de la modernidad colorista importada de un Oriente desconocido
para nuestro entonces gris país. La mayoría de ellos ya tendrá hecha una sólida
opinión sobre su manera de ser, escribir y presentar el programa dominical
de literatura Negro sobre blanco, extinto por la época Zapatero. La
caca es la misma, las moscas se sustituyen.
Para los lectores
extranjeros que aún no lo conozcan debo revelar que Dragó es un torrente de
golosa información, un abuelo filósofo envidiablemente sano, que sabe de sobra
cómo jugar con las cámaras de televisión, es decir, con la masa que escucha y
mira expectante sus zarpazos maniáticos, analíticos y profesorales. Se le ha
definido con muchos calificativos insultantes (egocéntrico, batallitas,
escritor fantasma en busca de protagonismo fácil...), pero nadie podrá
argumentar que es mal orador. Más bien todo lo contrario. Lo he visto dar
conferencias en dos ocasiones y su lengua no padece sequedad en las dos horas y
media que gasta en disertar sin descanso, a una velocidad que inunda los
sentidos del auditorio, manteniéndolo atento y sentado en cómodos sillones o en
crujientes sillas de madera, da lo mismo. Su palabra hiperbólica termina por
encantar a cualquier serpiente. Vino invitado a la Escuela de Arte de Almería
para charlar acerca del Mediterráneo y para ello sólo necesitó un tubo de
ginebra con tónica, que se bebió de un trago antes de abrir el micrófono. Según
cuenta, necesita ese poco de alcohol para perder la timidez. ¿Dragó? ¿Timidez?
En fin. Tras los rotundos aplausos, teniéndomelas que ver casi a codazos con
sus fans, lo abordé para reprocharle su desprecio a la música rock y sacarle
algunas opiniones más.
-Hace casi una década estuvo promocionando un libro
en un programa de televisión presentado por el periodista Pepe Navarro. En
dicho programa se conversó sobre la idea de utilizar el ‘otro yo’ para
preocupaciones que nos queremos quitar de la cabeza. Me dejó impactado el que
usted afirmase que ese ‘otro yo’ existía físicamente en su casa, es decir, que
hablaba con otra persona de verdad, no con ‘otro yo’ imaginario. ¿Podría
explicarlo? ¿Confirma lo que le dijo a Pepe Navarro en su día?
-No, no era con mi ‘otro
yo’. Era con lo que yo he llamado ‘mi consejo asesor’, que está formado por mi
padre, mi madre, unas seis o siete personas que yo convoco por las mañanas
cuando estoy en alza, cuando todavía estás ahí en esa tierra de nadie, recién
despertadito y... Los convoco, vienen, hablo con ellos, les planteo los
problemas de la jornada, me aconsejan, etcétera, y luego me levanto pimpante.
Esa es mi gimnasia. ¡Y eso se puede hacer, de verdad!
-¿Pero se trata de algo físico
o más bien de un proceso pseudoalucinatorio entre la vigilia y el sueño?
-Hombre, en cuanto bajas la guardia
del consciente irrumpe el inconsciente. Estás en estado de alza, en estado
receptivo. Entonces, si son verdad o si son emanaciones de mi cerebro, eso poco
importa, porque funcionan bien. Me quieren, los quiero, me dicen cosas buenas,
son útiles, son positivos. ¿Qué más da si es real o si no es real? En cualquier
caso, es real para mí. Cualquiera puede hacer eso, de verdad. Hay un libro mío
donde está muy bien explicado, La del alba sería, que está dedicado a
todos los miembros de mi consejo asesor.
-Aparte de los viajes reales, ¿cuál ha sido el viaje
que a través de las drogas le ha marcado más de cara al resto de su vida? He
oído algo de una experiencia brasileña...
-Bueno, tuve una experiencia
con la ayahuasca brasileña muy fuerte en una playa de Mojácar. Todos tenemos,
sobre todo en el mundo occidental, un sentimiento de pecado original. Ese
sentimiento de culpa nos condiciona, nos resta libertad y por tanto alegría,
responsabilidad y felicidad. Pues bien, lo que me pasó con la ayahuasca fue que
asomé a la conciencia como si ésta fuese un tubo metálico, largo, y yo pensaba
que ese tubo estaría lleno de telarañas, de murciélagos, de escupitajos, por
ese sentimiento de culpabilidad que todos los occidentales arrastramos con
nosotros, y sin embargo no fue así. Ese tubo estaba bruñido, como los chorros
del oro. Entonces me descondicioné extraordinariamente, recuperé esa libertad
que sólo confiere el hecho de tener la conciencia tranquila, el hecho de poder
mirarte en el espejo por la noche y sostener tu mirada limpia.
-Se ha venido estos días a
la ciudad de Almería a debatir sobre el concepto del Mediterráneo. ¿Qué factores
son comunes hoy entre un ciudadano alicantino y un ciudadano argelino, por
ejemplo?
