(Cartagena, España, 1974)
No hay pasado, no hay
presente, por lo tanto, tampoco hay futuro.
(Rainer
Werner Fassbinder)
Para todos aquellos adictos a los viajes a los confines de la noche de
Céline, para aquellos seres que guardan en su retina las imágenes del Des
Esseintes de Huissman arrodillado ante los altares icónicos de Dios, para
quienes se dejaron acompasar por los tambores de la danza de palabras de Rimbaud,
los que conocen mejor la París de Baudelaire que la real, o aquellos esclavos
que ataron la soga de sus cuellos al recorrido de Marlene Dietrich persiguiendo
a Gary Cooper por los desiertos marroquíes, no hay acaso, mejor cine que el
del director alemán, borracho por vocación y perdedor de profesión, Rainer
Werner Fassbinder.
Seguramente. Sin certezas.
Pues pocas sentencias seguras se pueden decir de un cine que, como la escritura
de Bataille, se construye con el salvaje propósito de aniquilarse, de
autodestruirse, de perecer en la tumba de huesos que es el arte y a partir de
ahí, de la total destrucción, lanzarse al vacío como la luz del amor
descontrolado que empañó siempre su vida, empeñada en hacerse y parecerse a los
más alucinados melodramas.
En todo su cine hay una
maldición pegada a las alas de sus personajes por el mero hecho de estar vivos.
Sí. Como si más que terribles, los ángeles perdidos que pueblan sus películas
estuviesen malditos. O más bien, maldecidos. Por la fractura a las que condena
la palabra y la violencia que late en el mero hecho del existir. Sí. Del
existir. En el descarnado hecho de toda caída en el tiempo y espacio de los
hombres y el aspecto siniestro que yace escondido a partir de la separación de
los sexos.
Fassbinder sabe bien que, en
el centro que inaugura la desgastada cosmogonía germánica, se encuentra
Sigfrido, condenado a matar y sobrevivir o a, finalmente, perecer. Y que los
ojos de Sigfrido siempre están rojos de cólera, en proceso de estallido
continuo, porque los hombres vivimos en perenne estado de guerra. Con los demás
o con nosotros mismos. Pero sobre todo, con nosotros mismos. Y sí, exactamente,
no hay ser que soporte menos a Aquiles que el propio Aquiles. Por eso se arroja
una y otra vez sobre las lanzas y espadas del enemigo.
Y, que son los mismos dioses
alabados en los panteones de los templos antiguos, los que se encargaron, con
sus constantes disputas, de concebir su propia teodicea. Pues, en última
instancia, los que decidimos venir a morir esta vida y vivir esta muerte que es
la vida, fuimos los hombres: asesinos de todo aquello que se ponga a nuestro
alcance. Asesinos de todo dios y dioses asesinos, a su vez, de todo hombre.
Para Fassbinder, oso
desgastado de tanto amor que no pudo dar y que, finalmente, le consumió, pensar
ya es ser culpable. Pero, ¿a quién le importa serlo o no serlo?, podrían decir
tantos y tantos vacilantes seres del fracaso que recorren las vías de ese tren
en extinción que es esa Alemania sin
futuro alguno más allá de dar vueltas sobre el mismo eje gastado, ferrocarril
que no conduce a ninguna parte, que nos presenta en tantas y tantas escenas
filmadas con todo su amor, con todo su odio.
Malditas palabras, malditas
vestiduras, malditos juegos y maldito destino sagrado. ¿A quién le importamos?
¿A quién le
importa que no importemos? ¿Y para qué plantear ni siquiera una pregunta
como ésta, para qué intentar formular alguna respuesta? ¿De qué y para qué
sirve retrasar nuestra muerte? ¿Derrotarla?
No hay más sentido que la
acción, pero accionar es saber que vamos a morir sin poder evitarlo. Es vivir
en el sinsentido. Y seguir arañando el papel del celoluide sabiendo que no hay
arte que nos salve. Y que la inmortalidad sería un pecado. Y que, ¿para qué y
por qué queremos salvarnos?
