Entrevista:
Ángel Gómez Espada
«LA GENTILEZA»
Este poeta, novelista y ensayista nacido en Rota
(Cádiz) en 1960 está considerado una de las referencias de la
actual poesía actual. Ha sido director de las revistas literarias Fin
de Siglo, El Libro Andaluz y Renacimiento. Ha obtenido
el Premio Nacional de Literatura, el Premio Nacional de la Crítica, el
Premio Ateneo de Sevilla de novela, el Premio Internacional Fundación
Loewe de poesía, entre otros.
Su primer libro de poemas aparece en 1982 (Paraíso
manuscrito, Calle del Aire, Sevilla), pero es en 1985 con Los vanos
mundos (Maillot Amarillo, Granada) cuando la crítica pone el ojo
en él. Después han seguido Pruebas de autor (Renacimiento,
Sevilla, 1989), La mala compañía (Mestral, Valencia,
1989), Sombras particulares (Visor, Madrid, 1992), Vidas improbables
(Visor, Madrid, 1995), El equipaje abierto (Tusquets, Barcelona, 1996)
y Escaparate de venenos (Tusquets, Barcelona, 2000).
En fin, que les invitamos a que pasen a ver sus
reflexiones, algunas muy certeras en estas respuestas que, gentilmente, nos
concedió.
—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Para un poeta andaluz, gaditano, esta pregunta puede parecerle que tenga trampa, pero, díganos, ¿con qué generación aprendió más: con la del 27 o con la del 50?
—FELIPE BENÍTEZ REYES: Leí antes a los del 27 que a los del 50. Aprendí más de Cernuda que de José Angel Valente, por ejemplo, y menos de Lorca que de Brines. Son dos buenas generaciones, ¿no? Esa es la suerte de quienes hemos venido detrás: contar con ejemplos variados. Las tradiciones pueden elegirse, y las elecciones concretas pueden ser incluso contradictorias entre sí.
—ECP:
Usted ha ironizado a menudo en ciertas revistas literarias sobre la poesía
de la experiencia y todo lo que se ha sacralizado y alimentado de la publicidad
de los medios de comunicación en España. Ahora que nadie nos oye,
¿qué destacaría usted, siendo positivo, de la poesía
en la que, generalmente, se ha visto incluido por las antologías y los
críticos?
—FBR: De esa generalidad llamada «poesía de la experiencia» destacaría factores muy concretos, a saber: Luis García Montero, Carlos Marzal, Vicente Gallego, Benjamín Prado, Antonio Jiménez Millán, Francisco Bejarano, Eloy Sánchez Rosillo, etcétera. Los movimientos no son nada. Importa el nombre de los tripulantes, no el nombre del barco.
—ECP: ¿Qué le queda a Benitez Reyes por aprender de la poesía ?
—FBR: Casi todo... o casi nada, no sé. En esto nunca se aprende gran cosa, porque se trata de aprendizajes transitorios. Entre la escritura de un poema y de otro hay siempre un abismo. Cada poema hay que aprenderlo, porque implica un conocimiento específico. Lo contrario es fórmula.
—ECP: Cuando uno mira hacia atrás y ve que desde 1982 su poesía ha sido recopilada en varias ocasiones por editoriales diferentes, ¿le hace sentirse viejo o afortunado? O, por el contrario, piensa que es una indirecta que se hace para decirle que ya lo ha dicho todo.
—FBR:
Prefiero pensar que se trata únicamente de un accidente editorial. Sólo
eso. A fin de cuentas, los libros que vamos publicando son sólo fragmentos,
las líneas de un dibujo. Una obra poética forma un todo, no una
suma de partes, aunque tenga partes.
—ECP: ¿Para qué le sirven a un poeta las antologías?
—FBR: No lo sé. A mí, como lector, me han servido sobre todo para ponerme en la pista de poetas que desconocía y para huir de otros. Creo que esa es la función primordial de las antologías: una especie de catálogo en el que uno puede ver lo que necesita y lo que no.
—ECP: ¿Te arrepientes de alguna poética que hayas publicado, o piensas que las poéticas son efímeras e inútiles?
—FBR: Me temo que las mías son efímeras e inútiles. Es posible que casi todas lo sean, no sé. Un dios no necesita teólogos para demostrar su existencia. Le basta con hacer milagros. El milagro es, en el mejor de los casos, el poema, no la teoría del poema.
—ECP: ¿Cuándo un poeta como usted ha de tragarse su orgullo y reconocer que el poema que tiene delante le ha emocionado?
