VICENTE GALLEGO

 

Vicente Gallego, los límites de la deriva © Antonio Lafarque

     Entrevista: Ángel Manuel Gómez Espada

 

 

LOS LÍMITES DE LA DERIVA

     Vicente Gallego (Valencia, 1963) es uno de los principales representantes de la poesía de la experiencia, que dominó la lírica española en los años 80 y 90. Quién nos habló de él hace tanto. Ya no podríamos decirlo. Pero sin duda alguna su La plata de los días es de esos libros que te dejan un buen sabor de boca. Críticos españoles como José Luis García Martín o Luis Antonio de Villena lo ponen a la altura de autores como Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes o Carlos Marzal. No vamos a ser nosotros -no nos correponde- los que desmitifiquemos esta verdad. Es una pena que esta entrevista no se realizara en otro marco, más noctambulo y sereno, con más alevosía también, si cabe. Las cosas del directo nos hacen estos feos. Su obra poética se ha visto respaldada por numerosos galardones, además de premios como el Nacional de la Crítica, concedido en 2002 a Santa deriva, obra que irá ganando enteros con el paso del tiempo. Ya nos habéis leído esto otras veces, pero es un privilegio el hecho de tener páginas en la red, porque te acercan a gente tan cojonuda como este valenciano Gallego.

 

 

     -Una pregunta fácil para comenzar, que nos llevará a otra no tanto: ¿crees que la poesía española actual vive un buen momento?

     -La poesía española lleva ya más de cien años instalada en uno de sus mejores momentos. De Juan Ramón a Carlos Marzal no ha habido una generación sin sus tres o cuatro poetas de primera.

     -¿Qué destacarías de tu generación y a qué poetas?

     -Prefiero destacar libros: Metales pesados, El equipaje abierto, Con el aire, La miel salvaje, Habitaciones separadas, Correspondencias, Iceberg, Puntos de fuga, Intemperie, La niebla, Polvareda, entre otros muchos.

     -¿Opinas que estás en tu mejor momento como poeta?

     -Disfruto de la poesía como nunca, pero no sé si eso se refleja en los resultados.

     -¿Te consideras un poeta mediterráneo, que engarza con una tradición de maestros contemporáneos como Gil de Biedma, Barral, Brines o Eloy Sánchez Rosillo; y, también, con esa otra tradición latina que cada día más se está recuperando?

     -Como persona soy mediterráneo por nacimiento y vocación, supongo que algo se le habrá pegado al poeta, pero no pretendo ejercer de embajador del Mare Nostrum. Si hay luz en mis versos, y hay olivos y el mar cálido del verano es porque me siento rodeado de luz, de olivas, de mar verde, por un regalo del destino.

     -Como lector, cuando te enfrentas a un poema, te consideras con ciertos prejuicios y manías? Es decir, ¿le pides algo de antemano a un poema?

     -Lo único que le pido de antemano a un poema es que me la ponga dura. Si el resultado es satisfactorio, lo mismo me dan las artes empleadas.

Santa deriva     -¿Qué queda según Vicente Gallego del primer Vicente Gallego, el de Santuario y Los ojos del extraño? ¿Qué se puede identificar en él dentro de este nuevo Cantar de ciego?

     -¿Quién es Vicente Gallego, aquel que escribió Santuario o éste que acaba de terminar un libro titulado Cantar de ciego? ¿O cualquiera de los otros Vicentes Gallegos que he tenido que padecer y acomodar? ¿Qué es una persona, en definitiva? Lean ustedes el Bhagabad Gita: la persona no existe, y no es ella la que escribe ni actúa. He asistido a la escritura de todos mis libros como casi impotente testigo. De haberlos podido escribir yo a mi gusto, les aseguro que hubiera preferido hacerlo de mejor manera.

     -De tu libro anterior, Santa deriva, con el que lograste el Loewe en su categoría absoluta, se dijeron muchas cosas. Entre ellas, que era un poemario metafísico. ¿Crees que Cantar de ciego, recién salido a la calle, sigue ese camino o has intentado darle un tono nuevo?

