Los 2666 golpes
José Daniel Espejo
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Diversas
trampas, literarias o —en el mal sentido— metaliterarias empañan
la lectura de esta obra montañosa y ambigua. La primera es el peso
de su autor, es decir, del personaje de Roberto Bolaño. Este peso
tiene dos formas: la forma a consiste en entender sus novelas como el
relato de su vida, identificarlo de manera directa con Arturo Belano,
Óscar Amalfitano o cualquier otro de sus alter egos. La forma b,
más común, consiste en sustituir el comentario de su obra
por una disquisición sobre el personaje Bolaño,
analizando minuciosamente la con seguridad gran distancia que existía
entre la persona y el disfraz y desenterrando la motivación oculta,
con frecuencia mezquina, que residía tras alguna de sus famosas
salidas de tono. Los lectores del grupo b tratan de eliminar a los del
a. Yo propongo que tomemos conciencia de la existencia de una tercera
vía, la forma c, y nos afiliemos orgullosamente a ella. Limpiemos
el exceso de Bolaño de los libros de Bolaño. Por otro lado
no es difícil: basta con recuperar el puro placer de la primera
lectura de Los detectives salvajes, o Estrella distante,
o Los perros románticos, y dejarnos guiar por él.
La operación merece la pena.
Otro lastre lo conforma el peso de Los
detectives salvajes. Mucho se ha hablado sobre la cohesión
interna de toda la obra de Bolaño, apuntando incluso que, dado
que según Ignacio Echevarría el narrador de 2666
es Arturo Belano, las dos novelas formarían parte de una supranarración
unitaria. Lo que considero un error. Ambas obras son en muchos aspectos
antagónicas. Por ejemplo: Los detectives fue escrita muchos
años después de las andanzas mexicanas de Bolaño
con los infrarrealistas, ya con el autor afincado en Cataluña.
Es decir, constituye una investigación en la memoria. 2666,
como su propio nombre indica, tiene su punto de fuga en el futuro. Pero
hablaré de esto más tarde.
Otro más: dado su carácter
de novela póstuma, parece para algunos inevitable preguntarse si
Bolaño la dejó “acabada” mientras la leen. Es
mucho mejor leerla, y ya. Me vale sin embargo la anotación de Fresán
que asocia la muerte inminente del autor y el carácter de escritura
a tumba abierta que desprende todo el texto.
Por último, la nota preliminar, de
Echevarría en calidad de albacea de Bolaño, cuya importancia
se ha sobrevalorado. 2666 es evidentemente una novela con cinco
partes, y punto. La separación o edición conjunta son asuntos
exógenos que nada van a aportar a una buena lectura de la misma.
1.
El título
La
cifra 2666 aparece en dos lugares de la obra de Bolaño: uno es
una alusión, un tanto críptica, de Cesárea Tinajero.
El otro es un relato recogido en Amuleto donde Auxilio Lacouture habla
de un cementerio futuro. Una especie de Juicio Final donde los personajes
y las víctimas encuentren la definitiva justificación, y
la narración su centro oculto, existente pero inalcanzable.
Bolaño cree en esa suerte de epifanía totalizadora, operación
cuasimística capaz de despejar las innumerables equis de la literatura,
la vida y la Historia. No otra cosa persiguen los detectives salvajes,
y el único método de investigación es la literatura.
La función superior y mística de la literatura es uno de
los grandes temas que atraviesan toda la obra de Bolaño y en 2666
ocupa un lugar central. Esta fe, todo lo relativizada que se quiera, todo
lo inútil que pueda presentarse, es el rasgo esencial por el que
podemos hablar de Bolaño como autor tardomoderno: su literatura
puede contener toneladas de ironía, grandes porcentajes de puesta
en cuestión de la misma literatura, pero no está construida
sobre la ironía ni sobre la puesta en cuestión, sino sobre
esta curiosa forma de fe, tan elástica como inquebrantable. Cierto
que en esta novela la goma se estira más que nunca, hasta rozar
el punto de no retorno (tan lejos como el año 2666), pero no se
rompe. No hay post, por tanto.
