Rebeldes con causa
Los poetas del Movimiento Infrarrealista
(***)
Ramón Méndez
Estrada
A la memoria de Mario
Santiago, Roberto Bolaño
y Cuauhtémoc Méndez, adelantados del camino sin vuelta
Con
tres errantes ya en la región de los viajeros sin retorno (Mario
Santiago Papasquiaro, 1953-1998; Roberto Bolaño, 1953-2003, y Cuauhtémoc
Méndez, 1956-2004), el Movimiento Infrarrealista cursa el tercer
año del Siglo XXI con la energía rebelde que le dio origen,
publicaciones en éste y el otro continente, obra inédita
sobrada para docenas de volúmenes, fama en más de cinco
países extranjeros y, por supuesto, el halo de silencio y ninguneo
que la cultura oficial en México ha impuesto en torno a la leyenda
de los soles negros que somos estos poetas insurrectos.
En lo que hace a la fama editorial, el más
insigne representante del infrarrealismo es, a la fecha, uno de nuestros
muertos: el chileno Roberto Bolaño, cuya novela Los detectives
salvajes fue galardonada con los premios Herralde, Rómulo
Gallegos, del Consejo Nacional (chileno) del Libro y del Círculo
de Críticos de Arte, y comparada con ventaja con Rayuela,
de Julio Cortázar, y Paradiso, de José Lezama Lima.
El autor, vale presumirlo, es citado en diciembre de 2003 por Andrés
Ajens, con cierto tono irónico y jocoso, como “el Cervantes”
de esta época.
Fue
precisamente Bolaño, en 1975, quien propuso el nombre para nuestra
irrupción en el acartonado mundo hispanoamericano de las letras
donde, según su opinión propia nada humilde, haríamos
la literatura clásica de nuestro tiempo. Voz de augur, la de Roberto
se abre paso en la selva de textos insulsos y aburridos que saturan el
panorama editorial de las instituciones oficiales, y la profecía
gana terreno en la geografía de la práctica.
Para entender el nombre y el origen del
Movimiento Infrarrealista hay que remontarnos a su germen: el Taller de
Poesía de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma
de México (UNAM) a finales de 1973 y principios de 1974, cuando
los jóvenes poetas asiduos a ese espacio de estudios solicitamos
al coordinador, Juan Bañuelos, instrucción más formal,
para comprender y ejercer la poesía, que las silvestres críticas
a que eran sometidos los insipientes textos presentados por los alumnos,
por los alumnos mismos.
Al petitorio verbal reiterado en cada clase
de estudiar a los clásicos, el Siglo de Oro de la literatura española,
los cánones de la versificación, las vanguardias del siglo
XX, etcétera, o incluso en su defecto a que acudiera, al menos
una vez por quincena, alguno de los escritores conocidos por, o amigos
de, Juan, para dar conferencias o pláticas informales, el maestro
respondió con una negativa implícita, sin explicación
de por medio. Agotada la paciencia del grupo, el coordinador se enfrentó
al fin, a principios de 1974, con una merecida respuesta: su propia renuncia,
suscrita por la mayoría de los miembros del taller y, pese a reticencias,
también por él.
Turnamos el caso a la atención de
la directora de Difusión Cultural, quien replicó que por
ser Juan empleado universitario no podían cesarlo; ofreció
que compartiéramos el espacio del taller (de dos clases por semana
una sería para el maestro y otra para los inconformes, y éstos
tendrían la opción de conseguir otro coordinador), así
como apoyo económico para la edición de una revista. Menos
de dos meses después, una tarde nos encontramos con las puertas
del local cerradas y nosotros fuera de la institución. En el lapso,
logramos la edición de Zarazo 0, con textos de los beatniks
estadunidenses, los peruanos de Hora Zero y algunos de los insubordinados
del taller de Juan. Nunca recibimos el dinero prometido por la funcionaria
de la UNAM para financiar nuestra publicación.
Fue el principio. Ese año, y el siguiente,
varios de los rebeldes intentamos publicar en revistas y suplementos culturales,
o conseguir espacios para dar recitales, opciones que (salvo excepción
honrosa de la cafetería de la librería Gandhi) nos fueron
negadas sistemáticamente. La fama de los insubordinados como simples
revoltosos ganaba terreno. Carlos Monsiváis confirmó la
negativa oficial con plástica frase sobre la libertad de expresión
al rechazar la aparición de nuestros poemas en el suplemento cultural
de la revista Siempre!: «Entiendan, muchachos, La cultura
en México también tiene censura: está prohibido
hablar de política y de sexo, prohibidísimo escribir la
palabra verga».
