
Entrevista: Juan de Dios García
POETA CAZATALENTOS
Por fin dimos con él, aunque no le escuchamos recitar. Una pena. La visita a Almería del solicitado Villena fue en calidad de antólogo y protector literario, pero nosotros, claro, aprovechamos las circunstancias para hablar de la poesía que recopila y de la que su ingenio escribe. Venía acompañado de algunos autores jóvenes pertenecientes a la cantera que el maestro madrileño apadrina en La lógica de Orfeo, última muestra en verso del estilo y nuevos nombres por los que apuesta: Álvaro García, Ana Merino, Eduardo García, y Javier Rodríguez Marcos, cuatro representativas voces que brillaron aquella tarde declamando textos inéditos, los mismos textos que se lucirán, junto a otros, en los futuros libros que irán trazando el mapa completo de la constelación poética hispánica en el primer cuarto del siglo XXI. Villena asume ese riesgo porque sabe mucho de literatura, de hacerla y de leerla; también sabe de su poder mediático, trabajado durante décadas de lección magistral y debate en radio, prensa y televisión. Tras el micrófono, postula sus razonamientos con una fluidez convincente que no arranca el aplauso impulsivo, sino un silencio admirativo generalizado. No sé qué será mejor, la verdad. Lo que nos importa es que, al acercarnos, este profesor de la noche y presidente de cafetería bohemia a la antigua despejó con amabilidad todas las dudas que teníamos guardadas. Comprobémoslo.
-¿No le da miedo
equivocarse en el tiempo como antólogo de la joven poesía española?
-Todo antólogo se equivoca, lo importante es su nivel de acierto. Y yo creo que dentro de lo que mis antologías se propusieron (Postnovísimos tiene poco que ver con La lógica de Orfeo) puedo estar razonablemente contento. Basta ver los nombres y los rumbos de la poesía...
-En
Las herejías privadas me parece que se muestra un Villena con
grandes ansias de libertad y ganas de denunciar en verso aberraciones políticas
y culturales. Cita a Brodsky. ¿Qué le inspira Joseph Brodsky,
muerto cinco años antes de la publicación de este libro?
-Brodsky siempre me pareció un poeta interesante, pero no tiene mucho que ver con el clima de Las herejías privadas (libro rebelde y psicoanalítico) lo cito en razón de su exilio vital, porque tuvo que cambiar de patria, cosa en la que yo pensé a menudo.
-Ha dicho recientemente que Antonio Lucas le parece un poeta inteligente. Cíteme algunos poetas no inteligentes, aunque no sean contemporáneos.
-No debo citar nombres concretos pero la poesía está llena de magníficos poetas (por movernos en el nivel de la excelencia) que carecen de inteligencia lógica, aunque podían tener un numen muy poderoso. Octavio Paz fue un gran poeta muy inteligente. Dylan Thomas un gran poeta sin racionalidad. Por poner ejemplos muy obvios. No hablo de tontos, naturalmente.
-Editó también una importante y necesaria antología de la poesía gay y lésbica en 2002 llamada Amores iguales. ¿Echa en falta que poetisas lesbianas en España alcancen el mismo nivel de popularidad como en Reino Unido tiene, por ejemplo, Carol Ann Duffy?
-El mundo lésbico (aunque creciendo) va más lento en su desarrollo intelectual y en su salida a la luz que el orbe gay. Es más fificil luchar contra la marginación homosexual y la marginación femenina. Pero a mi entender tenemos una gran poeta hispano-uruguaya, Cristina Peri Rossi, que está lógicamente en Amores iguales.
-«Sólo creo en la noche», decía Rilke. ¿Lo aplicamos también a Villena?
-La noche es para mí tanto un mundo real como simbólico. Creo en la noche porque creo en las marginaciones y disidencias que tradicionalmente ampara. Gatos y buhos, como digo en Los gatos príncipes.
-¿Ha de huir del dolor el hedonista, en cualquier circunstancia?
-Sí,
el hedonista debe huir del dolor, pero nunca lo conseguirá del todo porque
el dolor es un
componente
de la vida. Hay que buscar, con Epicuro, la aritmética de los placeres.
