EDUARDO GARCÍA
Cruzar los límites


Mario Cuenca Sandoval

 


     Eduardo García (Sao Paulo, 1965) está de enhorabuena. La vida nueva, que aparecerá en breve en la editorial Visor, le ha valido el premio Fray Luis de León (ex aequo; el otro afortunado es Manuel Vilas). Y está también de enhorabuena por lo que este poemario significa, el entusiasmo de una vida nueva y la promesa de impugnar el realismo melancólico, o el melancólico realismo, que es un huésped indeseable. Empeñado en la refutación de la elegía, todos los gestos de Eduardo, su entonación, el énfasis que deposita sobre algunas palabras a lo largo de esta charla (que mantenemos en su Córdoba adoptiva) son justamente eso: una invitación a la vida nueva, también a la utopía, y, sobre todo, a repudiar la elegía como un lastre del espíritu.

 


Eduardo García cruzando los límites     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: En tu último poemario, que se titulará La vida nueva, ¿has atravesado, como Alicia, el espejo?

     —EDUARDO GARCÍA: Sí. Hasta ahora me interesaba mucho transitar los espacios limítrofes entre realidad y ensoñación, pero en los últimos años he sentido la necesidad de abrirme a nuevos territorios. En gran medida tiene algo de reintegración de mis inicios como lector y poeta. Me crié admirando al Lorca y al Cernuda surrealistas, a Claudio Rodríguez, al Neruda de Residencia en la Tierra y, por encima de todas las cosas, a Vallejo, que siempre ha sido para mí un poeta tutelar. Después la vida me llevó por otros caminos, pero cruzada la frontera de los cuarenta he sentido la necesidad de ser fiel al adolescente que fui.

     —ECP: ¿No te parece que en las últimas dos décadas ha pesado un tabú sobre ese componente onírico de la poesía?

     —EG: Lo que ha habido es una auténtica persecución de todo lo que directa o indirectamente sonara a vanguardia. Con el tiempo, las aguas se remansan. El realismo de los 80 necesitó en su momento defender de manera muy beligerante su territorio, negando toda posible alternativa. De hecho, es muy significativo que desde hace unos diez años hayan surgido en la poesía española líneas de fuga en diversas direcciones, algunas incluso desde las mismas filas del realismo. Hay un hecho incontrovertible: somos hijos o nietos de Lorca y de Vallejo; de los poetas, en suma, que dieron paso a la modernidad entre nosotros. De nada vale intentar hacer tabla rasa de lo mejor de nuestra tradición contemporánea. Los grandes poetas ya vuelven a aflorar, sobrevolando la obra en marcha de la siguiente generación [...] La «poética del límite» era una forma de ir encontrando el lazo de unión entre el joven admirador del surrealismo que fui y el adulto que había aprendido las estrategias narrativas del realismo. Pero una vez transitada esa línea de fuga, me di cuenta de que el siguiente paso sólo podía ser en una dirección: atreverme a entrar a fondo en lo visionario, a jugar con el versolibrismo, darle cada vez más espacio a lo onírico. Aventurarme en una poesía más poética, menos prosaica: respirar en libertad. Hemos olvidado durante un par de décadas que la vertiente realista no es más que una desviación del núcleo central de la poesía de la modernidad. Al fin y al cabo lo específico de la poesía es justo aquello que la aleja de la prosa. Claro que es viable y legítima una poesía que se aproxime a la prosa, pero no deja de ser un fenómeno periférico. La médula de la poesía de la modernidad, donde encontramos las obras más deslumbrantes, transita por los caminos simbolistas o visionarios.

     —ECP: ¿No te parece que en la poesía latinoamericana no se ha producido ese abandono de lo onírico, que ésta se ha vacunado eficazmente contra el realismo plano?