Cuando algunos de los expulsados del taller
de Juan trabamos relación con Roberto Bolaño, éste
se entusiasmó con la lírica iconoclasta e irreverente que
practicábamos y señaló, dedo en la llaga, que a quienes
cometimos el pecado de enfrentarnos a una de las glorias de la literatura
mexicana (Juan Bañuelos ya ostentaba en sus haberes el Premio Nacional
de Poesía de Aguascalientes*), nos tenían vetados en todas
las publicaciones y espacios culturales de México, anticipo temprano
de la perpetua negación de que seríamos objeto en nuestra
tierra.
Propuso
entonces la fundación del Movimiento Infrarrealista, nombre que
explicaba con un tropo arbitrario con respecto a la existencia de ciertos
soles negros en el universo, ocultos a ojo y telescopio, presuntamente
conformados por materia condensada a tal grado que hace caer a la energía
por su peso, agujeros tragadores de luz. En nuestro caso, poetas ocultados
por las instancias culturales oficialistas y sus voceros.
Así explicó su idea el vate
chileno: «Hasta los confines del sistema solar hay cuatro horas-luz;
hasta la estrella más cercana, cuatro años-luz. Un desmedido
océano de vacío. ¿Pero estamos realmente seguros
de que sólo hay un vacío? Únicamente sabemos que
en este espacio no hay estrellas luminosas; de existir, ¿serían
visibles? ¿Y si existiesen cuerpos no luminosos u oscuros? ¿No
podría suceder en los mapas celestes, al igual que en los de la
Tierra, que estén indicadas las estrellas-ciudades y omitidas las
estrellas-pueblos?» (“Déjenlo todo, nuevamente. Primer
manifiesto del movimiento infrarrealista”, en Correspondencia
infra, revista menstrual del Movimiento Infrarrealista, octubre/noviembre
’77. Aprovecho la mención para corregir el gazapo de las
“cuatro horas-luz” a la estrella más cercana, Alpha
de la constelación del Centauro, aparecido originalmente en la
revista y repetido en todas las citas que se hacen del documento. Y agrego
profundidad a la metáfora: no estrellas-pueblos invisibles en los
mapas astronómicos, sino metrópolis oscuras, soles negros,
evolución de las estrellas de magnitud mediana a las gigantes rojas,
y de éstas a las enanas blancas hasta la condensación en
astros sin luz, que ejercen inevitable atracción sobre materia
y energía).
Fundamos el Movimiento Infrarrealista en
1976, y ese año publicamos Pájaro de calor; al
siguiente, Correspondencia infra, y en 1979 la antología
Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego, presentada por
Efraín Huerta y prologada por Miguel Donoso Pareja.
Visitantes esporádicos de los talleres
de poesía que en ese tiempo proliferaban en México y asiduos
asistentes a recitales literarios y presentaciones de libros, no tuvimos
empacho para expresar en tales foros nuestro desacuerdo con el oficialismo
y nuestra propuesta para el ejercicio de una literatura vital y necesaria.
Tuvimos escuchas entre talleristas nóveles
y el llamado “público” en general, pero los que aspiraban
a realizar una carrera literaria conforme a los cánones de la intelectualidad
mexicana no prestaron oídos al movimiento, y en cambio nos atacaron
ferozmente con críticas vanas, incluso con injurias y calumnias,
abono para la mala fama del movimiento como un grupo de ignorantes revoltosos,
transformado así en pasto para la pira del ninguneo y el crepitante
silencio.
Entre la expulsión del taller bañueliano
y la constitución del infrarrealismo algunos mantuvimos aún
ciertos nexos con la academia y seguimos cursos universitarios, pero era
casa pobre esa ciudad para la sed de conocimiento de esos aventureros,
y buscamos entonces la orientación de quienes fueron nuestros maestros.
Antes del pleito con Juan, Mario Santiago visitaba ya con frecuencia a
José Revueltas y a Efraín Huerta; Cuauhtémoc y yo
habíamos convivido en Morelia con Ramón Martínez
Ocaranza durante más de un año. Juntos ya en la insurgencia,
los visitamos todas las veces que pudimos mientras la vida les duró;
siempre nos trataron como amigos, hicieron críticas pertinentes
y dirigieron varias de nuestras lecturas.
