Un
canto a la dolorosa. Empieza la maldición para JORGE ENRIQUE ADOUM
Entrevista: Edwin Madrid
Tenía
una conversación pendiente con el poeta Adoum, quería preguntarle
algunas cosas pero, sobre todo, una, que me moría por conocer de
su propia boca. Hace ya muchos años tuve en mis manos un par de
libros firmados por un tal Jorge E. Adoum; al hojearlos me percaté
de que no se trataba de poemas, ni de novelas, ni de crónicas ni
de nada que tuviera que ver con el poeta. Sin embargo, no sé por
qué, intuía que eran libros escritos por su padre. Nunca
leí ni le escuché a él, tampoco a nadie hablar de
él. Así que agarré el teléfono y, aprovechándome
de la simpatía y de la amistad que el poeta guarda para mi esposa
y para mí, le invité a nuestra casa. Esto es lo que conversamos:
—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Quisiera
que empezáramos por sus inicios. ¿Cómo surge Jorge
Enrique Adoum a la literatura? Usted nace en Ambato, ¿están
allí esos gérmenes, o sea, en dónde comienza la maldición?
—JORGE
ENRIQUE ADOUM: Acaba de aparecer De cerca y de memoria, un libro
de 750 páginas, de recuerdos de gente que conocí, acerca
de la vida cultural y literaria de los últimos setenta años,
y por eso me resulta reciente cuanto se refiere a mi pasado. Allí
evoco a un profesor de Historia Sagrada, que era un verdadero novelista
oral: describía a los personajes, su ropa, cómo se reflejaba
la luz en ella, cómo resbalaba por los pliegues, y hasta imitaba
el caminar de los camellos. Los libros de historia patria y de historia
sagrada me los leía de corrido y no según el ritmo de las
clases. Creo que allí me descubrí el primer síntoma
de una vocación para la lectura. Cuando ya estuve en el colegio,
vino a vivir con nosotros un medio hermano, hijo de un primer matrimonio
de mi madre, que solía comprar cada semana una revista para ella,
y otra, Leoplán, para él, una revista argentina
que traía en cada número una novela.
—ECP:
¿Todo esto ocurre en Ambato, su lugar natal?
—JEA:
No, en Quito, donde vivía desde los nueve años de edad...
Para nosotros, los chicos, mi hermano compraba El Peneca, de
Chile. Pero nunca agarré un número de esa revista de historietas,
sino que leía las novelas de Leoplán: durante el
año escolar, una por semana; durante las vacaciones —como
siempre fuimos pobres, no teníamos hacienda, ni amigos con hacienda,
ni era aún costumbre ir a la playa, ni habríamos podido
pagar el viaje— las pasaba en casa y leía por lo general
una novela al día (...) De nuestra casa a mi Colegio habrá
habido, tal vez, cuatro o cinco kilómetros. Regresaba a pie, dos
veces al día, con lo cual ahorraba diariamente 30 centavos y, a
la vuelta de 10 o 15 días, podía comprar un volumen de la
Biblioteca Sopena. Tales fueron los primeros síntomas de bibliofagia
(…) Para entonces, haciendo yo de padre de familia de mis hermanos
(mis padres jamás conocieron una escuela o colegio de ninguno
de sus cinco hijos), el director de su escuela me prestó Cumandá,
de Juan León Mera. Se la devolví dos días después,
y pese a que le hice un resumen del argumento, no creyó que la
había leído y nunca volvió a prestarme libro alguno.
Así comenzó mi interés por la literatura ecuatoriana
(…) La lectura de los narradores ecuatorianos de los años
30 me creó la falsa impresión de que escribir era fácil,
tal vez porque eran ambientes de ciudades que conocía, sus personajes
eran los que encontraba en mi barrio, en la esquina. Y comencé
a escribir. En el colegio San Gabriel, de los jesuitas, había cada
año un concurso de poesía, con tema establecido; de ahí
que las primeras cosas que escribí fueran un ‘Canto a la
Dolorosa del Colegio’ y un ‘Canto al río Amazonas’.
Por lo general ganaba esos concursos y allí empezó la maldición.
—ECP:
Como usted sabe, soy bibliotecario, y en mis estancias en la Biblioteca
Nacional cayeron en mis manos al menos dos libros de Jorge E. Adoum. Recuerdo
que uno de aquellos trataba de algunas cosas místicas y que en
la tapa se referían al doctor Jorge E. Adoum. Me llamó la
atención ver su nombre. Nunca supe si exactamente se trataba de
su padre. Hoy se lo pregunto. ¿Su padre escribió esos libros?
—JEA:
Mi padre llegó a ser, después de una búsqueda dramática
de su destino, Gran Maestro Rosacruz y Gran Maestro Masón. Los
primeros trabajos de editing que hice en mi vida fueron sus libros.
Dada la costumbre de que el primogénito lleve el nombre del padre,
me llamo como él, lo cual ha dado origen a una serie de anécdotas
cuando voy al Brasil, a México o Venezuela, donde, antes de comenzar
una charla o una lectura, debo aclarar que yo no soy mi padre, para que
no se sientan decepcionados quienes han ido creyendo encontrarlo a él.
