El cuerpo descuartizado del
infrarrealismo
Heriberto Yépez
—HERIBERTO YÉPEZ: Vicente, tú fuiste uno de los fundadores del infrarrealismo; uno de los instigadores clave, uno de esos “real visceralistas” que en Los detectives salvajes de Bolaño —que algunos consideran la novela latinoamericana más importante después del Boom— aparecen como una vanguardia mexicana, heredera del estridentismo y parte de la contracultura internacional de los años sesenta y setenta, escandalosos, enemigos de la República de las Letras y todo lo que oliera a “surrealismo del PRI”, en retrospectiva. ¿Cómo ves ahora al infrarrealismo? Sé que tu perspectiva es distinta a la de Bolaño. —JOSÉ
VICENTE ANAYA: El infrarrealismo resulta un suceso de la poesía
mexicana que ha sido hundido por el status quo desde que nació.
Ha llegado el momento de que se conozca más. Sin duda fue el impulso
poético más vital e intenso de su época. En ese mismo
periodo ya se gestaba el actual status quo, que nació muerto, convertido
en séquito de Octavio Paz: David Huerta, Hurtado, Mendiola, Yáñez,
María Rivera, Milán, Letras Libres, etcétera
[...] Hoy día se están filmando 5 documentales sobre los
infras (uno en Chile y 4 en México), además de que académicos
de Argentina, Chile, Colombia y los Estados Unidos ya han escrito o están
escribiendo ponencias y tesis sobre el infrarrealismo. Desde hace como
dos años hay una página web infra. En mi opinión
los “neoinfras” constituyen un revival oportunista que se
aprovechan de la actual fama de la(s) novela(s) de Bolaño [...]
Llevo años relatando mi visión del infrarrealismo. Te has
de acordar que en aquellos tiempos del Seminario-Taller de Poesía
en Tijuana, hablé sobre el infra. Leí algunos textos y relaté
anécdotas sobre los performances con que saboteábamos conferencias
y lecturas de los “afamados”. Y lo que ha hecho, pues, que
algunos lectores presten atención a la existencia de ese grupo
de jóvenes poetas rebeldes es la novela Los detectives salvajes
de —HY: El infrarrealismo atravesó triple purga. La de la crítica canónica, que lo borró del mapa por completo, y antes las purgas de Bolaño —a las que él mismo, por cierto, alude burlonamente en la novela—, en que el grupo real original fue reduciéndose. La tercera purga ha venido ocurriendo desde finales de los setenta hasta la fecha, donde la historia de la época infra originaria ha sido alterada, para que los que siguen llamándose “infras” parezcan los únicos fieles al movimiento [...] De todos modos, Bolaño hizo lo que Kerouac o Burroughs. Seguramente alteró significativamente la vida de su generación, aunque, por cierto, la novela de Bolaño es muy diferente a las novelas beatniks. Más irónica, nada “juvenil”. Más cerca de Queer que On the Road. La crítica no ha querido recordar que Los detectives salvajes ficcionaliza a una generación poética en México. Hay un silencio. Ni siquiera las historias de la contracultura, como la de José Agustín, hablan del movimiento. Pero creo que ahora que se empieza a hablar más, seguramente se insistirá en el paralelo con los beatniks. En vuelta de tuerca a la Cardoza, podríamos decir que los beatniks gringos son los infrarrealistas de Estados Unidos. Una especie de estridentistas-contemporáneos de los años setenta. Pero también hay que trazar el paralelo con los “poetas marginales” de Brasil, como Leminski, Cacaso y Glauco Mattoso, con quien también comparten direcciones. Además, pues, de la ficción de Bolaño, ¿cómo ves las otras versiones actuales sobre el infra? ¿Son fieles? —JVA: En la página web (www.infrarrealismo.com) hay dos historias sobre el infra de los hermanos Méndez (Cuauhtémoc y Ramón) y una reciente ponencia de la académica de la Universidad de Buenos Aires, Andrea Cobas Carral. Esos tres textos, según mi opinión, son tres cuentos de hadas sobre cómo surgió el infrarrealismo, con una visión protagónica (los Méndez también quieren su tajada de ser vistos como leyenda) [...] El infrarrealismo lo fundamos un promedio de 20 poetas, ¡no uno y alrededor de él o ella los demás como satélites! Entre nosotros hubo alrededor de 8 mujeres (cosa que suele estar negada por la parte misógina de los infras). Infra fue el resultado de que nos conociéramos (mexicanos y sudamericanos, algunos de ellos exiliados) en fiestas, en cafeterías, cantinas, lecturas de poesía y hasta en el taller de poesía que coordinaba Juan Bañuelos. En fin, el infrarrealismo no nació porque tal persona o yo conociéramos a un “protagonista”. Nos unió, además, una época de inquietudes rebeldes y contestatarias. —HY: ¿Cuándo se fundó el movimiento? —JVA:
