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—EMILIO
COCO: Con la de traductor. Yo he dedicado a los demás la práctica
totalidad de mi vida literaria. Cuando me preguntan sobre mi quehacer
poético, yo contesto, bromeando, que escribo poesía cuando
me canso de traducir, lo que pasa muy raramente. «tus versos no valen un pimiento / de esto eres consciente pero te sirven / para la nota del próximo cuaderno / sobre las poetisas iberoamericanas / que podrás comenzar de este modo: / Antólogo, poeta y traductor.
—EC:
Como traductor y como crítico, conozco bastante bien la realidad
poética de mi país, porque traduzco también del italiano
al español. He publicado en España seis antologías
de poesía italiana contemporánea, una de ellas en colaboración
con la poetisa cordobesa Juana Castro. Es un trabajo ímprobo, porque
es raro que se conozcan bien dos lenguas. A veces el que se alaba de saber
bien la una y la otra, termina por cojear en ambas. Sea como fuere, traducir
a una lengua que no es la tuya propia, es muy gratificante si la operación
final resulta de buen nivel (…) Volviendo a tu pregunta, la poesía
italiana actual posee, a mi parecer, una singular vitalidad y orientación
dentro de Europa. Alterna coherentemente varias vías de expresión,
que han renovado lingüísticamente el género: la estética
realista, de sentido ético y capacidad crítica; la escritura
artística lacónica y altamente lírica, fragmentaria
y subjetiva; las experiencias neovanguardistas del grupo 63 y de los “Novissimi”.
Me atrevería a afirmar que, por su riqueza y calidad expresiva,
la poesia italiana está, en este momento, entre las mejores, quizás
la mejor, de Europa. |
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—MARIO CUENCA SANDOVAL: Los elogios inmerecidos, la vanidad, la posibilidad de distraerse del propio camino. Hay que escuchar a los que entienden, sin duda. Pero los cantos de sirena son demasiados y, además, no están armonizados entre sí, no son un coro. ¿Confías en tu propio proyecto poético? Eso debería bastarte. —ECP: ¿Cuál es en su caso el punto de inflexión donde su persona pasa de la concepción de la poesía como algo relegado a la estricta intimidad a la decisión de probar suerte en el mundo literario y correr el riesgo de que le lean a uno? —MCS: No hubo ningún punto de inflexión, ningún tránsito, sólo un momento en que consideré que tenía algo digno de publicar, por lo menos algo sincero y coherente. Creo que mi única virtud ha sido no tener prisa. Nunca me interesó ser un “poeta joven”, ya me entiende. —ECP: Como poeta se ha dado a conocer a partir de ganar varios premios literarios, concretamente el Premio Surcos de Poesía (2004) y el V Premio Vicente Núñez (2005). ¿Cuál cree que es el papel de los premios literarios en la actualidad y qué valoración hace de ellos? —MCS: Son necesarios. Constituyen una vía de acceso a la publicación para los desconocidos. También es cierto que (en el supuesto de que sean limpios) es preciso que se dé una extraña alineación de planetas para que un libro resulte premiado. Puedes tener un buen libro y no sintonizar en absoluto con la poética de los miembros del jurado. Por eso, nadie debería poner su autoestima en los premios. Yo, al menos, no pienso hacerlo.