-Leyendo el poema ‘Chapero’ de tu libro Los marginados parece describir la mente de los protagonistas de La Virgen de los Sicarios situándolos en España. ¿Qué apreciación tiene de esa película de Barbet Schoeder o del libro sobre el que está basada, del escritor antioqueño Fernando Vallejo?
-Fernando Vallejo me parece en alguno de sus libros muy caótico y reiterativo, pero sin duda es un gran escritor y La Virgen de los Sicarios su más redonda novela, por hoy.
-¿Podría decirse que Luis Antonio de Villena y José María Álvarez son poetas dandys con una producción paralela pero con tendencias sexuales diferentes?
-Álvarez y yo somos amigos y creo que cada uno tiene su camino y su sexualidad. Creo que el dandismo es sólo como un telón de fondo. Me gusta su poesía, la última sobre todo, más que la “novísima”.
-¿Espera algún día que su obra narrativa sea tan valorada como la de otros novelistas españoles: Mateo Díez, Vila-Matas, Jesús Ferrero, Pombo...?
-Es una cuestión de etiquetas de la pereza crítica: yo estoy etiquetado de poeta y no de narrador (y no me quejo), a Pombo y a Ferrero les ocurre al revés, tienen tres o cuatro libros de poesía publicados, pero están etiquetados como narradores. Pereza crítica y falta de tiempo o de atención, como digo.
-Esta pregunta es inevitable: ¿desde Sublime Solarium hasta Los gatos príncipes, qué le queda hacer en poesía con la vista puesta en los próximos años?
-Siempre queda mucho por hacer. Si uno considerase haberlo hecho todo estaría acabado. El arte es un camino, si el artista aguanta, jamás deja de caminar.
AURORA
LUQUE
Entrevista: Ángel Manuel Gómez Espada
COLOQUIO CON LA MUSA
Aurora Luque nace en Almería en 1962. Desde que se adjudicara el accésit del prestigioso premio Adonais en 1990 con su libro Problemas de doblaje, se ha ido haciendo un hueco cada vez más amplio y reconocido entre la buena poesía actual en castellano. Amante de Grecia y su mundo clásico, ha sabido compaginarlo y desmitificarlo en sus poemas, vertiendo a héroes y no tan héroes a un lenguaje tan actual como el que usara Aquiles Pitt en la malogradísima Troia hollywoodiense. Con cada uno de sus libros nos ha ido ofreciendo dosis de su encantadora personalidad poética. Su Camaradas de Ícaro recibió el premio en 2003 Fray Luis de León, en su primera edición. Nosotros, como ya le hemos comentado a la autora en alguna ocasión que el azar de la poesía nos ha reunido, preferimos su adorable Transitoria, que aparece en 1998 en la editorial Renacimiento. Es un gusto siempre conversar con ella, aunque sea del tiempo en un ascensor. Gracias, Aurora, musa de este coloquio.
-El hecho de estar incluida en la mayoría de las antologías importantes de poesía nacionales, ¿es casualidad, merecimiento o amiguismo?
-Vaya
arranque. Sí, tengo buenos amigos entre los poetas, pero no hasta ese
punto. Puede que haya algo de casualidad de los tiempos: quizá en otro
siglo no me hubiera tocado estar ni a mí ni a otras poetas. Vamos a dejarlo
en capricho, cálculo o convicción de los antólogos, que
suelen ser también poetas.
-Al principio se decía de tu generación
poética, la tan architrillada generación de la experiencia, que
érais ultramodernos porque érais capaces de rimar calcetines con
alevines y ahora se ha entendido que jamás renunciásteis a los
clásicos y se habla de tópicos horacianos permanentes en vuestra
obra. ¿Qué pasa, que la crítica no se pone de acuerdo o
que vosotros no pretendisteis ni habéis pretendido nunca marcar tendencias
ni modas poéticas de tipo alguno?