-Para empezar, estoy en
total desacuerdo con la definición que dieron los romanos al Mediterráneo. ¿Qué
es eso de Mare Nostrum? El Mediterráneo fue de los romanos, claro que sí, pero
también lo fue de los cristianos, de los musulmanes, de los egipcios, etc. Hay
Mediterráneos para todos los gustos. Tenemos que tener esa concepción ecuménica
del Mediterráneo como mar abierto, aunque sea un mar rodeado de tierras
diferentes. No es un mar nacional y por tanto no es un mar nacionalista. Hay
mucha confusión sobre este tema, atizada sobre todo por los medios de
comunicación. Una de esas confusiones es la que concierne, por ejemplo, a la
famosa ‘dieta mediterránea’. Eso es un camelo mediático más; ¡esa dieta no
existe! Eso que se entiende por ‘dieta del Mediterráneo’ tiene que ver con que
entre el litoral oriental de España, el litoral occidental de Italia y a través
del enorme golfo francés que une ambos litorales hay ciertas concomitancias
gastronómicas; pero luego está la cocina árabe, la cocina
greco-chipriota-turca, la cocina del Medio Oriente, de Líbano, etc. Y además,
¿qué tendrá que ver la cocina mediterránea con la manera de entender la cocina
española de los vascos, o los gallegos, o los castellanos?
-Entonces, a día de hoy, ¿nada en común?
-Lo que sí es verdad es que
en la unidad del Mediterráneo como mundo polícromo hay un sólo factor unitario,
que no es la política, ni las razas, ni el color de la piel, ni las costumbres,
¡es simplemente el aceite de oliva! Es el símbolo verdaderamente importante. En
primer lugar porque el olivo es el árbol de Grecia, el árbol de la paz, el
máximo ejemplo de la robustez, de la resistencia, de la buena salud. El aceite
de oliva es, junto al ácido acetil salicílico y la marihuana, las tres
sustancias, las tres pócimas mágicas que El Creador ha previsto regalar al hombre.
No pasa un mes sin que los investigadores descubran nuevos usos terapéuticos de
estas tres sustancias.
-Un día le preguntaron al poeta Eloy Sánchez Rosillo
por sus lecturas contemporáneas favoritas y respondió que le encantaba leer a
Homero. ¿Le parece una buena elección?
-Al fin y al cabo el Mediterráneo
empieza en Ulises, en La Odisea. Bueno, y no sólo el Mediterráneo.
Yo creo que toda la
literatura universal es una
reflexión, una ramificación, por una parte de La Odisea, y por otra
de Cervantes, que abre un nuevo horizonte hasta nuestros días. Esos dos libros,
El Quijote y La Odisea son los dos primeros libros que toda
persona debe leer si quiere ser escritor. Por ejemplo, La Odisea nos
ofrece la visión, a través de las cuatro mujeres de Ulises, de todas las posibilidades
de mujer que existen respecto a su relación con el hombre: Nausicäa es el
amor romántico y sentimental, Calipso el amor pasional, Circe el amor sexual
y Penélope el amor conyugal.
-Habitualmente, cuando hablamos de Oriente, los
primeros países en los que piensa el occidental medio suelen ser China, Japón o
La India. Usted, como célebre viajero, ¿no cree que países como Siria,
Pakistán, Afganistán o Nepal tienen una riqueza extraordinaria en tradiciones,
cultura y paisajes digna de ser más conocida? He citado estos cuatro países
pero podría hablar de muchos más.
-Mira, hay tres países a los
que yo vuelvo constantemente: Japón, La India y Egipto. Cada vez que llego a
Egipto -y es un país que concozco casi como el pasillo de mi casa- descubro
cosas nuevas y me doy cuenta de hasta qué punto todo el mundo moral,
filosófico, espiritual y religioso en el que nos movemos, estaba ya
perfectamente articulado en el antiguo Egipto. No sé cómo explicarlo. Ellos
estaban ya provistos -gracias a culturas anteriores- de las grandes respuestas
a la explicación del universo. Desde Egipto se produce una bifurcación hacia
Oriente y hacia Occidente. De hecho estos dos conceptos de Oriente y Occidente
no existían en Egipto, sino que empezó a hablarse de ellos cuando la espada del
monoteísmo los midió. Yo siempre digo que soy un escritor del siglo VI antes de
Cristo.
-Japón se nos vende a los europeos desde hace tiempo
como el símbolo de la ultramodernidad, la tecnología industrial, la
funcionalidad inteligente...
-Me gustaría hacer un vaticinio.
Ha habido tres grandes mares en la Historia de la humanidad. En el Mundo Antiguo
fue el Mediterráneo. El Mundo Moderno, que empieza cuando Colón descubre América,
se ha convertido en cinco siglos de supremacía del Atlántico. Pues yo creo
que esta parte ha terminado o está a punto de terminar. Ahora llega el turno
del Pacífico. Puede mover a sonrisa, pero creo que no es ninguna exageración
decir que el Mediterráneo va a ser amarillo dentro de poco, va a tener los
ojos rasgados. Los habitantes del sureste asiático -estoy hablando de Tailandia,
de Camboya, de Vietnam, de China, de Indonesia, de Corea, de Japón- se comen
el mundo impepinablemente. No hay nada que hacer. Yo voy constantemente a
Asia. He estado ahora pasando un par de meses en Vietnam. Son perfectos, trabajadores,
honrados, limpios, gentiles; además, lo hacen todo a una velocidad
vertiginosa. Uno va ahora a la ciudad de Shangai y ve que están
brotando, por ejemplo, cincuenta rascacielos como los más grandes del mundo
¡y los están construyendo con andamios de bambú! Además, lo que en Occidente
tardan un año en hacer, los chinos o los indonesios lo hacen en diez días.
Por ejemplo, en Japón, levantar una casa de cinco pisos tarda unos dos meses.