     -Nunca intento nada concreto o preconcebido con un poema. Dejo que el poema nazca, y no conozco a nadie que adivine el peso, la estatura y el color de los ojos de su futuro hijo. En la poesía, cada vez me interesa más lo que hay en ella de epifanía y, para disfrutar de ese milagro, es necesario acercarse a la zona caliente con el espíritu vacío.

     -¿Piensas que la madurez expresada en Santa deriva te ha llegado muy pronto? Lo digo porque parece que ahora gusta tanto la crítica de buscar nuevos valores jóvenes, cada vez más jóvenes y con un lenguaje que ya desgastó la desgastada poesía de la experiencia.

     -Espero que aún me falte mucho para llegar a la madurez poética y humana, porque sería muy triste que la madurez se redujera a esto que ahora tengo, ni una sola certeza en la poesía ni en la vida, y un hambre inmensa de averiguar el sentido de este sueño prodigioso.

     -Cuando uno se enfrenta a una labor tan pesada como la revisión de sus antiguos poemas para hacer una antología como la que se publicó en Visor en 2003, El sueño verdadero, ¿no se siente un extraño en su propia casa? ¿Es uno capaz de reconocer su propia palabra y su forma de entender la poesía con el paso del tiempo y la distancia que ese tiempo aporta con crueldad implacable?

     -El sueño verdadero recoge toda mi poesía reconocida por mí hasta la fecha, lo que tiene de antología se debe tan sólo a mi costumbre de ir descartando los textos que, con el tiempo, me han ido pareciendo prescindibles. Esa labor no tiene fin. De Santa deriva, en cuanto vuelva a reunir mi poesía, estoy ansioso por suprimir una docena de poemas que hace tan sólo un par de años me parecían válidos. ¿Qué más extrañeza que esa? No siento ninguna compasión especial por mis textos, prefiero dejar que se salven si pueden ellos mismos. Y creo no haberme cargado ninguno de los mejores en las sucesivas revisiones, con lo cual lo que he hecho, creo, no es echar abajo la casa, sino limpiarla y ponerla en orden para mayor comodidad de las visitas.

     -¿Te atreverías a decir ahora que la mejor poética que puede hacer uno es su propia vida?

He dicho muchas tonterías en esta vida © Antonio Lafarque     -Esas frases quedan siempre muy bien pero, si uno las somete a un examen riguroso, no pasan de ser puros sofismas. He dicho muchas tonterías en esta vida, como cualquier ser humano, y seguiré en la brecha, a mi pesar. La poesía, la que amo y persigo, sólo tiene un vehículo, la palabra. La poesía de la vida es otra cosa, y esa está al alcance de poetas y de legos.

     -¿Y cómo fue la, imaginamos ardua, pero dulce, tarea de realizar una antología del tan querido como llorado Claudio Rodríguez? ¿Cómo surgió la idea que luego proyectó Renacimiento? ¿Ha encontrado nuevas enseñanzas con esta relectura?

     -Abelardo Linares quería sacar una antología de Claudio, y Clara Miranda, su mujer, sugirió mi nombre. Para mí ha sido un gran honor. Claudio Rodríguez me parece, sencillamente, una de las cimas de la poesía de todos los tiempos. Su enseñanza sigue viva para mí y para todos.

     -¿Para cuándo Vicente Gallego va a regresar con un nuevo libro de cuentos? ¿Hay un futuro proyecto narrativo, en cualquiera de sus subgéneros?

     -Tengo varios inéditos. El año pasado publiqué uno de ellos en Pre-Textos, El espíritu vacío, el problema es que no soy amigo de dar las cosas a la imprenta sin estar antes completamente convencido, y a esos cuentos aún les falta trabajo. Y cada día soy más perezoso.

     -Un libro de poesía que te haya llamado poderosamente la atención este año y que nos recomiendas.

     -Sin duda alguna, la antología de la poeta uruguaya Idea Vilariño publicada por Visor, Cien poemas, donde he descubierto una de las voces femeninas más personales y robustas del idioma.