-Yo no
he firmado ningún manifiesto. Y es evidente que nunca renuncié
a los clásicos. A Horacio y a Catulo los tengo debajo de la almohada
desde los dieciséis años. Los excesos
novísimos
llevaron a una autocontención, a un exceso de mesura y a un esquematismo
sentimental que se convirtió en pobreza y repetición cansina en
muchos casos. Sinceramente creo que a ese Horacio se le ha traído un
poco por los pelos a la escena post-experiencial, en un momento en que los recursos
de la poesía de la experiencia -muy saludables y fructíferos en
manos de los buenos poetas- se estaban ya agotando.
-En muchas de tus publicaciones hay una vinculación
especial con el mundo clásico. Aludiendo a uno de tus poemas mas aclamados,
‘Gel’, ¿se podría decir que Aurora Luque utiliza los
mitos como un hidromasaje de su piel poética?
-Yo nunca
lo diría así... Prefiero la imagen de la nueva caja (de herramientas)
de Pandora. Releer los mitos, retorcer las viejas lecturas y moralejas... pero
aprovechar todavía los nombres, los argumentos, las potencias naturales
encerradas en sus poderosísimos símbolos
-¿Cuándo dejaremos de soñar
con el regreso a Ítaca?
-Yo ya
estuve en Ítaca. Llegué durmiendo en el barco, como Ulises. Nuestro
Ulises es más el de Dante, el que queda insatisfecho con su diminuta
isla y quiere seguir viajando aunque sabe que más allá del mar
ignoto sólo aguardan a los navegantes los reinos de la nada.
-En ‘La deconstrucción o el amor’,
perteneciente a Camaradas de Ícaro utilizas una imagen preciosa
para expresar la labor del poeta y del poema: «El poeta, desnudo, / cuelga
una percha en un árbol perdido / y las palabras van / al poema a vestirse».
¿Firmarías estos versos como un ars poética?
-Sí,
el poeta ha de estar simbólicamente desnudo. Si no está desnudo
no roza con la piel las superficies del mundo, sus tejidos, sus texturas. Su
árbol ha de estar perdido, lejano: los lectores han de molestarse en
buscarlo, no es un árbol de parques o jardines, sino que está
en una especie de bosque raro, en un oasis remoto. Las palabras se visten en
el poema en el momento en que abandonan su neutralidad y su tedio diario, su
olvido de sí mismas: se hacen bellas en el poema, se vuelven orgullosas
de ser palabras.
-Una de las veces que hemos coincidido en
Murcia, mantuvimos una pequeña charla sobre Úrculo y la excelencia
de su obra. Personalmente, supe de su muerte en París y de casualidad,
a través de internet y me pareció bastante lamentable el poco
eco que aquí hubo de esa trágica pérdida. ¿Qué
fuerza transmitía para ti el escultor en su obra como para dedicarle
uno de tus poemas en Transitoria?
-Me
impresionó su obra de Oviedo, ese señor con abrigo junto a un
montón de maletas agrupadas en un andén o en un muelle, a punto
de embarcar hacia un destino alejado. Las maletas y el viajero estaban hechas
del mismo metal, del mismo material: eso nos ocurre a todos, somos el viaje
que proyectamos.
-Por cierto, hablando de internet, ese mundo
cibernético cada vez está más presente en tu obra. ¿Es
algo espontáneo o premeditado?
-Es la
vida misma. Me fascinan los laberintos borgianos de internet, sus senderos que
se bifurcan infinitamente. Y en lo extraliterario, me atrae mucho la posibilidad
un poco gamberra de la red de reventar las pirámides sacralizadas de
la crítica, del mundillo editorial, de las listas de ventas, de los santones
y de los sacerdotes mediáticos tradicionales. Tiene una potencialidad
comunicativa libertaria que la hace intensamente atractiva.
-¿Estás todavía de acuerdo
con tu verso «vivir la vida fue tantalizar»? ¿Hay tantas
cosas a las que no podemos acceder aunque las tengamos al alcance de la mano?
-Es el
viejo tema del deseo. Ser conscientes de las riquezas espléndidas del
mundo y no alcanzar a saciarse nunca con ellas: al poseerlas dejan de nutrirnos.
Nos constituye la propia sed: somos sedientos por definición.
