WALTER
DANIEL
(Buenos Aires, Argentina, 1972)
Es Licenciado en Filosofía y trabaja actualmente en Comercio Exterior. Participa en el Taller de la escritora Elizabeth Azcona Cranwell y la periodista Adolfina Mondino. Ha publicado algunos poemas en revistas electrónicas.
WITTGENSTEIN
Y LA LÓGICA CLÁSICA
Cerré la puerta y comprobé que me colgaban del cuello las calles, el ruido ensordecedor del microcentro y una tremenda borrachera, que ahora seguiré deshilando como un razonamiento lógico. Exactamente y al modo en que doy mis clases de insatisfecha filosofía. Modus Tollendo Tollens, sólo para ser simple. Solo y tolerándome con dos botellas de whisky, dos vasos de la tercera, y vendrán otros, ya que siempre tuve problemas con los número pares. Wittggenstein bosteza y se traga toda la lógica clásica, sólo un círculo rasguña el mapa europeo. Como el pasaje Zelaya, con sus casitas pintadas de distintos colores, ese círculo me resulta simpático. En el fondo del vaso, tu boca.
Con el alma sangrada
observo tu perfil
alto y bello
como el instante
Antes, Hegel hizo explotar el idealismo. Sus clases de Teología eran una rara mezcla de mito e historia de la arquitectura, todo esto para que Kierkegaard meta la cuchara con el afán de recordar que sufrimos de angustia. Como yo, que estoy pensando ya en las tazas de café que mañana tendré que tomar.
Con mi lengua
toco tus hombros
voy creándote la piel,
mientras el corazón
se desgrana
y te creo verdadera
porque tiembla el invierno
¡Puaj!
el reloj me taladra la cabeza. Ultimamente, todo me traspasa. Y me defiendo
con viejas fórmulas más potentes que las de la lógica.
DSV = (dQ + Q.D.SV) + O. A veces, creo que la física se ocupa de traducir
en letras y números lo mismo que otros dicen en un lenguaje arcano,
silencioso:
"Mujer, tu nombre es fragilidad". My friend, no hay nada mejor que
whisky escocés para un inglés.
Esa piel que se vuelve espesa
cada vez que reanudo mi marcha
o la estampida de gemidos
que explota en mi oído derecho,
le dicen a mi cuerpo: Vives
Desde las Islas Británicas a Persia. El saber filosófico sostiene en su mano la física, la literatura y la medicina como riquísimos racimos de uva. Y vuelta a lo mismo, otro vaso de alcohol, todo un alambique del saber para no perder el equilibrio. ¡Paracelso! Suprasternal: depresión en la base del cuello, línea media entre las dos inserciones de los esternocleidomastoideos.
Mi dedo índice te descubre el
cuello, la raíz,
desde ese pozo miro el universo.
Y con cada gota de consciencia que me queda
te abono el alma. Separo mis labios -no quiero hacerlo-
y en la punta de mi lengua
un perfume viejo pierde el equilibrio.
La primavera estalla en tus ojos.
Amanece
sobre América. Enfrento la mirada del mundo. Sobre el río, Buenos
Aires se mueve despacio y anhelante; en su negra cabellera los puertos se lavan
los dientes y yo bostezo, dispuesto
a
una nueva soledad. El día se abre furioso y en el vértice de mi
pecho la historia argentina me deja una traición. Quiero decir, un beso.
Esta soledad de mantenerme estaqueado en la baldosa de siempre, sin avanzar,
con la esperanza de no retroceder. Me aferro a tu risa.
Mi soledad cabe en tu presencia.
Como una hoja,
las estrellas sueltan el otoño
en tus labios.
Y en cada beso,
te muerdo el amor.
(Madrid, España, 1971)
En 2003
publica la novela Las hijas de Sara (Alianza), y en 1999 la novela
El hombre de espaldas, I Premio Ópera Prima de Nuevos Narradores.