2.
Las puertas en el suelo
La
prosa de Bolaño, tan característica, con sus ritmos amplios
y sus períodos inabarcables, digresivos, tendentes a la espuma
o a la disolución en imágenes, funciona así, buscando
y abriendo puertas en el suelo de la realidad, y asomándose a las
tinieblas. También la narración, desde un nivel superior,
funciona así. Los críticos llegan a un hotel de Santa Teresa,
por ejemplo, y sueñan. Dentro de sus sueños aparecen discursos
ocultos, a su vez, con lo que asistimos, en la misma página, a
tres realidades imbricadas, a la apertura de dos puertas sucesivas en
el suelo. De forma similar, el soldado Reiter abre la puerta de una cabaña
en una aldea abandonada de la Unión Soviética, donde halla
un escondite, y en éste un diario, que pasa a leer. Los sueños,
el análisis de significados ocultos, las historias con marcos sucesivos
en dirección a lo profundo, los recuerdos heterodoxos, son motivos
muy frecuentes en el corpus bolañiano, y en 2666 se multiplican
hasta convertirse en un mensaje en sí mismos, en la dirección
del salmón, por llamarlo así, que a veces es más
elocuente que el río y que el salmón mismo y sus saltos.
Esta dirección está, evidentemente,
en el orden de las partes. Espero no ponerme muy estupendo si sugiero
que 2666 refleja el Inferno de Dante. Los libros de
Archimboldi han adquirido en las cercanías del Mal una capacidad
de seducción irresistible: las cinco partes de la novela suponen
un acercamiento a ese secreto. Primero, los críticos, en el círculo
exterior, viven de la exégesis de esa seducción mientras
se dedican a interpretar su pequeño vodevil cosmopolita.
Nunca encuentran a Archimboldi. En Santa Teresa, se limitan a oír
hablar de pasada de los asesinatos de mujeres (es sintomático que
sea Morini, desde Italia y tras la lectura de un periódico, el
único que detecta la importancia de estas atrocidades). Son cultos,
simpáticos, elitistas, ciegos e inútiles. En algunos momentos
de la narración asistimos a la apertura de puertas en el suelo
que dan acceso a elementos más profundos, como la historia del
pintor inglés, o el sueño en que a Morini se le aparece
Liz Norton como la encarnación del Mal, o las digresiones de Amalfitano
(recordemos que tras una de éstas, la más larga, Norton
dice no he entendido nada de lo que has dicho). Creo que los
críticos son la encarnación cuasiparódica de la cultura
europea y sus limitaciones, y que en esto constituyen el reverso antagónico
de los detectives salvajes.
La segunda parte, del profesor de filosofía
Óscar Amalfitano, recoge una cosmovisión más profunda,
si bien mucho más perturbada. El Mal esencial de Santa Teresa se
hace visible a través de manifestaciones superficiales, veladas.
Está en la vida provinciana de los profesores de la Universidad,
en la alta sociedad, en la vida nocturna de sus despreocupados hijos,
y Amalfitano lo capta como una antena que la locura hubiera puesto a la
intemperie. Por medio de digresiones sabemos del horror en el pasado del
profesor, y que ese dolor es el causante de la deriva del personaje, que
lo acerca de una forma misteriosa al gran fanal del horror que es Ciudad
Juárez–Santa Teresa. Esa investigación forzosa es
la gran diferencia que separa a Amalfitano de los críticos, el
agua más profunda en la que bucea, añadiendo a su capítulo
el carácter de círculo interior con respecto al anterior.