—FBR:
¿Al poema de otro se refiere? No tengo que tragarme nada. La admiración
es un sentimiento muy noble y muy gratificante, a pesar de que Baudelaire lo
consideraba el más incómodo de los sentimientos. Me gusta leer
buenos poemas y procuro escribir buenos poemas. Lo primero lo consigo. Lo segundo
está por ver, pero el intento ya merece la pena.
—ECP: Nosotros estamos convencidos de que internet es una buena arma para luchar contra aquéllos que aún hoy piensan que la poesía es un arma cargada de imposibles. ¿Y usted qué opina al respecto?
—FBR: Puede ser. Internet es un método de difusión. Y se ahorra papel.
—ECP: Domina todos los géneros pero, ¿se siente por encima de todo poeta?
—FBR: No. Si fuese así, no practicaría ningún otro género.
—ECP:
En Vidas improbables, en 1995, usted sacaba a la palestra una serie
de apócrifos con los que pudimos ver su lado mas irónico. Antes
se habia servido del señor Rabanera para una antología que fue
definida como «sindicato del crimen». ¿Fue una respuesta
a aquéllos que criticaron tanto por aquellos años la poesía
de la experiencia y, quizá como cabezas más visibles, a Luis Garcia
Montero y a usted?
—FBR: Vidas improbables es un juego entre novelístico y poético: la creación de unos personajes y de unos poemas atribuidos a esos personajes. Una especie de viaje astral: salirme fuera de mis parámetros poéticos habituales. No había en ese libro una especial intención irónica. Y yo no soy Eligio Rabanera. Ese hombre existe, y montó aquella antología, con un prólogo muy divertido, en un momento en que el 90% de los poetas españoles estaba muy enrabietado con el 10% restante.
—ECP: Y aquellos poetas apócrifos respondían más al concepto de apócrifo machadiano Juan de Mairena o a los heterónimos de Fernando de Pessoa.
—FBR: Sí. Los antecedentes son claros. Creo estar más cerca de Pessoa, tal vez. No estoy seguro.
—ECP: Termine esta afirmación: Los premios literarios son buenos para…
—FBR: Ganar un poco de dinero si necesitas un poco de dinero.
—ECP:
Díganos el último libro de poesía nacional y el último
internacional que le haya llamado poderosamente la atención. ¿Y
el último con el que ha pensado que estaría mejor en una hoguera
que en una biblioteca?
—FBR: La poesía completa de Carlos Marzal y una antología del argentino Jorge Boccanera. Lo de la hoguera, mejor dejarlo. De joven, era más incendiario que ahora. Todo el mundo hace lo que puede.
—ECP: Muchas gracias por habernos recibido y hasta pronto.
Entrevista:
Rafael Calvache
«CAFÉ POÉTICO»
Cuando llegamos ya nos espera. Delante encontramos
un hombre tranquilo. Clava sus pupilas en nosotros mirando de frente. Una pierna
cruza la otra. Sobre la mesa de la cafetería donde nos sentamos un cuaderno
de notas y un bolígrafo. Es Antonio Luis Ginés, cordobés,
escritor. Poeta.
—EL
COLOQUIO DE LOS PERROS: Sabemos que has escrito otras cosas aparte de poesía.
¿Qué tiene la poesía que no lo tenga la novela o el relato?
—ANTONIO LUIS GINÉS: Tiene más mala leche. Te exige mucho, reducir al mínimo lo que quieres, más bien intentar, expresar, con capacidad de golpeo, dejar al lector noqueado desde la emoción o el sentimiento. No es lo que tiene la poesía, sino el vínculo tan fuerte que establece contigo y del que no resulta fácil desprenderse. Uno puede escribir una novela, cuentos, pero son trabajos con principio y final. La poesía es un capítulo más etéreo en el sentido de que no llega a cerrarse nunca del todo aunque el libro esté publicado y supuestamente cerrado (a nivel formal o estético); las emociones, los sentimientos, es un terreno que uno no termina de explorar a fondo por más empeño que ponga; está sujeto a otras leyes.
—ECP: Hablas de explorar, de emociones, sentimientos, de otras leyes. Tu poesía está llena de situaciones cotidianas aunque siempre desde un punto de vista muy íntimo. Muy desde el corazón. ¿Te consideras un poeta de la experiencia?
—ALG: No. Partiendo de las premisas que rigen lo que se entiende por experiencia como movimiento estético. Es posible que en mi primer libro, a mediados de los 90, hubiese algunos guiños, pero mira hoy: es fácil hacer poesía de la experiencia, si me apuras es hasta lo más socorrido, y claro, luego salen libros como churros que no quedan en la retina porque están muertos antes de nacer. Eso sí, no quitan para que alcancen cierto nivel de éxito, a veces garantizado, ya que detrás hay otros muchos elementos que nos gusten o no, inclinan la balanza y llegan a confundir. Con mi escritura trato de ir más allá, trasciendo el hecho como tal, ahondo en él, desde ese yo distanciador que se aprecia en los poemas. Vicente Mora en su Canon sobre la poesía española, acierta a colocarme en la poesía de la Indagación expresiva. Nada ver que ver con la Experiencia.
