HUGO MUJICA
La poesía de la escucha

 

Diego Sánchez Aguilar

 


     Hugo Mujica (Buenos Aires, 1946) es uno de los mejores poetas vivos y en activo en lengua castellana. Su biografía es extraña, extrema, como su poesía, pero al revés. Mientras su poesía es pérdida, silencio, despojamiento, su biografía es acumulativa, voraz, siempre en busca de lo que, finalmente, parece haber encontrado en el verso. Estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. En los años 60 vivió como pintor el auge “hippie” en el Greenwich Village de Nueva York. Siguiendo el tópico de la espiritualidad “hippie”, pasó por el budismo y tuvo un maestro zen. Pero mientras que este tópico es algo fácilmente parodiable y reducible a caricatura, en Mujica es algo esencial, verdadero, como demuestra el hecho de que tras la experiencia budista, decidiera pasar siete años en un monasterio Trapense, manteniendo el voto de silencio. Como él mismo reconoce, esta experiencia fue fundamental para su poesía: allí, del silencio, nace el poeta que había en Hugo Mujica.
Hugo Mujica © Luis Magán     Su poesía refleja su biografía en la medida en que, además del silencio fundamental que siempre intenta mantener (poemas breves, usando el blanco de la página como elemento esencial), la filosofía y lo sagrado están muy presentes, subyacen en sus enigmáticos y hermosos poemas, parecidos al aire de una habitación de Dreyer, y en su espléndida obra ensayística, destacando La palabra inicial (apropiación personal y poética de la obra de Heidegger y de Blanchot), Poéticas del vacío y Flecha en la niebla.
     Tiene nueve libros de poesía, todos ellos interesantes y arriesgados, pero podríamos destacar Noche abierta o Sed adentro, publicados inicialmente en Pre-Textos. Lo que caracteriza la lírica de Mujica es su apuesta esencial; usa la poesía como experiencia total, en la que se pone en juego el hombre y el mundo, que nunca se dan por sabidos y aceptados. Aunque suene a tópico, su obra es ajena a modas, sigue la tradición más radical de la poesía universal: los presocráticos, los místicos, Hölderlin, Rilke, Trakl. Su paralelo en España podría ser el último José Ángel Valente, para que los lectores españoles se hagan una idea. En Argentina, el único poeta que podría emparentarse con su estilo y sus preocupaciones poéticas sería el ya difunto Roberto Juarroz. Su Poesía completa (1983-2004) está actualmente editada, con gran éxito, por Seix-Barral. Si aman la poesía, gastar 20 euros en esa compilación será una de las mejores inversiones de su vida.

 


     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Su poesía tiene el sentido de la profundidad y del despojamiento, aparentemente absoluto, de “lo poético” entendido como tradición y como “estilo”. Lo que más nos gusta de su poesía es la ausencia de ironía, de individualismo ingenioso, de descreimiento “lúcido”. Lo que nos gusta de su poesía es que su lucidez no tiene nada que ver con ninguna “demostración” de inteligencia o cultura. Resumiendo: consideramos su poesía metafísica, en el sentido de que se planta cara a cara y humildemente ante las tres grandes cuestiones del hombre: la pregunta por el hombre, la pregunta por el mundo, la pregunta por Dios. ¿Está de acuerdo con esta fuente filosófica, original de su poesía o, por el contrario, se considera un eslabón en una tradición poética concreta?

     —HUGO MUJICA: Antes que nada gracias por el aprecio que muestra su pregunta hacia mi poesía. Metafísica no es una palabra que me gusta, prefiero decir, ahora, que es una poesía oyente, una poesía que intenta escuchar esos grandes misterios, las grandes y pocas preguntas. Tan grandes que no tienen respuestas, salvo la de mantenernos abiertos ante ellas, ante lo que nos sobrepasa y por tanto engrandece. Creo que escribir, poetizar, es una manera de mantener las preguntas abiertas, esa apertura es algo así como las respuestas que no se cierran en respuestas, es lo que deja llegar la verdad, no encerrarla en lo sabido o lo verdadero. “Metafísica” parece algo alejado de la vida, y yo lo que busco no es alejarme sino desnudarme en ella, es decir, coincidir: dejarme crear. Escribir es mi forma de intentar hacerlo. Y dije escuchar: lo dije porque creo que crear es simplemente dejar que la vida nos diga lo que aprendió viviéndonos, y crear es darle voz a ese decir. Nada “metafísico” en su sentido técnico-restringido. En cuanto a una cierta tradición poética, me siento en casa con la más originaria, esa Grecia donde se comenzó a pensar poetizando y se poetizaba sobre lo sagrado, sobre el asombro que la vida acontezca, sea don. Todo eso antes de separar el pensamiento de la poesía, la poesía de lo sagrado, lo sagrado de la vida.