"Escribir un poema" de Eduardo García     —EG: Soy brasileño de nacimiento. De hecho todavía conservo la doble nacionalidad. Para mí la poesía latinoamericana siempre ha sido faro y guía. En nuestro país, el trauma de la Guerra Civil nos alejó de la modernidad bruscamente. Los latinoamericanos, aunque también han tenido una historia muy accidentada, no han sufrido en su poesía un trauma que quebrara su tradición, que cerrara el paso a la evolución natural de las vanguardias. Lo mismo le sucede a la poesía francesa. Por eso me parece ejemplar, en buena parte de la poesía latinoamericana, esa naturalidad con la que se atreven a indagar, a arriesgar, a romper el verso, simplemente porque se consideran descendientes de un Vallejo, un Lorca o un Octavio Paz. La vanguardia forma parte de su propia tradición. No es necesario, en Latinoamérica, defender la obviedad de que somos autores modernos o posmodernos. Es algo que se da por supuesto, que se le presupone a un poeta. Su decidida actitud de continua exploración les da una libertad que es campo abonado para el hallazgo [...] Es un disparate defender —como tanto se ha hecho entre nosotros— un presunto regreso a la tradición, contraponiendo tal presunta tradición a la totalidad de la vanguardia. Occidente sintió una conmoción estética en los años 20-30 que no ha tenido parangón desde entonces. Intentar olvidar nuestra propia historia y retrotraernos a estéticas anteriores no sólo es una actitud reaccionaria poéticamente, sino que acaba por revelarse un despropósito, un anacronismo sin posible justificación. Sólo se explica como un coletazo más de nuestra triste historia contrarreformista, de cierre de fronteras. Para mí Vicente Huidobro es a estas alturas tan parte de mi tradición como Quevedo, Bécquer o Juan de la Cruz. Con la ventaja de que su proximidad en el tiempo le hace más fértil a la hora de dialogar con su poesía, más próxima a nuestra vivencia actual. Como Juan Gelman, Álvaro Mutis, Eduardo Milán, Gonzalo Rojas, Waldo Leyva o Santiago Sylvester, por citar a algunos poetas que aún están entre nosotros.

     —ECP: Incluso en sus episodios traumáticos, muchos poetas latinoamericanos han estirado el tejido del lenguaje. Estoy pensando en el caso de Gelman.

     —EG: Porque antes hubo un Vallejo que tuvo el valor de escribir los Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. Supo hacer una poesía renovadora y comprometida, fracturada en su lenguaje de raíz y a la vez alumbrada por su propia época. Pensar que la poesía comprometida ha de ser realista fue la desgracia que generó en nuestra cultura la Unión Soviética. Ahora, tras la caída del Muro de Berlín, se hace más evidente que nunca que la revolución de la conciencia y de la identidad estaba en los surrealistas, no en el Partido Comunista Francés. Louis Aragon se pierde como poeta en el momento en que adopta una militancia estricta. Lo mismo que Neruda, después de Residencia en la Tierra, cuando abrazó las doctrinas del realismo socialista, renegando de su escritura anterior. Llegó incluso a difamar a su obra cumbre, acusándola de incurrir en un sentimentalismo pequeño-burgués. Acabó dilapidando su talento durante décadas en una poesía de rango menor. Pero Vallejo supo mantener el ideal revolucionario, tanto en la dimensión política como en la del lenguaje, y mantenerlo vivo, y ser supremamente libre. ¿Cómo cantar la transformación desde el respeto reverencial a los modelos clásicos? ¡Imposible! Eso lo sabía Vallejo y Gelman ha sabido ser fiel a esa tradición. ¿Cómo vamos a renovar el mundo si no estamos dispuestos a renovar el lenguaje?

Eduardo García ganador del Premio Fray Luis de León

 

     —ECP: Por alusión al Dante (en el título La vida nueva), ¿ha tenido tal viaje algo de «dantesco»?

     —EG: El libro nació de una forma espontánea. Tan sólo me propuse soltar la mano y atreverme a experimentar todo lo que quisiera nacerme. Sus poemas nacieron de un proceso psicológico de transformación. Pero no hay transformación sin angustia. Como decía Lacan, al que cito en un poema: para alcanzar la luz, es necesario atravesar la oscuridad. Pasar por una crisis para que se produzca una auténtica renovación existencial. El libro es el relato de una regeneración vital de raíz. Es un canto a la vida, al deseo, al impulso de transformación. Pero entreverado también de poemas fracturados, en donde el sujeto se enfrenta a la más absoluta desolación. Poemas que cantan a la vida nueva que está a punto de nacer en nosotros y poemas donde se da libre cauce a los dolores del parto. Es en cierto modo «dantesca» esa necesidad de descender hasta lo más hondo del Infierno para luego elevarse hacia la vida nueva. Pero no es el único caso. Pienso, por ejemplo, en el episodio del descenso de Odiseo a la Morada de los Dioses. La literatura occidental está plagada de libros cuyos protagonistas descienden a las profundidades para después alzarse a una nueva luz. Los poetas descubrieron primero, intuitivamente, lo que los psicoanalistas tan sólo han desvelado, en clave científica, siglos más tarde [...] Es natural que en mi libro haya lugar tanto para el vitalismo como para la fragmentación. En realidad se implican mutuamente: el Deseo y la Falta. Son las dos caras de la misma moneda. Deseamos porque sentimos que algo nos falta, porque acusamos la dolorosa sensación del hueco, del vacío [...] Quizá resulte hoy sorprendente para algunos tal descenso y ascensión, ese giro brusco que se opera en «Romper aguas», la sección central del libro. Lo cierto es que nos hemos malacostumbrado a la preceptiva unidad de tono en el mismo poemario. Pero hagamos memoria, recordemos los grandes libros que nos precedieron... Tal unidad de tono no se encuentra en ninguna de las obras que realmente admiro: Poemas humanos, Libertad bajo palabra, Residencia en la Tierra, Poeta en Nueva York, Alianza y condena... o las Iluminaciones de Rimbaud. En todas se entrevera el descenso a los infiernos y la ascensión al otro lado: luz y oscuridad.

