JOSEP M. RODRÍGUEZ

 

Josep, que nos trae el frío © Antonio Lafarque

     Entrevista: Juan de Dios García

 

«EL FRÍO EN EL SUR»


     “Nunca había venido a Almería y en medio año es la tercera vez que se me invita a recitar”. Así comenzaba en el pub Zaguán su lectura nocturna este barcelonés de Súria que, sin embargo, debe sus inicios literarios a otra ciudad catalana: Lleida. Allí fue bien acogido y aconsejado, allí dejó su huella universitaria codirigiendo la extinguida revista Némesis y la colección de plaquettes Dama Ginebra. Antes de eso ya había publicado, en esa misma colección, Las deudas del viajero (1998). Después Frío (Pre-Textos, 2002) y La caja negra (Pre-Textos, 2004) han terminado por dejarnos claro quién está caminando con la suficiente seguridad de entre los que formaron las listas de poetas antologados en títulos como Inéditos (Huerga y Fierro, 2002), La lógica de Orfeo (Visor, 2003) o Veinticinco poetas españoles jóvenes (Hiperión, 2003). Él mismo se pasó al bando de los críticos editando Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía (Dvd, 2001) y Alfileres. El haikú en la poesía española última (4 estaciones, 2004). Hay que ir con tiento en este mundillo de figurines del verso para no caerse. Hay mucho poeta joven, demasiado, pescado fresco que se pudre a los dos días. Josep Maria tiene 29 años, pero sabe más que el demonio. En Andalucía se le quiere mucho, echamos de menos su frío. Esta fue nuestra última conversación, por el momento.

 

 


     -Por la información que tengo, Josep, es probable que seas la persona en España que sabe más ahora mismo del haikú escrito por poetas occidentales. ¿Me equivoco?

     -Bueno, tampoco hace falta exagerar. Es cierto que he publicado una antología sobre el haikú español contemporáneo y que estoy trabajando, en mi tesis doctoral, sobre este mismo tema, pero de ahí a decir que soy el que más sabe...

     -Supongo que también sería exagerar el decir que existe algún Matsuo Bashô español, ¿no?

     -Sería, más o menos, como creer que hay un sonetista japonés a la altura de Quevedo o Lope de Vega.

     -¿Y en tu obra, en tu poesía, qué crees que te ha aportado la literatura japonesa a la hora de crear?

"Las deudas del viajero"     -No sé qué me ha aportado la poesía japonesa. Lo que sí puedo decirte es que de los haikús y tankas clásicos me atrae, principalmente, su precisión y delicada sutileza, su capacidad para decir callando. Y en eso tiene mucho que ver la desconfianza en la palabra de algunas doctrinas orientales, como el tao y el zen.

     -Rara vez encuentro en tus tres libros hasta la fecha un poema sin estrofas. Quizá eso esté relacionado con los silencios o momentos de respiración que tanto trabajas en tus versos. Ataquemos, pues, tu primer libro: Las deudas del viajero. Se inicia con estas palabras: «No resulta sencillo hablar del miedo». ¿Hay miedos que ya has superado en la vida? ¿Hay nuevos miedos que te hayan nacido desde Las deudas del viajero? ¿Y en el oficio literario?

     -Es curioso que me preguntes eso, porque, precisamente, el miedo es el punto de partida de los poemas en los que estoy trabajando ahora. No lo había pensado, pero en cierto modo es como si, de manera inconsciente, volviera sobre los dos poemas que abren Las deudas del viajero. Al menos temáticamente. De hecho, no recuerdo que el miedo sea un elemento clave en los poemas de Frío o de La caja negra.

     -También a Las deudas del viajero pertenece tu poema 'Futuro'. Es el preferido de un amigo mío, que es okupa. Me nace preguntarte si el 'No future' de la cultura punk tiene algo de culpa en la etapa seminal de este texto y de tu obra primera en general. ¿Hablamos de un Josep Maria nihilista en sus comienzos?