"Flecha en la niebla" de Hugo Mujica     —ECP: Siguiendo con el tema anterior, sus ensayos parecen estar estrechamente enlazados con su poesía, hasta el punto de crear Flecha en la niebla y Poéticas del vacío, como unos valientes y hermosos intentos de hacer un ensayo poético. ¿Puede explicar su opinión sobre este hermanamiento de géneros en su obra?

     —HM: Fue algo que no busqué, no me dispuse a escribir “así”. Mientras escribía Flecha en la niebla, libro que me lo había planteado como un libro reflexivo, lineal, casi diría metódico, me fui percatando que algunas de las cosas que estaba diciendo las había intuido poéticamente, que lo que estaba haciendo era glosarlas, decidí entonces incluir esos poemas, o en general, alguno de los versos desde donde esas líneas hablaban. Lo hice en la forma de doble columna, pero, al ponerlos así, me fue surgiendo una tercera voz que dialogaba con la confluencia de las otras dos… Y así fue tomando voz esa otra forma de escribir, cada vez más poética, más libre… Lo que me interesa a mí es que fue el lenguaje, la voz, la que se abrió paso en mí y de alguna forma impuso su expresión. Ahora, pensando hacia atrás, creo que a medida que uno ahonda ciertos contenidos expresivos, cierta desnudez, es ese contenido que busca su propia forma, sus bordes, y cuando uno se adentra, o ahonda, esa hondura, esa simpleza, pide palabras aún abiertas, temblantes, poéticas, y ya no cabe en la estrechez de los conceptos, las definiciones. Me gusta eso de Nietzsche del poeta filósofo o el filósofo poeta, o Heidegger que lo parafrasea: un pensar poetizante o un poetizar pensante. En realidad se trata de adentrarse a ese “antes” que las separaciones, en el manar y no en los ríos [...] Lo que creo es que la linealidad, la prosa, sirve a la continuidad, la transmisión, la variación de lo que ya es, pero cada vez que se inaugura una novedad, un decir de lo que no era, ese surgimiento pide la poesía como su forma de manifestación. La poesía es, al menos para mí, la primera forma en que se inaugura un sentido.

     —ECP: Hay una serie de constantes simbólicas en el imaginario que despliegan sus poemas que se repiten libro tras libro: la noche, la nieve, la fuente, la espera, el pan, la lluvia… ¿Cómo entiende usted esta recurrencia simbólica? ¿Está relacionada con la expresión a determinadas cuestiones filosóficas? ¿Son esos símbolos una respuesta a alguna pregunta constante en su obra? ¿En qué sentido esos símbolos tienen relación con su tradición literaria (es decir, la noche romántica…)?

     —HM: Pienso en Tarkovski, cada película de él incluye todas sus otras películas, el lugar donde pone la cámara, las nucas, la lluvia, el icono de Rubliev, la leche derramada… Y cada película dice lo único de sí con el lenguaje de todas. Y lo dice porque ese lenguaje es el propio. Crear es crear una simbólica, intraducible fuera de su lugar, de su simbólica, un lenguaje con el que decir lo de siempre pero de esa única manera. No creo, en mi caso, que esas imágenes estén al servicio de una idea, filosófica o lo que sea, más bien están porque no podría decirse lo que quiero decir, entonces lo muestro, lo dejo aparecer, mostrarse. Y eso mostrado es lo que se da a pensar en el lector, no algo que pensé yo, sino lo que yo mostré, sin saber muy bien qué, ya que también a mí se me da a pensar. Hay poemas míos, algunas líneas, que sigo pensando qué quise decir, creo que son los más fecundos.

"Poesía completa (1983-2004)" de Hugo Mujica     —ECP: El silencio. Hay una tradición de valorar el silencio como origen y sustento de la palabra poética. Desde los místicos hasta Heidegger, pasando por Blanchot. ¿Cómo valora y trabaja con el silencio en su obra?

     —HM: Conozco y aprecio la tradición del silencio. En mi caso más que tradición literaria, fue una experiencia respirada, habitada. No teórica [...] Mi poesía, la poesía en mí, nace durante los años que vivía en un monasterio bajo voto de silencio, en medio del campo… El silencio no era un concepto, era una vivencia. Allí, en ese silencio físico, espacial, me llegó la palabra poética por vez primera, como es el cada vez de la poesía [...] Allí, podría agregar, aprendí a escuchar, a dejar llegar [...] En cuanto a cómo trabajo con el silencio en mi obra, es simple, y por tanto extremadamente difícil: dejo que el silencio trabaje conmigo: lo escucho. Lo dejo decirse callándome en él.

     —ECP: El vacío es uno de esos símbolos-idea recurrentes en su poesía. Al mismo tiempo hay una clara vocación mística que se refleja por ejemplo en sus ensayos sobre San Juan de la Cruz. ¿Cómo se conjuga el vacío con la mística? ¿O hay una mística del vacío?

