(Palma de Mallorca, España, 1972)
DE NATURA NOMINIS
Es
un hecho comprobado el que una lengua suela tener un número mayor de
sustantivos que de adjetivos. Esta apreciación se basa en la etimología
de ambos términos: sustantivo viene de sustancia; adjetivo, de adjunto
(y por tanto, prescindible). El hecho de que un elemento de la lengua pueda
cambiar su función sintáctica (esto es, por ejemplo, que un verbo
pueda pasar a ser nombre común: “viajar es un placer”; un
nombre pueda hacerse adjetivo: “mi novia está cañón”,
etc.) redunda en el principio de economía de la lengua, así como
en el conocimiento del léxico por parte del hablante, puesto que este
es más pequeño.
Pero esta concepción de la lengua no ha
sido compartida por todos los lingüistas a lo largo de la historia. Ya
en la Antigüedad, se estableció la división entre sustantivo
o sustancia, esencia, etc. y adjetivo o accidente. El desequilibrio entre el
número de esencias y accidentes fue muy discutido, y prueba de ello son
las dos escuelas lingüísticas (si es que puede llamárselas
así en una edad tan temprana) que de esta polémica surgieron.
Ambas escuelas sostenían diferentes teorías sobre la atribución
de las cualidades de los objetos, aunque, como veremos, también estaban
bastante cerca una de otra.
La escuela de Alcestes (Grecia, s. V. a.C.) proponía
que cada sustantivo tenía un adjetivo que lo complementaría y
que le sería propio

s1 - a1
s2 - a2
s3 - a3
...
Esta
corriente, que proponía que el accidente era parte intransferible de
la esencia del objeto, y que por tanto no podía ser atribuido a otro
nombre, cayó definitivamente en decadencia con las teorías filosóficas
y lingüísticas de Platón y Aristóteles, que hablan
de la necesidad de establecer generalizaciones en las estructuras de pensamiento,
teorías que chocaban frontalmente con las enseñanzas de Alcestes.
Sería de las cenizas de la escuela alcestíaca
que nacería la corriente liderada por Eutímedes (s. V a. C.).
Este último proponía que un sujeto (sustantivo, objeto, esencia,
como se quiera), tendría un número indeterminado de atributos
(adjetivos, accidentes), pero siempre uno -el que llama atributo P- propio,
original e intransferible. Es decir, mientras que el nombre tendría algunas
cualidades compartibles con otros objetos, tendría una, el atributo P,
patrimonio exclusivo de ese nombre.
Así,
como ejemplifica Eutímedes, el concepto “hombre” tendría
como diferentes atributos: alto, delgado, barbudo, erecto, etc. y sólo
un atributo identificado con él mismo: “pensante”. Esto haría
que se formaran cadenas semánticas conectadas por eslabones atributivos
que pueden relacionar todo el léxico casi hasta el infinito. Pero el
problema que se le plantea a Eutímedes es la naturaleza de esos atributos
P, propios e intransferibles de cada objeto. Evidentemente, al no ser rasgos
compartidos, se convierten en la característica más definitoria
del objeto, casi en parte de la esencia de éste. ¿Dónde
está, pues, el límite entre sustancia y atribución? Para
intentar establecer la naturaleza de ese atributo definitorio, Hesioco (s. IV
a. C.), a la muerte del maestro
Eutímedes,
propuso que el atributo P no podía ser considerado individualmente (es
decir, no podía ser estudiado de forma aislada el atributo de un objeto
en particular) sino en conjunto: habría, según él, un sujeto
mayor (S), que contendría todos los atributos P en él, de la misma
forma que un sujeto normal (s) contiene atributos normales. Ese objeto, inabarcable
por cuan extenso, sería la naturaleza. Sin contacto de ningún
tipo, San Anselmo y Ramón Llull llegaron a teorías semejantes.