—ECP:
En tus palabras creo ver una crítica a la poesía de la experiencia.
¿Crees —son palabras de Pedro Granados— que la poesía
de la experiencia se ha convertido en un lastre, en una poesía terriblemente
vieja, en una poesía banal desde el punto de vista del producto elaborado?
—ALG: No es una crítica sólo a ese tipo de poesía. Lo es a cualquiera que se rija por esos parámetros que nos alejan de lo realmente poético. Llegados a ese punto sí que se convierte en un lastre que marca además nuevas voces bajo el prisma de la repetición, el cansancio y la monotonía, creando una “normalidad” auténticamente nociva para la poesía, y engañosa cara al lector, en el que también crece la confusión.
—ECP: Sin embargo reconoces que en tu primer libro, Cuando duermen los vecinos, publicado en 1995, sí que hay un cierto guiño a la experiencia. De hecho, el lector de tu obra podrá apreciar una clara evolución en tus tres títulos publicados. ¿Consideras que ese cambio es el reflejo de tu propia evolución personal o es una huida hacia delante, premeditada y consciente, en busca de nuevas formas estéticas que nada tienen que ver con tu manera de ver el mundo?
—ALG: Ambos aspectos van entrelazados. A través de la evolución del individuo, de su quehacer y búsqueda cotidiana, va uno acercándose al lenguaje que más se logra adaptar a lo que se quiere expresar, comunicar, compartir. A medida que escribo libros me voy hallando más cómodo, no sólo por las tablas y el trabajo, sino también porque va hallándose un espacio propio, una voz definida que puede marcar, el territorio de una escritura. Eso no quiere decir que el primer libro fuese un libro “incómodo”, sino que las increíbles ganas por contar aún no tenían el cauce de expresión adecuada, en equilibrio, pero ya se podía intuir, que no me iba a conformar con lo primero que encontrase, sino que indagaría hasta encontrar un equilibrio entre mi forma de ver el mundo y la estética para expresarlo.
—ECP:
Ya que hablas de lenguaje, en tu poesía, en su evolución, se observa
una clara búsqueda de la palabra precisa para el verso, una búsqueda
de la palabra que no se encuentra en contradicción con la elección
de un lenguaje sencillo, accesible y cotidiano. Vivimos en tiempos (poéticamente
hablando, claro) donde lo críptico, lo incomprensible —tan en boga
ahora— parece que otorga a la obra una seriedad, una dificultad que hace
al autor más “interesante”. ¿Por qué esa opción
por la sencillez?
—ALG:
Es arriesgado manejarse en este terreno, soy consciente de ello, sin embargo
tras esa aparente sencillez subyace una complejidad en la construcción,
elaboración y en el resultado final que no todos los lectores descubren.
No sé a ciencia cierta por qué elegí
esta opción o si ella me encontró a mí y decidió
quedarse, lo que sí sé que el lenguaje de las emociones, de los
sentimientos requiere sencillez para una aproximación profunda y misteriosa
hacia lo más vital.
—ECP: Esa sencillez ha estado presente en tu obra desde tu primer libro, así como la permanencia de ideas clave y constantes como la soledad, la memoria o la búsqueda que dotan a tu obra de una unidad indiscutible. En 1995 publicaste Cuando Duermen Los Vecinos, en 1998 Rutas Exteriores, con el que ganaste el premio nacional de poesía Mariano Roldán (del que ya hablaremos), y en 2005 Animales Perdidos. Es decir, tres libros en 10 años. ¿Cómo consigues mantener con tanto tiempo entre libro y libro esa unidad que se aprecia en tu obra?
—ALG:
Soy un trabajador de fondo. No dejo de escribir, aunque no publique todos los
años. Trabajo antes de llegar al papel, con un sentido poético
ya en lo visual, en lo que el ojo ve o el corazón siente, exploro, indago,
pienso, pero sobre todo trato de bucear entre los sentimientos, las sensaciones
y las emociones; de alguna manera preparo el terreno para que cuando aterricen
los versos hallen un cierto acomodo, luego las condiciones pueden surgir de
manera imprevisible (como así suele ocurrir) aunque casi siempre dentro
de unas coordenadas. Supongo que, bajo estas constantes, se va manteniendo esa
unidad de la que hablas.