Y cuando, pese a todo, me piden que les firme alguna de sus obras, tengo
una dedicatoria modelo: «A fulano de tal, de parte del autor de
este libro y de mis días». Y son muchos los discípulos
del Mago Jefa: cuando llegó a Río de Janeiro, por ejemplo,
hubo tanta gente a recibirlo en el hotel que llegó la policía
creyendo que se trataba de una manifestación contra la dictadura.
—ECP:
A eso es a lo que me refería; es decir, el mundo de su padre, ¿cómo
influyó en su visión literaria?
—JEA:
Un día, en París, recibí un libro, y reconocí
la escritura de la dedicatoria; era de Julio Cortázar y decía
«¡Oh sorpresa y maravilla! ¡Oh, Doctor Jekyll de Mister
Hyde, o viceversa! ¿Cómo no doblar la cerviz ante el Mago-Jefa,
que desde su modesto refugio de la Place de Fontenoy [se refiere a la
sede de la Unesco]
difunde semejante mensaje himperecedero e hinmortal? Un admirador hanónimo
y hestupefacto». Por si no fuera suficiente, reconocí su
manera de desacralizar ciertas cosas o personas escribiéndolas
con H, por ejemplo: «Hasta tiene estatua». Comencé
a escribirle una carta para contarle que se trataba de mi padre, y cómo
yo tenía, en las noches, que pasar a máquina lo que él
escribía a mano durante el día. Pero revisando aquel libro,
un libro que tiene una oración para cada día del año,
me encontré con una que decía, más o menos «Que
Dios guarde a nuestros gobernantes; porque si han llegado a donde están
es porque lo merecen». Julio no podía volver a la Argentina
y tuvo que dar cita a su madre en Río de Janeiro para verla; un
día, cuando volvió del aeropuerto despidiéndola,
la policía lo esperaba en el hotel. Entonces me dio vergüenza,
y dejé que creyera que se trataba de un homónimo, lo que
en el universo Cortázar era más real que la realidad que
yo le habría contado.
—ECP:
Entonces se podría decir que usted empezó leyendo los libros
de su padre y escribiendo cantos a la Dolorosa del Colegio y otros temas
de los concursos del colegio San Gabriel.
—JEA:
Hay algo curioso; a pesar de los concursos del San Gabriel, que los ganaba,
a pesar de la edad, a pesar de las lecturas, no comencé propiamente
por la poesía o los versos. Recuerdo un domingo en que mi padre
había invitado a algunos amigos suyos, libaneses, sirios o palestinos,
todos comerciantes. Como él creía que yo era inteligente,
me llamó a que leyera algunas cosas que había escrito. Me
sentí un poco como el tragador de sables o la mujer barbuda de
un circo, exhibiéndome ante esa gente. Tenía escritos, llamémoslos
ensayos, sobre cosas de las que no sabía absolutamente nada: la
prostitución, la homosexualidad. Mirándome desde ahora,
creo que eso fue una muestra precoz de solidaridad con los grupos discriminados.
Tras haber leído mis obras maestras, uno de esos turcos le dijo
a mi padre, «con todo respeto por su cultura» que no se explicaba
cómo permitía que su hijo, a esa edad, escribiera «esas
porquerías». Fui a mi habitación y rompí cuanto
había escrito. Mi padre, que entró en la habitación
en ese momento, me dijo «¡Bravo! Te felicito, pretendes ser
escritor y reaccionas así frente a la crítica». Creo
que eso sirvió para que no me interesara en absoluto la crítica
literaria relativa a mí. Me interesa, sí, la opinión
del lector.
—ECP:
Bueno, y en ese sentido, después, cuando deja de ser un adolescente
y ya la vocación o la pasión de los inicios se convierte
en una manera de vivir, en una forma de estar con los pies sobre la tierra.
¿Cómo es esa instancia en nuestro medio?
—JEA:
No sé cómo sucede con los demás; conmigo hubo un
período, que puede prolongarse hasta los 16 años, de una
suerte de escritura instintiva, actividad sentimental más que intelectual;
no había aún conciencia de que todo debe pasar por la criba
del pensamiento. Incluso ahora, los adolescentes, a la primera decepción
amorosa nos entregan un folleto o un libro de versos; a la segunda decepción
parecen darse cuenta de que la poesía les fue tan esquiva como
la muchacha y, por suerte, no tenemos un segundo libro. Creo que ese fue
también mi comienzo. Me avergonzarían si los hubiera publicado.
Mi padre dirigía la revista Oasis y yo comencé
allí con trabajos de crítica, y muy rara vez algo que con
la insolencia y la audacia de la adolescencia llamaba poemas (…)
Pero así encontré amigos, poetas realmente importantes como
César Dávila Andrade y Efraín Jara Idrovo. Nos reconocíamos
como parientes, miembros todos de una familia; al descubrir un poema era
necesario convocar a los amigos del grupo Madrugada para comunicarles
el ‘Relato de Sergio Stepansky’, de León de Greiff,
y leerlo entre todos, o algún poema de Miguel Hernández
o de Maiakowski, en una avidez, una devoración de poesía.