-¿Crees que algún día
se dejará de hablar de la poesía femenina como algo femenino o
hasta un principiante podría entender las diferencias entre Safo y Catulo
o entre Leopardi y Emily Dickinson? ¿Radica la diferencia en una manera
independiente de ver la vida?
-Las maneras
de vivir determinan las maneras de escribir, véase Pessoa, un creador
tan solitario como la Dickinson. Todavía la crítica se enfrenta
con cierto fastidio o desidia a las mujeres poetas, aunque a veces se perdona
la vida a una o dos. No está completamente naturalizada su presencia
en los suplementos, las antologías, los programas universitarios. Hay
una generación hostil todavía en activo (véase Umbral,
por ejemplo), aunque ya le queda poco. Los olvidos sangrantes de otros siglos
convierten en legítima la lucha, el ruido de hoy.
-Pero en tu faceta de traductora sientes predilección
por verter al castellano poemas de mujeres.
-También
he traducido a Meleagro de Gádara y a muchos otros poetas en Los
dados de Eros. Por otra parte, me he tomado como una especie de compromiso
personal (y político) la tarea no sólo de traducir sino de hacer
más visibles -en la modesta medida de mis posibilidades- a varias
escritoras
valiosas verdaderamente marginadas por una misoginia atroz arrastrada desde
siglos. Son cosas que toca hacer ahora. Me refiero a la dramaturga ilustrada
Rosa de Gálvez, a la humanista Luisa Sigea, a Renée Vivien, baudelairiana
y maldita, a la cubana Mercedes Matamoros. ¿Las conoces?
-Ummmm... De acuerdo. Tú ganas. Pero aprovecho para preguntarte si te sientes más cercana a la recientemente fallecida y espléndida Sophia de Mello o a Safo.
-En la
poesía de Safo me he metido hasta el tuétano al traducir su obra
a lo largo de veinte años. Me la sé de memoria, pero sigue siendo
misteriosa. Es imposible cansarse de ella. Sophia de Mello me gusta mucho. De
hecho, fue en Málaga donde apareció la primera antología
independiente de sus versos en España antes de final de siglo (en 1999,
en traducción de Carlos Clementson), y me llena de orgullo poder decir
que yo estuve detrás de ella.
-¿Has participado este año en
el centenario de El Quijote? ¿Encuentras vinculación
entre la inmortal obra y la poesía? ¿Tiene algo que ver con la
locura del soñador infatigable?
-Sí,
en marzo participé en el I Foro Dulcinea, en el mismísimo Toboso.
Dulcinea es la menos rescatable de todas las heroínas literarias. He
leído hace poco El viaje del Parnaso y me he divertido mucho
con la ironía de Cervantes. Cervantes da en todas partes valiosísimas
lecciones de humor, de relativismo, de ternura, de melancolía, de arte
de vivir...
-Terminamos, Aurora. Por curiosidad malsana,
las musas que se aparecen a las poetas, ¿cómo son y cómo
actuan?
-La mía viene de noche, y muchas veces surge del fondo de un vaso de gin-tonic.

Entrevista: José Andújar Almansa
EXTRAÑO EN EL PARAÍSO
Ajeno
al ruido y la furia de los debates y consignas de escuela, así como a
las cíclicas reordenaciones generacionales de la lírica española
reciente, el poeta José Luis López Bretones (Almería, 1966)
ha venido elaborando, a lo largo de esta última década, una sólida
y personalísima obra literaria, integrada por los títulos Una
eterna olvidanza (Granada, 1992), Ensayo ante un paisaje (Premio
Federico García Lorca, Granada, 1996), El lugar de un extraño
(accésit del Premio Adonais, Madrid, 1999) y el recientemente aparecido
Ayer & mañana (accésit del Premio de Poesía
Jaime Gil de Biedma, Madrid, 2004). Esta labor creadora se ha visto acompañada
además de las tareas de gestión cultural ejercidas como actual
director del CAMA (Centro de Arte Museo de Almería), como coordinador
del Aula Municipal de Poesía, o bien como editor solvente de la revista
literaria Cordel de extraviados y de autores de la talla de Juan Ramón
Jiménez, Francisco Villaespesa, Fernando Arrabal o Juan Goytisolo.