Amalfitano entronca con Lima y Belano, a quienes une esta Deriva Latinoamericana
tan querida por Bolaño. Las expresiones de su locura, como la obsesión
por el Testamento Geométrico de Rafael Dieste o la creación
de listas heterodoxas de pensadores, son un reflejo de la destrucción
del proyecto ilustrado y el dominio de la entropía, proceso que
lo acerca al Caos y que por tanto implica la apertura de una nueva Puerta
en el Suelo. Recordemos que Amalfitano permanece en Santa Teresa, como
recoge el capítulo siguiente, contra toda lógica. En esa
permanencia es posible rastrear el influjo de una suerte de Agujero Negro
o Estrella Oscura mexicana, la misma que mueve —por atracción—
a Archimboldi, y similar a la que ata al Ojo Silva a la India en el genial
relato homónimo.
La tercera es la parte de Fate. Este extraño
personaje, un periodista negro confrontado a todo tipo de tensiones subterráneas
de carácter social y racial, aparece en Santa Teresa como una especie
de deus ex machina dirigido al centro del Mal. El relato abunda en rasgos
épicos, como en su encuentro con Rosa Amalfitano y los sicarios
mexicanos. El amor y la maldad brotan por tanto en sus versiones absolutas,
así como la Fuga final.
El
verdadero tour de force de la novela lo constituye la parte de los crímenes,
la más larga y donde el fraseo abandona los tan bolañianos
palos de ciego para hacerse terriblemente concreto, moroso, insoportable.
La parte supone un monumento insólito dentro de la narrativa de
Bolaño, liberándose de golpe de la herencia surrealista
y sustituyendo la imagen por el dato como recurso energético, y
el sentido de dirección, si bien digresiva y con abundantes loops,
a que estamos acostumbrados queda en suspenso. Bolaño procede aquí
por acumulación y apila crimen tras crimen, atrocidad tras atrocidad,
intercalando una ligera bruma anecdótica o narrativa en pos de
una suerte de catarsis obnubilatoria, de una ensoñación
autista que es reflejo de las sociedades mexicana y occidental confrontadas
con el infierno de Ciudad Juárez. La operación es impresionante
y entendida así eleva todo el juego de máscaras en que consiste
2666 a un nivel superior, y si funciona instala al lector en
una realidad más sucia, más compleja y más profunda
que antes de internarse en ella.
La parte de los crímenes, que no
deja de ser un genial artefacto literario, mimetiza su lenguaje con el
de los sumarios policiales mexicanos para convertir a éstos, con
toda su realidad, con todo su peso en los cajones de los despachos judiciales
del norte de México, en un símbolo de la antihumanidad o
del Mal que también informa la literatura de Benno von Archimboldi,
con la diferencia, visible sólo tras abandonar la novela, de que
la segunda es un artefacto literario dentro de otro, y la primera un conjunto
de notas del natural.
Tras este auténtico viaje por el
inframundo, la quinta parte, donde por fin se accede directamente a la
peripecia de Hans Reiter y su metamorfosis en Archimboldi, supone un brusco
retorno al conjunto de recursos bolañianos que conocemos, sus digresiones
y sus viajes de ida y vuelta entre diferentes planos de la realidad. La
Segunda Guerra Mundial y los diferentes monstruos pseudoaristocráticos
que el sueño de la razón produce en una Europa nazi reaccionan,
en la interioridad de un personaje dotado de cualidades liminares (el
hombre-alga, de altura extraterrestre, etcétera), dotándolo
de una sensibilidad externa a todo y atenta a poderes ocultos, convirtiéndolo
en un cronista nómada y heterodoxo del aliento maligno del siglo.