A los 18 años me fui a Chile y gracias a una amiga di con un grupo
de poetas chilenos, la Alianza de Intelectuales de Chile (…) En
mi habitación no tenía sino botellas, generalmente vacías,
y libros que llevé de Ecuador. Cuando me puse a leer lo que estaban
haciendo en esa época los chilenos, no mostré uno solo de
los libros de poesía ecuatoriana que había llevado. Aquí
no habíamos tenido prácticamente surrealistas, y aquellos
estaban superando ya el surrealismo. Y aprendí mucho, no sólo
de la lectura, sino del contacto personal con Juvencio Valle, que llegó
a ser un gran amigo hasta su muerte; con Ángel Cruchaga Santamaría,
que era el gran poeta que todos respetábamos; el primer Premio
Nacional de Literatura Chilena se lo dieron a Neruda y se decía
que lo cedió a Cruchaga Santamaría porque se lo merecía
más. Yo creo que lo necesitaba más. Coincidentemente, Ángel
se había casado con una de las inspiradoras o la que más
inspiró los 20 poemas de amor de Neruda. Creo que su gesto
era de una hermosa solidaridad y fraternidad (…) Luego, a la salida
de una conferencia de Pablo, ‘Viaje al norte de Chile’ (había
publicado ya Viaje al corazón de Quevedo y otros viajes),
cuando me acerqué a abrazarlo, me preguntó si quería
hacerle de secretario y, claro, al día siguiente era su secretario
y viví durante dos años en el universo Neruda (…)
Eran casi 24 horas al día en su universo, en su casa, con sus cosas
recogidas por el mundo entero, con sus libros. Y con su poesía:
debía pasar a máquina sus poemas, hacer copias para revistas
a las que debía colaboraciones o entrevistas, corregir pruebas
de libros. Esa labor me fue muy útil, pero también me hizo
daño, me costó mucho sacudirme de encima su influencia,
que era como la sombra de un pájaro de inmensas alas que cubría
toda la América. Lo de nerudiano parecía ser el segundo
apellido mío, el de mi madre, Jorge Enrique Adoum Nerudiano.
—ECP:
¿Cuántos años tiene usted cuando aparece su primer
libro de poesía?
—JEA:
Fue en 1949, Ecuador amargo, cuando tenía 23 años.
—ECP:
Pero entonces, usted, quiera que no, empieza por el ensayo, haciendo prosa,
pero este contacto vital con el grupo de poetas ecuatorianos contemporáneos
suyos del grupo Madrugada, y después con los chilenos, es lo que
le motiva a elegir la poesía. ¿Por qué la poesía
y no otra cosa? ¿Por qué no continuar con los estudios de
Derecho, por ejemplo?
—JEA:
Terminé los estudios de Derecho, pero me negué a ser abogado.
En aquella época, estamos hablando de fines de los años
40, para vivir de la profesión de abogado había que defender
las causas patronales, o a las empresas extranjeras. Mi padre, que no
entendía mi actitud, insistía en que el título de
abogado iba a abrirme muchas puertas, pero yo aspiraba a otro título.
No me entendió nunca, y creo que se sintió defraudado por
mí; en lugar de seguir su orientación esotérica,
me fui sin querer al otro extremo. No creo que haya sido la consabida
rebelión contra el padre, pero, siendo él místico,
masón, rosacruz, no sé, me fui hacia el otro extremo, el
del materialismo dialéctico e histórico (…) Sí,
la poesía fue mi gran tentación, y ojalá algún
día la alcance. Pero he estado permanentemente escribiendo prosa:
hice periodismo desde los 18 años, ya en Chile con comentarios
de cine, por ejemplo, y cuando volví al Ecuador, en 1948; luego
hubo los diarios que fundaron Benjamín Carrión y Alfredo
Pareja, en los que hacía la crónica cultural. Después,
escribí mucha crítica literaria en Letras del Ecuador.
Creo tener también una gran pasión por la prosa.
—ECP:
Y por eso están las novelas y sus libros de ensayo.
—JEA:
En la búsqueda de la poesía, hay un error muy generalizado,
el de creer que la poesía es un reducto privativo del verso, del
renglón corto. En primer lugar, creo que la poesía está
en la vida, en un atardecer, una mañana de sol, una muchacha que
pasa, un niño que juega, una flor que se abre, el espectáculo
del mar... Incluso solemos diferenciar una obra de pintura diciendo de
un cuadro que es un poema, y lo mismo sucede con la música, y no
me refiero a los llamados poemas sinfónicos. Yo he encontrado en
el ámbito popular esa concepción, cuando se dice de una
mujer que es un poema, y he oído decirlo de un plato de comida.
No puedo concebir una obra de cualquier arte sin poesía, no creo
que haya una novela de valor que no tenga capítulos, párrafos,
frases poéticas. Creo que Pedro Páramo es un largo
poema escrito en prosa. No es la poesía, sino el verso lo que se
opone a la prosa. Porque en la prosa puede y debe haber poesía.
Son ejemplo de esto los ensayos de Octavio Paz, las narraciones de Borges,
y creo andar en esa búsqueda desesperada de la poesía en
la vida y en todos los géneros artísticos y literarios.
—ECP:
Usted decía que al convertirse en materialista, de alguna manera,
fue a colocarse al otro extremo de su padre. Pero parece que la poesía
con lo que más tiene que ver es con lo visionario y hasta con la
magia. Entonces, desde ese punto de vista, finalmente creo que ambos se
movieron en las mismas aguas aunque en diferentes niveles, ¿no
cree?