Por lo que a su mundo poético se refiere,
José Luis ha optado por los caminos del solitario y por la autonomía
reafirmadora de quien ha sabido encontrar un modo de expresión que se
corresponde íntegramente con su autenticidad vital. Por eso sus libros
son casi siempre constatación de exploraciones vitales a la vez que literarias.
Quien se acerque a sus páginas encontrará allí el hilo,
el testimonio de una búsqueda, que aun siendo singular y sin recetas
-esa voz ensimismada del poeta demasiado inclinado sobre sí mismo-, representa
todo un esfuerzo de indagación moral sobre la condición humana,
en esa amplísima -aunque si lo pensamos bien reducidísima- galería
de matices que va desde la necesidad del amor hasta esa sensación de
envilecimiento personal con que vive cada uno de nosotros la humillación
a manos del tiempo.
Quizás convenga eso: comenzar hablando
del tiempo.
-Ayer & mañana,
tu último libro, se abre con una significativa cita del Eclesiastés:
«Lo que fue, eso mismo es lo que será. Lo que se hizo, eso mismo
es lo que se hará». ¿No esperar nada del futuro, significa
refugiarse utópicamente en el pasado?
-De ningún modo, aunque lo mejor sea siempre, efectivamente, no esperar nada. Bien entendido que con ese libro no pretendía cosa alguna mientras lo iba escribiendo, posteriores lecturas -y, sobre todo, las opiniones que me indicaban algunos amigos- me han hecho llegar más o menos a la conclusión de que Ayer & mañana contiene un discurso doblemente crítico: por un lado pone en entredicho la idea de Edén o Paraíso perdido, y por otro, tal vez con más evidencia, la de Utopía. Sobre estas dos ideas se han solido fundamentar algunos de los grandes mitos ideológicos que todos conocemos y que han llevado a los hombres a realizar demasiadas inconsecuencias. Si quisiéramos reducir esta parte del libro a un slogan burdo, podría ser más o menos éste: ni nostalgia ni esperanza.
-¿Algo así como el viejo adagio latino nec metu, nec spe, nada temo, nada espero?
-Bueno, el miedo es libre, y me parece que el temor es una pasión poderosísima; cuando menos, tanto como el amor. Por lo demás, soy de la opinión de que el tiempo no nos aleja de la perfección ni nos acerca a ella, no vamos a mejor ni tampoco a peor. Es decir, no hay “Edades Doradas” ni por delante ni por detrás de este eterno e imperfecto día a día en el que volvemos a toparnos tozudamente, una y otra vez, con el hombre, con la especie humana. Por otra parte, creo que es posible rastrear en el discurso poético de Ayer & Mañana no ya una descreencia en el porvenir, sino una falta total de fe en la idea convencional del tiempo. El signo “&” que aparece en el título del poemario -y esto sí que fue premeditado- no es un mero capricho tipográfico, sino un signo que de algún modo intenta enlazar visualmente los dos adverbios, confundiéndolos y amalgamándolos en un mismo deíctico temporal. De suerte que, al borrar las diferencias entre pasado, presente y futuro, fuese imposible aplicar al tiempo cualquier criterio de orden y sucesión, porque una sola cosa ni se ordena ni se sucede. La “traducción” de ese signo latino podría ser algo así como: Ayer “o lo que es lo mismo”, mañana.
-Si
el ayer y el mañana parecen estar sustentados en esa materia circular
de la renuncia y la soledad como verdades íntimas, ¿es, por su
parte, el presente, como nos sugiere el título de tu anterior libro,
el lugar de un extraño?
-Esta pregunta tal vez queda contestada en parte en la respuesta anterior. El presente es lo único real que tenemos, por más que sea, también, lo más infirme. Debemos ser conscientes de que no existe ningún ámbito al que podamos regresar, y que no podemos conocer, en verdad, lo que nos está esperando, si es cierto que algo nos espera.