Ha sido incluida en diversos volúmenes de poesía y relato, entre
los que cabe mencionar la antología Ni Ariadnas ni Penélopes.
Quince escritoras españolas para el siglo XXI (Castalia). En junio
de 2004 forma parte de la antología poética Todo es poesía
menos la poesía. 22 poetas desde Madrid (Eneida).
Entre otros galardones, ha recibido el Segundo
Premio Hucha de Oro (Madrid, 2004) con su relato 'Oxford', así como el
Premio Regenta (Salamanca, 1998) por su ensayo Donde acaba la creencia.
RUA SERPA PINTO, 6
Rebeca
Lohman llevaba un libro y el periódico del día en un bolso, pero
no podía leer porque iba casi hipnotizada por el paso frenético
de la tierra y de los árboles. Miraba por la ventana constantemente,
como si fuera la primera vez que viajaba en un autocar, y se dejaba mecer por
el movimiento del vehículo oponiendo una única resistencia al
sueño que parecía querer dominar también ese viaje. Pero
no. Esta vez no se iba a dormir. Quería ser consciente del trayecto,
de las horas de movimiento hacia el oeste y del cambio del paisaje, si es que
lo había. Quería demostrarse a sí misma que era capaz de
hacer un viaje intenso, pleno, aunque tuviera que viajar sola. Iba a aprovechar
al máximo aquellos tres días de vacaciones e iba a empezar siendo
feliz al observar el paso a lo lejos de un pueblo y de otro, hasta llegar a
Lisboa y dejar transcurrir luego las horas entre museos, plazas, castillos,
desembocaduras del Tajo y excursiones a Estoril, Cascais y Sintra. Las noches
las pasaría sola en el hotel Lisboa Plaza y no quería dormirse
ahora, en el camino, para llegar allí, a Lisboa, y sentir que no se había
movido de Madrid. Quería ser consciente, plenamente, de la distancia
que estaba interponiendo entre ella y lo que se quedaba detenido detrás.
Quería ser consciente del alejamiento de todo.
Los dos chicos que estaban sentados justo detrás
de Rebeca Lohman no dejaban de hablar en inglés y le pareció que
más de una vez se estaban refiriendo a ella o que, al menos, hacían
alguna alusión a su impertérrita manera de mirar, casi obsesivamente,
por la ventana. Pero no se giró hacia ellos y fingió no estar
entendiendo nada. Había pasado cerca de cuatro años en Dublín
enseñando español a los hijos, e incluso a los nietos, de algunas
familias de emigrantes españoles, y se había dado cuenta perfectamente
de que estaban hablando con acento irlandés, así que podría
haber iniciado una conversación con ellos sobre la extraordinaria belleza
de su país o, incluso, haber intercambiado algunas frases en gaélico
si aquellos dos chicos hubieran sabido hablarlo. Pero no tenía ganas
de coquetear con nadie, ni siquiera con dos extranjeros que podrían haberle
ofrecido un agradable momento de conversación intrascendente en inglés.
Pero no ahora. Ahora no iba a perseguir ninguna amistad transitoria de autocar
porque quería disfrutar a solas
de
aquel trayecto y porque quería estar sola tres días en Lisboa.
Días que emplearía en caminar, en observar y en sentarse en alguna
terraza con la intención de leer el periódico o cualquier libro
en silencio. Sola.
Los dos chicos irlandeses de los asientos de atrás
parecían estar verdaderamente interesados en que ella reaccionara, y
el que estaba sentado junto a la ventanilla, justo detrás de Rebeca,
se levantó e inclinó su cabeza hacia ella, fingiendo perder el
equilibrio al realizar un cambio de postura. Rebeca Lohman no se movió
y los dos chicos se echaron a reír, aunque podían estar seguros
de que a ella sus risas le daban lo mismo. En aquel viaje no tenía que
parecerle amable a nadie. No tenía que sonreír ni mostrarse educada,
así que no lo iba a ser, y cuando ellos le preguntaron que cómo
se llamaba, en un español francamente mal hablado, ella les respondió
sin demasiado interés y sin dejar de mirar por la ventana, mientras pensaba
que cualquier muchacho español de su edad sabría, sin duda, pronunciar
cualquier palabra inglesa con más estilo.