—MCS: No se me ocurren razones para alistarme al bando de los detractores. Por el contrario, se me ocurren decenas de aspectos en los que internet ha enriquecido la experiencia creadora, la experiencia lectora y la propia edición. —ECP: ¿Se atrevería a hacer un diagnóstico de la realidad poética nacional? ¿Y alguna profecía? —MCS: No más allá de cuatro generalidades. Creo que estamos en crisis, en el sentido de “puesta en cuestión”. Creo que estamos en tránsito. Se ha abierto también un proceso de apertura a otras tradiciones poéticas frecuentemente ignoradas aquí. Desgraciadamente, esa apertura aparece en muchos poetas jóvenes vinculada al desprecio por la propia tradición. Lo cual es también un error. Una tradición poética cerrada sobre sí es tan estéril como el papanatismo. Y no doy nombres. —ECP: ¿En qué medida afecta a su formación como escritor el haber pertenecido al grupo poético Nochedumbre de Priego de Córdoba? —MCS: Nochedumbre fue mi adolescencia literaria. Como todo adolescente, yo era ingenuo, conflictivo y sujeto de filias y fobias excesivas. El adolescente se cobija en su pandilla, y Nochedumbre fue la mía. Buenos tiempos. Qué más puedo decir. —ECP: Mario Cuenca Sandoval es profesor de filosofía en un instituto de secundaria. ¿Qué relación tiene su poesía con la filosofía? —MCS: Si por filosofía se entiende un discurso sesudo, hermético, elaborado en un lenguaje inaccesible a los no-iniciados, mi poesía tiene poco que ver con eso. Por el contrario, tiene mucho que ver con Spinoza, Schopenhauer y, por supuesto, Nietzsche, y prefiere a todos los que tienen algo importante que decir sobre el dolor y el deseo. Desea, como Spinoza, poner las pasiones sobre una mesa iluminada, contemplarlas. Por lo demás, el imperativo de claridad y comunicación que me guía a la hora de impartir clases rige también en el discurso poético, siempre que esto no desemboque en una vulgarización o simplificación de las cosas. ¿Puede lograrse esto, ser claro y ser riguroso? —ECP: Háblenos de sus lecturas, de aquel escritor al que en alguna ocasión maldijo por escribir brillantemente lo que usted hubiese deseado escribir, de sus influencias, de sus referentes.
—MCS: El miedo es un principio explicativo. Muchas de nuestras conductas mezquinas son producto de miedos inconfesados, inconfesables. Es más que eso: un principio ontológico. La realidad y el miedo forman un binomio peligroso. Un animal acorralado tiende a preparar un ataque. Y nosotros somos, en parte, como animales acorralados. —ECP: ¿Cree que vivimos en la sociedad del miedo? ¿Ese miedo nos hace menos libres? —MCS: Secuestra la lucidez, y con eso nos hace menos libres, en efecto. Goebbels sabía que el miedo era una herramienta política. El problema es que el miedo es rentable (José Carlos Rosales tituló así un libro suyo: Miedo rentable). ¿Existe otra forma de domesticación superior al miedo? Y empleo aquí la palabra “domesticación” en su sentido literal: nos recluye en casa, nos aparta de la plaza pública (es lo que en la filosofía helenística se llamó “oikeización”). —ECP: Me llama la atención la presencia del mundo de la infancia en varios de los poemas de libro. Usted escribe: «Todo lo que uno sabe lo supo ya de niño». ¿Es usted un nostálgico de la infancia, un ser humano decepcionado o es simplemente un juego literario? —MCS: No, no idolatro la infancia. Lepoldo María Panero aseguraba que «en la infancia se vive, después se sobrevive». No estoy de acuerdo. Si se piensa bien, la infancia es un periodo lleno de sobresaltos y frustraciones. Más que un ejercicio de nostalgia, mi interés por ella responde a un interés arqueológico (en el sentido de Foucault). A mí no deja de sorprenderme reconocer, cada día, la raíz de un rasgo de mi personalidad en el pasado. Mientras más nítida se dibuja la prehistoria de lo que somos, pensamos y sentimos, más seguro estoy de que «todo lo que uno sabe lo supo ya de niño».
—MCS: En absoluto. Confío en que tenemos posibilidades como especie, pero todo el mundo tiene “horas bajas” ¿no? Lo que me extraña es que hayamos asumido, así, sin más, esta extraña forma de vida, esta pleitesía a la productividad, a la rutina, a la mecanización de la vida, que es una especie de “monogamia del alma”, no sé si me explico. —ECP: En ‘Miedo a estar llegando tarde’ dice «Escribir es llegar tarde (y a otra parte)» y nos habla de la brevedad de la existencia, de la esencia turbia de las cosas y del núcleo germinal de la existencia. No me queda claro cuál es ese núcleo… —MCS: Esa condena a la impuntualidad. Escribir es en parte implementar la vida, pero también es renunciar al ahora. Ese núcleo puede ser el ahora. Decía Magris que escribir es transformar la vida en vejez.
—MCS: Hay miedos que paralizan y miedos que ponen en alerta todo el sistema nervioso. Me gustaría pensar que el dolor también es una fuente de energía, una motivación. Me gustaría creer, con C. S. Lewis, «que el dolor es el altavoz que Dios emplea para despertar a un mundo de sordos». Pero me temo que el dolor inútil deja al hombre estupefacto, lo paraliza.