Según mis cuentas, el grupo de poetas infrarrealista se formó
en 1975. Como te había dicho, nació a partir de las amistades
que se fueron dando en diferentes circunstancias y lugares. Un antecedente:
por 1974 nos juntábamos las y los poetas Mara Larrosa, Lorena de
la Rocha y Carlos Rodolfo Rodríguez de Alba; formamos una especie
de taller de poesía independiente, amistoso, que hacíamos
en el departamento en que yo vivía (Calle de Nueva York, colonia
Nápoles). Jugábamos a que según nuestras personalidades
teníamos un nahual/animal: Lorena: Leona; Mara: Foca; Carlos Rodolfo:
Venado; Vicente: Toro. Por eso decíamos tener un “taller
de poetas animales”. Creíamos en una poesía VITAL
y por eso también nos decíamos vitalistas [...] A Roberto
Bolaño lo conocí antes. La amistad fue formando encuentros
y entre los amigos que sigo estimando mucho están Víctor
Monjarás-Ruiz, Sergio Loya, Estela Ramírez y Vera Larrosa.
En fiestas y cafeterías fueron cayendo otros amigos de amigos.
Fue así que en esos encuentros fuimos hablando y coincidiendo que
algo se tenía que hacer para darle más autenticidad a la
poesía y otras inquietudes [...] Comenzamos a tener reuniones en
1975 en mi departamento, en el de Bruno Montané (que vivía
con sus padres en el centro de la ciudad) y en cafeterías como
el famoso Café La Habana (que hicieron famoso los poetas y otros
refugiados de la Guerra Civil Española). En el principio los fundadores
del infrarrealismo fuimos un promedio de 20 y entre amigos (“simpatizantes”)
—HY: ¿Cuáles eran sus lecturas? —JVA: Leíamos a muchos poetas de todos los tiempos, aunque, claro, había quienes leían más y otros menos. De los tiempos inmediatos recientes, por grupos, leíamos a los nadaístas de Colombia, los del grupo Hora Zero de Perú, los Eléctricos de Francia, la Generación Pop de Liverpool y los jóvenes iracundos (The Angry Young Men), los beatniks y los modernistas franceses (malditos) como Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Lautreamont. En ese entonces ya traducíamos, por lo menos, Bolaño, Montané y yo. Traduje algunos epigramas de Marcial y Catulo (del latín, por supuesto), pocos poemas del brasileño Manuel Bandeira, a Edgar Allan Poe, Carl Sandburg, William Carlos Williams, Langston Hughes; y me dediqué fuerte a traducir poemas de la generación beat (empecé con Allen Ginsberg, Marge Piercy, Gregory Corso, después siguieron más de 30, entre los que están en mi libro Los poetas que cayeron del cielo, que lleva tres ediciones [...] El campo de “nuestros poetas favoritos” era más amplio, una lista “completa” sería larguísima: los románticos alemanes, ingleses y franceses, los del Siglo de Oro español, Sor Juana, Bashoo, Li Po, Fray Luis, los modernistas de Hispanoamérica, T. S. Eliot, Gide, los surrealistas, sobre todo muchos libros de Antonin Artaud y André Breton (además, teníamos la antología más completa que del surrealismo podía conseguirse, la de Aldo Pellegrini), Saint John Perse, Ezra Pound, y leímos la primera edición en español (publicada en Argentina) de Las vanguardias artísticas del siglo veinte de Mario de Micheli [...] Por supuesto que no nos fueron ajenos Vicente Huidobro, Alejandra Pizarnik, Jorge Luis Borges, César Vallejo... En fin, fue muchísimo más de lo que aquí estoy enlistando. No faltaron lecturas de novelas y muchos otros temas como la filosofía y la historia. —HY: De los escritores de ese momento, ¿con quiénes se reunían o conversaban? —JVA: Frecuentábamos a Efraín Huerta, prácticamente teníamos los sábados asignados para pasar varias horas con él en su casa de la