Ni un fragmento de estas crónicas aparece en ningún momento
de la novela, a excepción de sus títulos, obligándonos
a crear una vaga imagen de las mismas a través de retazos de críticas
o comentarios sueltos recogidos en la primera parte. Todo este aparato
crítico, cuidadosamente abocetado por Bolaño, contiene en
parte la poética que el chileno fue desarrollando a lo largo de
su obra. El viaje iniciático por la Europa nazi que recoge este
volumen es el punto de partida de la literatura archimboldiana, lo que
la dota de una suerte de antenas telúricas para captar la presión
oculta de la Historia sobre el individuo y, al revés, la capacidad
del libre albedrío individual (esa compleja quimera) de hacer gravitar
la Historia. Todo esto también es aplicable al corpus bolañiano,
desde el viaje iniciático hasta la investigación del (muy)
libre albedrío, pasando por supuesto por la presión oculta
de la Historia. Es mucho lo que emparenta la figura de Archimboldi, el
nómada total, el cronista del Mal (¿el detective salvaje
definitivo?), con el personaje que a través de Arturo Belano Bolaño
quiso construirse. El final, abierto como una herida, de este volumen,
que no pone fin a la investigación, actúa como entrada de
ese largo túnel, con salida al año 2666, de que hablé
más arriba.
3.
POST-INFRA
La
distancia que separa 2666 de Los detectives salvajes
no es sólo eso, distancia, sino direcciones contrarias. Si Los
detectives suponía una operación de vuelta al pasado
para plasmar (y cerrar) el movimiento infrarrealista en su efervescencia
setentera en el D.F. (una operación con mucho de sentimental y
con mucho de procesal) y su posterior disolución en el nomadismo
trágico de sus protagonistas, 2666 implica el acto contrario:
la plasmación de una serie de hilos narrativos que parten del pasado
para anudarse en el presente de Ciudad Juárez y partir hacia un
destino futuro que contenga su conclusión. Nuestra estética
es la vida y nuestra ética la revolución, proclamaron
los infras hace treinta años. Los detectives analizaba
esa máxima, investigaba en sus posibilidades y declaraba su fracaso
definitivo. Pasada la página, ni el más mínimo resto
de esta máxima informa las muchas páginas de 2666.
Como una suerte de traslación latinoamericana
del situacionismo francés, los infrarrealistas declararon la unión
indisoluble de la literatura y la vida, y a su vez de la vida y la revolución.
Enfrentados a la poesía elitista e inmanente que por entonces constituía
el canon cultural, con Octavio Paz como cabeza más visible, trataron
de recomponer el lazo con la realidad, e investigar ésta (estudio,
estudio, estudio, recetaban) con las herramientas literarias
más profundas, inclinándose en gran parte por el uso de
imágenes que habían aprendido en los surrealistas franceses,
pero también por los métodos de la literatura latinoamericana
sucia en su tratamiento de temas sociales. Este análisis,
sin embargo, constituye ya una traición al movimiento
infrarrealista (seguramente hasta el mismo etiquetado del grupo ya lo
suponga), del mismo modo en que el comercio y análisis universitario
de La sociedad del espectáculo conlleva el fracaso del
texto, la no imbricación del
mismo con la sociedad, su neutralización, en suma, como desentraña
hábilmente Carlos Pardo en el prefacio a la última edición
de Pre-textos. La exégesis de su estética se da en oposición
a la vida con que identificaban esta estética. Me parece que Bolaño
tuvo presente esta contradicción al redactar Los detectives,
que sabía que con la novela le daba el tiro de gracia al movimiento
y que además lo hizo alegremente, con la alegría que ilumina
los naufragios y las piras de San Juan. Este final no es, sin embargo,
agresivo, y el infrarrealismo termina not with a bang but a whimper,
el de los personajes que desaparecen: García Madero, Cesárea
Tinajero, Ulises Lima y Arturo Belano.
A partir de ahí, empieza el exilio,
y la literatura de Bolaño deja definitivamente de extraer materiales
de lo colectivo para proponerse una investigación individual a
ultranza, al tiempo que desaparecen las esperanzas de influir de alguna
manera en la máquina social. Ni la estética de 2666
es la vida ni su ética la revolución, pues, y ambas quedan
sustituidas por un individualismo cínico apoyado contra la cultura
y asomado a todo tipo de abismos.
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