     -Por distintas razones, ‘Futuro’ quizá sea también mi poema preferido de Las deudas del viajero. Pero no tiene nada que ver con el punk, por mucha simpatía que me merezcan algunas bandas (como Ramones, a los que tuve la suerte de ver en concierto). En cuanto al nihilismo, si con nihilismo te estás refiriendo a la falta de fe en el futuro, o en un futuro más allá de la muerte... Qué quieres que te diga, creo que Nietzsche consideraba el cristianismo, precisamente, como una religión nihilista, porque evitaba enfrentarse a la realidad, al hecho de buscarle sentido de nuestro día a día, confiándolo todo a la vida eterna. Entonces, ¿quién es nihilista? El punto de partida de ‘Futuro’, y de otros poemas que he escrito con posterioridad, es mi creencia en que las cosas se construyen poco a poco, día a día, exprimiendo al máximo lo que tenemos. Y ahí puedes encontrar similitudes con el “carpe diem” horaciano, con el “collige virgo rosas” de Ausonio o con algunas doctrinas orientales, de las que hablábamos antes.

     -¿Tu libro Frío es, como dices, producto del 'poco a poco'? Sé que para la creación de un poema te tomas tu tiempo. ¿Con qué frecuencia escribes? ¿Qué tiempo abarcó en tu vida la elaboración de Frío?

     -No tengo una rutina de escritura. Hasta el pasado mes de diciembre llevaba dos años sin escribir un solo verso. Había llegado a componer alguno mentalmente, pero ni siquiera había llegado a escribirlo (suelo tener el poema bastante avanzado antes de coger papel y lápiz). Entiendo la poesía, el arte en general, como un ejercicio de espera. Nunca me he preguntado cuanto tardó Velázquez en pintar Las Meninas. No me importa. Lo más que puedo decirte es que me considero un autor lento.

"Frío"     -Dividiste Frío en tres partes. ¿Por qué?

     -En todos los libros, no sólo en Frío, trato de establecer conexiones entre los poemas. Gil de Biedma decía, más o menos, que los poemas se ordenan por afinidad o por contraste. Bueno, pues algo así.

     -A lo largo de Frío encontramos referencias a multitud de escritores, ya sea en el mismo poema o a modo de epígrafe. Costafreda, Lowry, Brecht, Li Tai Po, Ralph Hodgson, Rimbaud… ¿Algunos de estos nombres ha dejado de guiarte en tus lecturas o de apoyarte en tus reflexiones?

     -Bueno, hay diferencias. Algunos autores actúan como puente hacia una idea, una metáfora, un punto de partida concreto. Tan concreto como el poema mismo en el que se aluden. En cambio, hay otros cuya lectura me ha acompañado y me acompaña todavía, como Alfonso Costafreda, por ejemplo, cuyos versos me inspiraron el título de mi segundo poemario (Frío) y que me ha vuelto a servir para dar título también a una especie de anticipo de mi próximo y aún muy lejano libro, que se va a llamar, la plaquette, Náufrago y luz del día.

     -¿Qué relación te une al maestro de la poesía catalana Pere Rovira, a quien también citas en tu poema ‘Área de servicio’?

     -Pere fue uno de mis profesores en la universidad. Y nos hicimos amigos. Lo que no está nada mal: tener como profesor y como amigo a uno de los poetas catalanes más importantes de la actualidad. Y digo importantes en el sentido de buenos poetas, que en el fondo es lo que importa. Cuando uno está a solas con un libro de poemas, en ese momento decisivo, en el que no cuentan los premios ni las trayectorias ni la amistad ni todo lo que está más allá del papel impreso, en ese momento, los poemas de Pere se revelan importantes.

     -Exactamente. Y en ese contexto que dices mi poema favorito de Frío es ‘Símbolo’, que comienza con la estrofa «Los olivos expresan el dolor: / giran sobre sí mismos, / se retuercen, / igual que un ejercicio manierista». ¿Crees que tu fuerte es, como me han comentado algunos aficionados a tu obra, la metáfora visual?

"La caja negra"     -Sergei Eisenstein dijo en una ocasión, en una conferencia que después fue recogida en libro, que el cine japonés de su tiempo, el cine oriental en general, no valía gran cosa, pero que, sin embargo, estaba convencido de que iba a dar grandes obras, porque en la génesis de aquella cultura, y Eisenstein citaba entonces el haikú y el teatro kabuki, estaba ya la imagen en sí misma. Y tenía razón. Sólo hace falta recordar el esteticismo de algunas películas como Dolls (de Takeshi Kitano) o El tren de Zhou You (de Sun Zhou), por no hablar de directores como Zhang Yimou o Wong Kar-wai. Pues bien, si hay algo de la literatura japonesa que me ha interesado desde siempre, más allá de los silencios comunicativos del tao y del zen, de los que hablábamos antes, es precisamente esa plasticidad.

