Infrarrealismo
La música de la calle, el ritmo de la noche
Alejandro Hermosilla Sánchez
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En el radio: Jim Morrison
traga esporas crecidas
en la cicatriz del diluvio.
(…)
El cuerpo del alma se baña en el viaje
El centro se curva
La curva es salvaje
La carretera es Dios mismo.
‘San Juan
de la Cruz le da 1 aventón a Neal Cassady /
En la frontera entre el mito & ensueño’
Mario Santiago Papasquiaro
Aullido de cisne
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Me
parece a mí —por fuerza de poder estar equivocado—
que el impulso inaudito, revoltoso y efervescente del que surge la poesía
infrarreal en la década de los 70 en México, no está
muy alejado del espíritu del “hazlo tú mismo”
que caracterizó a la explosión punk en Inglaterra en esa
misma década. Sí. Es cierto que no podríamos entender
este movimiento sin entender lo que significaron los hechos de Tlatelolco
para toda una generación marcada por su necesidad de libertades
en una sociedad como la mexicana en lenta pero segura expansión
económica. Asimismo, es difícil de comprender sus jadeos
compulsivos y su actitud autodestuctiva y absolutamente anti-sistema si
no partimos de la base del mantenimiento en el poder durante décadas
de una semi-dictadura o dictadura total como la del PRI que, muy inteligentemente,
había ubicado en puestos diplomáticos de alto rango a la
mayoría de intelectuales mexicanos que pudieran haber criticado
su autoritarismo. Pero, desde luego, si algo genera sorpresa del infrarrealismo
—y más teniendo en cuenta los precedentes poéticos
mexicanos— es su descaro a la hora de enfrentarse no sólo
a la policía política e intelectual de su país sino,
sobre todo, su espontaneidad, su talante amateur, libérrimo y descompasado
con el que se atrevió a componer rimas y versos que bien podrían
ser estribillos de canciones nunca escritas de grupos de rock, punk o
garage aztezcas. Además, ¿por qué no? En cierto modo,
el ritmo callejero de sus versos bajo el que late una crítica espontánea,
sin velar y nacida de una espontaneidad y sinceridad loables al sistema,
tiene mucho que ver con el actual fraseado que caracteriza a los artistas
raperos y su forma de enfrentar las injusticias sociales a base de ingeniosas
y catárticas letras de denuncia. Si a esto unimos que el discurrir
del verso libre, rítmico, cadencioso de algunos de los poemas infrarreales
se deja llevar, mover y arrastrar tantas veces por un talante dúctil,
espontáneo y sibilino y, en otras palabras, serpentino, entenderemos,
asimismo, las conexiones que el género de poemas infrarreales habrían
o podrían poseer —leídos, recitados o cantados en
el contexto adecuado— con el género del spoken word o incluso
con el siempre inquietante y espacial del free-jazz.
Sí. A mí me gusta leer los
poemas infrarreales de esta manera y creo, sinceramente, que quienes intentan
bucear por ellos desde la óptica culta o cultista se les escapa
la intensidad, frescura e inconsciencia con la que fueron engendrados,
que, desde luego, no permite que podamos llegar a comprender sus vibraciones
desde la butaca de un sillón. O en otras palabras: los poemas infrarreales
nacieron, en mi opinión, para ser disfrutados de pie, mientras
danzamos o escuchamos un ritmo reggae caminando por la monumental Tenochtitlan
sin rumbo fijo o nos dejamos perder en un viaje alcohólico sin
timón alguno por —Lynch dixit— una autopista o carretera
perdida embriagados por los acordes de una canción de Link Wray.
Y es que su latir se encuentra tan cercano de la danza ritual que podría
hacer girar en torno al fuego a las antiguas culturas pre-hispánicas
como de las explosiones de rabia contestatarias de la estética
rocker o punk. O, al menos, participa de estos dos campos: de los efluvios
viperinos, hedonistas, rebeldes y existenciales de las culturas urbanas
y de los flujos tribales, primigenios y eternos de los ritos y manifiestos
indígenas.
