PILAR ADÓN
Narradora en verso

 

Ángel Gómez Espada

 


     Pilar Adón (Madrid, 1971), a la que conocimos una hermosa tarde madrileña de tertulia en el Círculo de Bellas Artes, saltó un buen día al extraño escenario de la contemporaneidad de las letras y ha ido cincelándose un huequito con el silencio y las manos del buen artesano. Quizá su obra más conocida sea Las hijas de Sara (Alianza, 2003), pero lo que pocos recordarán es que con Viajes inocentes (Páginas de Espuma, 2005) obtuvo el prestigioso Premio Ojo Crítico de Narrativa. Para nota, saber que con El hombre de espaldas en 1999 obtuvo el premio Ópera Prima de Nuevos Narradores.
     En su pasión infinita por los libros ha traducido para la editorial Funambulista a Henry James y a Christina Rossetti. Y este año, para Impedimenta a Edith Warton y su Santuario.
     Nosotros, que somos así, hemos querido hablar con ella de poesía, donde se prodiga igual, pero donde se le escucha menos. Así publicó Alimento (Celya) en 2001 y Con nubes y animales y fantasmas (EH editores, 2006). Ella, que es demasiado agradecida, nos confiesa que se ha divertido mucho contestando a nuestras preguntas.

 


Pilar Adón: narradora en verso © Mercedes Rodríguez     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Te consideras una narradora que escribe versos o una poeta que se vale de la narrativa para abordar otros territorios, menos precisos que los del poema?

     —PILAR ADÓN: Hace unos años te habría respondido rápida y contundentemente que una narradora que escribe versos, pero lo cierto es que ahora mismo tengo mis dudas porque ahora me cuesta mucho más encasillar, trazar categorías o elevar muros fronterizos que separen las parcelas literarias entre las que me muevo. Últimamente estoy traduciendo bastante, es casi a lo que me dedico durante todo el día, los siete días de la semana, ¿quiere eso decir que ahora soy traductora en vez de narradora? Supongo que no. Todo enseña, todo enriquece, todo inspira, de todo se aprende, y en eso estamos: aprendiendo. Por otro lado, si lo que quieres es saber en qué campo me siento más cómoda, o más libre, te diré que en el narrativo. Nunca me someto a los rigores o las servidumbres de la línea argumental, de modo que me permito muchas licencias formales en narrativa, y eso me hace disfrutar enormemente, y por partida doble, tanto de la relación con los personajes como de la libertad estilística que yo misma me permito (y que también mis lectores me permiten).

     —ECP: Dos poemarios, ¿son suficientes para hablar de una evolución en tu poesía?

     —PA: La mayor evolución que advierto en lo que escribo es que cada vez me entrego con más entusiasmo y dedicación a lo que deseo hacer. Cuando vuelvo la vista atrás, me recuerdo hace unos años como alguien que quería ganar premios y vivir de la literatura y hacer muchos bolos y ganar el Nobel, deseos todos ellos muy interesantes y loables, pero que pueden llegar a condicionar lo que se escribe. Nunca me he visto demasiado condicionada por nada, ni siquiera por todos estos anhelos, pero es que "Todo es poesía menos la poesía"ahora me he liberado incluso de todo eso. Sigo escribiendo porque escribir es lo que más me gusta hacer, porque las personas a las que más admiro son escritores, y porque escribir me hace ser más feliz, pero, al quitarme de encima tanto propósito de futuro, he llegado a un punto en el que sólo escribo lo que quiero. Junto a esa “evolución” mental, aprecio una “evolución” estilística y temática. Por ejemplo, el poemario que acabo de terminar está centrado en la odisea de Shackleton en el Endurance, una aventura blanca en un universo de hielo. Los poemas que he trazado son también así: blancos y de hielo. No sé si gustarán mucho o no. Habrá incluso quien diga que lo que he escrito no es poesía.

     —ECP: Nubes, animales y fantasmas. De todo esto, ¿qué aparece antes en tus sueños? ¿Y en tus poemas?

     —PA: Siempre los fantasmas. Los fantasmas del miedo, los de la indecisión, los de la duda, los del “¿y si?”, los del desconocimiento, los del olvido... Las nubes no ayudan en nada a hacer que todos estos fantasmas desaparezcan o sean, al menos, más llevaderos, porque las nubes son borrosas y terroríficas. Afortunadamente, existen los animales. Ellos acompañan y miran con enormes ojos de sorpresa continua. Son fieles y esperan con amabilidad en el umbral de la puerta, aunque en el exterior esté diluviando. En mis poemas los tres elementos se mezclan, y suelen crear situaciones inesperadas e inquietantes. O, al menos, eso es lo que pretendo.

     —ECP: Has dicho en alguna ocasión que «El paisaje siempre ha jugado un papel importante en la descripción del estado de ánimo de los personajes». ¿Resulta también tan fundamental en tu poesía?

"Alimento" de Pilar Adón     —PA: Sí. Como antes te decía, mi poemario más reciente está inspirado en los viajes de Shackleton, y se titula Mar de Weddell, así que imagina la enorme importancia del paisaje en un poemario con semejante título. El hielo, el mar, los perros, el frío, son componentes esenciales para delinear lo que es la desesperación, la soledad, el compañerismo, la intuición del fin.

     —ECP: En tu poema ‘El oro del Sur’, cuyo título nos lleva directamente a evocar a Borges, hablas del deseo de ser un personaje de Faulkner. ¿Cómo sería Pilar Adón de ser un habitante del condado de Yoknapatawapha?

     —PA: Una persona asustada con ganas de salir huyendo de allí cuanto antes. Supongo que me encerraría en una de esas casas de tablones de madera medio podrida, y sólo saldría al porche cuando estuviera absolutamente segura de que no había nadie en tres kilómetros a la redonda (una expresión muy de la zona). Pasaría el día leyendo con las cortinas bien echadas.