     -«Siempre quise escribir una canción, / algo así como Mary vuelve a casa / cansada del trabajo. / Algo así como Mary vuelve a casa». El poema ‘Mary’ conserva el tono y la estructura propias del blues. De hecho, en uno de tus recitales has aclarado que este poema fue fruto de tu acercamiento creativo a la música. ¿Qué es la música para ti y, sobre todo, cómo influye en tu percepción literaria?

     -No, al revés. En mi caso, al principio no fue el verbo, sino la música. Yo estudié lenguaje musical y guitarra clásica, que con el tiempo se volvió eléctrica. Y toqué por ahí. Y tropecé con la poesía. ‘Mary’ es el tributo a aquellos años.

     -Por La caja negra se te da el Premio Internacional Emilio Prados y se extiende tu prestigio en España. ¿Encuentras un progreso estético respecto a Frío o diferencias ambos poemarios adecuados cada uno a su momento?

     -Más que evolución, te diría que cada vez tengo más claro el poema que busco. Y soy más exigente. Por ejemplo, de los ocho o nueve poemas que voy a publicar en la plaquette de la que te he hablado, y que es toda mi producción lírica en los últimos dos años o dos años y medio, estoy convencido que la mitad no formarán parte de mi próximo libro.

En Almería casi nunca nieva © Antonio Lafarque      -La nieve tiene una presencia notable en La caja negra, y el dolor, y la oscuridad. Noche, nieve, dolor. ¿Pueden ser los tres sustantivos que encabecen este tratado del sentimiento y el paisaje que es La caja negra? Es una hipótesis personal, que conste.

     -Te dejas “otro sustantivo” muy importante para mí: “luz”, siempre en tensión con esa oscuridad que tú has definido como “noche y dolor”. La nieve es otra cosa. La nieve tiene mucho de simbólico y de personal. Forma parte de mi geografía íntima en los años que escribí La caja negra.

     -Me he fijado en que sitúas bastantes poemas en el hogar, como si lo doméstico fuese un refugio desde el que se observa y se fabula. ¿Condición climática del norte de España, donde resides, o intención de conectar con la intimidad del lector que, habitualmente, también lee cobijado en casa?

     -Quizá sí o quizá no. También debes tener en cuenta que yo escribo en casa. Y que si lo último que he hecho es tender la ropa, pues es normal que mi poema hable de eso (pienso, por ejemplo, en ‘Mediodía’). Quizá pueda parecer muy poco poético o muy poco sofisticado, pero es lo que hay. Lo decía Onitsura: “Más allá de la verdad no hay poesía”.

Whisky y versos blancos © Rafael Calvache      -En alguna ocasión te he oído quejarte de que como no eres andaluz tienes algo de desventaja a la hora de recibir algún premio literario al que te has presentado. Aclárame eso, ahora que no nos escucha nadie.

     -No, no, quizá me expresé mal. No tiene nada que ver con ser andaluz o madrileño. Tiene que ver con el hecho de ser catalán y vivir en Lleida, es decir, periferia dentro de la periferia. Además, hay que tener en cuenta que, en Cataluña, las instituciones públicas sólo ayudan a los poetas que escriben en catalán. Un ejemplo, en Granada o en Sevilla se han publicado y se publican periódicamente antologías de poetas de esa ciudad o zona. Pues bien, la primera y única antología de poetas catalanes que escriben en castellano, y que agrupaba poetas de toda Cataluña, se ha publicado en el siglo XXI.

     -¿Tienes como tipo de verso favorito el endecasílabo?

     -Más que un verso en sí, tengo un ritmo preferido que tiene en el acento de sexta y de décima sus rasgos distintivos.

     -¿Y qué me dices del verso blanco?

     -El descrédito de la rima tiene mucho que ver con los abusos a los que ha sido sometida. Quizá volvamos a ella. Quién sabe.

     -¿Otra copa?

     -¿Ya te has acabado ésta? Claro, como yo soy el que habla.