Imagina lo que se tarda hacer eso en España. El último aeropuerto en el que
he estado antes de venir a Europa ha sido el de Bangogk. Bueno, me he quedado
verdaderamente apabullado. El aeropuerto de Nueva York, de Frankfurt, Londres
o París nos parecen chabolas al lado del aeropuerto de Bangogk: miles de personas,
miles de aviones, miles de tiendas, cruzándose todo, funcionando perfectamente,
todo limpio, todo fresco, todo gentil. El mundo futuro es un mundo amarillo.
¿Y por qué? Europa está en abierta decadencia. El otro día, no sé qué jerifalte
del Banco de Santander hizo unas declaraciones que han suscitado gran escándalo,
y lo que ha dicho es estrictamente la verdad: «O desmontamos rápidamente el
estado de bienestar o Europa está frita». Y es que el estado de bienestar
se ha convertido en lo que antiguamente se llamaba la sopa boba. Cuando uno
va a Japón o a China nos hablan de los europeos como de los perezosos, como
de las cigarras, ese extraño lugar del mundo donde debido a una prosperidad
económica que poco a poco se va batiendo en retirada, mucha parte de la gente
puede vivir sin trabajar, protegida con becas, con bicocas, con no sé qué,
con no sé cuántos. Eso no es forma de prosperidad. Los países más ricos de
la tierra -Japón, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Suiza- son países donde no
existe el estado de bienestar, pero donde tampoco existe confiscación impositiva
por parte de los gobiernos, de los estados, de las autoridades. Japón, por
ejemplo, es un tipo de país donde el tipo máximo de impuestos es el 30% y
donde cualquier profesional liberal puede desgrabar el 50% de sus ingresos
sin aportar documentación. En Europa la imposición fiscal llega verdaderamente
a extremos alucinantes. Ninguna sociedad de ninguna parte del mundo en ningún
momento de la historia hubiera acertado a llegar a pagar el 90% de lo que
gana la gente, como por ejemplo pasa en los países nórdicos, si sumamos la
imposición directa, la imposición indirecta, que si patatín, que si patatán.
Es una losa que impide la prosperidad, el desarrollo, la libertad, todo. ¡Cuidado!
Si Europa sigue así puede convertirse en una zona tercermundista en veinte
o treinta años. Tenemos que ser responsables, hijos de nuestras obras, hijos
del mérito. No tenemos que estar, como niños pequeños, dependiendo de la limosna
del Estado. Sé que esto es una declaración polémica dicha en Europa, en España,
en Andalucía, pero es mi opinión. Es también la opinión de muchos. Y detrás
de la ideología europea está, simplemente, el viejo miedo a la libertad.
-¿Y por qué odia tanto el término ‘turista’?
-Bueno, eso... He escrito mucho
sobre ello. El turista es lo contrario del viajero. El turismo -y la gente
no se da cuenta- es el fenómeno más devastador de la historia de la Humanidad.
El impacto ecológico es salvaje, pero lo peor no es eso; lo peor es que un
niño de La India, de estos que te piden bolígrafos, lleva más dinero a su
casa que su padre, que a lo mejor es un honrado ebanista que ha recibido el
oficio de generación en generación, y ¡eso se carga toda la visión del mundo
de los indios! ¡Es tremendo! Luego, además, el turismo se retira en cuanto
ya no hay más demanda y entonces ese territorio se queda sin nada. El turismo
es muy de dinero superficial. No se puede edificar ninguna sociedad basada
en el turismo. Han destruido todo lo que yo amaba. Mira, ya casi no me importa
morirme por culpa de los turistas. (Risas)
-Se habrá hecho ya alguna idea sobre la utilidad del
Fórum 2004 de Barcelona.
-Lo que se nos está
vendiendo como multiculturalismo es extraordinariamente peligroso, porque la
cultura es jerarquía. En la cultura hay maestros, hay grandes artistas, hay
aprendices, es decir, que la cultura no se puede democratizar como se
democratiza la política, en la cual todos los ciudadanos son iguales ante las
urnas. En la cultura tiene que haber un criterio de excelencia, y si eliminamos
ese criterio de excelencia sucederá lo que está sucediendo ahora en el mundo
como reflejo de lo que se entiende por cultura en Estados Unidos. Este tema
toca al Fórum de lleno. Lo estamos viendo en Barcelona estos días. Eso es un
puro circo, eso no es cultura. Ya digo que todo esto viene de los Estados
Unidos. Esa idea de que es exactamente igual El Quijote que La Odisea,
que una tragedia de Shakespeare, que una frase dejada por un oscuro poeta
anónimo celta en una runa escandinava o en la corteza de un árbol en un bosque
de Sudáfrica. ¡No, no es lo mismo! La cultura es crecimiento, y no es lo mismo El
Quijote que esa frase -muy meritoria, sin duda- dejada en una corteza de
árbol. La desaparición del criterio de excelencia significa, ni más ni menos,
que el fin de la cultura.
-¿Cuál es la narración que más le ha gustado de
Stefan Zweig? Destaque una de todas ellas. A mí me gustan especialmente el
relato ‘Amok’ y ‘Carta a una desconocida’.
-A mí me gustan todas, pero
bueno, te voy a escoger Momentos estelares de la Humanidad, que es un
libro que yo también quiero escribir algún día, pero con los momentos estelares
de mi vida. Así que voy a imitar el título a Stefan Zweig.
-Dígame un poeta español que
crea usted que ahora mismo podamos estar orgullosos de que escriba en nuestra
lengua.