-¿Perdón?
–preguntó de nuevo el chico.
-He dicho que me
llamo Rebeca –repitió ella girando un poco la cabeza hacia él.
-Yo soy Ian y él
es John –volvió a hablar el mismo chico. Seguramente el otro no
sabía decir nada en español.
-Encantada…
–murmuró ella volviendo a mirar por la ventana.
-Somos estudiantes.
Vamos a un museo de Lisboa para visitar una exposición. ¿Tú
también?
Rebeca
Lohman se giró ahora por completo para mirar al chico. Elevó los
ojos y le observó con interés porque deseaba averiguar si se estaba
burlando abiertamente de ella o si, por el contrario, era de hecho tan estúpido
como para creer que una mujer de su edad y con su aspecto podía ser una
estudiante de arte o, peor aún, que todas las personas que viajaban en
aquel autocar iban a visitar una exposición como él. Rebeca le
miró con mayor atención y lo único con lo que se encontró
fue con la sonrisa amplia, sin rastro de maldad, de un chico más bien
alto, por lo que dedujo que sí: aquel chico era lo suficientemente ingenuo
como para considerar que cualquiera que se encontrara en su viaje por el sur
de Europa tendría sus mismas intenciones e iba a hacer lo mismo que él.
Rebeca Lohman decidió responder con otra pregunta dirigida al mismo chico
que continuaba de pie, apoyado sobre su asiento:
-¿Y a qué
museo vais?
-Espera… –él
empezó a registrar uno de los inmensos bolsillos de su pantalón.
Buscó y buscó hasta que por fin sacó un papel arrugado
lleno de anotaciones–. Vamos a la Rua Serpa Pinto. Mira, aquí es
–señaló con el dedo un punto en un pequeño mapa que
también había sacado de su bolsillo y que estaba tan manoseado
y tan viejo como el papel anterior.
-Sí –Rebeca
observó el mapa durante un instante–. Es el Museu do Chiado. Muy
bonito. Os va a gustar…
-¿Tú
también vas?
-Sí, claro.
Supongo que iré… –dijo Rebeca Lohman volviendo a mirar por
la ventanilla y temiendo cualquier invitación casual por parte de aquel
chico a reunirse allí con ella o, incluso peor, a ir los tres juntos.
Pero entonces el chico se sentó y comenzó
a hablar de nuevo en inglés con su compañero. Ella, sin saber
del todo la causa, recordó de repente a su marido, tan alto y tan delgado,
también viajando en un autocar en ese instante, pero en dirección
opuesta a la suya, y quiso imaginar que quizá también él
podría ir sentado delante de dos chicas irlandesas que le provocarían
con sus risas y que se levantarían de sus asientos para hablar con él.
Imaginó que, quizá, su marido, tan excesivamente delgado, aprovecharía
la oportunidad e intentaría concertar algún encuentro con aquellas
chicas risueñas sin comentárselo a ella más tarde, cuando
volvieran a reunirse el lunes en Madrid, en su casa. Allí, en Madrid,
sólo hablaría del aburrimiento de aquel viaje de trabajo sin referirse
en ningún momento a las dos jovencitas que, en la imaginación
de Rebeca, estarían riéndose constantemente. Igual que los dos
irlandeses que ella tenía justo detrás.