Santo Tomás de Aquino identificaría más tarde esa sustancia
con Dios. De la interpretación de Hesioco y sus múltiples difusiones
durante la Edad Media se derivarían multitud de doctrinas consideradas
heréticas por la Iglesia.
Platón, en el Crátilo,
afirmó que el mismo nombre forma parte de la esencia del objeto. Borges,
muy interesado por todos estos asuntos metafísicos, nos decía
que, por tanto, tenía que existir un nombre que contuviera la esencia
de Dios, del todo, en él. Hesioco, de poder, le hubiera contestado al
argentino que para encontrar ese nombre, se tendrían que haber pronunciado
primero absolutamente todos los nombres que están en la naturaleza, o,
más bien, sus atributos secretos (según hemos visto). Esa suma
de nombres infinita sería el todo, sería Dios, pero para esa tarea,
imposible para la finitud del hombre, se necesitaría a Dios mismo para
llevarla a cabo. La creación, la existencia en sí, concluiría
Hesioco, concluyo, es el simple hecho de Dios pronunciando su nombre.
(Chile, 1978)
Es licenciada en Letras mención Literatura y Lingüística Hispánica. Actualmente es profesora de Castellano y cursa un Magíster en Literatura Hispanoamericana en la Pontificia Universidad Católica de Chile.
DEL ALARDE INICIÁTICO SEXUAL AL RITO DE SUMISIÓN EN MATERIA DISPUESTA DE JUAN VILLORO
El
presente trabajo tiene por objeto analizar el capítulo 4, titulado 'Último
safari', perteneciente a Materia dispuesta de Juan Villoro. El análisis
pretende caracterizar en éste, el error predominante durante el proceso
de inversión formativa del protagonista. En primera instancia se procederá
a describir de manera breve y compendiosa el capítulo ya mencionado para
proceder, luego, al análisis propiamente tal. La temática del
'Último safari' gira en torno al ‘rito iniciático sexual’
del protagonista, ayudado por su tío Roberto y el amigo de éste
llamado Tehui, quienes se encargan de llevarlo a un burdel tras cumplir sus
quince años. El capítulo, entonces, abordará el proceso
que va desde el momento previo a la salida hasta la culminación de ésta
con sus respectivas consecuencias.
Al comienzo de este capítulo, el protagonista
siente la ambivalencia de cumplir quince años, tomando conciencia de
que el proceso que le tocará vivir en pos hacia una cierta madurez no
dependerá exclusivamente de él, además, comienza a sentir
fuertemente su escisión, habitando en él un tal Mauricio anhelante
de una masculinidad bien definida como también la figura del niño
que lo acompañó hasta los quince años, el cual, poco a
poco, lo empieza a abandonar. Su búsqueda de identidad se presenta como
una instancia conflictiva cargada de incertidumbre y extravío: «El
futuro le parecía un sitio ajeno, como si ser “al fin él”
fuese una suplantación, un disfraz para borrarme.» (130). Este
cuestionamiento del protagonista guarda relación con lo que Ortega y
Gasset entiende por los sustitutos de la auténtica vida, al respecto
sostiene: «Tal vez lo más trágico de la condición
humana, es que puede el hombre intentar suplantarse a sí mismo, es decir,
falsificar su vida». Cabe destacar, para Ortega, que esta suplantación
cobra intensidad como parte de un conflicto vital principalmente en el periodo
de la juventud ya que ésta significaría «no ser todavía».