—MCS: Desde luego. La aventura de un libro comienza en tu escritorio, pero, sin una buena distribución, un libro de poesía es un naufragio. Visor tiene un catálogo envidiable, y te aseguro que produce una enorme alegría y al mismo tiempo un enorme pavor que tu nombre aparezca entre el de los grandes. Un sueño, claro. Que levante la mano el poeta novel que no aspire a publicar en una de las editoriales más importantes... —ECP: Gracias a este premio, de cierto prestigio nacional, se le dedican algunas críticas y entrevistas de diversa índole en medios escritos y digitales. Todas reflejan el carácter comprometido de este libro y sobre todo abundan en el giro de tuerca que a este desgastado concepto le da su poesía. ¿Es el “compromiso” de verdad su intención, es una “actitud” o es simplemente una manera de existir? —MCS: No quiero arrogarme actitudes ni heroísmos. En mi vida cotidiana no hago más por los otros que lo que pueda hacer cualquiera. Tengo un compromiso moral con la educación, eso sí (la educación no es sólo una forma de sustento, o no debe serlo). Pero al margen de esto, y de mi colaboración con algunas organizaciones, no voy de “comprometido” por la vida. El libro de los hundidos es una respuesta sentimental y “filosófica” a un contexto social muy concreto, una necesidad de dar un puñetazo sobre la mesa. Es un impulso, no una pose. Aunque también es cierto que no he terminado de explorar el tema social. En Guerra del fin del sueño, un poemario todavía inédito, intento extraer poesía de situaciones sociales muy concretas, tomadas de la prensa diaria. —ECP: El libro de los hundidos es un libro de antihéroes, de derrotados. ¿Qué lecciones nos da la derrota? —MCS: A mi juicio, los perdedores son más lúcidos, más interesantes y más bellos, posiblemente porque los “triunfadores” no suelen administrar su triunfo con sabiduría. —ECP: ¿Cuál es el proceso de selección, el casting que ha realizado para obtener tan variopinta pléyade de personajes poéticos: la muchacha desconocida, George Foreman, Alí, Houdini, el lanzador de cuchillos, el caza recompensas, etc. —MCS:
Los “hundidos” del libro tenían que cumplir varias
condiciones para conseguir un papel en la obra. La primera es que resultaran
dignos de ser salvados, sacados a flote a través de la memoria.
Mientras —ECP: Parece que el Tsunami que inunda los poemas del libro, permítame la broma, también se haya llevado los signos de puntuación… ¿A qué se debe esta concesión literaria? —MCS: A un intento de asegurar la fluidez y la oralidad del texto, nada más. Sin signos de puntación, las palabras quedan como suspendidas en el aire...
—MCS: En realidad, la novela se escribió en el mismo periodo que los dos poemarios de los que hemos hablado. Su redacción comenzó hacia 2003. Así que no es un cambio de registro. Trabajo simultáneamente en poesía y narrativa. —ECP: Un jurado integrado por el editor Javier Fernández, y por los escritores Eduardo Jordá, Hipólito G. Navarro y Antonio Rivero, ha calificado el original premiado como «todo un hallazgo literario». ¿Son palabras mayores, no? —MCS: Y demasiado generosas. Supongo que en la decisión del jurado hay un componente de sorpresa. Y en verdad, Boxeo sobre hielo no es una novela “al uso”. Por eso, a mí también me sorprendió el premio. Un jurado más “conservador” no hubiera compartido esa valoración. —ECP: Ya en El libro de los hundidos, como hemos visto, aparecían personajes del mundo del boxeo (Foreman, Alí). Ahora, Mario Cuenca nos sorprende con Boxeo sobre hielo. De nuevo el tema del boxeo. ¿Qué relación tiene con este mundo?