Todo Fassbinder es un canto suicida de tremendo amor a nuestra
mortalidad. De tremendo desprecio. Todo su cine viene sometido al plegarse de
las alas del ángel moderno dibujado por Paul Klee. Y, por tanto, su ética y estética
es la del espanto. Ni siquiera la del llanto. La del espanto. La del asesinato.
La mirada preñada de agujas que se vierte en el vino de las novelas de Jean
Genet. La catarsis y violencia renovadas que se renuevan sin matarnos, pero que
sólo matando, escupiendo y volviendo a asesinar encuentran su sentido. Rebeldía
sin objetivo. La abstinencia, el deseo, la polución, el tedio, el alcohol, el
amor de las drogas. El modus vivendi de la desesperación.
Porque Fassbinder sólo encontró salvación en su trabajo. Rutinario,
acostumbrado, descarnado, desaforado. Ese fue el único paraíso que conoció. El
trabajo. Los gestos repetidos. El cine. Su arte. Las horas y días sin dormir
delante y detrás de la cámara. Trabajando los guiones. Violando toda razón.
Soñando con ser una heroína de Douglas Sirk. Ser abrazado por Rock Hudson.
Soñar a través del trabajo. Liberarnos a través de nuestra esclavitud. A través
de nuestra pasión. Olvidarnos del asesinato gracias a asesinarnos a nosotros
mismos y a los demás a cada momento, a cada instante. Sísifo saturado y
destrozado de tanto subir la roca. Y aun así, feliz de su saturación, de su
trabajo, de ser víctima sabiendo que es culpable. «Dejo mucha más libertad a
los personajes de mis películas que a mí mismo», dirá en algún momento de su
vida.
Así era Fassbinder. Y su
cine. Dostoievsky, Ciorán, Artaud, aliados en fecundos fotogramas de pasión
y amor a la muerte. Buscando el paraíso que siempre es y será el reino de
los decadentes. O el infierno. Qué más da y qué importa.
Como un fresco del Giotto construido por algún artista del Kitsch. Así
son sus películas. Refinadas y salvajes. A la vez. Y sin dudar. Mezcla de Caín
y Abel. Del bien y el mal que siempre van cogidos de la mano como inseparables
hermanos.
Los desorientados, los purgados y los conformes. En el ciclo vital de
nuestro tedio. Adonde no puede llegar el amor. Ahí se labra la victoria del
arte de Fassbinder. Todo su sinsentido que obra su altivo discurso. Todo su
constante esfuerzo por rasgar un imposible velo humano al rostro del ángel
informe que soñamos ser. Exterminando nuestros anhelos y olvidando nuestros
consuelos. En ese lugar que impacta con la rendición del ser humano que es el
del mal y el de la palabra y en el que Fassbinder indaga hasta decir basta. Basta.
De discursos, palabras, imágenes, sexos o secuencias. De historias.
Sólo hay una historia. La de un asesinato. La de quien nos creó con
vida. Solo hay un final. Matarlo de una vez y morirnos de una vez, para poder
finalmente morir en paz o en guerra, olvidados del cordero degollado, la
sinrazón frustrante del paraíso, la real condena del infierno, y de la infamia
de Adán y Eva, con la que suspiramos acabar, cada vez que volvemos a mirarnos,
de la mano de Fassbinder en el espejo, soñando que se nos permita, sí, que se
nos libere y se nos conceda, dejar de ser nosotros mismos de una vez. O, ¿qué
es la historia frente a un latido angustiado de silencio? Y que los buitres
acaben de una vez con el maldito Prometeo.
Solamente se exige una cosa. No volver. Pero de verdad. Y en verdad.
No volver. Jamás. Respirando el aroma de las flores
exiliadas del paraíso hasta
intoxicarnos en el suicidio de su olor. Y olvidarnos de París. Y quemar Berlín.
No volver. Pero de verdad. Jamás. No hemos caído tan bajo para ser felices.
Porque sí. Fassbinder. Mordiendo en el cuello de Dédalo y encendiendo de fuego
su invento. Sí. Fassbinder. Quien intenta volar un poco más alto está condenado
a la desdicha. Y la desdicha no alimenta. Ni siquiera hemos caído tan bajo
para desear la muerte. Para decir que ni siquiera hemos sido, somos, ni seremos
felices.
En el principio fue un crimen y el asesino todavía anda suelto.