A su vez, me gusta valorar a sus distintos
creadores de esta forma: como si formaran parte de un ciclo de seres anónimos
que hubieran creado azarosamente un estilo poético contemporáneo
y radicalmente moderno cuyas últimas ramificaciones, consecuencias
y finalidades se les escaparan a sus coetáneos e incluso a ellos
mismos hasta, finalmente, ser aniquilados por su mismo atrevimiento y
la incomprensión, silencio e indiferencia feroz de su época.
Lo que, por otra parte, no debería extrañarnos: la poesía
suele aspirar a un mundo eterno, apocalíptico en ocasiones y, paradójicamente,
radicalmente contemporáneo que no entiende ni de pactos sociales
ni de complacencia alguna con todo aquello que no sea su propio devenir,
su sangrienta alianza con el puñal de emociones del que surge como
una necesidad incontestable.
Precisamente, la lectura que me complace
realizar de Los detectives salvajes parte de esta aserción,
pues entiendo el libro como una sinfonía jazzística libre
y fragmentada que da cuenta de la disgregación o —como también
se ha querido denominar— diáspora de esta oculta secta de
inconscientes magos conjurados por su sincero apego a una idea y estilo
que, causalmente, termina por determinar el rumbo de sus azarosas vidas.
Esta es la idea que me atrapa del libro
de Bolaño. La caótica y sugestiva manera en que supo metaforizar
y visualizar las vidas de los poetas infrarrreales tal y como si fueran
versos partidos, melodías musicales escindidas de sus propios poemas
condenados a librar una suerte de batalla con la vida en la que, finalmente,
sus biografías, rutas y caminos personales diversos terminaran
por responder a los íntimos y libérrimos secretos escondidos
en unas creaciones que acabaran por imponerse a ellos mismos. Unas creaciones
que delimitan sus destinos y dirigen sus vidas con la misma delirante
locura con la que fueron compuestas en un trasvase visceral de literatura
y vida que, se intuye, trasciende al propio libro de Bolaño y continúa
mucho más allá de sus rítmicas y adolescentes páginas
turbinales.
En
realidad, más allá de estériles disputas sobre quiénes
fueron los fundadores del infrarrealismo o si el mismo continúa
o se mantiene vivo actualmente, creo que los méritos infrarreales
radican, precisamente, en su capacidad de aglutinar poéticamente
a personalidades disímiles que en el momento justo en que tuvieron
que entregarse a unas ideas, versos y un estilo de vida visceral, lo hicieron.
Sin vacilar. Radicalmente. Sin dudar. Sin miedo a perder, a ser incomprendidos,
a ser derribados por los jerifaltes de la literatura mexicana o perecer
carcomidos por su leyenda y la intensa aflicción con la que se
lanzaron a descubrir nuevos mundos y rutas desconocidas o prohibidas hasta
entonces en México. Su apuesta, por tanto, como la de Rimbaud,
insistió en vencer la batalla del tiempo presente sin importarles
una eternidad que poco tenía que ver con sus luchas y diatribas
diarias puesto que sabían que si eran absolutamente sinceros, íntegros
y radicales con su arte vendría por sí sola. Por ello, no
tuvieron complejos en disolverse en la fugacidad de su época ni
miedo a desaparecer en su confuso tiempo. A su manera —y por más
que cayeran, en ocasiones, en los mismos errores y defectos que achacaran
a muchos de los poetas oficiales que criticaron— consiguieron de
una manera inédita hasta entonces dentro de la cultura mexicana,
poner de manifiesto las contradicciones, corruptelas y actitudes fantasmáticas
de un sistema cultural mexicano que los negó y vilipendió
hasta el exceso.
