ÁLVARO VALVERDE
Mecánicas de la memoria


Ángel Gómez Espada

 

 

     Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es uno de esos poetas que sin hacer nada de ruido (ganó el siempre prestigioso Loewe, por ejemplo, cuando todavía no era la pirotecnia actual) anda de boca en boca cuando alguien recomienda un libro de poesía. Director de la Editora Regional de Extremadura, fue fundador de la hermosa revista Espacio/Espaço escrito. Ya desde Las aguas detenidas (Hiperión, 1988) su mundo poético urde una precisa imbricación entre mirada y memoria. Se le considera poeta elegíaco, por tanto. Ensayando círculos (Tusquets, 1995) confirma ese mundo y esa obsesión por no dejarse vencer por el olvido ni el tiempo. El hombre se reencuentra a sí mismo a través del privilegio de la memoria.
     Durante esta charla nos reconoce que está preparando nuevo libro, lo que pondrá emoción en sus fieles y constantes seguidores. Es el momento idóneo para revisar los versos de Mecánica terrestre (Tusquets, 2002). Con él hemos hablado de la función del poeta hoy. No se preocupen: hay esperanza.

 

 


En Yuste © Álvaro Valverde     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Cómo ves tu momento actual dentro de la poesía?

     —ÁLVARO VALVERDE: A punto de publicar un nuevo libro, me veo simple y sencillamente “en activo”, lo que no es poco. Esta es una carrera de fondo en la que no cuentan los momentos puntuales sino el recorrido completo. No en vano, a uno le va la vida en ello.

     —ECP: ¿La mirada del poeta siempre ha de interrogar, aunque sea una mirada interior?

     —AV: Sin duda. No cabe otra actitud ante el asombro o la perplejidad que te produce el mundo. Por lo demás, me parece que la mirada del poeta observa, al mismo tiempo, lo de fuera y lo de dentro, como dos partes de una misma, ineludible realidad.

     —ECP: Y cuando se halla perdido, ¿dónde mira el poeta? ¿Quizás a su particular locus amoenus?

     —AV: Donde puede, supongo. Es verdad que el lugar que uno ha elegido para fundar su particular territorio se puede convertir en un referente tranquilizador. De ahí que lo espacial haya pesado tanto en la poesía que he escrito.

     —ECP: En este caso, Plasencia.

     —AV: Plasencia, mi ciudad natal, y sus alrededores (valles como los del Jerte y el Ambroz y comarcas como La Vera) conforman el núcleo de ese territorio donde he venido estableciendo el «privado paisaje de mis experiencias», que diría Caballero Bonald.

     —ECP: ¿El ejercicio poético es un ejercicio de la memoria?

     —AV: De memoria y de mirada, fundamentalmente. Valente afirmaba que el poeta se constituye en torno a dos reinos: el de la memoria y el de la visión. De ahí que el memorable verso de Gimferrer, «Si pierdo la memoria, qué pureza», me haya parecido, desde que lo leí la primera vez, paradójico. «Mi tema es la memoria», dice un personaje de Retorno a Brideshead, la novela de Waugh. Y un verso mío, por cierto.

"Mecánica terrestre" de Álvaro Valverde     —ECP: ¿Hay júbilo en esa búsqueda del poema, en esa mirada de la memoria, en ese afán por regresar a la luz?

     —AV: Soy un poeta más elegiaco que hímnico. Por mi carácter melancólico. Y escéptico, añado. A uno le cuesta adoptar un tono alegre y confiado. Hay, eso sí, una necesidad de recuperar lo que la mirada y la memoria se llevaron. De momento, sólo de momento. Para traerlo del recuerdo para siempre. Por otro lado, soy más solar que nocturno y la luz es para mí un símbolo esencial. De ahí mi permanente búsqueda de “claridad”, mucho más que un mero afán de simplificación.

     —ECP: ¿Se puede ser poeta a tiempo completo?

     —AV: No lo sé. Uno nunca lo ha sido. A no ser que se entienda por tal el afán por conocer y conocerse desde ese peculiar punto de vista que sólo puede darte la poesía. No conviene olvidar que ella es muy suya y se revela cuando quiere. Lo que sí sé es que para escribirla es necesario mantenerse en un estado de máxima atención, muy pendiente de lo que ocurre. Con los sentidos bien despiertos. Pensar, recordar y observar son armas poéticas por excelencia. Cosa distinta es lo que hacen algunos: ir de poetas (a tiempo completo) por la vida. Pero esto es algo anecdótico.

     —ECP: De tu libro Una oculta razón, Octavio Paz dijo que era un poemario donde el hombre estaba frente a sí mismo, a solas con su recuerdo, con su infancia perdida. ¿Estás de acuerdo con esa afirmación o no pretendías sonar tan elegíaco?

     —AV: Ya dije que lo elegíaco no me era ajeno. Las pretensiones de uno chocan siempre con la dura realidad: la que establece el lector, quien termina de verdad el poema. Y Paz no era, precisamente, mal lector.

     —ECP: Seguimos con agrado y cierta asiduidad su blog. ¿Hasta qué punto conectas con ese empujoncito que internet parece haber dado a la globalización de la palabra y de lo literario?

     —AV: Nunca pensé que la aventura del blog llegara tan lejos. En el tiempo, digo. Y en el espacio, si hacemos caso de esos programas que nos indican desde dónde nos leen. Se ha convertido en una necesidad. Tanto anotar en el propio como leer bitácoras de otros escritores. Escribo muy poco, cada vez menos, y ese cuaderno me permite mantener el pulso literario. Para colmo, desde mayo de 2006 escribo el diario que nunca había sido capaz de llevar.

Con Pablo García Baena © Álvaro Valverde     —ECP: En 1998, afirmabas: «Descreo de las escuelas, los grupos y las tendencias. Me basta y me sobra el amparo dudoso de una tradición que supongo incesante». ¿Continúas hoy pensando lo mismo?

     —AV: Sí, claro. Por razones de edad, lo veo todavía más claro. Con mejor perspectiva. Lo cierto es que una de las cosas más importantes de mi vida ha sido y sigue siendo leer poesía. Mantengo el mismo espíritu abierto y ecléctico que siempre inspiró mis lecturas. Y la misma pasión. No es mal amparo ése, por dudoso que sea. El de esa perdurable tradición de tradiciones. Un refugio más seguro que el que pueda ofrecerte cualquier camarilla de intrigantes o cualquier doctrina poética.

     —ECP: ¿Qué has aprendido como poeta en tu etapa como editor?

     —AV: Bueno, además de lo que puedan enseñarte los poemas de otros (a los que lees con unos ojos que no son los del crítico pero tampoco los del poeta “a secas”), he recuperado esa honda alegría que supone ver publicado un libro, no digamos si es el primero. No ya por verlo definitivamente impreso sino como esa suma de pequeños grandes pasos que lo llevan desde el archivo del ordenador al estante de la librería.

     —ECP: Muchas gracias por tus palabras.