Así, Mauricio, estaría, en el contexto del capítulo, dentro
de la
categoría de un púber en transición hacia la adultez. He
aquí, en esta instancia intermedia, el conflicto de su identidad y de
su escisión. Si tenemos en consideración los postulados de Piaget,
quien sostiene que a los 16 años la manera de pensar de una persona está
totalmente formada, permitiendo al adolescente manejar una gran variedad de
problemas intelectuales lo que le proporciona un estado de equilibrio en su
vida, entonces, tendríamos que inferir que nuestro protagonista de quince
años adolece de este ansiado equilibrio, por lo que sus estructuras mentales
estarían en pleno proceso de formación. Y quien se va a encargar
de entregarle esta supuesta formación será su tío Roberto,
asumiendo el rol de un guía que se caracteriza por alardear sobre sus
aventuras y ritos pasados proponiendo, ahora, otro tipo de excursión,
esta vez de un orden iniciático sexual: «¿Todavía
eres quinto? -preguntó el tío Roberto- Mauricio pensó en
su virginidad -Te voy a llevar al Iris- sonrió Roberto.» (130)
De esta manera el tío Roberto se comienza a configurar como un personaje
que impulsa en Mauricio la salida de su estado púber. Ahora bien, en
el lapso de tiempo previo a la visita del burdel, Mauricio se aproxima a elementos
configuradotes de una cierta religiosidad como son los santos mártires
y sus milagros; la iglesia construida por el padre símil a una «oficina
para rezar» y su autocomparación con un santo en relación
con su hermano Carlos, quien confesaba su atracción por una vida licenciosa.
Podríamos decir que tras este preámbulo, con atisbos de culpa
y pecado, Mauricio se prepara para vivir el martirio que le producirá
la excursión hacia la casa de prostíbulo porque -y aquí
se empieza a dibujar el error que se producirá en su proceso de formación-
el protagonista no está lo suficientemente preparado para esta inmersión
en el campo prostibular siendo, en primera instancia su tío quien carezca
de sentido común y de responsabilidad acometiendo una inversión
en el proceso de formación de su sobrino. En este sentido, la narración
estaría alejada de una pretensión pedagógica que moraliza,
primando lo caótico, desde la mirada adolescente que narra. Es precisamente
desde esta perspectiva interior y confusa como conocemos la experiencia traumática
del protagonista cuando ingresa al burdel antes citado donde la marginalidad
y el deterioro tanto personal como colectivo caracterizaban el lugar: «Mauricio
sintió un latido en las sienes, activado por las pastillas y el nerviosismo[...]
Aquel recinto era un buen testimonio de la descomposición.» (155)
Lo interesante de esta situación es que
Mauricio, al verse presa del miedo y la angustia, busca una salida en la muerte,
concibiéndola como escapatoria y al mismo tiempo, símil del lugar:
«Sabía que la forma de salvarse, de salir mentalmente de allí,
era asumir un temor más profundo, la certeza que lo perseguía
en los últimos meses: el muerto que iba a ser. [...] La muerte llenaba
sus días [...] Mauricio sólo pensaba en el momento final, el eclipse
de las vidas.» (155)
Así Mauricio trató de ensayar una
estética de la descomposición, observando meticulosamente cada
detalle de ese ambiente sórdido, mientras observaba el espectáculo
colmado de mujeres desnudas acompañado del tío y del amigo de
éste que se dedicaban a recitar todos los referentes posibles del órgano
sexual femenino:
«Las mujeres llegaban precedidas por un
nombre de leyenda, bailaban sin gracia, se quitaban las breves lentejuelas y
pasaban a la parte central del espectáculo, que consistía en abrirse
numerosas veces, en no ser más que un sexo, un filo rojo precisado por
los binoculares. Con espanto reverencial vi esa zona cruda, mientras Tehui,
con parda monotonía, repetía los sinónimos de vagina que
escuché en esa primera comunión.» (162)
Este rito de iniciación concebido por Mauricio
como una primera comunión demuestra una inversión del orden, un
espacio ideológico definido por valores provenientes de la periferia,
donde comparten escenario un joven adolescente, prostitutas y un tío,
fabulador y monocorde. Ahora bien la frustración formativa más
violenta la constituye el episodio donde sacan a Mauricio del burdel por ser,
evidentemente, menor de edad, lo obligan a desnudarse siendo golpeado y humillado
delante del supuesto mentor de su aprendizaje, el cual, llevando el nombre de
un emperador azteca que reinó durante cinco años siendo finalmente
envenenado en 1486, Tisoc, tras el lamentable episodio fuera del burdel, le
reveló al sobrino su carácter farsante quedando todas las historias
de aventuras exóticas relegadas a vil mentiras: «-Ni una cebra
mierda –mi tío golpeó la mesa-. Nada. [...] No maté
nada. [...]¡Me abrí carajo, me abrí como una mujercita!.”