 

 

LA ROSA MONTARAZ
A Carlos Marzal

De los aceites,
cuál,
sino ese claro
que brota en la palabra
bien prensada,
que escurre,
cuando gusta,
doradora,
la gota,
la primera,
y es entonces
un ebrio resbalar siempre hacia arriba,
dispuestos a ceder,
y en la obediencia
suave, femenina,
de dejarnos llevar luego hacia dentro
donde giran las raras
luces raras,
y una hermética flor
que huele más.
Qué aventura
mejor
que este soltarnos
con el aceite fino
del idioma
en busca de esa flor,
la misma y sola,
la de ayer,
que no hay otra
y es de todos, y aquí
el uno ya le toma
el pétalo más tierno,
y otro da
con el redondo aroma,
y un tercero
como al descuido coge
su entera envergadura,
y la flor
todavía
-qué mejor aventura-
toda está para aquel que llega luego,
completa y renovada,
y ese viene y le roba
la corola también y no se acaba
en el darse,
y se da,
para ti
y para mí,
la recóndita flor,
la en alto toda.
La nunca averiguada,
esa es la nuestra,
la de las aspas duras,
la llena
de peligros
-qué mejor aventura-,
la del colmo y la rueda,
la que sabe librarnos,
la rosa montaraz,
la exhaladora.
Yo la quise traer,
sólo el viento la lleva.

 

(de Cantar de ciego)

 

 

 

 

 

 

LEOPOLDO MARÍA PANERO

 

Leopoldo María Panero © Antonio Lafarque     Entrevista: Joaquín Ruano

 

 

«A MÍ LO QUE ME GUSTAN SON LAS POESÍAS, NO LOS POETAS»

     En el aeropuerto de Almería se activan las cintas transportadoras de maletas. Poco a poco, los pasajeros del vuelo que ha llegado de Madrid van desapareciendo, agujereando la masa negra, el banco de algas que había alrededor de la cinta. Finalmente sólo queda una figura: el monstruo. Leopoldo María Panero es una montaña cenicienta que mira pasar la cinta con perplejidad. Por fin aparece una gastadísima bolsa azul de viaje. “Ya era hora”, masculla, “siempre me tiene que pasar a mí”. Yo le recito el primer verso de un poema de Nerval que sé que le gusta: «Je suis le ténébreux, / Le Veuf, / l’Inconsolé», él estalla en una de esas carcajadas suyas, esa risa que recuerda una bandada de murciélagos saliendo en estampida de una cueva.
     Panero, autor de una treintena de libros, posee una voz única en la lírica española, si bien no en la europea. Su obra reivindica y aúna una tradición universal (anti-nacional) con un tratamiento profundo de los sentimientos más oscuros de la existencia humana (en especial el dolor, el miedo, la angustia). Una vez almorzados, nos sentamos en una terraza del Paseo de Almería. Empezamos:

 

 


     -Me gustaría que comenzaras comentando tus recientes visitas a América (LMP acaba de volver de un viaje a Miami y el año pasado estuvo en Chile).

     -Chile es muy bonito. Pero bueno, vamos a ver, que como los locos ya no existen, por lo visto, la gente se cree que están en una isla desierta y que pueden cometer crímenes impunemente. A Joaquín Sabina lo han secuestrado. A medio mundo, a plena luz, creyéndose que son impunes.

     -¿Cuál ha sido el programa que ha seguido tu literatura? ¿Qué es lo que has querido decir con tus poemas?

     -Bueno, eso depende… Hay un verso mío que, si quieres, te recito: “Dime ahora payo al que llaman España si ha valido la pena destruirme / Tus ángeles orinan sobre mí / San Pedro y San Rafael en una esquina comentan / Entre tanto borracho, payo, por esa piedra que llaman España”… La vida es una columna penitenciaria: Franz Kafka.

     -Tu entrada en el ensayo, hasta ahora, sólo ha sido un libro de antipsiquiatría: Aviso a los Civilizados. ¿No te tienta también escribir algo ensayístico, pero sobre la literatura?