 

 

 

 

 

 

 

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

 


Javier naufragando © Antonio Lafarque     Entrevista: Juan de Dios García


«NAUFRAGANDO»

 


     ¿Se puede ser un excelente poeta en España y ser al mismo tiempo educado, discreto, amable e incluso poco vanidoso? ¿Parece imposible, verdad? Pues fijaos que no. A veces uno se encuentra con gente como Rodríguez Marcos. Él es muy inteligente. Sabe que es sensible y conocedor del oficio, pero no puede ir proclamándolo. Sería ridículo, se sentiría avergonzado. Prefiere charlar de todo menos de su obra cuando está con sus amigos: cine, música, viajes... En fin, las cosas que importan, como decía John Cusack en Alta Fidelidad. No es falsa modestia, es sensatez. Vino a Almería a recitar y nos fuimos a un quiosco del casco antiguo a discutir sobre Los puentes de Madison. A él no le gusta esa película y yo la adoro. Por eso nos dimos la mano y sellamos nuestra amistad. Ahora ha llegado el momento de hablar de su obra. Javier, te ha tocado.

 

 

     -Cualquier lector de tu poesía conoce la importancia que das al motivo del viaje. Estás en medio de la treintena, Javier. ¿Desde Naufragios, tu primer libro, hasta ahora, en qué etapa del trayecto te encuentras o crees que te encuentras?

     -Uno no sabe a dónde va, sabe un poco de dónde viene y muy poco dónde se encuentra. Hablemos del “muy”, que es la única distancia que tienes para darte cuenta de que una persona que has visto a diario está envejeciendo. La distancia entre Naufragios y Frágil va, creo, más allá de unas pocas canas. Es la que va de los 24 años a los 34 y de una calle empedrada en el barrio renacentista de Cáceres a una ambientada por las ambulancias en el barrio de Lavapiés. Con todos los años, las calles y las ciudades que hay por medio. ¿En qué se traduce esto a la hora de escribir un poema? En que la actitud ya no es la misma.

     -¿Cómo es, entonces?

     -Poniéndonos pedantes podríamos decir que se ha producido un paso de la analogía a la ironía, de la naturaleza al artificio. Por eso casi todos los poemas que he escrito en los últimos tiempos llevan dentro sus propios mecanismos de distanciamiento, porque ya no soy capaz de usar ciertas palabras sin sentirme ridículo.

"Mientras arden" © Luna Miguel     -¿Y si te aparecen esas ciertas palabras?

     -Si aparecen, me siento obligado a contrarrestarlas con algo que baje la temperatura. ¿Cómo escribir a estas alturas sobre el amor o la muerte con convicción? Tal vez por eso lo llene todo de paréntesis, idas, vueltas, revueltas y adversativas. Poniéndonos más pedantes aún, un francés diría que cada texto incluye, junto a los elementos de su construcción, los de su deconstrucción. En el fondo todo es fruto del descreimiento, es decir, de que no soy creyente. No creo en la otra vida ni en la existencia de Dios ni en la de otro mundo mejor anterior o posterior a este. Por eso no creo en que se pueda trascender la realidad en un poema, que es lo que se suele decir cuando se escriben poemas, digamos, realistas y uno quiere venderlos en el mercado de la trascendencia. Retratar, criticar, mejorar incluso, tal vez; trascender, no. Lo siento, soy materialista.

     -Lo cierto es que tu ateísmo es manifiesto ya desde Naufragios. En tu poema ‘Ley’, por ejemplo, escribes que los hombres «en nombre de sus dioses destruyen lo que aman». También te he escuchado en más de un recital, para explicar el sentido de algún poema, informar de tu condición arreligiosa. Dios está muerto. Mejor dicho, nunca vivió. ¿Y Marx? Lo digo por lo del materialismo… ¿histórico?

     -Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo mismo no me encuentro demasiado bien. Eso decía Woody Allen, ¿no? O una pintada en una pared. Hace unas semanas, tirando de otro hilo, terminé releyendo el Manifiesto comunista y me pareció de una clarividencia total respecto a la globalización actual. Es un retrato que cuadra al mundo de hoy con puntos y comas. A Marx, no obstante, le pierde el optimismo, algo paradójico en alguien tan crítico. Le pasa a otros marxistas a los que les tengo cariño.

Leyendo poemas de "Frágil" © Antonio Lafarque     -¿Por ejemplo?

     -Walter Benjamin, sin ir más lejos. Sus diagnósticos son impecables, pero el tratamiento que administran y su previsión de la evolución de la “enfermedad” deja mucho que desear. En su optimismo, creen que la revolución es la consecuencia natural de un panorama que ellos analizan con toda lucidez. Paradójicamente, la esperanza en la revolución que llegará, visto lo visto (y sin entrar en horrorosas aplicaciones del comunismo a sangre y fuego), puede convertirse en un cómodo aplazamiento. De ahí que haya que revisar la categoría de “izquierda”… En fin, esto me pasa por ponerme etiquetas... Aunque lo del ateísmo lo has dicho tú.