—JEA:
Creo que coincidió en esa época —estamos hablando
de cuando tengo 15 o 16 años—, cuando descubro simultáneamente
la literatura, el marxismo y el psicoanálisis. Fue como tener las
tres llaves del mundo, aunque después hayan cambiado las cerraduras.
Entonces, ese gran descubrimiento, cuando me sentí con la capacidad
de entender y comprender el mundo, me apartó de mi padre, aunque
nunca estuve muy cerca de él. Su soledad era dolorosa y terrible.
Nos obligaba a ir, a mi hermana mayor y a mí, y a veces también
a mi medio hermano, a unas reuniones o sesiones semanales en su consultorio.
Había unos pupitres triangulares con una vela pequeña cada
uno, vestíamos túnicas blancas, con una cruz de bronce y
en ella la rosa crucificada, al cuello. Se suponía que mi hermana
era la representación de Isis, y mi padre leía textos en
un castellano pedregoso y dificultoso, sin que entendiéramos nada
de lo que leía, lo cual, unido a la penumbra de las velas, nos
daba sueño. Eso terminaba a las once y media de la noche y había
que esperar, con el frío de Quito, el último autobús
que nos llevara de regreso a casa y yo debía levantarme a las seis
de la mañana, para ir al colegio (…) Cuando comenzó
sus prácticas de hipnotismo, me hacía sentar al revés
en una silla y pedalear como si fuera una bicicleta, o me daba a comer
una papa cruda inculcándome, dormido, que era una manzana. Y cuando
despertaba veía a mi madre y a mis hermanos riéndose de
mí, puesto en ridículo. Era tal vez una actitud instintiva
de rechazo, que no fue consciente, no fue una decisión, tampoco
la voluntad de actuar de determinada manera; fue la coincidencia temporal,
con mi descubrimiento de la maravilla de la poesía, el psicoanálisis
y el marxismo.
—ECP:
¿Y en el descubrimiento de esas tres maravillas se puede encontrar
el título de Ecuador amargo?
—JEA:
La mayor parte de Ecuador amargo la escribí en Chile.
Se me ocurre que lo de “ecuador amargo”, se refiere más
que al país a una especie de horizonte, como el «horizonte
de perros» (que «ladra muy cerca del río») de
García Lorca. Ahora compruebo, aunque tampoco ha sido voluntario,
que mi primer libro es Ecuador amargo, y el último (antes
de De cerca y de memoria), es Ecuador: señas particulares.
Como si cerrara un ciclo. Quizás porque siempre llevé al
país adentro y a todas partes. Un poco maldiciéndolo, otro
mucho queriéndolo, no sé. Ahora quisiera que De cerca
y de memoria fuera algo como la conclusión de una vida: dejar,
al final de ella, un testimonio sobre la gente que conocí, la literatura
y el mundo en los últimos 70 años.
—ECP:
Sí, pero, además, sería como los gringos llaman work
in progress, una producción en marcha, porque usted todavía
tiene cuerda para largo ¿no?
—JEA:
Bueno, entre la edición cubana de De cerca y de memoria,
que apareció en febrero, y la ecuatoriana impresa en agosto, he
tenido que incluir la muerte de Roberto Matta, la muerte de Augusto Monterroso
(se me quedó fuera la de Mario Monteforte Toledo) y actualizar
el capítulo final, inicialmente terminado en diciembre de 2002,
cuando aún no había sucedido lo de Iraq, y el actual fechado
en junio. Sí, tal vez en cada edición haya que seguir añadiendo
muertes y el paso de los hechos en el mundo.
—ECP:
Antes ya mencionó algo del planeta Neruda ¿Cómo ve
ahora, desde la orilla del 2006 esa convivencia con el poeta de Isla Negra?
—JEA:
Neruda fue el primer monumento que conocí y a los 18 años,
ver cómo vive un dios de la poesía. Para comenzar, su casa
era ya algo que deslumbraba: su colección de artesanías
del mundo entero, su biblioteca, y su modo de ser. Seguimos viéndonos,
durante más de 30 años, con cierta frecuencia, particularmente
en Europa. A Ecuador vino una sola vez, lo recibí en Guayaquil,
donde estuvo menos de 24 horas (…) Era interesante ver cómo
a su casa llegaba gente de todo lado. Ahí conocí a Nicolás
Guillén, a Miguel Ángel Asturias, a Rafael Alberti, a Violeta
Parra... Yo, con 18 o 19 años, oía y escuchaba, sin saber
entonces que ellos llegarían a ser amigos míos. Pero los
conocí allí y Pablo solía ponerme en antecedentes
«Va a venir Miguel Ángel Asturias, un gran novelista guatemalteco;
su libro El señor
Presidente acaba de salir después de haberlo tenido inédito
no sé cuantos años...». Recordar que nos habíamos
conocido en casa de Neruda era una magnífica tarjeta de presentación
y eso debe haber contribuido a la amistad íntima que hubo después
con algunos de ellos.
—ECP: ¿Y cuándo es lo
que siente que realmente se lo ha quitado de encima?
—JEA:
En Los cuadernos de la tierra, particularmente a partir de Dios
trajo la sombra, que es el tercero de esos Cuadernos... Nunca
hablamos de ello, pero no creo que a Pablo le hubiera gustado mucho esa
distribución del tesoro de Atahualpa, en libras, marcos y dólares.