»(166-167) Ante lo cual siente que ha fallado como guía abandonando
el mando de la expedición, así, el último safari de Roberto
desemboca en la repugnancia de su sobrino: «Vomité, mientras pensaba
en las mujeres descoyuntadas en el teatro.» (168) Podemos señalar,
pues, la acción desacertada del tío al tratar de convertirse en
un guía avalado por una serie de excursiones imaginarias. Cabe destacar,
al final del capítulo, la propuesta proteica de los acontecimientos,
configurándose la posibilidad de enmienda de los sucesos pasados a cargo
de Mauricio, el cual siente un llamado a revertir, en cierta forma, la equivocación
y con ello el orden truncado de los acontecimientos: «Roberto miraba como
esperando un comentario, como si yo fuera capaz de humillarlo a fondo por sus
cebras perdidas y los insectos que mantenía vivos, y sobretodo, como
si necesitara la ofensa de un canalla para demostrar que aún podía
existir. En ese momento un insulto lo hubiera ayudado. [...] Me vio con ojos
de rencilla, que invitaban a compadecerlo, a descartarlo como el idiota conveniente
que había sido para nosotros.» (169)
En
ese instante se revela la cobardía y la falta de madurez del protagonista,
quien participó de una ‘expedición sexual’ desconociendo
los peligros, la humillación, el pudor y el pasado oculto de su tío
y más aún, sin saber emitir los juicios apropiados para una situación
de esta envergadura: «Busqué algo que decir pero Mauricio se me
calló. [...] En ese momento ni yo ni Mauricio tuvimos boca, algo se separaba
y el tío me pedía, nos pedía seguir ahí, ayudarlo,
así fuera con un regaño, [...] él aguardó, desafiante,
pero no hubo voz.» (169) El fracaso de la formación de Mauricio
emprendida por el tío desemboca en la ruptura del protagonista, quien
confirma su escisión frente a sí mismo y a los demás:
«Mi lengua pesaba como algo que se degolla,
se forza, se torce. Un simple insulto bastara para que el tío sonriera.
Quise que lo dijéramos. Algo. Lo que saldría. El tío aguardaba
lo que fuera, la voz destemplada el arranque gutural. Yo quería quedarme.
Pero la garganta de Mauricio tragaba silencio, rompida. Asquerosa. Definitivamente
rompida.» (169)
Sería pertinente señalar que la vida de Mauricio, después de estos acontecimientos, se vislumbraría como una ruina entre cuyos escombros él tendría que descubrir lo que debía haber hecho y así dibujar una identidad y un destino ideal o superior, que sería, por lo visto, el auténtico. Sin embargo, en el presente narrativo, el protagonista se deja llevar por las circunstancias, convirtiéndose en Materia dispuesta en concordancia con lo que afirma Ortega y Gasset: «La vida es abandono del ser en disponibilidad. La mera disponibilidad es lo característico de la juventud frente a la madurez. El joven, porque no es aún nada determinado, irrevocable, es posibilidad de todo.» En consecuencia, nuestro personaje, empleando un término de Ortega, se vegetaliza ya que no se observa en él una lucha con su contorno sino más bien una voluntad de ruptura en sus manifestaciones de su yo dividido.
Bibliografía
-Conversación entre Javier Marías
y Juan Villoro: de espías y otros fantasmas, Letras Libres 4:48
(Dic. 2002).
-Entrevista con Juan Villoro, Cuadernos hispanoamericanos 561, (Marzo,
1997).
-Goic, Cedomil, “Las voces de El Juguete Rabioso (1996) de Roberto
Arlt”.