     -Cierto.

     -Yo me quedé en materialista, que es otro modo de decir racionalista, escéptico y otras hierbas amargas. Y que, lejos, de cualquier idealismo, creo que las condiciones materiales tienen un peso decisivo. Como decía el clásico, lo que tiene historia no puede tener definición. Por eso me resulta gracioso que la gente hable de la “esencia” de la poesía, por ejemplo (de las esencias patrias, ni hablamos). Lo que yo quería decir es que todavía queda un residuo de las antiguas creencias religiosas incluso entre los ateos o agnósticos que intervienen en el campo de las artes. Una mezcla de adoración, fetichismo y fe en el genio que se ha desplazado de Dios a la Poesía. La digestión del Romanticismo siempre es algo pesada. En esa actitud, hay una mezcla de ingenuidad y orgullo sacerdotal que, más que a incienso, me huele a chamusquina. Sobre todo porque, como en muchas religiones, supone un descrédito de la realidad que, lejos de traducirse en crítica, se traduce en desprecio y nostalgia. Todo muy cómodo.

     -Queda claro que no eres poeta de los que sacraliza el acto creador ni tampoco de los que gustan sentar cátedra. «Tomo impulso en el aire y doy mi pelo al viento, / veo llegar cada tarde mis restos a la playa» escribes en tu poema 'Irse', también de Naufragios. ¿Somos inevitables herederos de Sísifo? Me parece ver la huella del existencialismo en muchos de tus versos.

     -Con el tiempo me he ido dando cuenta de que no está mal ser herederos de Sísifo. Herederos felices.

"Antología sumergida"     -¿Felices como Sísifo?

     -Sí. Camus decía que había que imaginar a Sísifo feliz y yo estoy de acuerdo. Que la vida no tenga un sentido trascendental (cosa que yo creo sin necesidad de decir que es absurda, aunque no tengo ningún empacho en decirlo si hace falta) me parece una menudencia (casi una liberación) comparado con todos los horrores que puede tener la misma vida. Pensar que el sentido está en otra parte me parece una maniobra de distracción.

     -Bien. Eso con Camus en particular. ¿Y del Existencialismo en general?

     -¿Existencialismo? Parece que seguimos en la digestión del Romanticismo, que según Isaiah Berlin tuvo, entre otras, dos consecuencias: el existencialismo y, glup, el fascismo. Lo dejamos para otro día.

     -Vale, mejor. (Risas)

     -Paréntesis aparte y dicho geográficamente, me interesa menos por la vía alemana (que al final tiene, paradójicamente, algo de esencialista que me da cierto repelús) que por la francesa (de menos vuelo pero también más con los pies en la tierra). Y menos por Sartre que por Camus.

     -¿No eres sartreano, supongo?

     -Sartre me parece un novelista sin talento narrativo, un buen memorialista, un filósofo de altura muy preocupado por cosas que a mí me preocupan poco y un pensador político de salón, pura “gauche caviar”. Camus es mi escritor favorito del siglo XX. No creo que sea un filósofo existencialista. De entrada porque no creo que sea un filósofo. Sus ensayos tienen menos enjundia que los de Sartre, pero Camus sabe de lo que habla cuando habla de la injusticia. Además, se la jugó pensando por su cuenta cuando toda la progresía no salía de los dogmas totalitarios de obligado cumplimiento. Por otro lado, siempre he pesando que El primer hombre es el libro que a mí me hubiera gustado escribir. Hay muchos libros de otros autores que me parecen “objetivamente” mejores, pero ése habla de mí.

     -Pues aprovecho para decirte que Mientras arden, tu segundo poemario, es un libro que habla de mí, de nosotros, de los lectores, del hombre. Poemas como ‘Luz del norte’, ‘Autorretrato’, ‘Vigilia’ o el homónimo ‘Mientras arden’ son magníficos y, no sé, tan cercanos, tan certeros en su atmósfera de incertidumbre… ¿Crees que con Mientras arden la crítica reconoce por primera vez la personalidad del poeta que eres?