-Bueno, mira, yo el nombre
de un poeta español vivo no te lo voy a dar porque soy amigo de todos los
poetas españoles vivos y no quiero encubrir un agravio comparativo hacia
ninguno. Sí te tengo que decir que la novela que se hace en España en este
momento no me gusta. ¿El ensayo? Bueno, el ensayo basta con que una persona
tenga inteligencia y cultura para que diga algo que tenga interés. Pero el
género madre de la literatura es la poesía, y en España ahora mismo se hace una
excelente poesía. Ha habido siempre una verdadera pasión poética en este país.
Entonces, hay tantos poetas buenos en España como pocos buenos novelistas. Con
eso te digo todo.
-A estas alturas de la vida aquí está usted con sus
67 años tan bien llevados. El pensamiento de la muerte se hará más frecuente
cada vez. Aunque sabemos que se trata de algo impredecible, ¿ha pensado cómo y
dónde le gustaría morir?
-Morir haciendo el amor no
es mala muerte. Hombre, cualquier muerte que sea repentina es buena, pero
realmente a mí no me gustaría tener una muerte repentina. A mí me gustaría
morir suavecito, lentamente, como se moría antes, teniendo tiempo para despedirte
de la gente, para convocar a tus hijos, a tus nietos, y decirles eso de «para
ti la vaca, para ti la cabra, para ti el gato...» En fin, repartir las cosas,
quedarte en paz con el mundo. Yo la verdad es que estoy procurando ahora firmar
la paz con todos lo que han sido mis amigos, mis enemigos, etcétera. Ya casi
no me queda ninguno. Quedan un par de ellos que todavía no consigo yo superar,
pero, vamos, que todo llegará. Hay que morir mirando cara a cara a la muerte.
La muerte lúcida, como el título de un libro que acaba de sacar Paloma
Cabadas -la quiero llevar a Negro sobre blanco, si el programa sigue-.
Aunque hay muertes malas, morir en sí mismo
no es algo malo. Una de dos:
o no hay nada y ya está o, si hay algo, es para mejor, nunca para peor. O
sea que en la muerte nunca puedes empeorar. Yo he procurado toda mi vida prepararme
para bienmorir. Petrarca lo decía en uno de los endecasílabos más famosos
de su lírica: ‘Un vell morir toda una vita honor a’ (Una hermosa muerte honra
toda una vida). Vivir es aprender a morir, ¿no? Pero bueno, espero que la
muerte me pille lúcido y en movimiento, por aquí, por allá, en Castilfrío,
en El Sahara o donde sea, pero desde luego no en un hospital lleno de tubos.
Eso a mis hijos se lo tengo totalmente prohibido. ¡Que me dejen morir, coño!
Y eso sí, por mí que me tiren a la basura. Yo no quiero ninguna pompa fúnebre.
¡Lo que queda ahí no es nada! Eso es polvo, no tiene ninguna importancia.
Ataúdes, gastarte un millón de pesetas... ¡Bah! Todo eso sobra, ¡a la basura!
-¡Venga, las cenizas al váter!
-Hombre, de todas maneras,
me voy a hacer una tumbita en Castilfrío. Hay un cementerio al lado de donde yo
vivo, un cementerio pequeñito, maravilloso, y además, es allí donde estoy
reconstruyendo unas majadas, unas celdas, unos lugares de meditación. Entre las
majadas y el cementerio hay un pequeño callejón. Voy a llenar de agua ese
callejón, voy a poner nenúfares y al fondo un Buda dorado, de estos
gigantescos. Es decir, que a un lado estará la muerte, en medio estará el
Leteo, el río del olvido, y al otro lado del río estará la vida, que es la
meditación y que son los cursos, ¿no? Pues ahí, sí, quiero que me entierren
ahí.
(La Habana, Cuba, 1966)
Nos recibe el poeta en el diminuto
cuarto de su casa de Aguadulce, en Almería, donde a diario se encierra durante
horas para escribir. Cubre su cabeza con el sombrero de siempre, a modo de
‘uniforme de trabajo’. Su último libro de poesía publicado en España se titula La sexta cara del dado (Arráez, 2004;
ilustrado por Miguel Ángel Fúnez Valdivia). En realidad, ya se publicó en 1997
una selección -aproximadamente la mitad de los poemas- en Las Palmas de Gran
Canaria. Dada la amistad que nos une, tras los saludos, paso de inmediato a formularle
las preguntas que traigo preparadas para la entrevista.
GINÉS BONILLO: Podríamos
empezar, si te parece, presentándote, releyendo la solapa anterior de este
libro: «Poeta, narrador, repentista e investigador». ¿Cómo explicarle a quien
no te conozca esta variedad de facetas creadoras?
