Viernes 25 de enero, 1980, p. 16, Unomásuno
Boicot de los infrarrealistas
cuando Octavio Paz y David Huerta iniciaron el ciclo de lecturas poéticas
Encuentro de generaciones
Organizado
por el PEN Club y la distribuidora de Libros de la UNAM, anteanoche se
efectúo, en la librería de la propia universidad, el primer
Encuentro de generaciones, en el cual participaron, leyendos
sus respectivos poemas, Octavio Paz y David Huerta. Fuera de programa
y en tono agresivo intervino también un joven que se identificó
como representante de Correspondencia Infrarrealista, lo cual
suscitó airadas respuestas por parte de Paz, Huerta, y gran parte
del público asistentente.
Luego de la breve presentación a
cargo de la presidenta del PEN Club, Julieta Campos, Paz expresó:
«Hace algunos años sentí un temor compartido por algunos
de mis amigos. Nos pareció que la tradición literaria mexicana
estaba en peligro mortal. Ese peligro era mortal porque la desaparición
de nuestra tradición poética habría significado también
la pérdida del alma de México, un pueblo que es su palabra».
«La amenaza —continúo el poeta— no venía
de la negación de unos cuantos jóvenes rebeldes (toda negación
contiene, implícita, una afirmación) sino de la indiferencia
y de la ignorancia. No de la ignorancia del que no sabe —esa es
magnífica muchas veces, acotó—, sino la del que cree
saberlo todo. La ignorancia hecha de arrogancia y desdén».
«Pero mis temores se disiparon pronto
—reconoció—. Hace ya cerca de diez años comenzaron
a percibir los primeros signos de un fenómeno que es admirable
a pesar de ser recurrente; mejor dicho, es admirable por ser recurrente;
la aparición de una nueva generación poética. Entre
estos nuevos poetas, David Huerta se distinguió inmediatamente
desde su primer libro, como una voz inconfundible. Un verdadero poeta
es un astro con su propia luz. Confieso mi emoción: este encuentro
es para mí una suerte de confirmación en el sentido religioso
y sacramental de la palabra. Leer poemas al lado de un poeta joven como
David Huerta, me confirma como parte de la tradición mexicana».
Recordó luego —lo que “tiene
para mí una significación meramente sentimental, pero no
poética”— que su compañero en la lectura es
hijo de Efraín Huerta, «otro poeta, de mi misma edad».
Y, ya a punto de comenzar la lectura de poesía, finalizó:
«En la poesía de David Huerta, por fortuna, oigo, veo y palpo
el comienzo de otra poesía, muy distinta a la de Efraín
y a la mía. La tradición poética no es una repetición
sino un perpetuo comienzo».
Leía Octavio Paz el poema La
vista, el tacto, dedicado al pintor Balthus, y en el cual «aparecen
los objetos de todos los días, pero transfigurados por la luz»
cuando el joven “infrarrealista” mostró cierta indisposición
a la reiteración de, precisamente, la palabra “luz”
en el texto de Paz. Este, fastidiado ya por el intruso —quien con
no poca sorna repetía algo así como “mucha luz, cuánta
luz, demasiada luz”— se vio obligado a suspender la lectura
y decir: «La persona que está hablando es un cobarde y un
miserable, que se levante ya. ¿Quién es?». El joven,
al parecer bebido, se puso de pie. «Venga para acá y hable
—dijo el poeta— ¿Qué es lo que tiene usted contra
mí?». «Un millón de cosas», fue la respuesta.
Indignado, Paz indicó que eso lo discutirían allá
afuera, lo que no sucedió. Elocuciones a cargo del público:
«Lárguese», «provocador», «todos
le pedimos que se vaya, somos todos contra uno», «fuera, fuera,
fuera…».
El alcoholismo, sentenció en algún
momento Paz, no disculpa la estupidez.
Publicado en la revista
Replicante (México, nº 9, Año III, noviembre
2006 - enero 2007)
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