-Kohut, Karl (ed.), Literatura mexicana hoy. (Frankfurt am Main, Vervuert,
1991).
-Ortega y Gasset, José, Pidiendo un Goethe desde dentro (Santiago
de Chile, Nueva Época Ediciones, 1932).
-Villoro, Juan, Materia dispuesta (México, Alfaguara, 1996).
(Hermosillo, México, 1977)
Se licenció en Letras Españolas
por la Universidad de Guanajuato con la tesis titulada Lo grotesco en El
desfile del amor de Sergio Pitol. Ha sido colaboradora en el suplemento
cultural ‘Perfiles’ del periódico El Imparcial con
la columna titulada 'La cúpula inversa'. También ha colaborado
con la revista La Tempestad, en cuyo nº33 se publicó el
artículo que ahora reproducimos aquí.
PITOL Y EL DIBUJO DE LO REAL
En
el prólogo a Soñar la realidad. Una antología personal
(1998), Sergio Pitol narra el momento en que, influido por la lectura de
Gombrowicz y la definición de Henry James de la novela como «impresión
personal y directa de la vida», descubrió que su literatura debía
abordar con mayor lealtad la realidad. Una nueva etapa inició con sus
novelas, cuya ambición de fidelidad -alejada ya del mundo misterioso
y vedado de la infancia- desembocó, paradójicamente, en la deformación
de lo real.
La realidad está en constante fuga. Esta
idea constituye el argumento central de El desfile del amor (1984):
la imposibilidad a la que se enfrenta un historiador al intentar aclarar un
crimen del pasado. Los personajes a quienes entrevista, testigos oblicuos del
asesinato, son los principales deformadores de su visión. En la trama
no existe la verdad, o lo que es lo mismo: cada versión es una verdad
que nunca llega a dibujar la totalidad. El mundo ficcional que el escritor propone
tiembla ante cualquier intento de unicidad, estabilidad o cordura.
El desfile del amor sorprendió
a la crítica literaria mexicana, que descubrió en su autor un
humor excéntrico que superaba el matiz trágico de sus primeros
cuentos y novelas. Cuando se completó
-con
Domar a la divina garza (1989) y La vida conyugal (1991)-
el Tríptico de carnaval, ‘humor’ era un término
utilizado con frecuencia para definir la obra de Pitol (Puebla, 1933). Aparecieron
entonces, constantemente, alusiones a la influencia determinante de la concepción
carnavalesca estudiada por Mijaíl Bajtín en la obra de Rabelais.
La mayoría trasladó literalmente los componentes de este discurso
a los de la novela, exagerando el papel prefigurador de la teoría bajtiniana
en los relatos pitolianos. Pero El desfile del amor es mucho más
que un carnaval renacentista: Pitol mezcla la comedia de enredos, el género
policial, lo grotesco y un mundo visual surgido de su interés por la
pintura, el teatro y la ópera con su circunstancia personal: como embajador
de México en Praga, se desenvolvió en el mundo rígido y
oficial de la diplomacia, parodiado en la novela.
Aprehendedor de lo disperso, Pitol hace temblar
la estructura individual de las cosas (su sentido indivisible). De ahí
su relación natural con el carnaval, que proviene de un andar por el
mundo con los «anteojos perdidos», como lo ha caracterizado Juan
Villoro. La complejidad de El desfile del amor no se halla en su forma
(el relato tiene una temporalidad lineal) sino en la trama y sus bifurcaciones,
en el origen de los hechos y sus consecuencias: «Contar cosas reales y
deshacer y al mismo tiempo potenciar su realidad ha sido mi vocación»,
escribe Pitol. Observación delirante de
lo
real cuya visión podría equipararse a la del personaje central
del cuento ‘Asimetría’ (1984):
«Hubo un momento durante una enfermedad en que estuvo a punto de morir. Vio entonces una especie de tejido, algo semejante al revés de un tapiz donde unos hilos de color terroso se trenzaban entre sí, se ataban aquí y allá en nudos de distintos tamaños. Cada detalle era en sí confuso, pero el total creaba una forma cerrada. Supo, aún en medio del delirio, que ése era el trazo y el esquema de su vida. ¿Cómo saber si aquella superficie, sus rugosidades y contornos definían una forma simétrica?»