ALEXIS DÍAZ-PIMIENTA:
Siempre he pensado que la creación artística es una sola. La ‘especialización’
en determinados géneros literarios exclusivamente (el novelista que sólo
escribe novelas, el poeta que sólo escribe poesía, el dramaturgo que sólo hace
dramas; o, en una escala mayor, el literato que sólo hace literatura), tiene
más que ver con los condicionamientos y las coordenadas socio-culturales de una
época (la nuestra) que con la esencia de la realidad creativa. En los siglos IX
y X los poetas de al-Andalus, siguiendo a los grandes de Siria y Damasco, eran
poetas y chamanes y lexicógrafos y filósofos y guerreros, incluso; Da Vinci fue
pintor y escultor e ingeniero y repentista, incluso; Cervantes hizo teatro y
novela y poesía; Shakespeare escribió teatro y poesía... Sería interminable la
lista de autores universales que han explorado varias posibilidades de creación
a la vez. En el siglo XX español Lorca (poesía y teatro), Dámaso Alonso (poesía
y ensayo); César Vallejo, el gran poeta peruano, escribió una novela (Tugsteno); Martí escribió poesía,
ensayo, crítica literaria, teatro (Abdala),
novela (Lucia Jerez); Darío escribió
poesía y cuentos, y además fue excelente repentista; en fin… Por otra parte,
están los autores monolíticos o ‘monolitizantes’ que han convertido su
predilección genérica en una especie de dogma creativo: Borges se negó a
escribir novelas (aunque hizo poesía, ensayo, crítica, cuentos fabulosos);
Góngora, sobre todo, fue poeta; Galdós, sobre todo, narrador; Rulfo y
Carpentier, narradores; Cernuda y Miguel Hernández, poetas; y todo esto ha
llevado a tópicos más o menos aceptados: «Un buen poeta no es un buen narrador,
y viceversa». Actualmente, es bastante absurdo sostener esta tesis, sobre todo,
porque las fronteras entre los géneros se han difuminado. En realidad, yo soy
un ‘trabajador de las palabras’, un ‘currante de la lengua’ o, para seguir con
la tendencia (lamentable) de la anglo-legitimación: un ‘languaje worker’.
GB: Aun así, no cabe duda
de que existen diferencias entre unas y otras ‘formas’, por llamarles así, de
creación literaria. ¿Cómo compaginas estas diferentes formas en que desarrollas
tu actividad creadora? ¿Te sientes igual de a gusto en todas?
AD-P: Me siento a gusto en
la Literatura. Según mi tesis, yo sólo me muevo en dos facetas, no en cuatro,
éstas sí contrarias, cada una con sus códigos: la oralidad y la escritura, y en
ambas me siento a gusto.
GB: En alguna ocasión me
has comentado tus dificultades para pasar de un registro a otro, en especial
del oral al escrito, y viceversa…
AD-P: Al principio, ya no;
cuando le dedicaba mucho tiempo al repentismo, sí, porque es un arte muy
absorbente. Ahora le dedico más tiempo a la escritura, y el paso de un registro
al otro es menos traumático.
GB: ¿Cuál es tu
definición de poesía? O, ¿qué es para ti la poesía?
AD-P: El concepto poesía es
inestable, mutante, depende de la edad, de las lecturas, de la formación.
Mi concepto de poesía a los 16 años no tenía nada que ver con el de 1994,
cuando escribí Cuarto de mala música, y el de entonces
no se parecía en nada al del 2000, cuando escribí Yo también pude ser Jacques Daguerre. Creo que en eso consiste la
gran diferencia que hay entre mis libros. La voluntad de estilo poético es
un error que se arrastra desde las primeras etapas de formación literaria,
no el estilo, sino la voluntad de estilo. Decía Bousoño que si tener estilo
literario era que se reconociera nuestra escritura siempre, lo ideal en literatura
era no tener estilo. Esa frase la leí con 14 o 15 años, y me ha servido como
axioma creativo. No repetirme, no autoplagiarme de un libro a otro. De ahí
el eclecticismo de mi obra. Ahora mismo, por ejemplo, en 2004 y según mis
últimas pasiones literarias, podría responderte esta pregunta con uno de los
poemas de Kenzo, ‘Sucia arte poética’:
«A quién le importa para qué sirve la poesía. / En realidad, la poesía no
sirve para nada. / Para poco, quise decir. / Para que se te enfríe la sopa
sobre la mesa. / Para que te malquieran los vecinos. / Para que te juzguen
débil. / Para que te lean a regañadientes. / Para que te nieguen un orgasmo.
/ Para que usen tu voz en los retretes. / Para todo. / O para casi todo, quise
decir.»
GB: ¿Dentro de qué
estilo, corriente, o acaso grupo, generación… te incluyes? ¿Te reconoces
características comunes con otros poetas del momento?
AD-P: Ya te lo he dicho. Soy
ecléctico. No creo que pertenezca a ningún grupo o tendencia. Nunca me ha
gustado la actitud gremial de la literatura. En Cuba me acusan de escritor
solitario, y yo me dejo acusar. No participo de los saraos literarios, apenas
publico en revistas (que siempre nuclean cierto tipo de autores, creando una
especie de gremio involuntario). De cierta forma, sigo los pasos de Romualdo
Írsula, que en casi todo ha sido mi maestro, mi ejemplo a seguir. Y en España
hago lo mismo. Vivo en Almería, pero escribo en un zulo y sólo salgo de él para
cargarme de vivencias, no para hacer vida de literato. Mi contacto creativo con
el mundo es a través de la oralidad, esa otra vertiente de mi literatura que sí
me permite, o más bien me obliga a contactar con el público inmediatamente. Si
pertenezco a algún grupo es al de los poetas orales improvisadores, y si soy de
alguna tendencia es de lo que he llamado el ‘neorrepentismo’, una nueva forma
de hacer poesía improvisada, mezclándola con otras artes y otras músicas.
GB: ¿Te sientes autor
cubano o español, quiero decir, más próximo a lo que se está escribiendo ahora
mismo en Cuba o en España? Porque eres asiduo en las antologías hechas en Cuba,
pero los premios y la publicación se han producido en España…
AD-P: Por supuesto que si en
alguna tradición literaria está enmarcada mi literatura es en la cubana, pero
la cubana está enmarcada dentro de la española, ligada indisolublemente a ella.
No conozco a ningún escritor cubano que esté solo marcado por las obras de
Heredia, Martí, Guillén, Eliseo, y que no lo haya estado por las obras de
Quevedo, Machado, Lorca o Góngora.