El
universo en expansión que entonces éramos desbordó
las aulas universitarias: rompimos con círculos académicos,
mafias oficialistas y organismos burocráticos, y continuamos nuestra
crianza y creación en la calle, pródiga y prodigiosa en
lecciones vitales de la realidad, esta musa ponderada por los mejores
autores de todos los tiempos.
Una ventaja más tuvimos: al revés
de los escolares que sólo saben de chocolate calientito, libros
de texto, cursos regulares y boletas de calificaciones, varios de los
más entusiastas infrarrealistas veníamos de experiencias
duras: el movimiento estudiantil de 1968, el halconazo de 1971, el golpe
militar chileno de 1973, la proliferación de la guerrilla, que
nos mostraron las caras de la muerte y la cárcel. Como se dice,
la cruda realidad. Muchos presumen, sobre todo entre políticos
y seudoartistas, su pertenencia a la misma generación, pero no
confiesan que en el momento de las balas estaban del otro lado de la barricada,
y siguen allí.
El cerco mudocrático
Extenso,
hostil, infame e infamante, no era infranqueable el cerco mudocrático
que el mundillo cultural mexicano y sus plumíferos de pacotilla
tendieron sobre el movimiento. No tiene caso aquí hablar de la
careta hipócritamente amable con que de allí para adelante
nos recibieron los “intelectuales” de alto pedorraje a cargo
de las lavanderías de conciencia del régimen, los gerentes
de las panaderías literarias donde se reproducen los escribanos
que defienden el estado de cosas imperante con arte apócrifo, las
vacas sagradas del sistema opresor y enajenante, Bañuelos, Oliva,
Gutiérrez, Zepeda; ni el calor con que nos atacaron sus engendros
y los debates que tuvimos con ellos, Campos, Vallarino, Chimal, etcétera.
Aquellos, con presunta experiencia por cuestión
de edades, eran adeptos a la pereza y la ignorancia; éstos, sin
experiencia suficiente aún, eran adherentes también de tales
vicios. Los infrarrealistas teníamos la ventaja: experiencia, estudio
y trabajo constante. La boca de la fama llevó a tribuna pública
la disputa esencial. A las palizas que los rudos arreamos a los retóricos
en cuanto ring nos encontramos opusieron mentiras y calumnias, y al no
poder con el lépero tronco que enfrentaban echaron encima carretadas
de silencio.
De las pocas menciones que en el tianguis
literario del país nos llevamos, está la parte que a Correspondencia
infra dedica Rafael Vargas en su ensayo ‘Las nuevas revistas
literarias’, aparecido en el número de octubre-noviembre
de 1978 de la Revista de la Universidad de México. Entre
una docena de publicaciones dedicadas a editar textos de círculos
de amigos a las que en general maltrata con su crítica, pues reconoce
a pocas rigor técnico literario en la elección de los materiales
que presentan, la de los infras es en la que advierte méritos:
«El único grupo de poetas jóvenes en México
que se ha postulado como movimiento de vanguardia, al mismo tiempo antivanguardista…
(su poesía) es mucho más auténtica en su falso radicalismo
y, sobre todo, más divertida que la poesía seudocultista
de otros grupos que aparecen casi al mismo tiempo… Despreciado y
vilipendiado por muchos, el infrarrealismo parece ser, en muchos sentidos,
uno de los momentos más significativos del auge poético
de los setentas».
A vuelo de cuervo analiza la lírica
de Roberto, Mario y Cuauhtémoc, para sacar sus conclusiones. Vale
otra cita: «En realidad, lo que los infrarrealistas hubiesen querido
ser (escribir) se encuentra representado, dato curioso, por un poeta no
infrarrealista: Ricardo Castillo… Y también curiosamente,
el mejor poeta del grupo, Cuauhtémoc Méndez, parece haber
sido el menos apreciado por sus propios compañeros… Por el
contrario, Mario Santiago y Roberto Bolaño, aparentemente los más
destacados… con frecuencia se diluyen en sus propias letanías,
más como creadores de collages que de poemas. La poesía
de Cuauhtémoc Méndez chafea, precisamente, cuando trata
de imitar a Santiago o a Bolaño», de lo que cita en prueba,
sin razón a mi juicio, el folletín Blanda noche dentro
del horno aparecido en Ediciones El Colibrí.