     —HM: Occidente, en su momento formativo, en Grecia, hizo una clara opción por lo lleno, por el delirio que se hizo historia de intentar suturar todas las fisuras, todos los abismos… todo lo que vivimos como amenaza: allí donde no hay nada no podemos ejercer control, poder. Es lo que se llama el horror vacui, horror al vacío. Otra tradición, paralela pero de los arrabales, de los márgenes de la historia oficial, ve el vacío como bendición: como fuente. Allí donde nada hay puede estar todo, todo cabe. Desde la mano del mendigo hasta el abismo más profundo. El vacío es fuente y disposición a la vez, pide y da, a él llega todo. Es lo que intenté decir en mi libro Poéticas del vacío: el vacío no vacía, el vacío da. Esa otra tradición, esa marginalidad la recorrió siempre la mística y algunas formas del arte, suele llamársele vacío, desierto, noche, desnudez… Siempre lo mismo, lo abierto, aquello sobre lo que no se rebota, de lo que no se regresa.

     —ECP: En su poesía y sobre todo en sus ensayos la presencia de Heidegger es constante. De toda la filosofía de Heidegger, qué es lo que más le ha influido, cuál es la idea central que le hizo convertirlo en su filósofo de referencia.

     —HM: Cuando Heidegger termina Ser y tiempo no se refriega las manos y goza de sí, dice más bien algo así como «¡no me salió!». Y su conclusión: no me salió porque las palabras que usé —el lenguaje ‘filosófico’— ya no dice, sólo repite (obviamente estoy imaginando, yo no estaba allí). Lo cierto es que se pone a la escucha, oyente y reflexiva, del lugar donde piensa que todavía el habla habla, las palabras dicen: la poesía. Su reflexión parte de ese lugar donde piensa que todavía hay una reserva de sentido, Hölderlin en primer lugar… Creo que por esto, porque es un pensar que nace de la escucha poética, no sobre la poesía sino desde ella.

El maestro Mujica recitando © Gustavo Villordo     —ECP: Esa esencialidad y contenido “metafísico” de su poesía puede resultar algo ajeno a ciertos lectores. Es decir, hay quien puede pensar que esa apuesta por el vacío, la noche y el silencio es algo alejado de la vida, de la realidad. Le propongo que intente convencerlos de lo contrario, o no.

     —HM: Hay algo curioso sobre mi poesía, la que dices que tiene un contenido “metafísico”, y lo curioso es que mi Poesía completa que editó Seix Barral lleva ya cuatro ediciones. Digo curioso porque yo mismo me sorprendí que en esta época que se supone que nadie lee poesía haya pasado eso. Creo, pensé, que muy por el contrario de tu pregunta, lo que la gente encuentra en ellas es la vida desnuda, no metafísica —que significa más-allá-de-lo-físico— sino una desnudez más adentro de lo físico, digo la vida desnuda porque los planteos son los de la vida, de nuevo, desnuda. La vida de todos antes que nos arropemos con los disfraces, los roles de cada día, con aquello que nos diferencia. Vacío, noche, silencio, no es alejado de la vida, es su interior, es la vida no lo que hacemos con ella, el usufructo que le arrancamos. Creo que es de esa vida de la que tenemos sed, lo que deseamos en medio del ruido que nos priva del silencio, nos priva de escuchar; quizá también deseamos el vacío sin el cual sólo podemos amontonar, apilar, no danzar y la noche, ese recogimiento de todo sobre sí, ese borrar los bordes, o, como digo en un poema: «ver la noche no es no ver, es ver la noche». Quizá haya más que lo que la luz ilumina, lo que ya está, lo que ya no nace.

     —ECP: Paul Celan, Roberto Juarroz, René Chair, Rilke, San Juan de la Cruz, Eckhart, Jose Ángel Valente, son algunos de los nombres que aparecen citados en su obra o que, sin aparecer explícitos, consideramos afines a su poesía. ¿Podría nombrar los que faltan o descubrirnos autores que usted considere afines a sus intereses estéticos? Se admiten artistas de todo tipo, no exclusivamente poetas.

     —HM: Soslayaron mi gran amor: Trakl. En estos días he terminado un libro sobre él, o mejor dicho desde él. Es mi gran poeta, el de la belleza lacerante. Pero si me preguntan la primera de mis fuentes: la música, siempre la música, sin ella no sólo no podría escribir, tampoco ser quien soy. También el cine, ese arte que cuando es arte es maravilloso. Y claro, Cézanne, Morandi, Rothko, Boltanski, la caricia, la lluvia, un árbol… Y caminar por la ciudad.

 

Nieva
Sobre un árbol niño y desnudo,
en un baldío
           sin lindes


nieva.

Al final caeremos como sus copos
sobre la tierra
           y su calor presentido,


como
cae sin golpearla


derritiéndose lenta y callada para ser
                                           más hondamente
                                                                    tierra.

de Sed adentro (Pre-Textos, 2001)