Ahora permíteme matizar una parte de tu pregunta. En
realidad, yo no soy asiduo en las antologías hechas en Cuba, yo soy el poeta
y el narrador menos antologado de mi generación, cuando las antologías se
hacen dentro [de Cuba]. Y lo digo sin dolor, simplemente
puntualizo. Mi poesía y mi
narrativa aparecen en antologías de literatura cubana hechas en España, en
Italia, en Francia, en Alemania, pero muy pocas veces en Cuba. A no ser que
sean antologías de décimas, entonces sí. Recuerda que hasta ahora a mí en
la Isla se me ha conocido más como repentista que como escritor, más como
poeta improvisador que como poeta de la escritura. Eso ha influido, pero también
el gremialismo y el prejuicio literario contra la oralidad y el repentismo.
Por otra parte, soy cubano, pero no me siento
escritor de ningún lado, me siento habitante de la literatura toda, la oral y
la escrita, los gentilicios no deberían aplicarse a la escritura. Las
literaturas nacionales son un invento reduccionista, acomodaticio, impuesto por
las metodologías de la crítica y la historiografía literaria, no por los moldes
de la creación. Prefiero parcelar las literaturas según su lengua, no según las
naciones en las que se escriba o publique. Así, la poesía de Lezama pertenece a
la literatura en español, como la de Lorca o Vallejo; la narrativa de Poe, a la
literatura en inglés, como la poesía de Eliot; y las obras de Tosltoi, a la
literatura en ruso, como la de Turgueniev. Incluso, podría parcelarlo más, y
decir que mi literatura, por ejemplo, pertenece a la literatura en ‘español de
América’, porque los matices lingüísticos del habla americana han creado una
especie de ‘otro mundo’ literario dentro del gran mundo del español, que ha
dotado de gran riqueza y variedad, y vitalidad, al conjunto de esta literatura.
La lengua española es un mosaico tan grande que permite que en un mismo anaquel
convivan poemas de Vallejo con sonetos de Quevedo, párrafos de Carpentier y
Rulfo con décimas de Aquiles Nazca, etc. Y aquí estamos hablando de escritores
de seis nacionalidades (Perú, España, Cuba, México y Venezuela,
respectivamente), e incluso de épocas distintas, pero no te quepa la menor duda
de que hablamos de una misma literatura.
GB: Hagamos un breve repaso
por tu bibliografía. ¿Ocho o diez…? libros de poesía, dos novelas, un libro de
relatos, otro libro -excepcional- de investigación… eso como editado. ¿Y
cuántos premios has ganado? Algún poemario creo que llegó a ganar en dos
concursos en una misma semana (con José Hierro y Francisco Brines de
presidentes del jurado)… ¿Tanto cuesta despegar en España?
AD-P: He escrito mucho,
escribo mucho, y eso me satisface. El placer de la escritura, del ejercicio de
la escritura, tiene que ser superior al placer de la publicación y del éxito
comercial o crítico de lo escrito. Cuando se subvierte esta relación,
entonces... el ejercicio creativo comienza a ser preocupante. He publicado, he
ganado concursos, pero estas dos cosas han sido caminos, atajos para llegar al
verdadero objetivo: ser leído. He ahí una de mis diferencias sustanciales con
Írsula: creo en el axioma de Mallarmé de que un libro no está escrito hasta que
no se lee. ¿Despegar? Por suerte los escritores no somos aviones. Yo despego en
España cada dos meses para irme a Cuba y despego en Cuba cada dos meses para
venir a España. En cuanto a lo otro, siempre he dicho que el verdadero premio
de los premios es que te lean autores de calidad y experiencia literaria,
autores que de cierta forma legitiman, para ti mismo como autor, no para otros,
lo que escribes. «Un libro no está escrito hasta que no se lee», pero tampoco
está ‘bien escrito’ hasta que lo leen y te convencen de ello quienes lo
legitiman: los buenos poetas, los buenos narradores. De ahí mi alegría con
Brines, con Hierro, con Rosa Regás, con Luis Mateo Díez (en España), o con
Senel Paz, Eliseo Diego, López Sacha, Ambrosio Fornet, Pablo Armando Fernández,
Fina García Marruz, y otros tantos (en Cuba). Con Hierro especialmente fue muy
agradable y reconfortante todo, porque premió dos libros míos en distintos
concursos en distintos años, luego fuimos jurado juntos de algún premio, y
tuvimos un encuentro muy emotivo en Almería. Y a Rosa Regás me une una amistad
entrañable, nacida precisamente de la literatura.
GB: ¿Piensas que otros
autores cubanos lo han tenido más fácil en España? ¿Pueden ser problemas de
editorial o padrino comercial?
AD-P: No sólo cubanos, hay
autores españoles, ingleses, mexicanos, franceses, de cualquier nacionalidad
que lo tienen más fácil en España, en Italia, en Francia, dondequiera. Ahora
todo, salvo pequeñas excepciones, depende de la mercadotecnia del libro.
GB: Supongo que por tu
formación -tan distinta a la nuestra, me refiero a la escolar que nos
imparten/impartimos aquí en España-, los autores que han influido en la
erección de tu universo poético variarán bastante… Si tuvieses que realizar una
lista de tus poetas preferidos y valorados, ¿a quiénes citarías?
AD-P: ¿Poetas de la lengua?