Vargas
no toma en cuenta Pájaro de calor, y escribe su texto
antes de la edición de Muchachos desnudos bajo el arcoiris
de fuego. No alcanza a ver, desde su perspectiva externa, algo muy
importante: en esas publicaciones no están todos los que son ni
todos los que están son infras, característica del movimiento
que se ratifica en publicaciones posteriores emprendidas con Mario Raúl
Guzmán (las hojas Calandria de tolvañeras, algunos
libros y la revista La zorra vuelve al gallinero), y después
con Marco Lara Klahr, en la editorial Al Este del Paraíso.
Otro ejemplo: la revista Casa del Tiempo,
de la Universidad Autónoma Metropolitana, dedicó su número
49-50, de febrero-marzo de 1985, a la joven poesía mexicana. En
todos los “ensayos” incluidos en la publicación, el
infrarrealismo merece una sola cita de dos líneas de uno de tantos
escribidores. Durante la preparación del monográfico, José
Vicente Anaya instó al editor a darle un lugar al movimiento, que
encargó a un comedido; Vicente aconsejó pedir el texto directamente
a un infra, y Sandro Choen conectó para el caso a Mario Santiago,
quien escribió un poema con las voces de todos**. Reveladora, la
revista: debate presumidamente plural en el que participan plumíferos
de la más diversa ralea, todo está escrito en prosa con
excepción del texto de Santiago, solitario poema con tesis estéticas
entre la mucha mugre supuestamente teórica de la poética
mexicana.
En 1988 apareció en Praga la antología
Reloj de sol. Cien años de poesía mexicana, que
«contiene una selección de todas las corrientes y tendencias»
de nuestra lírica en un siglo, desde «Salvador Díaz
Mirón (1853), Manuel José Othón, Manuel Gutiérrez
Nájera, Luis González Urbina y otros más, como José
Peguero (1955) y Cuauhtémoc Méndez (1956)», curiosamente
estos últimos, los más jóvenes, infrarrealistas,
traducidos al checo por Miloslav Ulicny, que algo estudia de poesía
mexicana. Obra en proceso, nuestras “incompletas” circulaban
ya en España, Francia, Estados Unidos, Chile y Perú, por
lo menos, según sabíamos, pero entonces supimos que también
en Checoslovaquia y Alemania.
Aquí persistía el cerco. Sólo
un ejemplo más: Gustavo Jiménez Aguirre, en su ensayo El
Horizonte fechado en marzo de 1997, emprende presunto análisis
de las corrientes literarias, revistas y antologías de poesía
del siglo XX en México. La insuficiencia teórica de Jiménez
le impide formular juicios propios aparte de los ya sentados por los representantes
oficiales de la academia, de los contemporáneos a Paz, que a golpes
de lengua levantaron a los santones de la lírica nacional alzándose
a sí mismos sus propios monumentos, truco de conveniencia. Incapaz
de comprender en dónde está la falla, reconoce como parteaguas
a Poesía en movimiento, y se pierde en el alegato de la
tradición y la ruptura. Cita otras muestras, la Asamblea…
de Zaid, Palabra nueva… de Cohen, Antología…
de Arellano, y más libros colectivos, pero ni por equivocación
Muchachos desnudos… de Bolaño. De las revistas,
paseo similar, sin poder precisar qué trata, qué discute,
ni mencionar siquiera las de los infras. Alega también sobre algunos
autores en lo individual y sus libros, tan vacuos como toda su perorata,
y es en esa parte de su texto donde se le ocurre usar por única
vez una referencia al infrarrealismo, pero no aplicada a infra alguno,
sino a Profisia de Alfonso D’Aquino, del cual dice que
«el montaje narrativo e intertextual permea la densidad referencial
de la segunda parte del libro, cuyo extenso poema ‘La peste’
se detiene oportunamente al borde del precipicio ‘infrarrealista’
en el que se despeñaron tantos talentos jóvenes».
Es decir, la mención sin nada que ver con el Movimiento Infrarrealista.