calle Lope de Vega. Le leíamos nuestros poemas y tomábamos licores que él amablemente compartía (“pero no antes de las 12:00 horas, como hace todo buen bebedor que se precie”). Nuestra simpatía, respeto y admiración por Efraín era muy grande; y él simpatizaba con nosotros. Varios de los infras, en otras circunstancias y tiempo, fuimos también muy cercanos a José Revueltas. —HY: En 1998 fue la primera vez que escuché de los infras. Tú prácticamente eras un ciego. Así que todo eso era un mundo espectral, desconocido, de ultratumba mexicana. Fue después que até cabos. Ahora me es obvio que Cesárea Tinajero, la poeta a la que buscan los ‘real viscelaristas’ en “Sonora” es Concha Urquiza (que también la veo como la Señorita Etcétera de Arqueles Vela), la poeta-monja-feminista-mística, de la que compilaste su poesía. Right? —JVA: Tienes razón que la Tinajero de Los detectives (o mejor dicho, de Bolaño) tiene indicios de que en la vida real sea Concha Urquiza; sin embargo, como antes te dije (y como se deduce de la “Tinajero” que en la novela fue “encontrada”) los datos no corresponden a la realidad sino que son TODO ficción, como es natural en una novela. Podría ser Concha Urquiza (ésta fue amiga de los estridentistas Arqueles Vela y Germán List Arzubide), sí, PERO en la realidad Concha no estuvo en Sonora ni se casó con un torero. —HY: Por supuesto, Urquiza se mudó a la esquina noroeste, donde ahora es uno de los mitos de la escritura fronteriza, como Juan Martínez, Robert L. Jones o Horst Matthai. —JVA:
Sí, ella se fue a Tijuana con el fin de impartir clases en el Colegio
La Paz de las monjas del Espíritu Santo, y como la escuela estaba
en época de vacaciones se trasladó al convento en Ensenada
y un día que se fue a la playa murió ahogada... antes de
que nacieran los infrarrealistas o “real visceralistas”, tan,
tan [...] Como te dije, toda la novela es ficción; yo puedo identificar
a la mayoría de los personajes con las personas de la realidad,
y encuentro con que algunos personajes tienen características o
anécdotas de la realidad que fueron de otras personas; y hay casos
en que ciertos sucesos son exagerados y otros puramente ficticios, como
eso de encontrar a Octavio Paz en el Parque Hundido o a Verónica
Volkow en el cine [...] Por cierto, dudo de la amabilidad y admiración
de Bolaño, en el momento infra, por la poeta Verónica Volkow
(que aparece con su nombre verdadero) al encontrarla haciendo fila para
entrar a una sala de cine, ya que en los inicios del infrarrealismo ella
fue blanco de ataques y burlas desde un día en que yo invité
a Verónica a formar parte del grupo y asistió a una reunión
que tuvimos en mi —HY: ¿Qué me dices de los manifiestos infrarrealistas? —JVA: Sobre el asunto de escribir un manifiesto recuerdo que lo discutimos en una reunión en mi departamento. Todos estábamos de acuerdo en hacerlo, la discusión se volvió difícil con relación a quién o quiénes lo escribirían y qué debía de decirse. La polémica la polarizamos Roberto Bolaño y yo: él se autopropuso para escribir un manifiesto argumentando que era el que tenía muy claro lo que se tenía que decir, y que sólo lo tenían que firmar todos; mientras que yo hacía un llamado a la revuelta (literalmente) proponiendo que cada uno de los infras escribiéramos un manifiesto y que todos le diéramos nuestro voto de confianza aunque tuviéramos puntos de vista diferentes, que deberíamos hacer un llamado a todas las voces, incluso al caos, sin temor, al contrario dije: sería muy bueno hacer alarde de incitar a la confusión. La mayoría de los asistentes fueron pasivos. A final de cuentas sólo tres escribimos un manifiesto, y éstos son los que ahora existen: el de Bolaño, el de Mario Santiago y el mío. —HY: ¿Realmente el manifiesto de Bolaño fue el primero? Ese dato que circula en internet es falso, ¿no? —JVA: Sí, es inexacto llamar al de Bolaño, el “primer manifiesto infrarrealista”, como se reproduce en la página “oficial” infra, divulgando el de Bolaño que apareció en el número uno y único de la revista Correspondencia infra. Para ser fieles a los