Metamoribundia de Bolaño


Andrés Neuman

 

     Si tuviera que destacar uno de los múltiples dones literarios de Roberto Bolaño, creo que elegiría la desesperación. Su fecunda desesperación por vivir, por escribir, por contar. Bolaño no narraba las historias, las necesitaba. Su escritura tiene una cualidad profundamente agónica y quizá por eso nos conmueve tanto, hable de crímenes o enciclopedias, de sexo o metonimias. La metaliteratura de Bolaño es más bien una apariencia, porque su referente último no es la literatura misma sino una moral vital. Esa pulsión vital suele faltar en los autores metaliterarios. No es que uno pretenda que literatura y vida son fenómenos separados: es que, precisamente por hallarse tan unidas, lo que uno le pide a la vida es que sepa ser literaria, y a la literatura que sepa ser vital. En esa imbricación Bolaño era un maestro. Nada consta en sus textos como dato, todo está en estertor.
     Poco antes de morir, Roberto Bolaño escribió el sobrecogedor ensayo Literatura y enfermedad, que se deja leer como un testamento y que está cómicamente dedicado a su hepatólogo. Este ensayo es un alucinado recorrido por la poesía francesa, la literatura de viajes y las consultas médicas. La conclusión de Bolaño era que la escritura (incluso la maldita) nunca enferma a nadie, sino que sobrevive en nuestra enfermedad: es la enfermedad misma, porque es síntoma y fruto de nuestro afán por sobrevivir. Bolaño vivió años sabiendo que podía morirse pronto y eso extremó la lucidez de su escritura. Trabajando contrarreloj, consiguió terminar a duras penas su última y voluminosa novela, cuyo título señalaba (dudo que casualmente) un futuro inalcanzable: 2666. Bolaño escribió media vida como un moribundo, temiendo por su salud y venerando la salud. Supongo que, si pudiera leer estas palabras, Bolaño contestaría: ¿pero quién no es un moribundo?

 

Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953 - Barcelona, 2003)