Sus apuntes revelan, aunque Jiménez
Aguirre no lo note siquiera (menos podría destacarlo), que después
de la compilación de Paz, Aridjis, Pacheco y Chumacero, al parecer
los últimos de los académicos que a veces se dedicaban a
estudiar, todos los que siguen después la autopista de la oficialidad
son ignorantes perezosos, no leen a los clásicos, no saben técnicas
de versificación ni tienen teorías estéticas. Se
conforman con llevar a la práctica una lírica ecléctica
y enclenque, de la que hacen alarde, compartida entre todos como copia
al carbón, mágicamente sustituidora de conceptos por sus
sinónimos y de metáforas por sus analogías, sobre
los “estilos” de las mafias establecidas, arropados por “corrientes”
que no asumen ni comprenden. ¿Pero qué pueden asumir o comprender,
los ignorantes?
El
mito y la leyenda
La
saga del Movimiento Infrarrealista fue trasladada a la ficción
por Roberto Bolaño en Los detectives salvajes, que cuenta
peripecias de los poetas real visceralistas en la Ciudad de México
en 1975; interrumpe el relato un lapso de veinte años con recuerdos
de diversos personajes sobre algunos de esos poetas, y retoma el hilo
de la narración original en 1976 para emprender la búsqueda
de Cesárea Tinajero en los desiertos de Sonora, hasta difuminar
la hazaña en una sombra esquiva desvanecida en acertijos.
Reseñistas y críticos esculcan
la novela con énfasis en la aventura, que para mucho da con el
periplo audaz del increíble viajero Ulises Lima por México,
Europa, Medio Oriente y Centroamérica, al que se suma la movilidad
de Arturo Belano, la otra columna del realvisceralismo en el relato; por
cuestiones de fondo, especulan los nexos entre el surrealismo, el estridentismo,
el infrarrealismo y dos grupos, separados por décadas, del realismo
visceral, a tal punto confundidos entre la realidad y la ficción
que, por ejemplo, Claudio Bolzman, hablando de Bolaño, afirma que
«en la Ciudad de México había fundado, junto a Mario
Santiago y a otros poetas jóvenes, lo que ellos habían llamado
el movimiento infrarrealista… Se inspiraban de un movimiento mejicano
que se llamó el realismo visceral».
Pierden pie en el enfoque, tal vez, inducidos
por la leyenda viva que fue Mario Santiago en su corto paso por la Tierra,
mito que él mismo construyó con su vida y se encargó
de propalar con sus viajes, sus lecturas y sus relaciones. «Yo soy
el que se ha grabado en la espalda de la chamarra de mezclilla la frase:
el núcleo de mi Sistema Solar es la Aventura», escribió
en uno de sus poemas más conmovedores. Se jactaba de conocer «a
todos» los mejores poetas vivos de su generación, y garrapateó
sus versos en todos los libros que cayeron en sus manos, obra
dispersa que por tal condición quedará posiblemente inédita
en su mayor parte. Era de personalidad avasallante. Pruebas de tal impacto,
las múltiples notas que los plumíferos de carrera publicaron
en diversos medios de comunicación en fechas inmediatamente posteriores
a su fallecimiento, dándolo por muerto.
Más longevo que Mario por casi un
lustro, Cuauhtémoc Méndez había señalado ya,
en 1987, el meollo del asunto: «dos que tres hechos bastaron para
que los críticos de la literatura dieran cimiento al mito de nuestra
mala fama. Mas por paradojal coincidencia, porque el primer ataque público
y colectivo en el que nos lanzamos a fondo fue el funcionamiento del taller
de poesía en la UNAM», es decir, la insurrección aquella
de 1973-1974 contra el coordinador del taller de Difusión Cultural,
Juan Bañuelos. El ojo crítico del Temo es, precisamente,
lo que les hace falta a tales reseñadores para desentrañar
el sentido profundo de la novela de Roberto: la rebeldía vital
contra la tanática oficialidad.
Una lectura atenta y desprejuiciada del
texto de Bolaño conduce necesariamente al sentido de la aventura,
por encima de la anécdota. Campo semántico trenzado con
tres símbolos, lleva siempre al terreno de la insurrección
contra los escribanos que «sirven de lavanderas de conciencia al
estado de cosas imperante», según dijo Cuauhtémoc
en el ’87. Colmo para la confusión de los críticos,
los tales símbolos se encarnan en personajes: Juan García
Madero, último adherente del real visceralismo; Lupe la puta, enamorada
de su padrote y amante final de García Madero, y Cesárea
Tinajero, poeta de la anterior camada viscerrealista expulsada del estridentismo.
Los tres pura ficción, sin más referencia a la realidad
que el concepto que encarnan y del cual se hacen símbolos.