"Horizonte o frontera" de Eduardo García     —ECP: La imaginación, ¿es la loca de la casa? ¿Hay una oposición tan radical entre lo imaginativo y lo racional?

     —EG: Creo que somos seres a un tiempo racionales e intuitivos, imaginativos y prácticos. Si viviéramos en una cultura en la que esa dualidad profunda estuviera fundida en una unidad natural, no sería necesaria una defensa de la imaginación. Pero me temo que vivimos en una cultura tecnocrática en la que, al menos desde Descartes, nos dedicamos a perseguir a la imaginación como a la loca de la casa y, por contrapartida, le damos un prestigio bastante desmedido a la racionalidad, entendida como algo puro. Pero una razón que no opera estrechamente aliada a la imaginación ha renunciado a toda creatividad, sólo sirve para hacer calculadoras. Sin imaginación, ninguna de las innumerables cosas extraordinarias que ha creado la especie humana habría sido posible. Escucho difamar a la imaginación por todas partes, y siento que hay que defenderla porque la imaginación no es en absoluto estúpida; una razón que no imagina sí que es estúpida, es la suprema estupidez. La falta de inteligencia se revela, entre otras cosas, por aprender únicamente a aplicar procedimientos, siempre los mismos, mientras la verdadera inteligencia plantea soluciones novedosas. Ese tipo de pensamiento divergente sólo es posible con imaginación. ¿Es «irracional»? En absoluto. La palabra «racional» habría que desterrarla de nuestro lenguaje, porque presupone que el centro del ser humano es la razón (pura, ¡como si eso fuera posible!) y lo demás es la periferia, lo que hay que domar (una actitud muy platónica, por otra parte). Ya Aristóteles, de quien heredamos la célebre definición del hombre como el «animal racional», había descubierto el papel crucial de la imaginación en el conocimiento. Vivimos instalados en la más absoluta ingenuidad epistemológica, en el anacronismo esencialista [...] Por otro lado, un poeta que defendiese una racionalidad estricta sería algo así como un bombero pirómano. ¿Cómo va a renunciar un poeta a aquella facultad en la que reposa su talento, su peculiar aportación a la comunidad? Poeta es aquel que sueña despierto. Que otros hagan geometría (o contabilidad) con sus versos; algunos amamos la poesía y nos entregamos a la aventura de la imaginación sin concesiones.

     —ECP: ¿Tiene esto que ver con el olvido del psicoanálisis en nuestra cultura? ¿Por qué ese olvido?

     —EG: En Francia, quizá el país en el que el psicoanálisis ha generado una tradición más potente, encontramos a autores como Deleuze que están de vuelta del psicoanálisis, pero después de conocerlo en profundidad. Hacen una crítica del psicoanálisis desde dentro, asumiendo todo el potencial renovador que hay en él. Lacan no podría entenderse sin el surrealismo francés, sin André Breton [...] En el caso de España, por el contrario, decimos a menudo estar de vuelta de lugares a los que no hemos ido, y damos por supuesta la muerte de aquello que nunca hemos llegado a conocer. Aquí todavía hacemos chistes con Freud. Vivimos una etapa conservadora, y los tres grandes difamados son los más grandes críticos que ha tenido la cultura occidental contemporánea: Marx, Nietzsche y Freud.

Eduardo García: pasión irrenunciable     —ECP: Recientemente has publicado tu Refutación de la elegía. ¿Por qué la elegía goza de tanto prestigio en la tradición poética? ¿Por qué al dolor se le presupone el lirismo?