Dejadme amarlo y conoceré mi muerte. Dejadme matarlo y sacrificaré mi amor.
Demasiado amor, demasiada muerte: Fassbinder y su utopía de la sinrazón.
Dejarle ser tan libre como solo él no puede serlo. Y que se desplome de una vez
la escalera que Wittgenstein pretendió subir al revés. Que se desplome. Que se
derrumbe. Y que ni siquiera esto sea un sueño. Ni siquiera el amor puede
salvarnos. No hay sueño ni realidad que pueda ser dulce. Todo lo que está vivo
está condenado a ser siniestro o morir. Es la ley de la supervivencia. Se puede
sobrevivir a la peste, pero nadie puede acabar con ella. En mi futuro dejad que
me siga muriendo. Tan sólo mañana. Otra dosis de alcohol, otra dosis de cine.
Una sobredosis de amor. O el cine de Fassbinder. O la ley del más fuerte. El
rincón del que no se excluye a ningún resentido, a ningún abatido, el
territorio que muestra el confín de cordura que rodea los sueños de los
perezosos, los bastardos y los vagabundos. Y que nos permitan elegir la muerte
que queramos. Hasta el día de nuestras vidas que el fin no se niegue,
afortunadamente, a rechazar. Sí. Al menos eso. Desesperación. Fassbinder. Tiempo
de amar, tiempo de morir. Que nos permitan elegir la muerte que queramos.
(Cartagena, España, 1975)
Una de las marcas de identidad de esta revista es que todos los firmantes
han aceptado convertirse, de algún modo, en una reala de cánidos. Uno de los
perros que más han hecho reír a varias generaciones de niños -y no tan niños-
de todo el mundo es Scooby Doo. Además, es uno de los mejores ejemplos de
cómo algo tan popular como los dibujos animados trascendió más allá de la
literatura, el cine o el arte de la mano, o mejor dicho, de la pata, del gran
danés más famoso del planeta.
El
primer boceto de esta producción de la Hanna-Barbera, padres de Los Pica
Piedra, Los Autos Locos, El Oso Yogi y un largo etcétera, estaba
inspirado en un serial de radio de los años 40 llamado I love a mystery, que tenía como protagonistas a tres detectives
que recorrían el mundo resolviendo misterios y en una comedia de situación de
adolescentes titulada The many loves of
Dobie Gillis. De la unión de estos conceptos surgió la primera idea para la
serie en la que ya figuraban los cuatro investigadores y su perro, pero éste no
tenía un carácter determinado.
El problema surgió cuando el responsable de programación de la CBS, Fred
Silverman, se dio cuenta de que el contenido podía ser un poco aterrador para
el público infantil al que estaba dirigido. En un vuelo de regreso a Los Ángeles,
Silverman iba dándole vueltas a un posible cambio mientras escuchaba música
en los auriculares del avión. La casualidad quiso que en esos momentos sonara
por el hilo musical Strangers in the
Night, cantada por Frank Sinatra, el cual entonaba la canción con un dooby-dooby-doo
que inspiró a Silverman el nombre del perro, Scooby Doo, y el hacerlo la estrella
del programa, dándole un tono humorístico a la serie pero manteniendo la parte
de los misterios, lo que la hacía ideal para el programa de los sábados por
la mañana.
El 13
de septiembre de 1969 la CBS emitía en el horario estrella de los dibujos
americanos el episodio piloto de una serie que rompía moldes. Con el título Scooby Doo, where are you?, que se
alejaba mucho del original, Who´s scared?,
la serie presentaba a Fred, Daphne, Velma y Shaggy, que junto con su perro
Scooby Doo recorrían los Estados Unidos a bordo de una furgoneta Volsgwagen
Caravelle, resolviendo misterios siempre relacionados con fantasmas, seres
fantásticos y monstruos que casi nunca eran lo que parecían.
El
planteamiento, como hemos visto, no era muy original; fue el tratamiento
gráfico y la caracterización de los personajes, junto con una buena dosis de
humor, lo que hizo que esta serie pasara a la historia de la animación y a la
memoria colectiva de varios millones de televidentes de todo el mundo.