—ECP: Y, ¿para cuándo un nuevo libro?
—ALG: Espero que para muy pronto, sin embargo yo no decido. Quizás en octubre, noviembre a más tardar, vea la luz un libro que va a significar un punto y aparte, una vuelta de tuerca, en mi trayectoria.
—ECP: ¿En qué sentido?
—ALG: En el sentido de que no es lo que vengo haciendo, al menos en la forma, ya que esa inclinación mía hacia la prosa se vuelve descarada y fronteriza. Sí, no invento nada ni quizás lo trato, pero a esa voz unitaria de la que hablas que vengo manteniendo, le pongo un ritmo diferente, y como monólogo dramático pongo en boca de otros aconteceres y pensamientos. De todas formas resulta algo comprometido hablar del libro antes de que el lector se encuentre, cara a cara, con él. Tras esa experiencia todo puede cambiar; mi intención y el resultado del encuentro.
—ECP: ¿Podrías adelantarnos algo como editorial, título, tema…?
—ALG:
La editorial será La Carbonería, que tras bastante tiempo fuera
de circulación parece recuperar ese gusto por la edición. El tema
versa sobre esos “picados” que hacemos a diario en la vida, y que
igual nos quitan el aire que nos lo insuflan. Lo descarnado se alterna, en un
equilibrio constante, con la ternura de ciertos momentos, ciertos personajes,
ciertas voces interiores.
Primero
hay que leerlo, luego teorizar si se quiere.
—ECP: Lo leeremos y teorizaremos, claro, aunque eso será en octubre o noviembre cuando vea la luz el libro cuyo título no has desvelado… (Sonrisa cómplice de Antonio Luis). Mientras tanto y para ir terminando la entrevista me gustaría que nos citaras 10 autores y 10 libros que sean o hayan sido importantes para ti y quieras compartir con nosotros.
—ALG: Ceñirme a diez libros no es fácil. Máxime teniendo en cuenta que no recuerdo un solo momento de mi vida con ausencia de libros fundamentales para mí. En estos momentos, en lo que a poesía se refiere, y así a vuelapluma, serían, más o menos, Las Flores del Mal de Baudelaire, Obra poética completa de César Vallejo, Poesías reunidas de Eliot, Canto general de Neruda, Antología de Álvaro Campos de Pessoa, Bajo una luz marina de Raymond Carver, Las personas del verbo de Gil de Biedma, Memoria y deseo, obra poética de Vázquez Montalbán, Poesías completas de Cesare Pavese, El gran número de Wislawa Szymborska. En cuanto a los autores, la lista viene a coincidir con los autores de los libros que te acabo de enumerar.
Con el
sabor del café que acabamos de tomar, damos por terminada la entrevista.
Aunque no sin arrancarle antes el compromiso de que nos envíe alguno
de los poemas inéditos que integrarán ese libro que verá
la luz en octubre o noviembre.
Antonio Luis Ginés cumplió su palabra.
No podía ser de otra forma. A continuación transcribimos los dos
poemas que tuvo la gentileza de enviarnos y que formarán parte de su
libro Picados sobre el agua.
MERENDERO |
Sólo
una vez me detuve en el merendero. Me han contado que aquí muchas
tardes fumabas tus cigarros como si siempre fueran los últimos,
en silencio, perdido en un paisaje que se desmoronaba vacío,
artificial, lejos ya de ti. Llegar a la vejez para qué, si más
que nunca los sentidos te abandonan a un espacio en el que nadie se
adentra, en el que nadie te oye. Tabaco negro, un poco de tos, barba de dos días. Cuando paso por el merendero, aún te veo ahí, apoyado en tu bastón, serio. Lanzas el humo de tu cigarro contra un cielo inquietante: pareces llamarnos con el afecto de quien aún no ha partido, de quien pide la última calada, ese segundo de despedida que nunca se acaba sino con nosotros mismos. |
PACTO |
He
roto el pacto de silencio. El aire de las vides, recién desnudas,
corta el rostro. Esta tierra forma parte de mí, no me detengo,
no hace falta: soy una partícula dentro de una fuerza mayor que
la ocasión regala. Amar un paraje no siempre encuentra palabras
justas, precisas. Lo he roto, y al pasar no me he acordado de ti; sólo
veía mis piernas, lo que queda de este espíritu en danza,
poseso entre los campos. Las tardes de diciembre cubren la memoria con
un rastro de amores dispersos, con rincones solitarios en los que extrañas
voces siempre me acompañan. He roto el pacto, tus gestos, lo único que tuve, se esparcen a la intemperie en esta vieja danza que aún no acaba. |