La fuga,
la deformación de la realidad, la asimetría: tres figuras constantes
en la narrativa pitoliana, que convierten su lectura en la búsqueda de
algo que, de no ser por aquello que le da forma, sería inalcanzable.
Es la visión de la vida en su complejidad milimétrica, de un mundo
que funciona en la apariencia (la máscara, donde no se perciben los hilos,
donde se tiene la ilusión de estar frente a una superficie cerrada).
La obra de Sergio Pitol es un espejo convexo que deforma la visión de
quien espera simetría en el escenario del mundo. Pitol no sólo
apabulla con sus lecturas: su obra es la constatación de un mundo apabullante.
DEUS SIVE NATURA
Una reflexión sobre la religión de Einstein
Solía
decir Hegel que el espíritu que, desplegándose, constituye el
progreso de la Historia, en un momento dado se hace presente en sucesos privilegiados
y en hombres excepcionales. El que hoy recordamos, la formulación de
la teoría de la relatividad restringida, y el propio hombre que la concibió
formarían parte de este olimpo científico con todo merecimiento.
Quién puede negar el protagonismo de las teorías einstenianas
en el panorama científico actual. Y, si recordamos las disertaciones
de Kunh sobre la estructura de las revoluciones científicas, podemos
afirmar sin temor que estas teorías han hecho saltar por los aires los
pilares de la ciencia clásica y han contribuido a configurar un nuevo
paradigma científico. Newton destronado, Einstein ha ocupado su lugar.
Los méritos de Einstein tuvieron ya en
vida el oportuno reconocimiento, no sólo del mundo académico,
sino también del gran público. Por entonces ya el mundo comenzaba
a convertirse en espectáculo por obra y gracia de las comunicaciones,
y en esta tesitura la celebridad lleva consigo la servidumbre de convertirse
en oráculo. Cualquier gesto, cualquier palabra, cualquier artículo
de Einstein sobre cualquier tema era demandado, esperado, analizado y divulgado
por todos los medios. Y así, entre los muchos papeles que se conservan
de Einstein hay consideraciones sobre el pacifismo, sobre el sionismo, sobre
el futuro del hombre y, cómo no, sobre la religión.
Einstein utiliza con cierta ambigüedad los
términos religión, religiosidad o Dios, pero siempre lo hace con
respeto. En todo caso hay que decir que, para él, la religión
no tiene nada de divino o de transcendente, antes bien es un asunto puramente
humano ligado a necesidades emocionales variadas y a necesidades sociales y
morales. Los diversos sistemas religiosos, respondiendo también a situaciones
diversas, suponen un mayor o menor nivel de desarrollo y, por consiguiente le
merecen una distinta consideración.
En un artículo publicado allá por
los años 30 del pasado siglo en el New York Times Magazine habla
nuestro físico de la experiencia del miedo como raíz de ideas
y comportamientos religiosos en el mundo primitivo. No estaba muy desarrollada
por entonces la “comprensión de las conexiones causales”,
y, teniendo que hacer frente al miedo, al hambre, a la enfermedad, a los múltiples
peligros que le acechaban y a la muerte, los hombres se sintieron impelidos
a crear seres poderosos responsables de los acontecimientos que les infundían
temor. Su adoración e invocación a través de ritos tenían
la finalidad de recabar su auxilio.
La religión del Dios providente o religión
moral, como la denomina Einstein, también nace de una experiencia humana,
la constatación de la fragilidad de lo humano que deriva en insatisfación.
Este Dios vendría a colmar los anhelos constantemente truncados de los
hombres.