García Madero es quien lleva la voz
en la primera y la tercera parte de la obra. Joven poeta de 17 inviernos,
es contactado por Lima y Belano en el taller de Álamo, coordinador
y líder de los oficialistas “poetas campesinos”, quien
no le perdona al nóvel vate exhibir su miseria cultural en el terreno
en que precisamente él se ostenta como maestro: la poesía.
García Madero se suma a la revuelta
con pasión y lleva su voz crítica, no a cuenta propia sino
cifrada en expresiones de los miembros del grupo. Es el nawal, el yo disimulado
del movimiento, quien lo define y lo caracteriza. Al caso tienen lugar
dos citas: «Nuestra situación (según me pareció
entender) es insostenible, entre el imperio de Octavio Paz y el imperio
de Pablo Neruda. Es decir: entre la espada y la pared». Y: «A
los real visceralistas nadie les da NADA. Ni becas ni espacios en sus
revistas ni siquiera invitaciones para ir a la presentación de
libros o recitales. Belano y Lima parecen dos fantasmas». Lupe la
puta
es la imagen de la realidad, así como la vivimos, apasionada e
inclemente. Cesárea Tinajero, generosa siempre, el ánfora
que abrimos para que se alimenten los seres humanos, y despierten. La
hazaña, valimiento anecdótico, que ocupa la mayor parte
del espacio de la saga narrada y por tanto la atención de los críticos,
es el grano de arena que el Movimiento Infrarrealista pone en esa montaña
de la antología universal Nosotros los clásicos,
mañosamente ya adecuada, a grandes trancos, para publicar la parte
que nos toca a los infras.
Espacio habrá, en otro tiempo, para
hacer un análisis del mito que construyó Mario con su vida,
de la novela de Roberto, de las tesis estéticas de Cuauhtémoc,
para probar nuestras ideas del arte en nuestras obras y sus consecuencias,
la teoría en la práctica. Aquí sigue nuestra aventura.
Ya llegará la época, como lo vislumbramos los infrarrealistas
y nuestros maestros, en que el ser humano sea libre, y el hombre deje
de ser el lobo del hombre. Tal es nuestra guerra. Somos pues, pese a lo
que se diga, rebeldes con causa. Vale.
—————
(*)
Para ilustrarse sobre la forma en que Juan Bañuelos ha amasado
su fortuna poética con el saqueo de tumbas, conviene al lector
consultar el texto Una pura y dos colgando de Orlando Guillén,
que aparece en la parcela correspondiente de la página web del
Infrarrealismo.
(**) ‘Ya lejos de la carretera’,
Mario Santiago Papasquiaro. Es el poema que abre el folletín anexo
a la excelente revista Nomedites nº8, dedicada al Infrarrealismo.
Un bellísimo documento —audio, video, música, literatura,
debate y más— debido al ingenio y la industria de Raúl
Silva, radicado en Cuernavaca, Morelos.
(***) Este texto se publicó en Letras
de Cambio, suplemento cultural del periódico Cambio de Michoacán, el domingo 8 de julio de 2007.
Fue escrito en septiembre de 2004, a pedido
del encargado del suplemento cultural del periódico El Universal cuyo nombre he olvidado y no estoy dispuesto a buscar. Me pidió
un ensayo sobre el Infrarrealismo en ocasión de la muerte de mi
hermano Cuauhtémoc. No se publicó en su momento porque el
encargado ese me preguntó que a quién más iba a golpear,
a lo que contesté que se había equivocado de boxeador y
si tenía él algo contra alguien él mismo lo dijera
y no anduviera buscando vejigas para echarse al agua.
Está expuesto al interés público
hace más de dos años en la página del Movimiento
Infrarrealista www.infrarrealismo.com.
Hoy, sábado 27 de octubre de 2007,
quiero destacarlo porque nuestro maestro de aquel tiempo inicial del que
se habla, Juan Bañuelos, ofrece un recital en Morelia, Michoacán,
en el momento culminante del Encuentro de Poetas del Mundo Latino, al
que por cierto no fui invitado, viviendo yo en esta bella ciudad. Espero
saludarlo personalmente después del recital.
Sí. Roberto Bolaño tuvo razón.
Somos los soles negros de la poesía mexicana, basta darse una vuelta
al extranjero o presentarse en algún foro callejero, verbigracia
y verbo en gracia el Zócalo de la Ciudad de México, para
saber que los infras andamos por ahí.
|