     —EG: Porque este es un país católico. Así de simple. Católico y barroco. Un país que no ha experimentado una auténtica modernidad, atrapado en sus propias contradicciones. De ahí que sigamos reiterando los topoi más rancios como si la historia no fuera un proceso en marcha. Carecemos de una tradición vitalista. Somos un país melancólico [...] Quizá porque nací al otro lado del mar, me doy cuenta de que en los trópicos se vive de otra manera. También en la tradición francesa; los franceses son católicos muy sueltos de manos. Entre otras cosas le cortaron la cabeza a sus reyes y pusieron a la Iglesia en su sitio hace tiempo. Nosotros somos, por desgracia, herederos de la Contrarreforma. Tiene mucho prestigio el dolor, la pérdida o el llanto, pero estas son emociones muy conservadoras, que jamás se plantean la renovación. Por mi parte, prefiero pensar que mi paraíso no está en el pasado, sino en el futuro. Y quiero conquistarlo.

     —ECP: Juarroz tituló a una revista literaria Poesía = poesía. ¿Estás de acuerdo con la fórmula?

     —EG: Insiste en la poesía como un territorio propio, que no requiere de ningún tipo de justificación extraterritorial. Y es una declaración antirrealista. Puro romanticismo bien entendido: autonomía del hecho artístico. En ese sentido me produce una franca complicidad. Aunque la tautología, como sabes, tiene algo terrorífico, la defensa del principio de identidad, que es el pilar sobre el que reposa la lógica racionalista; mientras que la poesía afirma que nada es igual a sí mismo, que todo puede ser otra cosa. De hecho, poner en escena metáforas, imágenes o símbolos es desvelar una realidad nueva en las cosas que la mirada objetivista es incapaz de descubrir. Pero es muy propia de Juarroz esta fórmula, porque vivía esa contradicción al extremo: fue quizá el más irracional de los racionalistas.

     —ECP: Jean Cocteau dice: «La poesía es imprescindible, pero no sé para qué».

     —EG: ¡Qué belleza! Cocteau tiene razón en que reducir la poesía a un «para qué» es matarla, convertirla en algo ajeno a su discurso. Es la razón utilitaria quien funciona con «para qués», con finalidades. La poesía, por naturaleza, tiene que salir del carril trillado y no puede actuar orientada a un «para qué» exterior a su propio impulso. En otros términos: la finalidad no puede ser conocida previamente, se revela en el proceso. Y siempre apunta a un nuevo horizonte desconocido, a desvelar. La poesía es dinámica, creadora, proliferante.

     —ECP: Bécquer dijo: «Cuando escribo, no siento».

     —EG: Con todo el respeto y el cariño que le tengo, sospecho de la veracidad de esa declaración de Bécquer. Sin emoción no hay escritura poética; tal vez género, simulacro o artesanía, pero no arte. Sin embargo, la emoción que hace brotar a la poesía no es la emoción común, sino una emoción específica, quizá incomunicable, paralela a las emociones comunes de la vida. Rara vez escribo llevado de una "Una poética del límite" de Eduardo Garcíaemoción que me ha provocado un suceso cotidiano. Cuando veo algo muy emocionante, lo vivo; no me paro a escribir. Escribo en otros momentos, a partir de una llamada interior. Esa imperiosa necesidad es la emoción de la escritura misma. Quiero decir que se trata de una emoción peculiar, indisociable del lenguaje. Algo que brota ya como lenguaje, una voz; no una experiencia previa que tenga luego que «traducir» al lenguaje. Lo de Wordsworth (aquello de «la emoción revivida en tranquilidad») no va conmigo. Estoy con Coleridge: escribir «sin solicitación exterior alguna». Escribo porque algo sucede dentro de mí. Procesos inconscientes que afloran de pronto y se abren paso: voces que están pidiendo a gritos que les dé cauce en el papel.

     —ECP: Con el paso de los años y la mejor perspectiva, ¿se trataba de un horizonte o de una frontera?

     —EG: Por entonces era ambas cosas. Ya superada la frontera, empiezo a no pensar en esos términos. Pero el horizonte sigue vivo: el deseo, ese sueño borroso hacia donde nos dirigimos, la ensoñación que nos gustaría alcanzar. Se suele olvidar que el horizonte es móvil y se desplaza con nuestra mirada. Al igual que el horizonte, nuestros sueños se desplazan a medida que avanzamos. Es imposible alcanzar los sueños; sólo podemos perseguirlos sin descanso. Cuando parecen alcanzarse, en ese preciso instante, ya han perdido el fulgor, se ven desplazados por nuevos sueños. Hace poco escribí un aforismo sobre este espejismo del deseo, que es a la vez la sal de la vida, el impulso que nos hace arder: A mi paso se desplaza el horizonte: encantador de serpientes de mis pasos. O este otro: Preferir el tránsito a la meta. Ser un deseo en marcha que respira.

     —ECP: Esto me lleva a la utopía.