Aunque, en realidad, sabía que estaba sospechando de su marido por el
único placer de hacerlo, por pensar en algo absurdo durante un instante,
ya que no podía creer de ninguna forma que su marido fuera capaz de hacerle
a ella algo así. Estaba viajando hacia Barcelona porque últimamente
casi todos los envíos llegaban con algún desperfecto grave y él,
que trabajaba para una cadena de tiendas de ropa deportiva, debía encargarse
del asunto y solucionarlo personalmente. Así que, sintiéndolo
mucho, no iba a poder reunirse con ella ese fin de semana en Lisboa como tenían
previsto. Los dos solos otra vez. Con lo mucho que le apetecía estar
con ella a solas en un hotel, lejos de casa, como antes, cuando se conocieron
por casualidad en Dublín y él se quedó tan fascinado por
el hecho de que fuera tan frágil y tan preciosa… No. Su marido
no tendría jamás una aventura con dos irlandesas risueñas.
Sacó la botella de agua mineral que había
comprado en la estación, antes de subir al autocar, y empezó a
beber despacio, pensando que se había casado con un hombre alto y muy
delgado, que no tenía prácticamente ningún atractivo físico,
sólo porque él se había enamorado de ella casi en el acto
y porque creyó que con el tiempo también ella se enamoraría
de él. Y era cierto que, algunas veces, le echaba de menos. Era cierto
que algunas veces recordaba su expresión despistada y su figura absolutamente
desprovista de encanto y que entonces, sin desearlo, le echaba de menos. Era
cierto que en esos momentos de nostalgia llegaba a creer que le quería,
pero no era capaz de determinar si lo que sentía por él era amor
o sólo una especie de cariño maternal.
Estaba pensando en su marido con tanta intensidad
que únicamente pudo advertir la voz del chico que tenía justo
detrás cuando él se decidió a tocar su hombro suavemente:
-¿Me dejas
ese periódico?
-¿Qué?
-El periódico…
–dijo el chico señalando el bolso en el que ella levaba también
un libro, unas gafas de sol, un monedero y una agenda de teléfonos.
-Claro –dijo
ella sacándolo y ofreciéndoselo.
-Queremos leer las
noticias del día en España… –dijo el chico con su
sonrisa bobalicona. No hablamos bien el idioma, pero tenemos la intención
de aprenderlo.
Ella
le devolvió la sonrisa y luego regresó al paisaje de la ventana
intentando dejar de pensar y dedicarse únicamente a disfrutar del leve
movimiento del autocar. Escuchaba los comentarios de los chicos, en inglés,
sobre las noticias y, sin quererlo del todo, empezó a sonreír
de verdad. Se sentía bien, por primera vez, al estar sentada tan cerca
de aquellos dos chicos, y casi estuvo dispuesta a iniciar una conversación
con ellos. Podría hablar de los años que había pasado en
Dublín y de todos los lugares interesantes que había visitado
allí, en aquella extraña e inolvidable ciudad.
Pero no lo hizo porque, al volver la cabeza hacia
sus asientos, pudo ver en el periódico abierto una cara que le resultaba
muy familiar. Excesivamente familiar. En un principio fue tan solo una intuición,
una sospecha sin demasiado fundamento real ya que el periódico estaba
al revés. Pero cuando, a continuación, se levantó, salió
al pasillo y enfocó directamente aquella fotografía en blanco
y negro del periódico, pudo verificar por fin que su tímido presentimiento
había sido acertado. Allí, en aquella imagen, Rebeca podía
distinguir una, no, dos caras conocidas. La noticia hablaba de las altas temperaturas
que extraordinariamente se estaban dando en las playas españolas y de
la masiva afluencia de turistas que, procedentes de toda Europa y de algunos
puntos de Norteamérica, estaban llegando a la costa levantina y desbordando
todas las expectativas.
Efectivamente, podían verse en la fotografía
los cuerpos de una cantidad considerable de personas tomando el sol o bañándose
en el mar y, en medio de esa cantidad de cuerpos anónimos, ella, Rebeca
Lohman, pudo distinguir sin esfuerzo la cara de su marido que estaba de pie,
sonriente y en la orilla, junto a un jovencito. Ese jovencito amigo suyo que
ella había visto algunas veces en su casa por la tarde y que, en principio,
era tan sólo el hijo de un antiguo compañero de Universidad. Un
chico muy interesado en el comercio y en las técnicas empresariales más
innovadoras.