hechos, el manifiesto infra que yo redacté se había publicado antes en traducción al inglés, en una impresión marginal en San Francisco, California. Esa versión al inglés la hizo Elizabeth Bell, y la edición la hizo ella junto con su compañero de entonces, el poeta Michael Koch. —HY: Entonces, ¿el tuyo fue el primer manifiesto infra? —JVA: No, fue el primero en publicarse, pero eso es secundario. Lo importante es que los tres se redactaron en el mismo periodo, aunque se publicaron en fechas distintas. Prefiero decir que son tres manifiestos que nacieron simultáneamente, pues creo que cuenta más el momento en que fueron escritos, además de que expresan la opinión de tres de los miembros fundadores del infrarrealismo, los únicos que se animaron a expresar su versión de lo que pensaban y pretendían como poetas del grupo. Mario Santiago, en algún momento, me entregó su versión original mecanoescrita de su manifiesto, la cual conservo. —HY: En los tres manifiestos, lo que yo percibo, son tres visiones distintas del infrarrealismo, tres infrarrealismos divergentes. Es absurdo que se hable de un “infrarrealismo”. Solamente se puede hablar del infrarrealismo en plural. Es evidente que hubo varios, que fueron infrarrealismos distintos. La versión que ha venido divulgándose, por un lado, es la de los neo-infras y, por otra, la de Bolaño. A propósito, ¿tú coincidías con Bolaño, cuando decía, como en su novela, mitad en serio, mitad jugando, que los infras tenían como objetivo central chingar a Paz? —HY: ¿Quiénes más se salieron? —JVA: Al paso del tiempo, declarando alguna disputa o molestia con Bolaño, se declararon fuera del grupo Lisa Johnson, Lorena de la Rocha, Vera Larrosa, Víctor Monjarás-Ruiz y Juan Esteban Harrington. Dos interesantes poetas gays, Darío Galicia y Uriel Martínez fluctuaban entre estar y no estar dentro del grupo. —HY: Regresando a lo de Paz, ¿es cierto que querían secuestrarlo? ¿O eso es pura leyenda urbana? —JVA: La mayoría de los infras manifestábamos críticas, desacuerdos y antipatías por Octavio Paz. Muchos años después, por cierto, Bolaño y Mario Santiago fueron pacistas conversos, pero ya no tuvieron tiempo de formar parte del séquito octaviano [...] En varias reuniones del infrarrealismo llegamos a discutir si hacíamos algún performance para enfrentar en público a Octavio Paz. En una ocasión se pensó que en la próxima aparición en público de Paz lleváramos pistolas de salva y en algún momento dispararlas al grito de “La poesía de Paz ha muerto”. Alguien dijo que del susto Paz podría sufrir un paro cardíaco. Al desecharse esa acción, por cierto, se impuso la inteligencia [...] Aunque, por otros performances que se mezclaron con otros pleitos personales, corrieron chismes mitos de infras “bárbaros”, “groseros”, “saboteadores”, “pandilleros”; y de pronto se armó una cruzada de intelectuales para cerrar puertas, “estar alertas” y “contraatacar” aun cuando no había ninguna intención de sabotear nada, éste fue el caso del día que leyeron sus poemas Octavio Paz y David Huerta en una librería de la UNAM [...] Yo no estaba en México cuando eso sucedió. Tiempo después Mario Santiago me contó su versión, dijo que llegaron a dicha lectura él, Jesús Luis Benítez “El Buquer” y Pedro Damián sí, algo borrachos, pero “El Buquer” en ese tiempo ya era un teporocho (clochard) que todos los días andaba “hasta atrás” pues tomaba alcohol de caña y “chemo”, olía cemento. Otra característica es que él se había convertido en un poeta oral; continuamente deliraba en voz alta [...] En opinión de Mario, “El Buquer” no se propuso “sabotear” ni molestar a Octavio Paz. Cuando él empezó a leer y dijo la palabra “luz”, Jesús Luis comenzó a gritar: “¡Viva la luz! ¡Mucha luz! ¡Danza la luz! ¡Queremos luz!”. Entonces Paz detuvo su lectura y enojado dijo: “¡A ese saboteador sáquenlo de aquí! El alcohol y la poesía no se llevan”. Bueno, y el público obedeció aquellas órdenes y sacaron del lugar a esos tres jóvenes identificados como infrarrrealistas [...] Pero en ese entonces el infrarrealismo ya no existía, los infras ya se habían dispersado, ya no funcionaban como el grupo original, lo que se mantenía era una especie de inercia que unos pocos seguían alrededor de Mario Santiago. —HY: Me llama la atención que se dice que Bolaño rompió con el Boom, pero en algo no rompió: en la búsqueda de la Mujer Eterna, la misma búsqueda romántica de Cortázar en Rayuela y la misma de Arqueles Vela. Saliendo del romanticismo, ¿qué me dices de las poetas infras directamente, las concretas? —JVA:
Las mujeres que estuvieron en la fundación del infrarrealismo fueron
siete. Escribieron bellos poemas intensos, alucinatorios y con una suavidad
de visiones sobre lo cotidiano. Al paso del tiempo dos de ellas publicaron
un libro de poesía (desconozco si publicaron otros); Lorena de
la Rocha publicó el poemario Pájaro hembra (1982)
en la Universidad Autónoma del Estado de México; y Vera
Larrosa publicó —HY: ¿Cuándo se disolvió el grupo? ¿Qué fue de los primeros infras? —JVA: El infrarrealismo terminó cuando el grupo fundador se disolvió con toda naturalidad. La mayoría de sus miembros tomaron diferentes caminos. Entre finales de 1977 y el transcurso de 1978 se dio una diáspora. Creo que cundió una especie de descontento, de no saber qué hacer, de ir a “buscar” en otros lados o en otros proyectos. El peruano José Rosas Riveyro se fue a Inglaterra y terminó en Francia, ahora radica en París. Jorge Hernández “Piel Divina” se fue a París y ahí se involucró en asuntos de actuación en teatro y cine experimental. Bruno Montané y Roberto Bolaño se fueron a España, la mayor parte del tiempo vivieron en Cataluña. Mario Santiago (en ese tiempo no había agregado el apellido de “Papasquiaro”) se fue a viajar por unos meses a Israel y otros lugares, hace unos años que falleció. Juan Esteban Harrington volvió a su país, Chile, y después de un tiempo trabajó en cine. Lorena de la Rocha se dedicó a la música (desde hacía tiempo tocaba guitarra clásica y otros instrumentos), formó grupos de música renacentista y llegó a actuar en teatro, ha trabajado escribiendo guiones de video y cine documental para Conaculta y Clío. Los hermanos Méndez se fueron a su tierra, Morelia, y algún tiempo trabajaron como panaderos y luego en el periodismo, Cuauhtémoc falleció hace pocos años. Lisa Johnson estudió biología y a esa profesión se dedica, ella rompió muy temprano con el grupo, disgustada por malas experiencias. También temprano se alejó Estela Ramírez, quien ahora es economista investigadora y docente en la UNAM. José Peguero estudió cine, a lo que se ha dedicado en los últimos años, y su esposa Guadalupe Ochoa se dedicó a la antropología, creo que ahora ambos hacen cine. Gelles Lebrija se fue a vivir a Tijuana, hace unos diez años trabajaba de mesera en un restaurante argentino de esa localidad. —HY: En Los detectives salvajes, Bolaño inventa un viaje a Sonora y un escape final a Baja California. Es significativo que quien viajó al norte del país fuiste tú, que eres de Chihuahua y regresas constantemente con familiares tuyos a Tijuana. —JVA: Sí, yo tomé una mochila al hombro y viajé durante unos cuatro años por todo México (por ciudades grandes y pequeñas, ranchos, valles, selvas, montañas, desiertos...) y casi otro año por los Estados Unidos. Cuando regresé a la ciudad de México para mí ya era mucho más claro que el infrarrealismo ya no existía. Sólo se reunían unos pocos poetas con Mario Santiago, pero ya no hablaban de que eso fuera el infrarrealismo. Yo continué escribiendo poesía, traduciendo, escribiendo ensayos, colaborando en periódicos; como hasta la fecha. —JVA: No me encuentro reflejado en Los detectives salvajes, salvo algunas referencias atribuidas a otros. Considero que Bolaño me excluyó a propósito por haber sido un elemento frontal a él con divergencias contra sus autoritarismos (él con actitudes stalinianocomunistas y yo anarcolibertario), creo que no quiso mostrar esos atavismos suyos sobre todo porque años después se construyó otra imagen, alabando “la caída del comunismo”, y dijo que había luchado contra la izquierda staliniana. Hubo otros que tuvieron fuertes