—ECP:
Justamente cuando gana el Premio Casa de las Américas, en la primera
convocatoria de 1960, un gran Premio…
—JEA:
Sobre ese premio tengo algo que decir. Inicialmente el jurado lo integraban
Nicolás Guillén, Benjamín Carrión y Pablo
Neruda, quien se excusó a última hora, y nombraron en lugar
suyo a Virgilio Piñeira; de ahí que fuese la única
vez en la que en un jurado de tres personas hubiera dos cubanos (desde
entonces hay dos en un jurado de cinco). Cuando me dieron el premio, Virgilio
Piñeira dijo que Nicolás Guillén había querido
premiar a un correligionario y Benjamín Carrión a un compatriota,
y que él creía que debían dárselo a un cubano.
De modo que él proponía lo que criticaba a Benjamín
(…) Hubo luego un incidente; me pidieron que enviara las especificaciones
tipográficas, porque es un texto en que se juega con las cursivas,
las mayúsculas, signos monetarios, en fin... El libro se estaba
imprimiendo en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, pero en cuanto envié
el texto al concurso suspendí la edición (…) Envié,
en lugar de una lista de indicaciones gráficas, un ejemplar impreso,
aún sin doblar los pliegos y sin portada, como modelo. Y esto creó
un nuevo problema; Nicolás Guillén me puso una carta diciéndome
que no entendía que yo, su hermano, su compañero, le hiciera
quedar mal, habiendo hecho votar por un texto que no se atenía
a las condiciones del concurso, porque debía ser inédito.
Le contesté, devolviendo el cheque del premio, diciéndole
que consultara en un diccionario el significado de inédito. Luego,
alguien, supongo que el propio Nicolás, llamó a la Casa
de la Cultura, cuyo presidente le dijo que el autor, que era al mismo
tiempo director de la editorial, había suspendido la edición
del libro. Guillén escribió un artículo titulado
‘Vuelve el acero a su vaina’, significando que no había
pasado nada. Pero el artículo de Piñeira, no el de Nicolás,
se reprodujo en Guayaquil y en Quito.
—ECP:
Solamente como correlato, ¿qué le parece esa especie de
desvelamiento que le han hecho los poetas jóvenes cubanos a Piñeira?
Como que recién lo empiezan a leer y a mostrar cierta devoción.
—JEA:
No lo he sabido, pero me parece justo. Virgilio Piñeira fue un
gran escritor. Los cubanos suelen hacer reiteradamente esa revisión
de sus autores. Poco después de muerto Severo Sarduy, quien se
mantuvo siempre alejado, no sólo de la revolución, sino
también de Cuba, y con quien trabajé e hice amistad en París,
hubo un ciclo de cuatro días sobre su obra, en Casa de las Américas.
Son incontables los encuentros sobre Lezama Lima, Alejo Carpentier y otros.
Tal actitud me parece admirable e imitable. Nosotros enterramos demasiado
pronto a nuestros escritores, a veces antes de que mueran, y después
de muertos los dejamos allí hasta que se cumplan cien años
de su nacimiento, para entonces acordarnos de que existieron. Me dan pena
los días de conmemoración puesto que son la prueba de que
los demás días se los olvida. De ahí que me parezca
muy sano lo que hacen los amigos cubanos, inclusive con gente que no ha
sido íntegramente simpatizante o partidaria de la revolución.
—ECP:
Uno de los temas, además, del Ecuador que siempre lo lleva a todas
partes, para usted, también es el amor. Incluso en El amor
desenterrado, trata de capturar una instancia amorosa casi mítica,
pero hay otros textos como esos donde aparece ‘Prohibido fijar carteles’,
de temática cotidiana con un lenguaje más suelto. Quisiera
que nos hable de cómo se van fijando esas sensibilidades que forman
su poética.
—JEA:
En 1963, gracias al Programa Principal de la Unesco de Conocimiento de
los valores culturales de Oriente y Occidente, fui a Egipto, India, Japón
e Israel. El día en que llegaba a Jerusalén me enteré
por la radio de un golpe de Estado en Ecuador. Y el presidente de la Junta
Militar hizo decir, por medio de su mujer a mi mujer —ya que habíamos
sido amigos—, que me aconsejaba no volver, puesto que no podía
garantizar mi integridad física. Mandé a decir al imbécil
que era la única integridad contra la que él y sus militares
podían atentar, puesto que la otra, la integridad moral, sólo
yo la podía destruir. Y no pude volver: me quedé, según
esa expresión popular tan gráfica, como perro en canoa.
Sin saber a dónde ir (…) No podía volver a Japón,
donde tenía muchas proposiciones de trabajo, porque no tenía
dinero; no podía volver a Ecuador, porque no me dejaban volver.