-Me refería a si el presente, la realidad, es siempre hostil, y por eso un lugar de extrañamiento. Lo digo porque en tu poesía el odio, la cobardía, la debilidad, el desamor, todo lo que nos desposee o nos envilece, parecen conformar el zumo cotidiano de nuestros actos.
-Vuelvo a repetir que el presente me parece algo fundamentalmente incierto: lo es por fugaz y también porque los actos que en él desarrollamos no sabemos nunca a qué caminos nos pueden conducir. Por otro lado, creo que una de las cosas que más unen a las personas es el reconocimiento de sus coincidencias en el odio, el hecho de compartir las mismas fobias, idénticas debilidades o miserias. Lo que pasa es que esos afectos -por llamarlos así- han tenido tradicionalmente muy mala prensa, y más en los tiempos que corren, en esta época de necia y asfixiante corrección política. No se trata, evidentemente, de hacer la alabanza del odio, de la cobardía o de la debilidad, pero esos sentimientos son tan humanos, tan nuestros, tan auténticos como sus contrarios. Y hay que saber reconocerlos, medirlos y entrañarlos, porque nos pueden ser tan útiles para vivir como el amor, el entusiasmo o la audacia.
-¿Existe también lo políticamente correcto en poesía?
-Verás, casi estoy por contestar lo de siempre. A mí hay una poesía que me interesa y que frecuento, y otra que me aburre soberanamente o que encuentro sencillamente delirante. Con esto quiero decir que, para lo que en un primer momento me interesa, únicamente me suelo atener a los resultados estéticos que me provoca una lectura particular, con independencia de los ingredientes semánticos del poema, que cabe, por supuesto, analizar después. Lo que sí te puedo contestar con más seguridad es que, desde luego, hay poetas políticamente correctos, pero claro, ya dejamos de hablar de poesía. En fin, ya se sabe. Son los que siguen contando la eterna historia de malos y buenos: los primeros suelen ser blancos y judeocristianos, (salvo que sean partidarios del “optimismo antropológico”, de “las civilizaciones aliadas” y demás zarandajas), y los segundos suelen pertenecer a alguna raza de color, cuanto más teocrática, etnocéntrica y fundamentalista mejor. La bondad también se da por supuesta si se tiene la fortuna de pertenecer a una “minoría tradicionalmente oprimida”, etc, etc. Una de las cosas que más curiosas me resultan de este asunto es que la political correctness nació precisamente en los campus del “Gran Satán Norteamericano”. Lo que subyace en todo esto es una serie de complejos antiliberales y una especie de roussonianismo trasnochado que no hay por dónde cogerlo. A mí me sigue haciendo mucha gracia uno de los fragmentos que escribió Cela en Mrs. Caldwell habla con su hijo, porque ahí, en el fragmento que se titula 'El problema de los pueblos de color', ya dejó escrito, hace más de cincuenta años, una desopilante descripción de buena parte de lo que hoy conocemos como “corrección política”.
-Unos versos tuyos dicen: «La vida que he tenido -aquella que no tuve- / la puse ingenuamente junto a las palabras: / las malgasté y ellas me han ido, lentamente, malgastando» ¿Nunca salvan las palabras?
-Las palabras
vienen ya usadas, gastadas, hacia nosotros. Y el intento de sacar de ellas un
brillo nuevo, de descubrir una veta especial o sorprendente en su entraña,
supone un esfuerzo que en la mayoría de las ocasiones está condenado
al fracaso. Por otra parte, las palabras son simples
vehículos,
herramientas de conocimiento y comunicación y, como tales, resultan siempre
imperfectas y falibles. Además, tratar de sustituir la vida con las palabras,
dejar de vivir por escribir me parece en estos momentos una insensatez. Hace
años pensaba que un poema justificaba un día. Hoy me asombro de
lo ingenuo y lo erróneo de esa apreciación. Siempre recuerdo a
este respecto la frase de una de las novelas de Marguerite Yourcenar: “Les
livres ne contiennent pas la vie: ils n´en contiennent que la cendre”:
los libros no contienen la vida, tan sólo su ceniza.
-Ha dicho el poeta argentino Juan Gelman que “la poesía toca al ser humano no como ser hecho, sino por hacer”. ¿Han sabido los poetas contemporáneos hacer de la necesidad de la poesía un referente de autenticidad vital?
