Alguna
vez, los que dirigimos este proyecto independiente, loco, algo suicida, desinteresado,
nos hemos preguntado cómo sería el perfil ideal de un lector del
Coloquio. Al principio de esta andadura digital, la imagen primera que se nos
venía a la mente era la de un estudiante universitario -normalmente tímido
y de letras- que ansiaba ser escritor e iba tanteando el terreno de la publicación
de sus primeros escritos por el mundo de las revistas literarias. ¡Qué
pronto se nos vino abajo el prejuicio! Y qué contentos nos pusimos, claro.
Resultó, por la cantidad de correos que hemos recogido a lo largo de
estos cinco años, que nos leía gente tan dispar como un veterinario
colombiano residente en Alemania o un locutor radiofónico hispano afincado
en Nueva York. Gente muy diferente, con trabajos diferentes, con economía
y entornos familiares diferentes, que es, en lo profundo de nuestra ilusión
cultural, lo que realmente deseábamos desde nuestro comienzo sin saberlo:
un dentista madrileño, un psicólogo uruguayo, una oficinista hondureña,
un guitarrista argentino, una enfermera chilena, personas con sensibilidad que
nos han dejado escrita su alegría por leer un poema que les ha levantado
el ánimo gracias a un rato de descanso internauta en el trabajo o por
haberles pellizcado el estómago el final de algún cuento publicado
en nuestras páginas. Por ellos, seguimos adelante, firmes contra todo.
Lentos, sí, pero manteniéndonos.
Escribo
estas palabras sintiendo una avanzada primavera a través de la ventana;
día a día este paisaje está siendo devorado por la estación
que le continúa. En el sureste de España el calor veraniego no
avisa, no admite condiciones, es un calor ingobernable que se expande sin tregua.
Las teclas del ordenador pronto parecerán derretirse al presionarlas.
Algunos estudiantes, como es costumbre en esta zona al vislumbrarse el estío,
estarán imaginando ya cómo va a ser la quema de sus libros y apuntes
en las hogueras de la luminosa noche de San Juan. A los que también hicimos
eso de pequeños se nos remueve el cuerpo de nostalgia. Y es que, ¿existen
libros más proclives a odiar para un alumno que los libros de texto?
Déjenme que lo dude. De hecho, ¿a quién se le ocurrió
esa tontería de nomenclatura: 'libros de texto'? Ahora el Ministerio
de Cultura se ha enterado de que el futuro de la literatura está en los
niños y adolescentes del mundo. Y yo me pregunto: ¿a qué
tipo de literatura se querrá referir el Ministerio?, ¿tal vez
a esos libros de autoyuda
camuflados con la etiqueta de 'best seller'?
No, hablemos en serio, o hablemos con algo de optimismo. Yo, al menos, como bibliófilo empedernido que soy, reconozco que me emociono cuando, de vez en cuando, veo a un chavalín hablarle a otro sobre Las aventuras de Arthur Gordon Pym. Sí, sé que cada vez es más difícil encontrar este tipo de conversaciones apasionadas entre quinceañeros, pero, creedme, si levantamos el techo de algunos hogares de nuestra querida y abundante clase media, como hizo Cojuelo en el madrileño siglo XVII, comprobaremos que resulta más fácil de lo que parece encontrar a un niño encandilado en la soledad de su habitación sosteniendo un cómic entre las manos.
Y paramos el discurso ya, porque luego nos critican y atacan sin piedad. Debéis saber que también ha habido lectores que nos han escrito cosas tan contundentes como: «os creéis que vuestras lenguas son incendiarias, aunque en verdad son sólo el producto de unas mentes aburguesadas que juegan a envalentonarse por internet». No tiene desperdicio, ¿verdad?
Así pues, los seguidores del sargento Pimienta, con esa chulería torera que nos va caracterizando, os ofrecemos un nuevo pastel palabrero: poemas, relatos, artículos, traducciones, entrevistas... Pasen y vean.
JUAN DE DIOS GARCÍA
BERGANZA.- Cipión, hermano, óyote hablar y sé que te hablo y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.
(MIGUEL DE CERVANTES, Coloquio de los perros)