El padre
gráfico de la serie es Iwao Takamoto, que prefirió alejarse de la línea de
dibujo clásica de la Hanna-Barbera y apostó
por una estética más realista, mejorando la de otras producciones previas
como Space Ghost o Birdman que habían
iniciado un camino alejado del dibujo humorístico. Aún así, por las razones
que hemos señalado antes, se le aseguró un hueco a la caricatura a través
de Scooby y Shaggy.
El pop
inundó toda la serie, desde la sintonía compuesta por Ben Raleigh y cantada por
Larry Marks, hasta el color, pero es sin duda en la vestimenta de los
personajes, su furgoneta y su forma de vida donde encontramos los detalles más
poperos de la serie.
Individualmente,
empezaremos con Fred. Es el líder del grupo, el que suele conducir la furgoneta
y junto con Daphne, el personaje más real, viste con una camiseta de manga
larga blanca con el cuello azul y pantalones de campana también azules; además,
siempre lleva un pañuelo naranja anudado al cuello. Como curiosidad diremos que
en los primeros diseños era pelirrojo y que acabó siendo rubio.
Daphne
viste con un traje púrpura con minifalda y medias rosa, también lleva un
pañuelo de color verde en el cuello y una cinta del mismo color en el pelo.
Como Fred, es un personaje realista; ambos son el contrapunto a Scooby y
Shaggy, valientes y atrevidos. No se dejan engañar fácilmente y casi siempre
son los artífices de la trampa con la que se captura al fantasma de turno.
Velma es la segunda chica del grupo, y está a medias entre el realismo
de Fred y Daphne y la caricatura de Shaggy y Scooby, ya que es el cerebro
del equipo y la que resuelve la mayor parte de los misterios, pero también
se ve inmersa en las locuras de su mascota. El detalle más pop de su vestimenta
son sus grandes gafas redondas, que acentúan su papel de cabeza pensante y
que curiosamente no aparecían en los primeros bocetos del personaje, y el
peinado redondeado que le enmarca la cara. Utiliza un jersey de cuello alto
de color naranja, que en un principio iba a ser amarillo, y una falda de tonos
rojizos.
Por su
parte, Shaggy, cuyo nombre real es Norville, nos muestra que el movimiento
hippy ya empezaba a impregnar a la juventud americana, pues parece estar a
caballo entre los dos movimientos. Aún así, su corte de pelo, su perilla y sus
marrones pantalones de campana están acordes con la estética general del grupo.
Shaggy
es el dueño de Scooby Doo (con el tiempo descubriríamos que el nombre de Scooby
es un diminutivo de Scoobert), un gran danés
de color marrón y lunares negros, con una enorme cabeza, en la que lleva un
collar de color azul del que pende una placa triangular dorada con las
iniciales SD. Shaggy y Sooby mantienen una relación que sobrepasa la de perro y
amo, es de amistad, de total sintonía: son cobardes, siempre están hambrientos,
comparten su pasión por las pizzas y las Scooby Galletas. Huyen juntos de los
monstruos, aunque siempre acaben topándose con ellos, siendo sus huidas y sus
métodos para despistarlos los que desatan las carcajadas del espectador. Son
caricaturas hasta en su forma de hablar, ya que Scooby habla no con frases
completas sino con monosílabos, sonidos y chasquidos, con un tono de voz que en
su versión original ponía Don Messick y que le hacía el juego al tono chillón y
asustadizo de Shaggy cuya voz pertenecía a Casey Kasem, locutora de radio de
los 40 Principales americanos.
La mítica
furgoneta en la que el grupo recorría el país es otro de los grandes símbolos
de la serie y su estética es tan pop como
la de sus ocupantes. Bautizada como
The Mystery Machine, está pintada en dos tonos de verde bastante chillón
que en forma de olas llegaban hasta los focos delanteros pareciendo unas cejas
sobre unos ojos. Las letras del nombre pintadas en naranja tienen un aire
algo psicodélico; además, varias flores también de color naranja decoran los
laterales, los embellecedores y la funda de la rueda de repuesto. La furgoneta
es tan símbolo de la serie para los seguidores como lo pueda ser Scooby y
no se entendería un episodio sin ella, ya que la mayoría comienzan con la
Volgswagen Caravelle atravesando una solitaria carretera, un terrorífico pantano
o un brumoso muelle, donde la pandilla se encontrará con un misterio que resolver
-de ahí quizás el nombre de la furgoneta-. La
Maquina del Misterio es la base de operaciones del grupo, su casa; está
llena de cajas de pizza devoradas por los siempre hambrientos Shaggy y Scooby;
además, es donde se guarda lo único que hace que Scooby se enfrente a cualquier
peligro: las Scooby Galletas, que parecen darle a él y a su dueño el valor
necesario para atraer al monstruo de turno hacia una trampa. Si los creadores
de la serie hubieran elegido otro vehículo o no lo hubieran decorado como
se hizo, la serie nunca hubiera sido lo que fue.