-Lo de Gelman ya lo dijeron más bonito, y antes que él, Heidegger y Ortega. Y en cuanto a los poetas contemporáneos, pues no sé, habrá de todo, como siempre. Ahora, que lo de la “autenticidad vital”, si lo he entendido bien, la verdad es que por regla general lo he visto reflejado más en los músicos de jazz y de rock que en los poetas.
-Una de las vetas morales más importantes de tu poesía es la insurrección contra el provincianismo -lo que has llamado también «ciudad voluntaria» en las páginas de Ayer & mañana-. Se trata de un gesto que, antes que una apuesta por algo distinto, resulta más bien un ajuste de cuentas, algo que en tu caso nos aleja, necesariamente, de las estafas intelectuales y de la paletería espiritual. ¿Qué da y qué quita la vida cotidiana en una ciudad de provincias como, por ejemplo, Almería en tu caso?
-Es correcta esa apreciación que haces sobre un cierto ajuste de cuentas contenido en la sección titulada “Ciudad voluntaria”. En términos generales yo no concibo la literatura como una defensa frente a las ofensas de la vida, como dice en algún sitio Caballero Bonald. Pero esa consideración suya sí que podría servir de algún modo para definir el ánimo con el que está escrita esa parte del libro. Hay un refrán por aquí que dice “Pueblo pequeño, infierno grande”. Y efectivamente hay como una especie de rebelión contra el ambiente de estafa intelectual y de corrupción moral que no es que sean privativas de los lugares pequeños, pero cuyas consecuencias se hacen más palpables y ominosas cuanto más próximo es el ámbito de su influencia. Por ejemplo, en el mundo de la provincia suele ser muy frecuente el fenómeno del caciquismo, que no sólo no se ha extinguido, sino que además suele estar sustentado en una nueva élite social, económica e incluso académica: precisamente la de aquellos que aseguran que combatieron en otro tiempo desde posiciones políticas contra él. Y éste sigue siendo uno de los cánceres de las sociedades cerradas y endogámicas. Pero bueno, en realidad este tipo de indigencias es la de la especie humana en general, sólo que en provincias aparece como un concentrado más cercano, algo que te toca más de cerca, que no está quizá tan diluido como en las grandes ciudades. Y por lo demás, entre quienes lo padecen, existe un cierto fatalismo en que esto sea así, una aceptación resignada y rutinaria de esta clase de ordenamiento o de jerarquización social y cultural. De ahí la “voluntariedad” de esos ámbitos, y el hecho de que nadie esté en realidad a salvo de sus venenosas y narcóticas emanaciones. En cuanto a la pregunta de qué da y qué quita vivir en una ciudad como la mía, hace unos pocos años que dediqué un suplemento de la revista Cordel de Extraviados (un proyecto loco que no sé si tendrá continuación más allá de dos o tres números) a analizar el fenómeno del provincianismo, de la mentalidad provinciana. Ahí había opiniones de Antonio Colinas, de Antonio Orejudo, de Miguel Gallego e incluso tuyas, entre otras. Como coincido con muchas de ellas y ese suplemento puede consultarse en internet, me gustaría remitirte simplemente a él. Pero si he de ofrecer ahora alguna respuesta, prefiero transcribir unos versos de “Ciudad voluntaria”, el poema que da título a esa parte del libro: “Esta ciudad ofrece a quien busca apartamiento / un rincón natural, casi nativo”.
-En tu poesía el Sur ha dejado de ser ese viejo mito romántico de la plenitud y los fogonazos vitales, de la intensidad sensualista y las energías líricas, para refugiarse bajo la metáfora de un puerto sin mercancías. ¿Por qué esa actitud desmitificadora?, ¿quizás porque vives en el sur y es éste una invención de los escritores del norte?
-Solamente
se mitifica aquello que no se conoce bien o que quedó envuelto en una
especie de neblina estupefaciente que la memoria o la voluntad se empeñan
en pintar con tonos agradables.