—ECP: Háganos una breve sinopsis de la novela. —MCS: Soy la persona menos indicada para ello. Podría decir que es una novela sobre la salvación. Los protagonistas son un boxeador enajenado (Larretxi), una artista enajenada (Margot) y un hijo enajenado (Mikel). El conflicto se desarrolla en una franja de tiempo que abarca desde finales de los sesenta hasta comienzos del actual milenio, arrastrando una enorme diversidad de temas relacionados con la enfermedad mental, la violencia, las drogas, la fragilidad. El título hace alusión a eso: a una violencia que se sustenta sobre un suelo frágil y escurridizo. En el fondo, también es una obra sobre el miedo. «El miedo es un programa de autodestrucción», dice uno de los protagonistas. Así que es una novela sobre la salvación, la locura, la violencia, el miedo. Por eso soy incapaz de elaborar una sinopsis como Dios manda; he perdido la distancia sobre la novela después de tres años y pico sumergido en sus aguas (…) Puedo hablar del aspecto formal. Está construida a golpe de fragmentos desordenados, intercalando materiales narrativos que proceden de la historia, la filosofía, el panfleto, etc. Algunos se precipitarán a afirmar que es una novela postmoderna. Bueno, de acuerdo. Pero si usted asocia postmodernidad a frivolidad, como sucede en muchos casos, Boxeo sobre hielo es otra cosa. |
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—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Maestro. Es usted quizá el único poeta contemporáneo que hoy por hoy parece merecer el calificativo, porque es probablemente el único del que se puede aprender tanto acerca de lo que hay que hacer como de lo que no hay que hacer. ¿Qué sensaciones le provoca este calificativo? —ANTONIO GAMONEDA: Por mucha carga tradicional que lleve, la noción de maestro aplicada a poesía no es siempre perfectamente real. El poeta, por una vía más bien adivinatoria, es el que encuentra en sí mismo las respuestas a las preguntas. En todo caso, sí, desde hace algún tiempo, han empezado a decirme amistosamente maestro. A mí eso lo que me ha proporcionado es la certificación de mi vejez, porque, por otra parte, yo sigo tan lleno de dudas como hace cincuenta años. —ECP: El silencio, como se sabe, es parte esencial de su poética. En algún sitio ha dicho usted que necesitó años de silencio para lograr escuchar su propia voz, que se desencadenó así de forma espontánea, y en cierto modo más verdadera. Por tanto, en este sentido, el silencio es el germen de su voz poética, que está dentro de la misma de manera determinante, y la modula. De esta forma, lo que usted parece haber perseguido es establecer una relación vital con el silencio a través de las palabras. Una labor extrema, una apuesta muy elevada. (Pero ¿acaso hay otro camino para la poesía?). —AG:
Yo pienso que el silencio es una necesidad, incluso técnicamente,
como ocurre en la angustia. Es la situación necesaria para entregarse
a la existencia y permanecer en él acumulando intenciones existenciales,
cargando las pilas, por decirlo de alguna manera... En ese sentido sí,
el silencio es quizá una vía necesaria. Está la otra
vía, claro, porque usted me pregunta si hay otro camino para la
poesía... Cabe —ECP: Debido a la espontaneidad de los mecanismos psíquicos que usted acepta en su trabajo poético, o por lo menos que usted no rechaza, se le ha vinculado muchas veces con el surrealismo. Pero usted ha dicho: «Yo soy realista porque los símbolos existen». Más que surrealista, me parece que usted es radicalmente simbolista, lo que por otra parte se encuentra en una misma tradición poética. ¿Se ve a usted mismo como parte integrante de esta tradición que, partiendo del romanticismo alemán, atraviesa el simbolismo para llegar más tarde hasta el surrealismo y de ahí hasta nuestros días? —AG: Está usted apuntando bien. Mi punto de partida me viene dado por el simbolismo francés: Rimbaud, Mallarmé, etc. Ahora bien, transitoriamente, también las vanguardias del siglo XX, que no tienen sentido sin el simbolismo, han tenido peso en mi escritura (…) La noción de surrealista, no sé por qué, me es grata (…) Efectivamente, yo creo en la realidad del símbolo, aunque el símbolo venga a simbolizar —valga la redundancia— algo que se desconoce o incluso que se simboliza únicamente a sí mismo. En las formas avanzadas de la tradición de las que usted habla se parte del simbolismo. Creo que hay que estar en el punto en que se hace avanzar la tradición, no en el que se regresa a estados anteriores de esa tradición. —ECP: Valéry decía que las obras no se terminan, sino que se abandonan. La reescritura como trabajo poético puede llegar a ser así infinita, desembocando en un palimpsesto inagotable. El proceso de reescritura que usted ha llevado a cabo en los últimos años parece tener que ver directamente con la importancia que usted concede al trabajo de la memoria, a los condicionantes que la memoria extiende sobre nuestros recuerdos, y parece que hay en usted un cuestionamiento constante de esta misma memoria, una desconfianza manifiesta… —AG:
Bueno, pues, si usted lo dice, tendrá que ser lo que parece. (Risas)
Y si lo parece, puede que así ocurra. Pero yo no tengo conciencia
de desconfianza en relación con la memoria; no la tengo de una
—ECP: Alejandra Pizarnik concluía que, después de haber leído a los autores españoles, estos no le interesaban porque mayoritariamente desconocían que existe una tragedia en el lenguaje. En mi opinión, y dejando aparte las excepciones, lo que ha pasado históricamente es que los escritores españoles han hecho oídos sordos a esta tragedia, cuya toma de conciencia reclama una exigencia muy elevada al poeta, trabajo que no todo el mundo se muestra dispuesto a realizar. De ahí, a mi juicio, gran parte de la falta de profundidad de la literatura y la poesía española si la comparamos con las de otros países. Una superficialidad que incluso hoy en día se pretende enarbolar como distintivo, pero que mirado desde esta perspectiva representa su fatalidad… —AG: Desdichadamente en España estamos viviendo esto. Hay un minirrealismo que entiende la poesía como entretenimiento, un artilugio con el que la gente pasa el tiempo. Esto necesariamente lleva consigo una superficialidad, un entendimiento trivial del hecho poético. Se opta así por un éxito fácil, porque ciertamente se puede hacer una poesía que sirve para entretener a la gente, ¿no? Y hasta es posible que precisamente por su condición fácil esta poesía resulte mayoritaria. Pero para mí lo que ocurre es que el entretenimiento no es un valor sustancialmente poético. —ECP: Usted creció en un tiempo en el que los libros y las pistolas se escondían del poder en los mismos lugares. Esos tiempos parecen bastante lejanos, no ya en el tiempo, sino en el espíritu. La bajada de tensión es manifiesta por todas partes y el poder parece no tener ya nada que temer de los poetas. Pero entonces, ¿el lenguaje hoy en día debe seguir siendo comprendido como un campo de batalla social? O dicho de otra forma, ¿es posible entender la poesía como un arma subversiva? ¿Considera que merece la pena este esfuerzo? —ECP: Se armó mucho revuelo cuando Zapatero dijo que usted era su poeta preferido, en una polémica a mi juicio bastante grotesca, que destapó los motivos reales de algunos de los conflictos latentes de los poetas españoles y de las luchas por el poder que algunos desarrollan. Por encima de que, como individuo, todo el mundo tiene derecho a sus gustos, ¿cree que se ha perdido el papel del poeta en contra de su sociedad; que el cambalache de premios, congresos y antologías ha desorientado a los poetas en su papel de elemento provocador irreconciliable, ese “anarquista” del que hablaba orgullosamente Mallarmé refiriéndose a sí mismo? ¿Cree que hay alguna esperanza de cambio en este sentido, o en todo caso, considera deseable que se retomara este papel? —AG: Bueno, existe una especie de montaje oficializado de la poesía, pero es una farsa que se manifiesta precisamente a través de los incontables premios que se convocan. Los premios no mejoran la poesía por muchos que se otorguen. La poesía es un producto estético ajeno al mercado. Esto ya es bueno. (Risas) —ECP: Porque la hace más libre, ¿no? —ECP: Nada recomendable… —AG: Claro, eso hace que la poesía caiga aún más en la pobreza. Y la poesía debe ser libre, de una libertad tal y como la entendía Mallarmé. —ECP: Parece evidente que el haber vivido en León le ha permitido permanecer al margen de la ‘miseria de los poetas’, o al menos ésta no ha acabado devorándole como a tantos otros… —AG: Yo creo que me ha ayudado. No he estado nunca en ningún grupo ni he participado de tendencias ni, por tanto, del mercadillo metropolitano de la poesía. He podido hacer lo que yo quiero. —ECP: Todo autor tiene, como lector, obras de cabecera, obras que admira y le han influido en algún momento de su formación. ¿Cuáles serían, en su caso, algunas de esas obras? —AG: Es una pregunta que necesitaría una respuesta muy extensa… Te diría que en mi vida leo indefinidamente La Celestina, a Juan de Yepes (San Juan de la Cruz)… Para mí la obra de Kafka es un pozo inagotable… Podría estar horas y horas respondiéndote… —ECP: ¿Cuándo lee usted? ¿Tiene algún momento del día dedicado exclusivamente a la lectura y otro a la escritura? —AG:
Es frecuente que yo escriba algo, pero tampoco es un hábito diario,