Los eternos: Quevedo, Góngora, Vallejo, Machado, Lorca, Miguel Hernández,
Darío, Neruda, Eliseo Diego, Carilda Oliver Labra, Silvio Rodríguez, Joan
Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Alfredo Zitarrosa, y muchos otros. ¿De otras
lenguas? Los buenos traductores de Eliot, de Vladimir Holan, de Leonard Cohen,
de Evstuchenko, de Jacques Prévert.
GB: Y entre los poetas y
narradores jóvenes, quizá aún desconocidos, ¿a quién crees que hay que prestar
atención?
AD-P: Me quito el sombrero ante
Kenzo, un gordito cubano, muy raro y totalmente desconocido, que se autotitula
‘El Juglar de las Paradas’ y que hace lo que él llama literatura fronteriza,
transliteral, poesía escrita para ser oída. Es un tipo increíble, un gran poeta
que ha tenido una formación muy rara, existencialista, underground y marxista. El otro es Írsula, Romualdo Írsula, de
quien alguna vez oiremos hablar todos. Un escritor de estirpe clásica que a
muchos de mi generación nos ha enseñado ‘a pensar la literatura’, a vivirla de
otra forma, pero que se niega a publicar. Tiene ahora mismo no sé si 40 o 42
años, pero no ha publicado nada. Es un negro enorme que parece más un boxeador
que un literato. Además, para joder más, ha desarrollado toda su obra en torno
a la literatura policíaca, un género muy menospreciado en Cuba. No olvides ese
nombre: Romualdo Írsula.
GB: Volvamos a La sexta
cara del dado, escrito en una estrofa un tanto inusual en la literatura
peninsular del momento, la décima; no siendo así en América ni en la poesía
oral improvisada (de, por ejemplo, Murcia y Canarias...). Respecto a la métrica,
¿qué novedad crees aportar en la construcción y concepto de la décima a la
vista de las «décimas irregulares y arbitrarias» -así llamadas por Adolfo
Menéndez Alberdi-, con ejemplos variados que van de Cervantes, Quevedo y sor
Juana a Darío, Lezama y Alberti?
AD-P: Si hay aportes o no
tendrá que decirlo la crítica. Creo que he intentado conservar la mayor
libertad creativa dentro de la cárcel métrica que significa una estrofa
clásica, y sobreponerme a la contaminación oral que lleva implícita una estrofa
con la que he cantado [improvisado] desde los cinco años. En ese libro hay
décimas que tardaron más de un año en ser escritas. Si tienes en cuenta que yo
como repentista soy capaz de hacer más de cien décimas en una hora, imagínate
el cambio de registro. Es un libro escrito en décimas con el mismo rigor que si
estuviera escrito en verso libre o en prosa. Sin ornamentos superficiales
dictados por la rima y la métrica, o, como digo yo, «sin artificios
artificialmente artificiosos». Al menos lo he intentado, y ahí es donde radica
el reto de ese libro.
GB: Respecto a su
temática, confluyen en él varias líneas clave en toda tu obra, por ejemplo, la
infancia. ¿Qué papel desempeña en la configuración de tu mundo poético? En este
sentido, ¿puedes explicarnos también a qué te refieres cuando dices en un
verso: «Yo fui adulto de antemano», del poema ‘Exhaustivo inventario de la
infancia’?
AD-P: Ese es uno de los
poemas más ‘viejos’ y más autobiográficos del libro, lo escribí cuando tenía 16
o 17 años, en esa etapa en la que todavía no eres un adulto, pero no te sientes
ya adolescente, y sobre todo tienes la certeza de que no eres un niño. De todas
formas, dicen que yo fui un niño raro, un poco envejecido. Comencé a improvisar
décimas a los 5 años y desde entonces vivía encima de un escenario, y andaba
sólo con adultos, con poetas orales; cuando mis hermanos y mis amiguitos
estaban hablando de trompos (peonzas), bolas (canicas) y papalotes (cometas de
papel) yo estaba hablando de Miguel Hernández y Orihuela, de Plácido el
Peinetero, de Platero y yo, de don
Quijote, para poder contestarle a los repentistas que cantaban conmigo y que
tenían 30, 40... 50 años. De mi familia y de mi barrio fui el único niño que
nunca aprendió a silbar, ni a montar bicicleta, ni a empinar papalotes o bailar
trompos. Ese verso, ese poema entero, es un homenaje a mi infancia, pero no
quejándome... sino recordándola con nostalgia.
GB: Tu obra se entreteje
como un diálogo con el tiempo, con frecuentes apelaciones-guiños a personajes
como Wells, Marx... ¿La preocupación por el tiempo es también preocupación por
la Historia con mayúscula o por la memoria individual? O sea, ¿esta
preocupación por el tiempo tiene raíces genéricas, existenciales, o solo
vitales, personales?
AD-P: El Tiempo es la gran
metáfora en la que vive envuelto el hombre. Y su gran utopía existencial. De
ahí el invento de relojes, almanaques y otras formas de medirlo, cuantificarlo,
‘dominarlo’. Para un poeta el tiempo es todo, es lo inefable y lo inasible, un
misterio que abarca en sí todos los misterios, el Aleph borgeano. En versos
intentamos decirlo, atraparlo, sobrevivirlo, traspasarlo, describirlo,
vencerlo, trascenderlo, pero nada... El mito de Sísifo otra vez. Y la Historia
es el poema, o la novela del Tiempo, es decir, su obra. La Historia con
mayúscula está llena de metáforas de tiempo, cada episodio equivale a un verso
o a una oración. Y la historia con minúscula, las infinitas historias personales,
son como las palabras que forman cada verso.
GB: La crítica ha comentado
el papel predominante de la sensualidad en La sexta cara del dado.