Su espíritu se encontraba teñido
por el recuerdo de una revolución mexicana mitificada por los mass-media
de su país y medio mundo y que, sin embargo, en última instancia,
como una arpía deleznable, había traicionado a la mayoría
de manifiestos y proclamas por la que se levantó. Por el olvido
y abandono en que pervivían las culturas indígenas de su
país que, más tarde, harían levantarse en armas al
subcomandante Marcos. Por el espíritu de lucha de Martín
Luis Guzmán o José Vasconcelos cuando aún no habían
sido absorbidos por el sistema del que, con tanto ardor, renegaron y denunciaron.
Por el advenimiento de un capitalismo tardío que terminaría
por acrecentar las diferencias sociales en su país. Por la violencia
con que el estado paternalista mexicano iba inundando la imagen de su
país de símbolos folklóricos e inanes que poco tenían
que ver con la vida real que se vivía en los estertores del México
profundo.
Tuvieron, además, la mala suerte
de que José Revueltas, el lúcido y defensor clarividente
de todas las causas perdidas en México —y que, sin ninguna
duda, podía haber sido el baluarte intelectual a cuya sombra guarecerse
para comenzar a ser comprendidos— murió al tiempo que ellos
intentaban encontrar una forma de cohesionarse autónoma e independiente,
dejándolos huérfanos de referentes y padrinazgos. No tuvieron
más remedio, por tanto, que disolverse, descomponerse y continuar
su lucha disgregada en el tiempo para conseguir sobrevivir y perpetuarse
aun de manera oscura, oculta y libidinosa en la vida cotidiana de México.
Contemporáneos y afines vitalmente
a la lucha de guerrillas protagonizada por Lucio Cabañas, sumergidos
en los subterráneos de una sociedad en que el rock todavía
era considerado un fenómeno peligroso y, por tanto, proclive a
ser prohibido, exaltados por los sangrientos hechos ocurridos en el pueblo
de San Miguel de Canoa —filmados con excelente pulcritud por Felipe
Cazals en Canoa— y necesitados de exprimir su vida, juventud
y talento poético al máximo, los poetas infrarreales respondieron
—en ocasiones, precipitada o inmaduramente— como pudieron
o supieron pero, casi siempre, con sincera valentía a las circunstancias
onerosas que les cercaron. Con un aliento y talante irrespetuoso y una
pose no demasiado estudiada y natural, intentaron, con la actitud de los
radicales punks ingleses, imponerse a un estado de cosas social y cultural
que nunca les prestó atención y que siempre los consideró
como una simple y molesta anécdota sin detenerse a valorar los
logros artísticos —que eran muchos— que presentaban.
Y, en este sentido, las voces que se alzaron
y continúan profiriendo el error de que —para llamar la atención—
tuvieran que boicotear recitales o conferencias de tantos y tantos poetas
famosos mexicanos, olvidan que, seguramente, en muchos casos, acometieran
actos de este tipo motivados tanto por su desesperación ante el
cariz de la política cultural asfixiante y estereotipada del México
que les tocó vivir como por la libérrima y febril inconsciencia
adolescente que decretara el estallido de esos incontrolados actos poéticos,
salvajes, que fueron las primeras performances, los primeros recitales
punks o, mismamente, algunas de las surreales proclamas activistas de
los situacionistas franceses.
Si
además tenemos en cuenta los vínculos secretos, incontestables
y, en apariencia, azarosos con movimientos político-artísticos
como los nadaístas u Hora Zero en una Hispanoamérica que
se deshacía y descomponía en dictaduras de todo tipo —a
cuál más cruel— y que intuía de lejos la llegada
del futuro liberalismo salvaje a sus parajes, pienso que podemos no justificar
—pues no creo que sea necesario— sino, sobre todo, comprender
las motivaciones tanto de la lucha infrarreal como de algunos de sus,
aparentemente, inmaduras actuaciones públicas.