No soy muy creyente... © Antonio Lafarque     -Se agradecen las flores a Mientras arden. Por lo demás, dejando al lado palabras con las que no me llevo demasiado bien (personalidad, poeta, eres), diría que el reconocimiento a Mientras arden vino sobre todo de que se publicó en Hiperión, o sea, fue más un bautizo que una confirmación. Supongo que la gente (tampoco tanta) fue a una librería y vio el libro por allí. De hecho, “la crítica” hizo más caso, creo, a Naufragios. Fue una sorpresa tras otra. Tenía unos poemas dispersos, los junté, me presenté a un concurso, el libro ganó, se publicó, me metieron en una antología, salieron reseñas, me dieron una beca. Cada uno de esos pasos los viví como un malentendido. Y callado, por si las moscas.

     -Y luego vino Frágil en 2002, que gozaría de más promoción por haber ganado el Premio Ojo Crítico y haberse publicado de nuevo en Hiperión. ¿También Frágil fue fruto de una recogida de poemas dispersos?

     -Frágil no fue fruto de una cosecha de poemas dispersos. Tampoco lo fue Mientras arden. Supongo que una vez que has publicado un libro te haces a la idea de que lo que vas escribiendo puede formar otro. En la construcción hay una intención, claro, aunque no la haya en la escritura. Uno va haciendo y cuando se agota trata de ver si el conjunto es coherente. De hecho, durante mucho tiempo pensé que Frágil eran dos libros: uno con los poemas más narrativos (digamos fríos) y otro con los más irracionales (digamos calientes). Al final los junté porque así se habían ido escribiendo. No sé si me equivoqué.

     -¿En qué se distingue de tus dos libros anteriores? Parece que lo metaliterario tiene más presencia, ¿no? Lo digo por poemas como 'Palabras', 'Extinción', 'Otra poética'...

     -Más que en los temas, creo que se distingue en el tono. En ese paso de la analogía a la ironía del que hablaba antes. También el lenguaje es más seco, menos “literario”, más incómodo porque se trata de dar valor a lo que Umberto Saba llamaba las palabras trilladas. ¿Por qué la palabra melodía tiene que ser más poética que la palabra ruido? Más que lo que quería decir, sabía lo que no. De ahí los paréntesis y las continuas tomas de distancia. Y lo metaliterario, que, no obstante, ya estaba en los otros libros. Es una obsesión. Y una limitación. Mucho de lo que he escrito trata de lo que pueden decir las palabras, sin dar por sentado que puedan decir algo pero desde la necesidad de que lo digan.

 Ni leo en el baño... © Antonio Lafarque    -¿Y cuál será el próximo naufragio de Javier Rodríguez Marcos?

     -Será que me pasa como a los que han usado con demasiada alegría ciertas ideas, pero la verdad es que le tengo cierta tirria al uso metafórico de palabras como naufragio, derrota, exilio, pérdida, desaparición y otras de similar prestigio. Nombran cosas demasiado serias. ¿Te refieres al próximo libro? (Risas) Últimamente escribo mucho pero corrijo poco. Mal negocio. ¿Al próximo batacazo? (Más risas) Mañana mismo, tal vez. Por lo demás, lo único que practico parecido a un deporte es nadar. ¿Debería dejar de ir a la piscina? Lástima, es un buen sitio para pensar.

     -Dime qué libro tienes ahora en la mesita de noche... o en el cuarto de baño.

     -Salvo en el cuarto de baño, en mi casa hay papeles por todas partes. Siempre tengo varios libros entre manos. Ahora, concretamente, Hamelin (llevo 30 páginas) de Juan Mayorga. Vi la obra de teatro en Barcelona; cuenta aquella espeluznante historia de la falsa red de pederastia del Raval, la misma que dio lugar al libro de Arcadi Espada -Raval. Del amor a los niños- y a la película de Joaquín Jordá -De niños-. Tres piezas que demuestran lo terrible que pueden ser los prejuicios en manos de los jueces, los periodistas y los psicólogos. Otros libros: La pelirroja, de Fialho de Almeida, que ha publicado Periférica, una editorial que acaba de poner en marcha mi hermano Julián (el escritor bueno de la familia) -llevo 10 páginas-; Las genealogías (llevó 50 páginas de las galeradas), de Margo Glantz; tengo que entrevistarla esta semana; Una vuelta por el Rialto (llevó 200 páginas), de Marcos Ordóñez, una especie de memorias raras que se publicaron hace ya tiempo, estoy esperando a terminar para saber qué pensar: si fuera estadounidense sería un libro de culto entre los devotos de la next generation (pero es que yo, ya sabes, no soy muy creyente). Por lo demás, no tengo mesilla. Siempre pongo las gafas en el suelo.