divergencias con él y tampoco aparecen en la novela, como serían los casos de Sergio Loya y Víctor Monjarás-Ruiz. Hay otros poetas que se han indignado con Bolaño porque se sienten ridiculizados al encontrar personajes que se les parecen mucho. Hay un momento pequeño de la novela en que un personaje habla de que Belano (Bolaño) se la ha pasado “expulsando” a los poetas que a él le da la gana [...] En mi opinión, ningún personaje corresponde exactamente con los reales, ni siquiera el propio Bolaño, que en partes se puede identificar al mismo tiempo como el narrador y como Belano; pero el narrador también se parece a Juan Esteban Harrington (chileno) y a la vez no tiene rasgos de éste... En resumen: hay personajes que tienen características de varias personas reales. —HY: Estoy de acuerdo. Creo que la novela de Bolaño es la ficcionalización de varios infrarrealismos cuyas verdades todavía no han sido descubiertas. ¿Y qué recuerdas de tu último encuentro con Bolaño? —JVA: El día que Roberto Bolaño se despidió de mí, anunciándome que se iba a vivir en España, entablamos una discusión. Me dijo textualmente: “Ahora que me voy a vivir a España, usted se queda y debe tomar el mando de los infrarrealistas, porque son muy dispersos y muy desorganizados”. Le respondí que en primer lugar yo no estaba de acuerdo en que los infras tenían que ser “pastoreados” porque mis principios eran ser libertario y no imponer nada a los demás; en segundo, yo no aceptaba órdenes de él; y en tercero, yo también me iba a viajar, aunque por todo México. Concluí diciéndole que con sus actitudes autoritarias se creía “el André Breton de los infras”; él respondió irónicamente: “Y usted se cree el Antonin Artaud de los infras”. Fue nuestra despedida [...] Tú recordarás que en la novela este episodio no se cuenta igual y además está en boca de un personaje que no se parece a mí. Bolaño alteró muchísimas cosas. Muchas de sus alteraciones se refieren a quitar elementos infras que desfavorecía su imagen de “líder” único. —HY: ¿Y ya no volviste a saber de Bolaño? ¿A qué te dedicaste? —JVA: Años después pasé por Tijuana y en la casa de mi madre había una carta que Bolaño me había enviado; en ella insistía en que yo fuera a la ciudad de México para “comandar” a los infras. Después de la discusión que habíamos tenido, consideré innecesario contestarle y me seguí hacia las ciudades de California: San Diego, Los Ángeles, San Francisco y pueblos intermedios [...] Un tiempo trabajé de jardinero en Beverly Hills, fui maestro de literatura en un curso intensivo de la School of Arts and Sciences de Berkeley, platiqué con Allen Ginsberg y le di fotocopia de las traducciones que había hecho de su poesía, asistí a varias lecturas de beats entre San Francisco y Berkeley, compartí muchas experiencias de la contracultura en San Diego con Víctor Zamudio Taylor, querido discípulo del filósofo de la Escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse, con quien fue muy agradable compartir en fiestas y escuchar sus tesis de estética y crítica radical. —HY:
La literatura mexicana ha sido podada. Sus críticos-celadores —que
sólo piensan Árbol Adentro, if you know what I
mean— están obsesionados con volverla un solo tronco, un
árbol, olvidando que la escritura, como decía Deleuze, es
rizomática o como decía Artaud, un “cuerpo-sin-órganos”,
una desorganización de los sentidos históricos. La historia
de la poesía es siempre osírica. Pero la mexicana, ha sido
podada tanto que ni siquiera es un árbol. La literatura mexicana
parece hoy un nopaloso bonsai. Si los enemigos del infrarrealismo o los
propios infras no hubieran permitido su caída en el olvido (que
comienza a acabarse) actualmente la literatura mexicana tendría
un mayor grado de riesgo, experimentalismo con la cultura y la estructura,
mayor pluralidad y, por qué no, más popular. Sería
más fácil comprender algunas de sus actuales variantes.
Creo que el infrarrealismo es uno de los eslabones perdidos de la literatura
mexicana.
Publicado en la revista
Replicante (México, nº 9, Año III, noviembre
2006 - enero 2007) |