     —ECP: ¿Cómo se enfrenta alguien a la propuesta de colaborar con un poema contra el olvido del atentado del 11M?

     —PA: Participé en varias actividades poéticas relacionadas con el atentado, y te puedo asegurar que la de escribir los poemas no fue ni la más dura ni la más conmovedora de todas ellas. En una ocasión leí unos poemas antes de que se descubriera una placa en homenaje a las víctimas, y entre los asistentes al acto se encontraban algunos familiares. Recuerdo cómo me abrazó una señora cuando el acto ya había terminado, dándome las gracias por los poemas que había escrito y leído. Puede parecer extraño, pero tuve la sensación de que yo no tenía ninguna legitimidad para estar allí. Sentí que las palabras no servían de nada, a pesar de que lo que había escrito era lo más sincero que creo recordar haber escrito jamás. Sin artificios. Pero, a pesar de todo, sentí que la palabra, que nos sirve para comunicarnos, en esa ocasión no me servía para nada en absoluto. Lo que yo sentía, y lo que sentía aquella madre que se me abrazó, no se podía expresar con palabras. Era imposible. Con un abrazo, en cambio, sí.

     —ECP: En Viajes inocentes, cada cuento venía precedido de un poema. Nos gustaría saber si era más a modo de exempla o es un guiño a ese vínculo que tanto Julio Cortázar como Mariano Baquero, entre muchos, ejercen el cuento y el poema.

     —PA: Se trató de un guiño, se trató de repetir ese ejercicio de libertad del que te hablaba al principio, haciendo lo que quería hacer literariamente hablando (al editor, afortunadamente, le pareció bien), y se trató también del deseo de perpetuar en la memoria del lector las imágenes, las emociones o los afectos que le hubieran quedado tras leer el relato. Cada poema seguía a su correspondiente relato con la intención de hacer perdurar un aroma, un color, una sensación concreta. Como lectora, descubro que "Viajes inocentes" de Pilar Adónsiempre me resulta muy difícil concluir una novela, darla por terminada y cerrarla. Suelo dilatar mucho los finales porque, si la novela me gusta, en el fondo lo que me sucede es que no quiero que se termine. En el caso de los libros de relatos, esta manera de leer es dramática, ya que con cada final de relato suele ocurrirme lo mismo. Con Viajes inocentes pensé que ubicando un poema tras cada cuento quizá lograra dulcificar de alguna forma esa aspereza de llegar al final, esa traición de tener que abandonar a unos personajes para pasar a poner toda nuestra atención e interés en los siguientes.

     —ECP: Si tuvieras que destacar dos características de los poetas que han aparecido en los últimos quince años, ¿cuáles serían?

     —PA: Honestidad y comedimiento.

     —ECP: ¿Y te encuentras cómoda dentro de alguna de ellas?

     —PA: En las dos.

     —ECP: Sabemos el buen feeling que hay entre Elena Medel y tú; así que me atrevo a hacerte una pregunta que ya le hice a ella. ¿Qué etiquetas no estarías dispuesta a que te colgaran nunca?

     —PA: Frívola, vendida al mercado, fácil, consumible.

     —ECP: En estos tiempos frenéticos de internet, ¿con qué perspectiva toma alguien la labor de editora? ¿Por qué se decide a hacerlo?

     —PA: En realidad, siempre he considerado que el editor de Impedimenta es Enrique Redel. Yo traduzco, propongo títulos, negocio derechos, pero el auténtico espíritu impulsor de la actividad editorial es Enrique. Mi pasión por escribir está al mismo nivel que su pasión por editar. En cuanto a lo de por qué estoy yo ahí, se debe sobre todo a que me encantan los libros. En todos sus aspectos: como "Con nubes y animales y fantasmas" de Pilar Adóncontinente y como contenido, así que poder participar en la creación de un elemento, organismo o materia que me emociona es todo un privilegio. Por otro lado, no creo en absoluto que internet sea el enemigo natural del libro. Tengo una página web y llevo un blog, y considero que internet es ya una herramienta imprescindible en mi trabajo. Creo que los enemigos naturales del libro son la falta de interés, la insulsez, la apatía. Palabras horribles.

     —ECP: Nos has anunciado que en breve saldrá un poemario tuyo a la calle. ¿Nos puedes hablar un poco de tus proyectos literarios más inminentes, además de tu labor como editora?

     —PA: Estoy traduciendo mucho, y disfrutando mucho de lo que traduzco. Traducir libros implica una inagotable entrada de conocimientos y, además, ayuda a tener mayor dominio de la lengua y de la composición de estructuras lingüísticas... Por otro lado, intento terminar una novela, pero estoy tranquila. No tengo prisa.

     —ECP: Cítanos, si te atreves, un par de libros que hayas pensado tirar a la hoguera.

     —PA: Nunca tiraría un libro a la hoguera. No es que esté queriendo dar una respuesta políticamente correcta; es que creo que todos los libros aportan algo, aunque sea el descubrimiento de lo que no se querría llegar a escribir jamás. De pequeña leí todo lo que mi madre tenía en las estanterías, y he de admitir que leí verdaderos bodrios, pero no me arrepiento. Supongo que lo malo te enseña a apreciar y a valorar lo bueno.

 


El tedioso canto de los pájaros.
El vuelo bajo de una cigüeña.
La bombilla apagada de la farola.

Poseer un árbol (almendro) o dos
y alcanzar lo más alto de la colina más alta.
Percibir el bullicio glotón de un perro al beber
y saber que más tarde se tumbará al sol para entretenerse con un saltamontes
hasta matarlo.

Empezará a llover, y no estaré en la Rue Adrien Forgeron.


(inédito)