     -No, ya no escribo más ensayo porque no creo en la revolución. Este país no me toma en serio. Antes sí creía, pero de París me tuve que ir, porque ya no era Oscar Wilde. Luego, en Francia, la teoría es fuerte y la anarquía también. Aquí son una pandilla de gilipollas alfredolandescos. Yo no soy marxista, soy anarco-individualista, que es el egoísta absoluto. La micropolítica de situación, como decía en un artículo para El viejo topo. Yo le dejé una bolsa de basura en la puerta a Guattari, no a Lacan, como se dice en mi infame biografía. Yo andaba recogiendo basura para salvar París. Entonces me puse un spray para oler bien y le dejé la basura detrás de una cortina.

     -Repasemos ahora algunas de tus referencias literarias. ¿Stephane Mallarmé?

     -De él, los poemas que más me gustan son ‘Le tombeau d’Edgar Poe’ y ‘Le Tombeau de Charles Baudelaire’. En cualquier caso a mí lo que me gustan son las poesías, no los poetas. Como en las Poesías de Lautréamont, donde lo que más me gusta es su teoría del plagio.

Esquizofrénicas     -¿Con cuál de tus libros te sientes más satisfecho?

     -Con Dioscuros. Ése lo escribí a la velocidad de la luz, cuando el golpe de Estado, para irme a Londres. Narciso también está bien, pero es un poco complejo. Y Last River Together, que también está bien. Ése lo escribí para una chica que se llamaba Alicia, que le pegaron un palizón que no veas. El que no me gusta ya es Carnaby Street, que es el primero. No está mal, pero estoy hasta los huevos. Carnaby Street y la Balada del dulce Jim (de Ana María Moix) vienen de las lecturas que nos hacía Gimferrer de Le cornet à des de Max Jacob. Lo que pasa es que llegó un momento en que toda mi poesía me parecía cursi. Por eso escribí Piedra Negra o del temblar, que está lleno de tacos.

     -¿Sigues creyendo en la escritura, en la poesía?

     -Yo no creo en la bestia negra a la que llaman inspiración. Bueno, tampoco es que crea en el trabajo, creo en el anarco-individualismo en la poesía. Como dice Derrida, todo poema corre el riesgo de no ser nada y no sería nada sin ese riesgo, aunque yo prefiero a Deleuze. La Logique du sens que era el LSD. Y Deleuze se tiró por la ventana porque no le gustaba ser viejo. Pero no fui yo.

     -Precisamente de la Logique du sens hablas en el prólogo de la traducción que hiciste de Peter Pan de Barrie.

     -No es verdad que yo hiciese esa traducción de Barrie. Yo hice el prólogo, pero lo de la traducción lo puso Huerga & Furcia (sic) para ganar más dinero.

     -Y de poesía actual ¿lees algo?

     -No. Me han hablado de Fonollosa, pero yo al que conozco es a Fenollosa, el libro sobre los ideogramas chinos, que luego utilizó Pound. De Pound lo que más me gusta son los Pisan Cantos. Y Eliot también me gusta: “Tercer tramo, segunda escalera”, que es un verso suyo. Y Georges Bataille también está muy bien, con el ano solar y todo eso… Y La historia del ojo. Y también Là-bas y Au rebours de Huysmans.

No creo en la bestia negra a la que llaman inspiración © Zoraida Angosto     -Uno de tus últimos libros es Presentación del Superhombre. ¿Qué importancia tiene Nietzsche en tu obra?

     -A Nietzsche no lo volvió loco la sífilis, sino lo que él llamaba la psicología de la filosofía, es decir, por qué se dice algo, para quién se dice o quién lo dice.

     -Ahora, para terminar, quiero que me hables sobre el próximo libro que vas a publicar.

     -Se va llamar El Insulto monstruo y dice: “Y el dolor sin dolor como una sombra / dolor de muelas o caries”. En él quiero hablar del “da-sein”. Es sobre un niño que me estaba jodiendo en el avión. También tengo pensado escribir otro libro de relatos. Tengo uno que se llama ‘El monje malvado’. Tengo un poema que dice “Mi gran amor se llamaba maíz blanco / fue torturada y violada en las colinas / en el lago donde beben los elefantes”.

     -¿Y cómo se llama el poema?

     -‘La virgen’ ¡Continuará! (Risas)