Ambas motivaciones se mezclan en mayor o menor
medida en las religiones concretas, aunque se ha de reconocer que la segunda
de las formas descritas supone un nivel más evolucionado. Pero a fin
de cuentas los dos tipos no escapan al ámbito de lo humano. Es la vieja
fórmula unamuniana: “Fe es crear lo que no vemos”.
Las religiones son, pues, constructos sociales
que se afanan en recoger de la tradición principios y valores que dan
respuesta a las aspiraciones humanas más íntimas. Definir, aclarar
y profundizar en esos principios y valores, así como instalarlos en la
vida emotiva de los individuos ha de ser la función social de la religión.
Einstein cree ver en la tradición religiosa judeo-cristiana la expresión
más excelsa de esos principios y valores humanos.
Hay,
sin embargo, de acuerdo con nuestro autor, una forma más noble de motivación
religiosa que las reseñadas, “el sentimiento religioso cósmico”.
Así lo llama Einstein. Consiste éste en el deseo de experimentar
el universo como un todo único y significativo sólo descifrable
por medio de la racionalidad humana. Difícil de explicar, sí,
porque las religiones nos tienen acostumbrados a pensar en un Dios personal.
Pero este sentimiento religioso cósmico es el que alentó a Kepler,
a Newton y a tantos otros a esforzarse por comprender los principios de la mecánica
celeste, tarea tan alejada de las realidades inmediatas de la vida. Einstein
hace suya la observación de un contemporáneo al decir que “en
estos tiempos materialistas que vivimos la única gente profundamente
religiosa son los investigadores científicos serios”. Y apostilla:
“ con sobradas razones”.
Desde esta perspectiva queda definitivamente liquidado
el multisecular contencioso entre la ciencia y la religión. Ya no hay
ninguna razón para el conflicto. Se han repartido convenientemente, y
sin posibilidad de interferencia, el terreno de juego. Aquélla se ocupa
de lo que es, es decir, de las leyes universales que regulan los fenómenos,
encadenados por la férrea causalidad, ésta, en cambio, se ocupa
de lo que debiera ser , o sea, el ámbito de los anhelos y aspiraciones
últimas del hombre. Parafraseando a D. José Ortega y Gasset se
puede decir que la verdad de la Física es exacta pero insuficiente, mientras
que la verdad de la religión es inexacta pero suficente en la medida
en que trata de alcanzar el horizonte de las aspiraciones del hombre que hay
detrás del físico. Separadas pero no enfrentadas. Ambas son necesarias
y en ambas late un mismo y legítimo sentimiento religioso.
¿Y
Dios? Aquí está la contundente respuesta de Einstein: “El
individuo que está totalmente imbuido de la aplicación universal
de la ley de causalidad no puede ni por un instante aceptar la idea de un ser
que interfiera en el curso de los acontecimientos…siempre , claro está,
que se tome la hipótesis de la causalidad verdaderamente en serio”.
No puede haber un Dios personal, repartidor de premios y castigos. Es incompatible
con esa ley inexorable de la causalidad. Naturalmente, “Dios no juega
a los dados”.
Y si aceptamos que la forma más noble de
la experiencia religiosa es la que brota de ese “sentimiento religioso
cósmico”, a fortiori tendremos que concluir que el Dios al que
apunta ese sentimiento no puede ser sino lo que hay , es decir, el cosmos, el
universo. O, dicho con la expresión acuñada tiempo atrás
por el pulidor de lentes Baruch Spinoza, Deus sive Natura. Dios también
se llama Naturaleza, porque Dios es la Naturaleza. Un Dios o Naturaleza o Universo
o Cosmos, cuya comprensión es la más noble de las ocupaciones,
una tarea de largo, tortuoso y difícil recorrido, pero no imposible,
porque “Dios podrá ser sutil, pero no malicioso”.
(Córdoba, España, 1963)
Actualmente vive en Molina de Segura (Murcia).