Ese jovencito, que también sonreía y que incluso parecía
estar saludando al periodista, estaba con su marido en aquella fotografía
del periódico. Sí… Allí estaban los dos, en la playa.
Juntos y solos.
Rebeca Lohman regresó a su asiento y volvió
a mirar por la ventanilla del autocar sin saber qué hacer, sin decir
nada y consciente de que viajaba rumbo a Lisboa para ver museos, plazas, edificios,
desembocaduras del Tajo…
Miraba por la ventana y, como seguía sin
saber qué hacer, empezó a reír. Sin hablar. Simplemente
empezó a reír. Los dos chicos irlandeses se miraron. Luego uno
de ellos –el de siempre, el que estaba justamente detrás de ella–
se levantó y, dada su sana condición de viajeros que iban en un
autocar y que creían que nada malo podía suceder porque estaban
pasando por unas tierras en las que brillaba el sol y en las que todo parecía
ciertamente prometedor, también se echó a reír.
(Madrid, España,
1980)
Licenciada en Filología Hispánica
por la Universidad Complutense de Madrid, actualmente trabaja como editora.
Premio Borondón de Poesía (Lanzarote, 1996), segundo premio de
poesía en el III Certamen Nacional Fernando Quiñones (Cádiz,
2002) y primer premio de cuentos Caja General de Ahorros de Canarias (2001).
Hasta la fecha, ha publicado tres libros de poesía: Desolación.
Destierro (Las Palmas, Litoral Elguinaguaria, 1997), Memorial para
una casa (Madrid, La Palma, 2003) y La ciudad circular (Las Palmas,
Litoral Elguinaguaria, 2003); además, colabora en diversas revistas literarias
como La Plazuela de Las Letras (Cabildo de Gran Canaria), Serta
(Facultad de Filología de la UNED) o Al- Harafish (Gran Canaria),
entre otras.
LA PATRIA DE LOS HOMBRES-PERRO
Los
que habitaban el yermo eran de una raza que venía del perro. Había
sido al principio: el perro había huido desde los valles; después
se había erguido, aún salvaje, sobre sus dos patas traseras mostrando
el sexo.
En el yermo las bestias montaban sobre los hombres,
que tenían la piel del rostro cuarteada y gris igual que la tierra (se
les había puesto así de tanto humillarse esperando crecer el fruto),
y las mujeres parían solas en el interior de cuevas. No conocían
la palabra: la voz era una masa informe y espesa situada aún en mitad
de la garganta. El mar estaba detrás de las montañas, en el mismo
lugar de las estrellas, pero nadie lo sabía.
Los hombres no tenían manos sino dos piedras
negras y encallecidas que les servían de manos. Tampoco rezaban. Vivían
escudriñando la tierra y entonces no podían rezar. Comían
los frutos crudos porque desconocían cómo provocar el fuego y
el agua. A veces, cuando la tierra se irritaba y daba lugar a la sequía,
cazaban también reptiles; los ojos los tenían de barro.
Con aquellas manos, en silencio igual que había
venido el perro a colonizar el yermo, sajaban la tierra buscando su secreto.
La destrenzaban porque la tierra era oscura y daba la sucesión del fruto.
Porque llevaba agua y había permanecido en todo el tiempo colocada contra
el cielo. Entonces la tierra escondería un secreto.
Había una leyenda grabada en los muros
de una cueva: que un hombre había escrutado un día y una noche
enteros, colocada la espalda contra la tierra, el pecho metido justo debajo
del cielo. Una estrella incandescente había caído dentro de su
boca y había incendiado su cuerpo, que había dado ceniza gris
como los troncos.