Mención
especial merecen los bailes de los chicos cuando están en una fiesta. Hay una
total exaltación pop en esos bailes, en la música y en la coreografía, rozando
a veces una música disco que parece salida del Estudio 54.
Los 25 episodios de la serie original se emitieron entre 1969 y 1970. Fueron
un éxito absoluto. El contenido de todos los episodios era muy parecido. Los
chicos llegaban a algún sitio, bien porque se habían perdido, bien porque
iban a visitar a un amigo o a un familiar. Allí se enteraban o eran testigos
de que un monstruo o espíritu estaba asustando a los lugareños o intentaba
robar algo. La pandilla iniciaba la investigación dividiéndose en grupos:
Fred y Daphne por un lado, Velma sola por otro y Scooby y Shaggy intentando
esconderse del monstruo, aunque, fueran donde fueran, siempre acabarían siendo
perseguidos por el malvado de turno. Su huida y las ideas que se les ocurrían
para despistarlo, como cortarle el pelo o sentarlo en un restaurante, formaban
el punto humorístico del episodio. Después escapaban, se encontraban con el
resto, ponían en común sus descubrimientos y Velma o Fred hallaban una pista
sobre la verdadera identidad del ser fantástico, al cual capturaban con alguna
trampa en la que los cebos eran Shaggy y Scooby, previamente aleccionados
con Scooby Galletas. Ya detenido, se descubría que era alguien al que ya conocíamos
y que utilizaba la identidad del monstruo para conseguir dinero, rebajar el
valor de una propiedad o recuperar algo que había robado y perdido. El episodio
acababa con “el malo” quejándose de que si no hubiera sido por esos jóvenes
entrometidos se hubiera salido con la suya; por fin, Scooby daba un susto
a Shaggy y aullaba el ya clásico ¡¡Scooby-dooby-doo!!
Años
después, el éxito de las reposiciones de los episodios propició que se hicieran
otros 25 muy parecidos a los primeros, esta vez con el título The Scooby Doo Show.
Más tarde hubo otros episodios, aunque ya nunca fue lo mismo: desapareció
The Mystery Machine, eliminaron a personajes como Fred
y Daphne, llegó el valiente sobrino de Scooby, Scrappy Doo, que se enfrentaba
a los monstruos gritando ¡¡Poder perruno!! y que creía que su tío era el perro
más audaz e inteligente del mundo; se fue Velma y volvió Daphne; por fin se
enfrentaron a fantasmas de verdad, dirigidos en su caza de trece espíritus
por Vicent Van Ghoul, un mago al que prestaba su voz y su imagen el actor
Vincent Price. También se hizo una serie sobre la infancia de Scooby, y hasta
se programó otra serie de episodios en los que conocían a Batman y a Robin,
a La Familia Addams y a Cher. Todas son producciones que merecen bastante
el olvido. Nunca superaron a la primera serie ni en calidad ni en grafismo.
Hanna-Barbera
intentó explotar la franquicia de personajes realistas con uno caricaturesco en
series como Mandibulín, un tiburón
que hablaba con voz aflautada y que acompañaba a un grupo de chicos que vivían
en un mundo de ciudades bajo el agua a las que se desplazaban en submarino, y Colmillo, un hombre-lobo que en su parte
humana era muy parecido a Shaggy y a Scooby y que cuando se transformaba era
valiente y lanzado como Scrappy Doo. Ambos productos también son dignos del
olvido.