Ha publicado El amigo de Kafka -galardonado con el XXV Premio Tigre
Juan, El oro celeste (Xordica, 2003) y Galería de apátridas
(2003).
LA IMPORTANCIA DE UN ADVERBIO
Gabriel
García Márquez ha explicado que se dio cuenta de la importancia
del lenguaje el día en que le avisaron a gritos de que tuviera cuidado,
y esa palabra lo libró de morir atropellado. Sobre la importancia de
las palabras tendría también mucho que decir el señor Don
Segundo Mesado, a quien un inocente adverbio –“demasiado”–
ha supuesto el cese de su cargo como director de Filatelia en Correos y, por
tanto, una considerable merma en sus ingresos anuales. Mesado ha tenido, así,
el dudoso privilegio de poder cuantificar en euros el valor de una mera concatenación
de fonemas.
El hecho ocurrió en Granada, el 25 de noviembre
de 2004, durante la presentación de un sello emitido con motivo del V
Centenario de la muerte de Isabel la Católica. Coincidía con la
celebración planetaria del Día Internacional para la Eliminación
de la Violencia contra las Mujeres. Debemos suponer que aquella jornada había
empezado con buen pie para el señor Mesado. El cielo era tal vez límpido
en la mañana otoñal, y a lo lejos se dibujaba la silueta abrupta
de las cumbres de Sierra Nevada. Quizá por todo ello se sentía
especialmente eufórico y, así, ante un auditorio más bien
aburrido o indiferente, seguro de su poder de oratoria, dejó caer esto:
“Isabel I no sólo era reina e inteligente, sino también
mujer, y hoy es un día de protección a la mujer; acuérdense
de ello, de no pegar demasiado a las mujeres”.
Tal vez Mesado se dio cuenta de la metedura de
pata nada más emitirla. O tal vez no. En todo
caso, es seguro que fue consciente de ello una vez que la concejal de Igualdad
del ayuntamiento de Granada, Ana López, empezó a increparle micrófono
en mano y roja de indignación. Mesado trató de deshacer el entuerto
(“no se les debe pegar nada –aclaró–, porque demasiado
es algo”), pero ya era tarde. El revuelo fue tal que se abrieron inmediatamente
diligencias y se inició una investigación. El ente Correos se
vio obligado a rechazar públicamente las “injustificables declaraciones”
de su directivo y a reafirmarse “rotundamente contra la violencia de género”.
En cuanto al señor Segundo Mesado –que quizá no terminaba
de comprender del todo lo que había ocurrido–, fue forzado a dimitir
de su cargo en menos de veinticuatro horas.
Nos hallamos bajo el imperio de lo políticamente
correcto, moda importada de los Estados
Unidos
de América junto con el cine de efectos digitales o la ropa interior
de Calvin Klein. Esta corriente lingüística, que obliga a medir
las palabras con un pie de rey antes de expelerlas, al menos en público,
nos lleva a denominar a los sordos (verbigracia) como “personas con deficiencias
auditivas”, y ha agotado los eufemismos mediante los cuales referirse
a tullidos, a viejos, a negros o a moros (respectivamente: discapacitados, personas
mayores, subsaharianos o magrebíes).
En semejante entorno, la propuesta deslizada por
el ahora ex director de Filatelia no puede ser calificada tanto de abyecta como
de estúpida. Reprobamos que Segundo Mesado considere tolerable la violencia
contra las mujeres, aunque sea en grado mínimo, pero aún reprobamos
más que sea tan ignaro como para expresarlo en público y hacerlo,
además, en un día como ése. O tal vez Segundo Mesado no
sea enteramente estúpido, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que
es un verdadero bocazas; sus declaraciones hubieran resultado impecables de
no haber intercalado atolondradamente en ellas esa palabra: “demasiado”.
Estamos seguros de que en el futuro, cada vez que la pronuncie, le vendrá
a la cabeza aquel triste 25 de noviembre. Es posible incluso que termine por
suprimir tan ingrato adverbio de su vocabulario.