Ése
era el secreto del cielo; el misterio de la tierra seguía intacto, insobornable
a los hombres que la abrían -desde que el sol salía hasta que
ya todo era oscuro- para desenterrar su secreto, desde que se erguían
sobre las dos patas traseras, hasta que las dos piernas se quebraban y tenían
que morir y caer en el interior de la misma tierra cavada. Tal vez después
algún muerto descubría algo, pero ninguno había vuelto,
todos se acostumbraban en seguida a la tierra.
Así a la raza de hombres que descendían
del perro siguió la misma raza de los hombres que excavaban la tierra.
Erguidos sobre las dos patas traseras, tenían el rostro grana y duro
porque la siguiente capa era de tierra roja y allí el fruto no podía
crecer y la palabra seguía informe y cerrada en la raíz de la
lengua que también era roja.
Desde que la luz tocaba sus párpados hasta
que se precipitaba detrás de las montañas buscaban, pero ya no
eran libres porque los parásitos del odio y la impaciencia los acompañaba
en sus cuevas. Horizontalmente cavaban en la desconfianza y el instinto, porque
la tierra sobre la que dormían esperando la caída de una estrella
se extendía también horizontal, aprisionada por el cielo. Las
bestias servían ya a los hombres, pero el mar estaba detrás de
las montañas, en el mismo lugar de las estrellas, y ninguno de los hombres
lo sabía.
La
tierra pertenecía entonces a un tiempo informe y monótono. Allí
la muerte se perpetuaba ayuntándose con cada hombre para engendrar dolor
y torcer el cuerpo hasta secarlo. Había también otros hijos pero
nacían sobre la tierra y una vez erguidos la removían buscando
su secreto.
La tierra, mientras, humillaba poderosa, dividida
en la lucha de líneas verticales y horizontales; en mitad de ellas, el
equilibrio del hombre: que caminaba vertical, que dormía horizontal,
que trabajaba vertical y finalmente moría horizontal. Así siglos
eternos. Y el día acababa y la noche era igual al olvido o la muerte
y sin nombres la tierra se mantenía igual ahuecando sus secretos.
Así que un hombre un día pensó:
“Si en la tierra vertical no hay un secreto quizás se encuentre
en la otra, en esa tierra que discurre horizontal respecto de mi cuerpo”.
Despacio entonces atravesó el yermo, hasta
las montañas. La Naturaleza después era amplia y transparente,
y tras de la cáscara venía el fruto, y para señalarlo se
decía “árbol”, luego “fruto”. Un hombre
avanzaba y tampoco había secreto, pero por primera vez aquel fruto era
visible y amarillo y colgaba curvando con su peso los árboles.
Fue ésta la raza del hombre que hizo traer
la palabra hasta los dientes, que encontró el agua y entró a su
movimiento. Tenían la piel caliente, las manos regulares que desencadenaban
gestos continuos, sencillos para rozar las cosas. En la noche buscaban a la
hembra para no habitar solos y miraban las cosas que no servían pero
notaban en ellas que contenían belleza. Y aunque estaba el dolor y los
hombres morían aún, existía la piedra de ámbar que
hacía la memoria.
El
secreto podía ser sólo la belleza, pero estaban las otras cosas
y la noche venía para habitar también entre el resto de las criaturas,
y el sonido, todo el sonido, también un rumor lejano como el mar, entraba
en la vibración del cuerpo como soplo helado, y no había secreto
sino continuidad de la tierra entre las cosas, y los sonidos y el mar se oían
al mismo tiempo que los golpes de la sangre llegando hacia la vida. Y el hombre
tampoco rezaba porque Dios no era nada, acaso algo que envolvía las cosas
sin provocar el miedo, porque la vida era una fuerza que sola entraba hacia
los gajos de la carne.
Después llegaría el mar donde a la noche
caerían las estrellas sin consumir su fondo, un tibio olor sobre la piel,
y el viento rebuscando el rostro, así el tiempo de siglos.