Algo
de eso, en relación con tu pregunta, trato de expresar en una estrofa
del poema “El Sur” que dice: “La luz dorada de una orilla,
/ el bucle de la brisa en las palmeras, / el aroma azul que se derrama sobre
las terrazas, / las casas encaladas del acantilado (…) / Todo ese cúmulo
de imágenes / que han ido desplazando, recubriendo gentilmente / la sustancia
de una tierra despojada, / amarga y poco conocida”. Desde hace siglos,
desde los viajeros románticos del XVIII y el XIX, e incluso desde Montaigne,
han sido muchos los que han defendido la existencia de una cultura común
del Mediterráneo, a menudo opuesta a los valores y experiencias del norte
de Europa. Con la entrada en liza, después, de la antropología
académica gran parte del debate se ha centrado en la cuestión
de si los habitantes del Mediterráneo estaban y siguen estando vinculados
por una cultura compartida que, en general, podría tal vez resumirse
apelando a una visión, o a una manera, más mítica que crítica
de enfrentarse ante el mundo. En el prólogo a su pequeño libro
de ensayos El revés y el derecho, Albert Camus dice: “El
sol me enseñó que la historia no es todo”. Y estas palabras
de Camus podrían relacionarse no sólo con el Mediterráneo
como mito o como ámbito de lo arcádico, de una perdida “edad
de oro” más allá de toda cronología histórica,
sino también como ámbito donde todo resulta eminentemente sensual,
sensorial, vitalista. Un ámbito en donde la pujanza de la forma, de la
luz y de la claridad se contrapone a esa imagen septentrional, boreal, de un
Norte dominado por las nieblas y la difuminación de las formas. Bien,
creo que buena parte de todo esto no es más que literatura. Excelente
literatura, muchas veces, pero sólo eso. Por supuesto que el Mediterráneo
tiene historia, y no siempre tan agradable como nos quieren hacer ver y como
nosotros mismos incluso nos hemos creído a menudo. Por mi parte, amo
el Mediterráneo, en ningún otro paisaje me siento más reconocido,
más en casa, que en él. Pero esto no me impide ver las evidentes
distancias -en ritos, en costumbres, en historia- que existen de un mediterráneo
a otro. Y las ideaciones tópicas que existen a su alrededor, debidas
en buena media, como decía antes, al desconocimiento o a un uso abusivo
de la imaginación.
-Para terminar, ¿cómo ves el panorama actual de la poesía española?, ¿crees que continúa estrechándose el debate entre una poesía de corte realista y otra de corte metafísico, que resulta todavía vigente el cruce de consignas? Te lo pregunto porque tú siempre te has mantenido, creo, al margen de ese forcejeo.
-Yo lo que creo es que, más que con la metafísica o con el realismo, con lo que forcejean los poetas es con el ego. En el fondo somos todos unos románticos. Porque además son unos forcejeos sin público. A nadie le va la vida en ese tipo de debates, tan sólo la preeminencia de tal o cual nombre en los manuales y antologías y el aplauso de la crítica en las páginas ilustradas de los suplementos literarios. Un poeta puede darse por muy satisfecho si tiene, a lo mejor, dos mil lectores. Y si de esa cantidad el 30% no son, a su vez, poetas o circunstantes la cosa es ya un fenómeno de masas. Este juego no da para mucho más. Por otra parte, a mí me parece que para el poeta es peligroso encorsetarse en un estilo determinado y creer que son malos todos los demás. Esos totalitarismos de escuela no me gustan. Si al poema se le obliga a presentarse como “pre-texto”, como prueba de cargo que haya de confirmar una tesis cualquiera previamente establecida, ya sea de tipo retórico o ideológico, mal vamos. El poema no debe estar al servicio de nada. Por tanto, el panorama actual de la poesía española lo contemplo desde el punto de vista del simple gusto personal, sin reparar apenas en diatribas estilísticas. Lorenzo Oliván, Josep M. Rodríguez, Javier Rodríguez Marcos, Adrián González da Costa, Kirmen Uribe… podrían ser algunos de esos poetas jóvenes cuyos libros he leído con gusto. Et tout le reste est philologie.