     —EG: Todavía me acuerdo de cuando Fukujama anunciaba el final de la historia, porque claro, como el capitalismo era el mejor de los mundos posibles... No está mal como narcótico para adormecer a las masas y todo potencial de transformación, valga la ironía. Creo que el gravísimo error de la izquierda europea ha sido olvidar la utopía. Es más, no puede haber un discurso de izquierdas que no plantee un ideal de renovación radical de la realidad social; si renunciamos a eso y acabamos pactando con el capital, estamos renunciando a todos nuestros sueños. Nos hemos entregado con las manos atadas al enemigo [...] La vida nueva es ante todo la crónica de un renacimiento interior. Pero ese impulso de transformación tiene a su vez una vertiente política y social. En gran medida, lo que me condujo al libro sucedía dentro de mí a la vez que muchos nos manifestábamos por las calles a pleno pulmón contra la guerra de Irak, cuando descubrimos hasta dónde podíamos caer en este proceso paulatino de ir renunciando a nuestros sueños, aquel posibilismo. En los últimos poemas del libro hay un canto a la utopía, un desenmascaramiento de la renuncia al entusiasmo en la que tan ingenuamente hemos caído. Necesitamos soñar en voz alta, imaginar un futuro mejor y correr a toda prisa hacia él. Somos el único ser que se construye su propio medio, aquel que goza de la libertad suprema de edificar su vida como más le plazca. Va siendo hora de ponernos manos a la obra.

 

Mario Cuenca Sandoval (dcha) olfateando a Eduardo García (izqda) en Córdoba

 

     —ECP: Hablemos del signo de los tiempos. ¿Cómo le va a la poesía en la era de Microsoft?

     —EG: Creo que tiene mucho futuro. Precisamente porque el discurso totalitario conservador y racionalista está triunfando en todos los medios, veo síntomas de una notable reacción. La poesía está creciendo ya en las catacumbas. En España, por ejemplo, hemos vivido de espaldas a la tradición latinoamericana. La red de redes nos ofrece posibilidades hasta ahora insospechadas de entrar en contacto con nuestros compañeros de aventura, lo que posibilita un diálogo mucho más vivo entre las dos orillas de nuestra lengua. Esa saludable comunicación nos enriquece a todos los escritores hispanos. Por eso, sobre todo, creé mi propia web: para poder ser leído por lectores desconocidos del otro lado del mar [...] Por otra parte, que la poesía permanezca en lo que antes llamaba «las catacumbas» no es ninguna novedad. La periferia del sistema es el lugar apropiado para la poesía, su espacio natural, donde ha estado siempre y de donde nunca en realidad ha salido. En cuanto sale a la luz pública el mercado y los medios la devoran, pues esa es su función: desvirtuar cuanto tocan. Basta convertir el poema en mercancía de consumo masivo para que se desvanezca la poesía. O al poeta en personaje mediático.

     —ECP: Como docente ¿cómo ves el futuro de la lectura? ¿Optimismo o pesimismo?

     —EG: No sé qué pensar. Me gustaría tener esperanza, pero se producen hechos muy alarmantes a nuestro alrededor. Me preocupan las primeras generaciones de docentes educados en la reforma, pues si se rompe la continuidad de la cultura... Es muy fácil que una cultura entre en decadencia y muy difícil que vuelva a levantarse. Si se degenera el gusto lector de aquellos que tienen que transmitir el amor a la lectura, se rompe la cadena. Pero también es cierto que sigo encontrando gente joven que, contra todo pronóstico, con todo en contra, en la era de los videojuegos, con veinte mil tentaciones atractivas a su alrededor, descubren que en el libro hay algo extraordinario que ninguno de esos medios les ofrece, y se apasionan con él. Son una minoría, sí, pero en este país la lectura siempre ha sido minoritaria [...] En la práctica, las cifras de lectura han aumentado. La educación generalizada ha provocado un mayor porcentaje de lectores, aunque quizá menos preparados. Ahora hay más lectores, sí, pero de best-sellers. Eso es lo que el mercado tramó en los años 80 y lo consiguió: aumentó las ventas a cambio de reducir la calidad de los productos que ofrecía. Inventó nuevos consumidores, al precio de devaluar la mercancía. La midcult ha vencido; lo pronosticó ya Umberto Eco en los años sesenta. ¡Qué razón tenía, por desgracia! Pero un escritor ha de ser fiel a su aventura, sin pensar en nada, salvo en su propio deseo. ¿Imaginas a Baudelaire distraído, pensando en las posibles cifras de ventas, mientras escribía Las flores del mal? O Rimbaud, o Láutreamont, o Mallarmée... o incluso Bécquer. Escribieron llevados de una pasión irrenunciable. Al poeta del futuro no le faltará un puñado de lectores que justifique su afán.