La
serie de 1969 dejó huella en varias generaciones y son muchos los homenajes e
interpretaciones que se han hecho de la misma y que casi siempre corren en el
mismo sentido: «si la serie no hubiera sido para niños, ¿qué hubiéramos podido
ver?» Las mentes más calenturientas piensan que la banda es traficante de
marihuana, que le dan al LSD, que consumen en forma de Scooby Galletas y por
esa razón ven fantasmas, que Scooby es el perro guardián de los cargamentos de
yerba. También dicen que en la furgoneta reina el amor libre, que Velma es una
militante lesbiana o practicante de bestialismo con Scooby y que el resultado
de su relación es Scrappy.
El grito de Scooby también tiene otra interpretación: ‘dooby’ suena como
‘doobie’ -‘porro’ en inglés-, o sea que cuando grita Scooby-dooby-doo, lo
que está diciendo realmente es que quiere fumarse un canuto.
Hemos
podido ver en el cine la película de Kevin Smith Jay y Bob el Silencioso Contraatacan, donde en una escena en la que
están haciendo auto-stop son recogidos por The
Mystery Machine y vemos en carne y hueso a los chicos, aunque bajo la
visión de Smith, la cual parece estar de acuerdo en que le dan a la yerba y al
amor libre. Dejando estos detalles aparte, la caracterización es muy buena y se
corresponde con la imagen de la serie.
No, no
me olvido de la película de imagen real estrenada el verano de 2002. Todos podéis
suponer que no es la película que hizo redescubrir el séptimo arte. Obviamente
no es la serie, es una película basada en la serie. Los productores prefirieron
reírse con la serie y hacer una caricatura de la misma y pasarla a la
actualidad, con lo que se hizo algún pequeño cambio. No es buena pero tampoco
es mala y aunque hay escenas en la que parecen ellos, en otras no acabamos de
creernos que sean la panda; pero claro, como dicen por ahí, aunque las
películas de Superman las
interpretase el propio Superman, los fans le seguirían viendo fallos.
Recomiendo que, si no lo habéis hecho aún, la veáis, y si no os gusta, siempre
tendréis la serie. No me resisto a comentar algún detalle que podemos encontrar
al menos en el reparto y en la vestimenta.
Fred
está interpretado por Freddie Prince, que no lleva el pañuelo al cuello ni la
camisa con el cuello azul.
Daphne
está encarnada por la televisiva Sarah Michelle Gellar, conocida por su papel
como Buffy, la Caza Vampiros. Sí se
parece a Daphne salvo en que le han quitado las medias rosas, se las han
sustituido por unas botas de tacón de medio metro, y le han quitado las mangas
a su traje púrpura.
Velma
sí viste como Velma, aunque la actriz que le da vida, Linda Cardellini, es
bastante más guapa. El único añadido es unas plataformas a los zapatos rojos.
Shaggy,
interpretado por Matthew Lillard, es el personaje más logrado de los cuatro.
Sccoby,
generado por ordenador, está bastante conseguido; tan sólo matizaremos que
parece más pequeño de lo que debería ser. La voz la pone Scott Innes.
En la
película también aparece el actor británico Rowan Atkinson, conocido en España
por su papel como Mr Bean. Atkinson
interpreta a Emil Mondavarius, dueño del parque temático Isla Espectra, en el
que se desarrolla la acción.
Por
supuesto, aparece The Mystery Machine,
muy ajustada a la original, aunque le hayan añadido una banda azul.
Bueno,
compañeros de jauría y lectores, espero que todo esto os haya servido para ver
cómo el pop caló hondo en la sociedad americana y cómo se reflejó en todas las
manifestaciones culturales posibles. Sabemos que Scooby Doo, where are you? no es un cuadro de Warhol pero es, sin
duda, un exponente del movimiento pop y de la juventud de finales de los años
60 en los Estados Unidos.
En
fin, lo que demuestra lo trascendente que es la serie es que treinta y cinco
años después del estreno algunos de los nostálgicos que han revivido la cultura
pop siguen teniendo a Scooby, a sus amigos y a su furgoneta como referente, o
al menos eso espero, porque si para esto han elegido a las también muy pop Supernenas quizás es que han abusado de
las Scooby Galletas.
¡¡Scooby-dooby-doo!!