porque yo soy un falso —ECP: ¿Es Blues castellano una bella rareza dentro de su obra, como ha dicho algún crítico? —AG: Yo no sé si una bella rareza, sé que es el libro mío que tiene un lenguaje más realista, pero este lenguaje realista está también en función simbólica casi constantemente… ¿Bella rareza…? No sé si es una calificación adecuada. Ahora, una cosa es cierta, y es que es uno de los libros que yo más amo, que yo más tengo conmigo, aunque sea consciente de que formalmente estoy muy lejano de ese libro ya. —ECP: ¿Se atrevería a dar algún consejo a los jóvenes escritores? —AG: ¡Ah, no! No hay consejos, no hay fórmulas. No hay más que leer a los grandes autores, trabajar, trabajar y fracasar muchas veces para llegar a hacer algo que merezca la pena. —ECP: ¿Y la vanidad, qué papel tiene en el juego literario? —AG: Yo creo que la vanidad es legítima en cierta medida, con tal de que no se pierda la directriz, porque entonces para satisfacer esa vanidad habría que hacer esa poesía de la que hemos venido hablando antes que no hay que hacer, es decir, habría que hacer una poesía que es aplaudida y celebrada por la mayoría. La vanidad es legítima, pero quizá perjudicial. —ECP: Usted ha triunfado en el mundo literario. ¿Qué define más al hombre, sus éxitos o sus fracasos? —AG:
Yo no tengo conciencia de haber triunfado, sobre todo porque el mundo
literario, no voy a decir que no me importe, pero me importa poco. Lo
que me interesa es la pasión de la escritura. Triunfar o fracasar
es secundario. En cuánto a qué me puede definir más...
Claro, si se trata de éxitos o fracasos —ECP: ¿Y si se trata del mundo real? ¿Sirven los fracasos para definirse? —AG: Desde luego los fracasos traen más experiencia que los éxitos, más información existencial. El éxito... Ahí está. Si viene, bien, y si no, no tiene mayor importancia. Usted sabe como yo que gran parte de la literatura está hecha desde el sufrimiento. En todo caso, vivir es fracasar. Vamos de la inexistencia a la inexistencia. Parece que hay un espacio, un accidente incomprensible en un intermedio que llamamos vida. Pero ese accidente temporal termina, es decir, fracasa. —ECP: Eso es puro Heidegger, ¿no? —AG: Jajajaja. Quizá. |
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Esta entrevista se llevó a cabo tras el Día de Andalucía, pero Montero no andaba por su tierra, sino realizando una especie de gira levantina. Venía de recitar en Alicante, esa mañana tenía una lectura en un instituto de Cieza y por la tarde presentaba su Poesía (1980-2005) en la Fnac de Murcia, donde tuve el honor de presentarle. Al día siguiente partía hacia Valencia, al encuentro de Carlos Marzal, no sin antes hacer una parada en Oliva para abrazar al maestro Brines. En mitad de esta road-movie mediterránea hablamos de muchas cosas, entre ellas, de su anhelo de desaparecer unos meses para terminar Vista cansada, su futuro poemario, haciéndolo coincidir con la celebración de sus cincuenta años. Será, sin duda, un cumpleaños total.
—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Tusquets te propone publicar tu poesía completa a raíz de cumplirse los 25 años de la publicación de tu primer libro… —LUIS GARCÍA MONTERO: Para disfrutar de la literatura se deben tener ojos de admiración y descubrir, como dijo Borges, que el arte es un espejo donde uno descubre su propio rostro. Eso se consigue muy bien con la poesía de los demás, pero cuando alguien se atreve a leer su propia poesía —y yo al ordenar los libros fui releyéndome— es muy difícil mantener esa temperatura de admiración, porque cuando me leo me sigo leyendo con ojos de corrector. Yo lo que veo son los fallos: aquí me equivoqué, aquí lo pude hacer de otra manera, esto no sé si está bien resuelto... Pero quien pierde la conciencia crítica está perdido como creador, es un acto de irresponsabilidad. —ECP: La responsabilidad como valor fundamental en el proceso de escritura, ¿no? —LGM: Cuando yo escribo tengo, sin duda, una meta de trabajo, que es mi lector ideal, que es como mi conciencia crítica que me obliga a ordenar mis sentimientos, mis palabras, a intentar explicarme con el otro. Y cuando leo poesía me busco a mí mismo en las palabras del otro. —ECP: ¿Luis, qué queda en ti de las enseñanzas althusserianas del profesor Juan Carlos Rodríguez? —LGM: Pues mucho, porque yo me siento heredero de mi tiempo y de mi formación. Después uno evoluciona, la vida no pasa en balde, la experiencia tampoco. Sigo creyendo que la literatura es radicalmente histórica, que no depende de la voluntad de compromiso del autor, sino de la educación que ha recibido, de su ideología, de su punto de vista, de su mirada… En ese sentido a mí me ayudó mucho Juan Carlos.