Recordé que una hermana mía vivía en París,
y desembarqué allí como hermano pródigo. Y me fui
quedando: trabajé en la Oficina de la Radio y Televisión
de Francia, en las Ediciones Gallimard, después en Ginebra, en
las Naciones Unidas; luego, de nuevo en París, en la Unesco. En
resumen, mi periplo de seis meses duró 24 años (…)
Viví la realidad europea con una visión de latinoamericano,
con una actitud de sudamericano, y junto con el alejamiento geográfico
hubo también un distanciamiento de cierta concepción de
la literatura. Me di cuenta de que en la vida tengo un gran sentido del
humor, para hacerlo y para recibirlo, pero frente a cada página
ponía una severidad de juez como si fuera siempre la primera o
la última que iba a dejar escrita. Entonces, incorporé ese
sentido del humor a la escritura, para por primera vez no ser tan solemne.
Sucede que ver el país de uno desde la distancia amplía
su visión, ya no hay árboles que impidan ver el bosque (…)
En París me tocó vivir el único acontecimiento histórico
en el que he participado: Mayo del 68. Fue, primero, por adhesión
a la causa de los estudiantes y, luego, porque habitaba un studio a dos
cuadras de Montparnasse, donde sucedían todos los encuentros con
la policía. Y eso contribuyó a ampliar la visión
que antes estaba limitada a la historia, el paisaje y la vida cotidiana
del Ecuador, a más de todo el cargamento de imágenes y experiencias
de Japón, de la India, de Egipto que aparecen en los textos que
escribí después (…) Respecto de Los cuadernos
de la tierra, con la audacia de la juventud, anuncié ocho
volúmenes y me quedé en cinco, tal vez porque recordando
la Colonia me pareció que seguíamos allí mismo, con
todas sus taras: el irrespeto del otro, la superstición, la sumisión,
la explotación. Era un período en el cual en Ecuador no
pasaba nada, no había ideas, no había ideologías,
no había movimientos que las impulsaran.
—ECP:
Usted sabe que Octavio Paz criticó no sólo a los regímenes
que él llamaba totalitarios como los de Cuba y Rusia, sino también
a los escritores que siempre han estado con la causa de la revolución
cubana. ¿A usted le parece que en realidad hay algo así
como divisiones ideológicas con los escritores? Digamos: Neruda
fue militante del partido comunista, más contemporáneamente
podemos nombrar a un gran amigo suyo, Juan Gelman, que con su actitud
combativa, últimamente ha logrado esclarecer los crímenes
de la dictadura argentina que atañen a su familia. Pero ahora los
límites izquierda-derecha ¿piensa que han variado, o cómo
sería, pues antes, a Borges y a Paz se los llamaba reaccionarios,
y progresistas a los escritores que estaban con la izquierda o a la izquierda?
—JEA:
Creo que se trata de casos individuales, personales y distintos. Octavio
estuvo con la revolución cubana al comienzo; hay una correspondencia
de Carlos Fuentes con Roberto Fernández Retamar, acerca de una
visita de Octavio Paz a Cuba. Octavio tuvo una actitud magnífica
cuando, siendo Decano
del Cuerpo Diplomático en Japón, le pidieron de México
un poema para los Juegos Olímpicos, en el año 68, y él
escribió uno sobre la matanza de Tlatelolco. Había sido
él muy generoso conmigo en Tokio, pasó por París
y fui a felicitarle por haber renunciado a su puesto. Luego adoptó
otra posición, dolorosa para nosotros, respecto del movimiento
zapatista de Chiapas (…) De Juan Gelman no he sabido que haya cambiado,
siempre tuvo una actitud militante, casi armada diría yo, en un
movimiento personal de resistencia a las dictaduras (…) En cuanto
a Vargas Llosa, por favor... Hace poco recordaba alguien, en una entrevista,
una frase suya: «Hay dos cosas sobre las cuales yo no transigiré
jamás en mi vida: la revolución cubana y Flaubert».
Después transigió. Porque yo lo había visto criticar
a Cortázar y a García Márquez por no ser militantes
de un movimiento realmente revolucionario, como se consideraba él.
Ahora es difícil creerlo. Por eso digo que cada caso es distinto
(…) Respecto de los sucesos de abril en Cuba, creo que todos, todo
intelectual, todo ser humano, está contra la pena de muerte. Lo
curioso es que reaccionan frente a la condena de tres, no sé como
llamarlos..., que según el comandante Fidel Castro crearon una
situación de vida o muerte para ese país. Pero a quienes
criticaron esas ejecuciones nunca los vi, a ninguno de ellos, diciendo
nada cuando Bush, como gobernador de un estado, en un año ordenó
la pena capital para más de 120 condenados. Y hay algo más
grave: Cuba está amenazada de muerte a plazo más corto o
más largo. Es curioso que no tengan en cuenta la condena a muerte
de todo un pueblo, de un país entero, y sí la de tres, llamémoslos
delincuentes, por facilidad.
—ECP:
Justamente por los acontecimientos de abril en la isla, hay un movimiento
en términos de recolección de firmas y de hacer llamados
a la opinión pública de una serie de intelectuales, sobre
todo de Europa, para reclamar por los derechos humanos en Cuba. ¿Le
han llegado estas notas pidiéndole su solidaridad?
—JEA:
Yo estoy entre los firmantes de un llamamiento ‘A la conciencia
del mundo’. Lo propusieron un grupo de intelectuales mexicanos,
y entre los firmantes están Leopoldo Zea, Víctor Flores
Olea, Jaime Labastida, y también Mario Benedetti, Eduardo Galeano,
Thiago De Mello, dos Premios Nobel de Literatura —García
Márquez y Nadine Gordimer—, dos Premios Nobel de la Paz —Rigoberta
Menchú y Pérez Esquivel—. Hubo, hasta cuando lo supe
la última vez, más de 4.000 firmas, que también cuentan,
¿no?
