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PILAR ADÓN
Ángel Gómez Espada
—PILAR ADÓN: Hace unos años te habría respondido rápida y contundentemente que una narradora que escribe versos, pero lo cierto es que ahora mismo tengo mis dudas porque ahora me cuesta mucho más encasillar, trazar categorías o elevar muros fronterizos que separen las parcelas literarias entre las que me muevo. Últimamente estoy traduciendo bastante, es casi a lo que me dedico durante todo el día, los siete días de la semana, ¿quiere eso decir que ahora soy traductora en vez de narradora? Supongo que no. Todo enseña, todo enriquece, todo inspira, de todo se aprende, y en eso estamos: aprendiendo. Por otro lado, si lo que quieres es saber en qué campo me siento más cómoda, o más libre, te diré que en el narrativo. Nunca me someto a los rigores o las servidumbres de la línea argumental, de modo que me permito muchas licencias formales en narrativa, y eso me hace disfrutar enormemente, y por partida doble, tanto de la relación con los personajes como de la libertad estilística que yo misma me permito (y que también mis lectores me permiten). —ECP: Dos poemarios, ¿son suficientes para hablar de una evolución en tu poesía? —PA:
La mayor evolución que advierto en lo que escribo es que cada vez
me entrego con más entusiasmo y dedicación a lo que deseo
hacer. Cuando vuelvo la vista atrás, me recuerdo hace unos años
como alguien que quería ganar premios y vivir de la literatura
y hacer muchos bolos y ganar el Nobel, deseos todos ellos muy interesantes
y loables, pero que pueden llegar a condicionar lo que se escribe. Nunca
me he visto demasiado condicionada por nada, ni siquiera por todos estos
anhelos, pero es que —ECP: Nubes, animales y fantasmas. De todo esto, ¿qué aparece antes en tus sueños? ¿Y en tus poemas? —PA: Siempre los fantasmas. Los fantasmas del miedo, los de la indecisión, los de la duda, los del “¿y si?”, los del desconocimiento, los del olvido... Las nubes no ayudan en nada a hacer que todos estos fantasmas desaparezcan o sean, al menos, más llevaderos, porque las nubes son borrosas y terroríficas. Afortunadamente, existen los animales. Ellos acompañan y miran con enormes ojos de sorpresa continua. Son fieles y esperan con amabilidad en el umbral de la puerta, aunque en el exterior esté diluviando. En mis poemas los tres elementos se mezclan, y suelen crear situaciones inesperadas e inquietantes. O, al menos, eso es lo que pretendo. —ECP: Has dicho en alguna ocasión que «El paisaje siempre ha jugado un papel importante en la descripción del estado de ánimo de los personajes». ¿Resulta también tan fundamental en tu poesía?
—ECP: En tu poema ‘El oro del Sur’, cuyo título nos lleva directamente a evocar a Borges, hablas del deseo de ser un personaje de Faulkner. ¿Cómo sería Pilar Adón de ser un habitante del condado de Yoknapatawapha? —PA: Una persona asustada con ganas de salir huyendo de allí cuanto antes. Supongo que me encerraría en una de esas casas de tablones de madera medio podrida, y sólo saldría al porche cuando estuviera absolutamente segura de que no había nadie en tres kilómetros a la redonda (una expresión muy de la zona). Pasaría el día leyendo con las cortinas bien echadas. —ECP: ¿Cómo se enfrenta alguien a la propuesta de colaborar con un poema contra el olvido del atentado del 11M? —PA: Participé en varias actividades poéticas relacionadas con el atentado, y te puedo asegurar que la de escribir los poemas no fue ni la más dura ni la más conmovedora de todas ellas. En una ocasión leí unos poemas antes de que se descubriera una placa en homenaje a las víctimas, y entre los asistentes al acto se encontraban algunos familiares. Recuerdo cómo me abrazó una señora cuando el acto ya había terminado, dándome las gracias por los poemas que había escrito y leído. Puede parecer extraño, pero tuve la sensación de que yo no tenía ninguna legitimidad para estar allí. Sentí que las palabras no servían de nada, a pesar de que lo que había escrito era lo más sincero que creo recordar haber escrito jamás. Sin artificios. Pero, a pesar de todo, sentí que la palabra, que nos sirve para comunicarnos, en esa ocasión no me servía para nada en absoluto. Lo que yo sentía, y lo que sentía aquella madre que se me abrazó, no se podía expresar con palabras. Era imposible. Con un abrazo, en cambio, sí. —ECP: En Viajes inocentes, cada cuento venía precedido de un poema. Nos gustaría saber si era más a modo de exempla o es un guiño a ese vínculo que tanto Julio Cortázar como Mariano Baquero, entre muchos, ejercen el cuento y el poema. —PA:
Se trató de un guiño, se trató de repetir ese ejercicio
de libertad del que te hablaba al principio, haciendo lo que quería
hacer literariamente hablando (al editor, afortunadamente, le pareció
bien), y se trató también del deseo de perpetuar en la memoria
del lector las imágenes, las emociones o los afectos que le hubieran
quedado tras leer el relato. Cada poema seguía a su correspondiente
relato con la intención de hacer perdurar un aroma, un color, una
sensación concreta. Como lectora, descubro que —ECP: Si tuvieras que destacar dos características de los poetas que han aparecido en los últimos quince años, ¿cuáles serían? —PA: Honestidad y comedimiento. —ECP: ¿Y te encuentras cómoda dentro de alguna de ellas? —PA: En las dos. —ECP: Sabemos el buen feeling que hay entre Elena Medel y tú; así que me atrevo a hacerte una pregunta que ya le hice a ella. ¿Qué etiquetas no estarías dispuesta a que te colgaran nunca? —PA: Frívola, vendida al mercado, fácil, consumible. —ECP: En estos tiempos frenéticos de internet, ¿con qué perspectiva toma alguien la labor de editora? ¿Por qué se decide a hacerlo? —PA:
En realidad, siempre he considerado que el editor de Impedimenta es Enrique
Redel. Yo traduzco, propongo títulos, negocio derechos, pero el
auténtico espíritu impulsor de la actividad editorial es
Enrique. Mi pasión por escribir está al mismo nivel que
su pasión por editar. En cuanto a lo de por qué estoy yo
ahí, se debe sobre todo a que me encantan los libros. En todos
sus aspectos: como —ECP: Nos has anunciado que en breve saldrá un poemario tuyo a la calle. ¿Nos puedes hablar un poco de tus proyectos literarios más inminentes, además de tu labor como editora? —PA: Estoy traduciendo mucho, y disfrutando mucho de lo que traduzco. Traducir libros implica una inagotable entrada de conocimientos y, además, ayuda a tener mayor dominio de la lengua y de la composición de estructuras lingüísticas... Por otro lado, intento terminar una novela, pero estoy tranquila. No tengo prisa. —ECP: Cítanos, si te atreves, un par de libros que hayas pensado tirar a la hoguera. —PA: Nunca tiraría un libro a la hoguera. No es que esté queriendo dar una respuesta políticamente correcta; es que creo que todos los libros aportan algo, aunque sea el descubrimiento de lo que no se querría llegar a escribir jamás. De pequeña leí todo lo que mi madre tenía en las estanterías, y he de admitir que leí verdaderos bodrios, pero no me arrepiento. Supongo que lo malo te enseña a apreciar y a valorar lo bueno.
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