—LGM: Y también poéticamente, porque yo empecé a escribir cuando se vivía un ambiente de mucha tensión por las perturbaciones de la dictadura entre una poesía esteticista muy radical y una poesía social, pero panfletaria, que pensaba que hablar de la propia intimidad era muy reaccionario. Y la reflexión de Althusser se unió a las reflexiones de Antonio Machado sobre la otra sentimentalidad, la idea de que los sentimientos son históricos y una nueva poesía tiene que indagar en una nueva sentimentalidad, en otra sentimentalidad (…) Ese tipo de formación marcó un poco los rumbos de mi literatura. —ECP: ¿Qué te sugiere ahora mismo la palabra “camarada”? —LGM: Me sugiere una historia, una historia digna, la historia de la lucha de unos seres humanos frente a una situación, la historia del intento de hacer un mundo más justo y más digno, que se resuelve en las ilusiones que hay en una canción como por ejemplo ‘La Internacional’, una canción que me emociona (…) Creo que la historia del Partido Comunista de España es muy respetable. La gente cuando habla de España y de lo español es muy rigurosa para muchos temas menos para cuando se habla del PCE, que fue un ejemplo de dignidad durante los años de la guerra civil y en la postguerra. —ECP: Háblame de tu relación con el Partido Comunista de España. —LGM: Fue una organización donde pudo condensarse toda la lucha antifranquista. Fue capaz de comprender que hacía falta una disciplina, una lucha solitaria, un ponerse al servicio del gobierno republicano de Negrín (…) Yo me acerqué a un partido comunista que reivindicaba la lucha por la libertad. Cualquier tipo de iniciativa antifranquista y reivindicación —ya fuese la de los homosexuales, la de unos profesionales comprometidos, la de cualquier iniciativa cultural, etc— se encarnaba en el PCE y por eso creo en su dignidad histórica (…) Hay gente, es verdad, que en vez de intentar dar respuestas a la realidad que vivimos se sigue encasquillando en luchas de poder, en rencillas, y muchas veces no se está a la altura de los tiempos. —ECP: A lo mejor al PCE se le ha juzgado en la historia española por lo que han hecho otros partidos comunistas de otros países. —ECP: ¿Podrías darme una visión resumida, una opinión panorámica de la poesía emergente en España? —LGM: Es una poesía rica. Yo siempre digo que a los jóvenes lo que hay que exigirles es rigor en su trabajo y respeto por él, pero a partir de ahí ellos tienen que responder a su tiempo y de acuerdo con sus propias necesidades. A mí me parece muy triste el ejemplo de los poetas maduros que desprecian lo que viene por detrás, que se creen que la poesía acaba con ellos, que les van a quitar algo… Yo viví una época en la literatura donde, por ejemplo, un cascarrabias como Camilo José Cela despreciaba a todos los artistas jóvenes que empezábamos. También hubo novísimos que decretaron el final de la poesía española con ellos (…) Valoro el trabajo de gente joven… —ECP: ¿Por ejemplo? —LGM: La salud del género se puede demostrar por la buena calidad de nuestros autores, empezando por un autor ya en el inicio de su madurez como es Luis Muñoz hasta los más jóvenes como Carlos Pardo, Juan Carlos Abril, Elena Medel, pasando por gente como Javier Rodríguez Marcos, como Eduardo García… A mí me parece que tienen un mundo propio, variado, lleno de calidad. Tienen que apostar con honradez por su mundo. La poesía española vive buenos tiempos. —ECP: ¿Crees que has creado escuela respecto a esas nuevas generaciones? —LGM: No lo sé. Creo que, más que escuela en el sentido de que la gente escriba como yo he escrito, he creado escuela en el sentido de que puedo dar un ejemplo de honradez en mi apuesta por la poesía. He escrito lo que yo necesitaba escribir, dedicándole el máximo rigor y la máxima atención posible. Me he tomado muy en serio este género, porque hay mucha gente que no se lo toma en serio. Como no tiene repercusión en el mercado, como no da dinero, pues confunden la actualidad de lo comercial o de lo literario con la grandeza de la creación. Y me parece que la poesía es un género dignísimo. En el prólogo de mi obra completa publicada por Tusquets digo que al leerme como corrector tengo muchas dudas, porque uno siempre se lee a sí mismo pensando que podía haberlo hecho mejor, sin embargo me consuela de esa incertidumbre la seguridad de estar dedicado a un género muy importante de la cultura española y del que me siento muy orgulloso.