—ECP:
Para cerrar, y con la alegría de tenerlo en mi casa, agradeciéndole
su generosidad y su tiempo, volvamos a la poesía. ¿Todavía
es posible que la poesía pueda, si no cambiar, al menos estremecer
el espíritu humano para enrumbarlo por mejores días, en
estos tiempos de cataclismos?
—JEA:
Si es posible, no sé, que es necesario, sí. Pero si no fuera
posible no tendría una razón válida para seguir viviendo.
Creo que cuando más se hunde el nivel moral, intelectual, ético,
político de la humanidad, que es a lo que estamos asistiendo, mayor
es la responsabilidad y el poder de la poesía. Luis Cardoza y Aragón
decía de ella que es la única prueba concreta de la existencia
del hombre. Los poetas nos dan algo necesario, indispensable, que le da
sentido a la vida. No creo que la humanidad pueda prescindir de la poesía,
de todas las formas de poesía. Supongo que la pregunta se refiere
a la poesía escrita, que llega a la gente de muchas maneras, por
una carta, por una canción, por un rinconcito en alguna revista
o periódico. Hay alguien que recibe ese mensaje, y cada uno de
nosotros tiene una pequeña, pequeñísima parcela de
poder, frente al hijo, a un hermano menor, al amigo. Y si cada uno de
nosotros ejerciera ese mínimo poder para tratar de que haya un
mundo mejor, para tratar de que vivamos mejor, de que pensemos o sintamos
de mejor manera, ese poema, ese renglón, ese verso, ese poeta,
a veces desconocido, habrán contribuido a que se vaya haciendo
ese mundo.
Ofrecemos
dos textos inéditos de Jorge Enrique Adoum:
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EL AMOR DESENTERRADO
La
doctora Karen E. Stothert, profesora de la Universidad de
Fordham, en Bronx, Nueva York, acompañada de Paula
Rogasner, de la Universidad de Guayaquil, y de Eugenia Rodríguez,
Marcelo Villalba e Iván Cruz, de la Universidad Católica
de Quito, con los auspicios del Museo Arquelógico
del Banco Central del Ecuador, descubrió en la península
de Santa Elena, provincia del Guayas, un cementerio paleoindio
—el más antiguo del Ecuador y uno de los primeros
de América (8000 a.c.)— con varias clases de
entierros y ofrendas. Un excepcional hallazgo fue el de
los llamados “amantes de Sumpa”: dos esqueletos
ligados en actitud amorosa sobre los cuales se han colocado
algunas piedras, al parecer después de su muerte.
De los periódicos
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…porque
en el paleolítico debo haber sido muy niño todavía
preguntón, curioso y lleno de presagios del ser tercero que
forman
dos personas mayores
cuando se encierran con llave o con la noche
y la tierra hubiera esperado diez mil años hasta que yo crezca
y
comprenda
para mostrarme ahora a la intemperie esto:
la primera pareja como dos palabras juntas
con un breve vacío donde estuvo un día el guión
varonil
(hembra la conjunción copulativa),
anudados hasta hoy, amor fosilizado, estatua viva encajonada,
mientras nosotros, voyeurs del siglo XX, viejos a cualquier edad,
con nuestro muerto amor a cuestas,
removiendo tablones, telas de nylon, piedras que las sostienen,
y acostándonos junto a ellos para atisbar la inmodesta y
duradera
amarra
que no acaba jamás en estallido,
nos hundimos el corazón para que no se avengüence
frente a ese amor que existe todavía
en estos esqueletos de anteayer en los que yace
igual que la ternura que cayó de la caricia al hueso
*
Como si corriera
hacia atrás, cayendo y tropezando, o también hacia
abajo
en busca del primer gesto con que empezó la interminable
sucesión de cuerpos que arracima el delirio
y me encontrara con esta lección de barroca arquitectura
ósea que
echó a perder la historia
o, sicoanalista de la tierra, indagando en qué capa, a qué
profundidad del tiempo
vinieron a incrustarse estas conchas llenas de arena
como la oreja de una bañista acostada en la playa.
Quizás la
mar (ya sólo olor distante de mujer la mar),
ahora penetrada por una lengua de arenoso territorio,
alargaba entonces sus brazos para tocar esta axila de ceniza
(hace siglos tal vez bajo estas dunas de espinas y petróleo
hubo una tierra verde donde llovió como iba a llover en el
Antiguo Testamento
y no volvió a llover jamás vaciado para siempre el
cielo)
y aquí se lavaba la mujer apegada al varón antes del
gozo y después del sueño.
*
Huesos de recién
nacido o de recién muerto hace tiempo:
con esto puedo imaginar qué poco basta
para formar dos cuerpos y hacer visible su sentido,
qué poco también para dos muertes juntas.
