GUADALUPE OCHOA
(México, 1957)
|
Ángela Girasol |
No se vestía,
Ángela Girasol incorporaba el atardecer a su cuerpo.
Cuando el sol era sandía sonriente, ella zapatillas granate, payasito de muselina rojísima y aretes de rubí resplandeciente. Si las nubes acunaban el sol, ella calzaba espuma marina y vestía organdí celeste. Si llovía, minué de perlas. Esa tarde, el ocaso era un arcoiris, Ángela Girasol emergió del tráiler que la cobijaba noche tras noche como capullo a su oruga. Entró al circo cargada del sueño giracielos... Ángela Girasol vuela entre el cielo circense, su anhelo es ganar a pulso las alas que su nombre anuncia. Entre las mil piruetas trenzadas en los trapecios, el sudor diluye el talco en sus manos. El chirrido de cigarras que desprendían los columpios, le confirmaba lo que ella sabía por las ráfagas del viento en su cuerpo: el espacio era un acordeón. Rodaba airosa. La respiración contenida, las piernas que se vuelven flechas. Su cuerpo todo: un péndulo. Se expandía. Se contraía. Se pulsaba. Entre vuelta y vuelta, un parpadeo. Arcoiris convertido en
trompo. Bólido multicolor con alas de fuego en el aire. Ángela
Girasol giraba como sol, colibrí en celo. No gritó, cantaban
por ella los pájaros. Algunos vieron el ala rota de su zapatilla
que colgaba del columpio cenital. |
Publicado en el número
10 de la revista Versodestierro (México, 2008) |