—LGM: Claro, porque yo creo que la ficción es un espacio de conocimiento. Utilizamos la invención humana para intentar conocer mejor la realidad. La imaginación es el ojo de la cerradura por el que espiamos la realidad. Mucha gente piensa que lo espontáneo es lo sincero, pero eso es mentira, porque cuando uno no piensa las cosas dice tonterías. El que dice lo primero que se le ocurre casi siempre suele decir una vulgaridad que han repetido cuarenta, porque simplemente interioriza lo que flota en el ambiente. Para mí la ficción significa el no confundir lo anecdótico con lo creativo y lo artístico, y en ese sentido sí creo que la poesía es un género de ficción como lo es la narrativa o el teatro (…) Yo cada vez estoy menos orgulloso de mi poesía, pero más orgulloso de ser poeta. —ECP: ¿Qué me puedes adelantar de tu nuevo libro? Si no recuerdo mal, se iba a titular Vista cansada. —LGM: Sí, es así, aunque me llamó un poeta catalán, de Gerona, diciéndome que él había publicado ya un libro titulado Vista cansada, pero creo que no entra en contradicción dos libros escritos en dos lenguas distintas. No pasa nada por que tengan el mismo título (…) A mí ese título me lo puso el oculista, claro, y va a ser una especie de libro de memorias escrito en poemas dedicados a personas importantes de mi vida, a mis ciudades, a cosas y personajes que para mí han sido importantes… Lo titularé Vista cansada por reconocer que uno va teniendo una edad y está cansado de seguir viendo algunas cosas que le parecen perversas y que no se solucionan, y al mismo tiempo es una apuesta por el optimismo y por el futuro, porque cuando uno tiene la vista cansada uno va a la óptica, el oftalmólogo le pone unas gafas y puede seguir viendo el mundo. —ECP: ¿Qué echas de menos y de más en la Granada que estás viviendo actualmente? —LGM:
Mira, uno no tiene más remedio que idealizar la Granada donde se
ha formado y donde ha sido joven, y corremos siempre el peligro de convertirnos
en unos cascarrabias pensando que el presente está muy mal y nuestro
pasado fue mejor. Entonces, quizá soy un poco injusto, pero es
que yo viví una Granada muy viva, muy dinámica, que fue
la Granada de la Transición. España entera estaba girando,
—ECP: ¿Y no crees que ese relevo en Andalucía lo tiene ahora la ciudad de Córdoba? —LGM: Pero es algo que conecta con la realidad. En Córdoba ahora mismo se escribe muy buena poesía. Cosmopoética, el festival dirigido por Carlos Pardo, es un buen exponente de la dedicación que Córdoba le ha prestado a la poesía. Y desde luego, en un momento en que coinciden escribiendo poetas de voces distintas como Eduardo García, Pablo García Casado, Elena Medel, Curro Bernier o el mismo Carlos Pardo cuando ha vivido allí, demuestra que es una ciudad muy viva. Quizá sí ha encontrado una compañía de las instituciones en esa juventud como ahora no lo hay en Granada. —ECP: ¿Y qué lección nos puede dar hoy en día un poeta? —LGM: La lección que dan los poetas me parece que es la de saber quedarse solos cuando se pierde la oportunidad de participar en las ilusiones colectivas. Me identifico con el ‘Soliloquio del farero’ de Luis Cernuda, cuando hablaba desde la soledad y reivindicaba la soledad de su faro, sabiendo que trabaja en esa soledad para que la travesía pública de los barcos no se estrellara en la orilla. —ECP: Un trabajo más importante de lo que algunos piensan. —ECP:
Dime autores que admires en ese sentido. —ECP: Ejemplos de virtud. —LGM: Conforme pasan los años me doy cuenta de que el escritor tiene dos amenazas: la de repetirte si has tenido éxito haciendo algo. La otra es traicionarte por el deseo de innovar, convirtiéndote en un saltimbanqui. Por eso una parte de la virtud poética es aprender a tener paciencia o, como decía Machado, ser como una barca que está esperando tranquilamente a que suba la marea.
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