Y está claro. Pero creo que la presencia de la muerte determina en buena medida
el devenir de la obra. ¿Es un elemento circunstancial en este libro o una
constante literaria en tu poesía? O de otra forma: ¿Hasta qué punto es solo
un tema literario?
AD-P: No había pensado jamás
en ninguna de las dos observaciones: ni en la sensualidad, ni en la presencia
de la muerte en este libro. De todas formas, son dos cosas que se reiteran en
toda mi literatura: la primera, porque parto de que el lenguaje tiene un
componente erotizante insoslayable, y que toda relación con las palabras, en la
oralidad y en la escritura, es erótica. Creo que ahí reside la polisemia de la
palabra “oral”: lo oral es todo lo que entra y sale por la boca: comida, sexo,
lenguaje. La boca es el centro y el epicentro de la sensualidad: con la boca
descubre el niño los objetos del mundo (sabores, formas, texturas) y con ella
misma los expresa y describe. Entonces, el lenguaje es sensual, siempre.
En cuanto a la muerte, es el final, la coda, de la
metáfora del tiempo, es su victoria sobre nosotros, que tenemos la dicha de
pensarlo. En este libro se refleja desde el principio, y está explícito en la
décima final, la que le da título. Según mi credo, la poesía, la literatura, la
obra artística en general, es la única fórmula, o la fórmula idónea para vencer
al tiempo, para sobrevivirlo, pero esto es tan difícil de lograr que si el
ejercicio de vivir fuera un dado, y la vida una mesa de juego (que es lo que
es, y el planeta un gran Casino en el que todos probamos nuestra suerte) la
trascendencia individual, es decir, la victoria sobre el Tiempo, sería siempre
el último número en salir, la última cara del dado, la sexta, la que esperamos
que caiga... y tarda... o no cae nunca.
GB: Otro tema clave,
también subrepticio, es el de la soledad, a la que defines como «esa experta /
en sacarme a mí en la rifa». ¿Tiene este componente del libro que ver con tus
frecuentes y prolongadas ausencias de la Isla?
AD-P: No, para nada. Cuando
escribí este libro yo ni había ni pensaba que saldría de la Isla. Lo que ocurre
es que la soledad es el estado de ánimo idóneo del escritor. Y yo soy un hombre
solitario hasta cuando estoy en público.
GB: La problemática
cubana actual emerge con frecuencia en tu obra, sea poesía o sea narrativa; y
tras la lectura queda claro que perteneces a la categoría de los llamados
‘escritores comprometidos’. También fuera de la creación estricta se puede
contemplar ese compromiso, por ejemplo en entrevistas, declaraciones, etc. ¿Qué
es para ti el compromiso? ¿En que consiste para ti hoy en día el compromiso de
un escritor, y en especial el cubano?
AD-P: Más que del compromiso
del escritor, hay que hablar del compromiso del intelectual. Ahora, más que
nunca, después de los cambios que ha dado el mundo, después del fin de la
bipolaridad, está claro que el compromiso social dista mucho del llamado compromiso
de la izquierda de los años 70 o los 80. Creo que el compromiso actual es con
la Humanidad. Pero si antes el compromiso era a favor de las clases oprimidas,
a favor de las libertades, ahora tiene que ser, además, contra el modelo de
sociedad que se nos impone y que heredarán nuestros hijos. Tiene que ser contra
la indolencia, contra la intolerancia, contra la desalmada proliferación de dos
categorías de seres humanos. Mi compromiso es cada vez mayor contra la guerra y
contra las epidemias de intolerancia. Y en cuanto a lo de ser cubano, no quiero
entrar en el juego de que nos pongan a comer aparte. Cuba es un país más en el
mosaico de países que se enfrentan al mismo enemigo. Tiene sus peculiaridades,
eso es todo. El problema es el mismo, el enemigo es el mismo, y el tipo de
compromiso intelectual debe ser el mismo.
GB: Coméntanos tus proyectos
inmediatos: ediciones próximas... lo que estás componiendo en estos momentos…
AD-P: Sería abrumador, y tú lo
sabes. Estoy en muchos proyectos, de todo tipo. Sólo te adelanto tres: este año
saldrán ediciones en Cuba de todos los libros que he publicado en España; este
año saldrá también la edición italiana de mi novela Prisionero del agua, y estoy escribiendo el guión de una película
cubana que dirigirá Pastor Vega, una ópera campesina que en realidad es una
especia de ‘thriller musical
guajiro’, una película musical y en verso, en la que convierto en décimas,
sonetos, romances y otras formas de la poesía clásica española dos novelas de
principios del siglo XX, del pintor y escritor cubano Carlos Enríquez.
GB: Después de tantas
entrevistas y declaraciones, ¿qué pregunta esperas que te hagan algún día con
verdadera fruición?
AD-P: No lo sé. Supongo que
no pienso en ello. En realidad, las entrevistas no me gustan. Según Írsula, un
escritor está condicionando su obra en cada cosa que hace o dice. Me duele
mucho que por una declaración de cualquier tipo en una entrevista como ésta, se
juzgue luego lo que escribo, que los lectores potenciales se prejuicien a favor
o en contra. Es injusto. Tan injusto como cuando intentan acomodar los
personajes y las situaciones que uno desarrolla en su obra, en el puzzle de
nuestra vida personal. Y a eso las entrevistas no ayudan. A no ser que se
mienta, por supuesto.
GB: Esperemos que el
poeta nos haya mentido en poco y no mucho.