Se comprenderá, asimismo, por tanto,
que la galaxia poética infrarreal estuviera prácticamente
condenada a desaparecer casi nihilísticamente desde su abrasiva
aparición tras los fastos de una política afín a
esa incipiente sociedad burguesa y acomodaticia retratada por Luis Buñuel
en El ángel exterminador y que, desde luego, no estaba
preparada para disfrutar de su poesía anti-intelectual ni de poetas
cuya imagen se encontraba tan cercana a la de, supuestamente, temibles
guerrilleros o sucios músicos de rock. O esto podemos vislumbrar,
si entendemos que sus críticas feroces al sistema no podían
encajar de ninguna manera con un gobierno que —como demuestran los
juegos Olímpicos del 68 y Tlatelolco— condenaba al país
a caminar en una sola dirección.
En fin, si podemos estar de acuerdo de una
manera u otra con las motivaciones de su lucha política, otra cuestión
sería introducirnos en su poesía de la que nada nos dice
su activismo social. En este caso, considero que lo decisivo y lo trascendente
de la misma —en un país como el mexicano que apenas ha conocido
movimientos vanguardísticos hecha la salvedad del refinado y elitista
estridentismo— es, como he dicho anteriormente, su vocación
absolutamente contemporánea y, por momentos, adelantada a su tiempo.
En la poesía infrarreal se escuchan
latir tanto los gritos opacados por la violencia de las antiguas culturas
indígenas como reverberaciones del latir de la vida moderna en
México, ecos del Popol Vuh y metáforas ardientes que recuperan
algunos de los clichés del tiempo presente. A partir de una estructura
libre y sin reglas que aten su caminar, conviven y se sienten latir aunadas
las sonrisas de Huitzilopochtli, héroes de la cultura pop, típicos
rituales de la vida cotidiana mexicana y refritos jazzísticos por
donde se filtran influencias europeizantes y metáforas de viajes
que condensan algunas de las enseñanzas que dejara a su paso la
generación beat. Todo ello, como se ve, es, por tanto, profundamente
moderno.
Como una batidora o una apisonadora incontestable,
la poesía infrarreal mezcla y conjuga influencias de todo tipo
para propiciar una literatura aparentemente oscura pero, si la sabemos
leer y entender en su esencia, liviana y acogedora, juvenil y “pop”
o “rock” muy “acid-rock” en donde la experiencia
de las drogas y sus liturgias se vinculan con imágenes tras las
que se observa la faz de antiguas estatuas de ídolos toltecas.
Y en donde, por ejemplo, las nuevas atribulaciones técnicas narrativas
que aportaba a la literatura mexicana José Agustín se desestructuraban
y descomponían aún más para conseguir aportar la
verdadera imagen deslabazada del alma de un país y una cultura
sin hacer concesiones a nadie. En fin, con la poesía infrarreal,
México entró en el tiempo posmoderno sin pretenderlo ni
desearlo. Casi como por casualidad. Como han sucedido gran parte de los
sucesos en un México donde Elena Garro se adelantó a la
corriente del realismo mágico con su mítica Los recuerdos
del porvenir y en donde la literatura existencialista francesa hubiera
podido encontrar uno de sus máximos precedentes en la llamada novela
de la revolución —léase, por ejemplo, Los de abajo
de Mariano Azuela en clave Albert Camus—.
Además, los infrarrealistas consiguieron
de manera intuitiva, espontánea y azarosa un logro que, pronto,
sería un atributo incontestable de la nueva cultura de masas: establecieron
la doctrina, como dije anteriormente, del “hazlo tú mismo”
y de la creación de arte como atributo del que pueden participar
absolutamente todos los ciudadanos de una sociedad de manera casual y
en que importa mucho más la actitud a la hora de enfrentar la creación
que la perfección. En este sentido —y lo he dicho reiteradas
veces— se me ocurre que su lucha contra Octavio Paz es similar a
la del punk con la música de Mozart: estéril y sin sentido.