Yo he sufrido semanas
de diez días y años de catorce meses
pero estos siglos fueron cortos:
aún nos quedan pétalos de las costillas, juncos los
de las piernas
—lo que nos resta de la tempestad corpórea
cuando el viento junta lo que dispersó el viento—,
reprochándonos nuestra culpabilidad de seguir vivos,
estos amorosos caídos juntos en la refriega contra el deseo,
como si el frotamiento de la piel con la piel les hubiera desnudado,
pedazos de una luna creciente y otra menguante,
ensamblados por una complicidad secreta de su movimiento,
radiografía de lo que fuimos y debimos seguir siendo.
Por esa peregnidad del cuerpo, peregnidad del acto
¿era ya el amor que desaprendimos con el tiempo y que hoy
ya no es o no es todavía?
¿qué pasó entre el amor y nosotros, qué
río agrio o fuego frío?
¿se era entonces hombre y mujer para ser completo
cuando aún no era cacería la pareja?
¿se escogía (“quiero morir contigo”) a
la persona
con la que uno iba a vivir toda la muerte,
naúfragos intrusos en el subsuelo para ver desde abajo
cómo anda el pobrecito amor fugaz en el país de arriba,
y quedarse así embisagrados,
oyéndose para siempre el último parpadeo,
viéndose para siempre el último latido,
condenados a morir a amor lento
sin los tristes despueses del desacoplamiento?
*
Echado a perder
por los siglos de mi época y los años de mi culpa
¿debo imaginar encuentro de una inocencia clandestina
contra propietarios de mujeres antes que de ganado,
o una conspiración de ángeles jóvenes contra
hechiceros,
caciques, policías?
O en la geometría de la pasión ¿solo una lujuria
marginal y loca
(porque antes de nosotros la cúpula era secreta)
y en lugar de la lenta y torpe carpintería conyugal de
apuntalamiento
(cuando uno se desviste y por vez primera se observa
cada noche en la piel la vejez que envejece
para amanecer a la decrepitud del día)
caricias borrascosas para ganarle tiempo al orden?
(y la venganza de esa unión viene durando
más que el orden que los mató y que este otro orden
que nos mata todavía)
¿o era ya subersiva la ternura? ¿era ya ahora,
desde siempre como siempre,
siempre contra el amor la tribu
(y nosotros formando parte de la tribu)
porque siempre la pareja es minoría?
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DECLARACIÓN
DE AMOR EN LA PIEZA DE AL LADO |
Te
voy a contar una cosa: a veces no tuve madre sino una señora
que me había dado a luz. Mi padre era ferroviario de nacimiento:
cuando estaba en casa se acostaba temprano y leía, todas
las noches que duró su cautiverio, tarifas de pasajes, fletes
de carga, distancias de ida y vuelta de Huigra a Naranjito, de Bucay
a Columbe, de Alausí a Durán. La señora, al
filo de la cama de su desencuentro, se empeñaba en no dejar
morir nuestras camisas. No hablaban sino de números a gritos.
Nos gritaban para hacernos crecer. Porque había hijos, multiplicación
por cinco del rencor y del ayuno. Las hermanas se ponían
un duelo oportuno por la defunción sucesiva de sus vestidos
y los varones faltábamos a la escuela para comer. Recuerdo
que él estaba siempre yéndose explorador o fugitivo,
y no se iba, a otro país a buscar la supervivencia de su
tribu. Ella se abrazaba a sus piernas memorables para
que no la dejara mitad sola. Y viéndonos ahí, culpa
presente, los cinco repetíamos: “Perdón papá,
perdón”. Después crecí y comprendí
que eso era la pobreza.
Por la noche, a veces, antes de cerrar
su puerta ella llevaba sin sigilo un jarro de agua y una toalla.
Después crecí y supe que eso era amarse. Nosotros
no seremos así porque no hablaban y hacían el amor
y, como ya dije y ya se sabe, no por eso quedaba hecho y los hijos
veíamos los accesorios de lo que debió haber sido
injustamente triste acoplamiento. Nosotros no hemos de ser pobres.
Él era solitario. Cuando oía
la llamada del tren, su único adulterio, nos odiaba y se
golpeaba contra la celda en cuyos muros marcaba el número
de días que las bocas pedigueñas y amas le robaban
su paisaje. Por eso, después de siglos de silencio, se le
caían de la boca nombres de estaciones, de barcos, de ciudades.
Digo yo, porque daban vértigo y no eran de mujer.
Ella era sedentaria obligada. ¿Cómo
es irse? Le preguntó una vez que hablaron. Queda lejos dijo
él. Y no le contó nada del páramo, Dios mío,
nada de su aire mordido entre pajonal y lluvia, no le habló
del bajío ni de su blusa abotonada de luciérnagas.
Yo le tengo ternura: la pobre nunca supo que hay arenales más
allá del río, jamás nada del mar, huérfana
suya.
Así la una soledad dormía
junto a la otra desesperanza y cada una se quedó sin compañía.
Él madrugaba a su horario,
estaba el alba en el miedo a los descuentos, no en el cielo. Yo
iba temblando a la puerta celestial de la panadería e imaginaba
cómo se odiarían a esa hora mirándose los silencios
y los cuerpos por haberse tocado la víspera en la oscuridad,
como con miedo. Nosotros no seremos así.
Mira, mejor no seamos nada. Porque
hubo una fotografía: una mujer y un hombre, amándose
para siempre como suele suceder en los retratos. Y habían
sido ellos amor, eran sus cadáveres. |
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