Pues sus batallas y flechas estéticas apuntan a lugares tan diferentes
que es inútil intentar compararlas o enfrentarlas. El infrarrealismo,
como el punk, es la música del corazón, del instante, y
sin ella no podríamos comprender ni entender nuestro tiempo o el
México moderno. Sin aspirar a inmortalidad alguna, tanto el punk
como la infra-literatura han compuesto poemas o canciones eternas que,
sobre todo, son reflejo del desgarro de un alma necesitada de decir sus
verdades —y esto es importante recalcarlo— de la manera que
lo desee, de la forma que le venga en gana. Y, en este sentido, resulta
muy ridículo escuchar a poetas elitistas referir que lo que los
infras realizaron no es poesía o, al menos, parece sospechoso.
Tan sospechoso como si escucháramos a Lorin Maazel sugerirnos que
lo que hacían Ramones o The Clash no era música. Pero esto
no debería extrañarnos, pues una sociedad tan paternalista
como la que enfrentaron los infrarrealistas no está, desde luego,
muy lejos de proferir actitudes o visiones parafascistas de la vida y
su multiplicidad inabarcable como estas.
Lo cierto es que si, por otra parte, como
movimiento, el infrarrealismo pudo llegar a caer, en ocasiones, en los
famosos y conocidos errores propios de los elitistas grupos vanguardistas
como el surrealismo, sin embargo, la espontaneidad, frescura y el escaso
rigor que, en ocasiones, utilizaron para componer sus poemas, propició
que de los mismos se pudiera beneficiar el vulgo en su máxima extensión.
Es decir, la aventura infrarrealista, en mi opinión, ofreció
la oportunidad por primera vez en México a que cualquiera que tuviera
algo interesante que decir, pudiera hacerlo sin importar la forma o contenido
temático de su arenga o, al menos, ayudó a labrar surcos
que forjaran este camino. Con el corazón en la mano y las vísceras
en la frente. Lo que importa es el sentimiento. La pasión.
Como se verá —lo dijimos al
principio de esta reflexión—: algo tan cercano a los ritmos
del rap como al aullido de hombres unidos en cadena en torno al fuego
y la planta del peyote.
En fin, terminando ya, decir que fue gracias
a sus supuestos errores, a su alocada actitud y, sobre todo, por no tener
miedo a equivocarse, que considero que el infrarrrealismo fue capaz de
conseguir sus no escasos logros que lo hacen merecedor de una lectura
por sí mismo que vaya más allá de la acometida excelentemente,
por otra parte, por Roberto Bolaño.
De esta manera, consiguieron forjar una
poesía que, me parece a mí, es la auténtica banda
sonora de toda una época de la cultura mexicana. Es su ritmo nocturno.
El ritmo que se necesitaba para cubrir de metáforas y ruido aquella
noche oclusiva, cerrada y tenebrosa que nos describiera Malcom Lowry en
su magnífico Oscuro como la tumba donde yace mi amigo.
Si
México, hasta la llegada del infrarrealismo, había tenido
una gran literatura, con la puesta en marcha de este movimiento tuvo para
siempre su propia música. Más allá de rancheras,
cumbias y mariachis —e introduciendo estos elementos populares en
su estética integradora—, México alcanzó a
lograr atisbar, encauzar y canalizar su propia versión contemporánea
de los movimientos radicales de la música contemporánea.
Ahora sólo faltan únicamente los músicos que se lancen
a escribir poemas sobre esta época, para comenzar a forjar el círculo
inédito perfecto de esa literatura nocturna que merece poseer México.
Las sílabas musicales. Las trompetas
encendidas. Los saxofones heridos o las guitarras incesantes ya están
dispuestas sobre el papel. A este loco intento respondió el infrarrealismo:
a hacer surgir cantos cíclicos y rítmicos de la mano de
un tiempo inconforme y una cotidianeidad tantas veces miserable para hacernos
descubrir una poesía soñada y construida para no ser poesía,
para destruirse a sí misma en el latido de la llama de un presente
que ni quiso ni quiere volverse eterno.
| Este
artículo se ha realizado gracias a la concesión de
una beca posdoctoral por parte de la Fundación Séneca
de Murcia (España) para el desarrollo de una investigación
sobre narrativa mexicana del siglo XX, centrada en Sergio Pitol. |
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