OTRA FORMA
DE BELLEZA
Lorenzo Oliván
Quienes
estén familiarizados con la obra de Joan Margarit saben que Joana,
la hija del poeta afectada por el síndrome de Rubinstein-Taybe
(dato que él mismo nos facilita en una nota de Estación
de Francia), adquiere una relevancia de primer orden y acaba convirtiéndose
en una figura clave para entender las líneas de fuerza de esta
escritura. Por eso uno no puede sino estar muy de acuerdo con José
Luis Morante cuando, al hablar de ella en Arquitecturas de la memoria,
la antología que confirma a Margarit como un clásico contemporáneo,
la eleva a «emotivo centro de gravedad» y a «identidad
crucial» de este universo poético.
El libro Joana concentra su foco
sobre ese frágil personaje, con mucho de ave desvalida, pero su
presencia se había ido dejando sentir de manera poderosa en los
libros que preceden a éste y, hasta la fecha, dicha presencia medular
ha seguido ejerciendo su benévolo influjo en la poesía que
ha venido después. En títulos anteriores, y como preparando
el camino hacia el volumen que comentamos, habíamos asistido, por
ejemplo, a la noche de su nacimiento, en ‘Noche oscura en la calle
Balmes’ —la reminiscencia sanjuanista quizás no sea
banal—, donde el poeta, aparte de darnos un retrato inolvidable
de su hija recién nacida («Torcidos los pulgares, la nariz
/ como pico de pájaro, confusas / las líneas de la mano...»),
nos ofrecía algo mucho más importante, un retrato de las
emociones de él mismo, con la culpa y el remordimiento, «viejos
escombros que atravieso aún», realizando su labor devastadora.
Pero si hay un poema verdaderamente dramático
inscrito también en esa encrucijada de la culpa y el remordimiento
es ‘Tchaicovsky’, de Aguafuertes, pues encierra un
pasaje de una sinceridad poco común, como dicho por alguien que
de repente abre en el papel una herida salvaje: «Escucho la Patética
y me veo / deseando que la muerte de Joana / nos devolviera el orden y
la felicidad / que creímos perder cuando nació». Resulta
indispensable ser consciente de este extremo del dolor, en primer lugar
para valorar en su justa medida la transformación interior que
en el poeta desencadena Joana y, en segundo lugar, para calibrar cómo
dicha transformación interna acaba transformando, a su vez, la
percepción de lo exterior, de lo circundante.
Se intuye que si en el imaginario de Margarit
su hija se erige en «identidad crucial» es porque tal figura
bienhechora ejerce sobre él un influjo que afecta a los pilares
más sólidos de su existencia. Salvando todas las distancias,
puede afirmarse que Joana es para esta voz lo que Beatriz para Dante,
en el sentido en que también le purifica, le ennoblece y le eleva
a un estadio superior de sí mismo. Y a este respecto, los
dos poemas citados arrojan aún abundante luz. La nota que comenta
los entresijos de ‘Noche oscura en la calle Balmes’ esconde
un fragmento con una esclarecedora lección para la vida: «La
visión de aquella noche al cabo del tiempo pone de manifiesto lo
mal preparado que yo estaba para el dolor y su asunción, para transformarlo
en maduración de la persona»[el subrayado es mío].
Crecer, hacernos mejores a través del dolor quizás no constituya
un lema asumible por una sociedad tan hedonista como la nuestra, pero
en cambio dicho lema ayuda a entender algunos de los armónicos
fundamentales que resuenan al fondo de esta poesía. Y, además,
insistiendo en lo que ya apuntaba, esa íntima maduración,
con mucho de catarsis, lleva aparejada una renovación de la acción
misma de contemplar, que frente a lo aparencial, frente a las superficies,
antepone la búsqueda en profundidad de lo cordial y de lo humano,
como se encarga de dejar claro el segundo poema traído a colación,
‘Tchaicovsky’: «Tengo sus ojos —¿quién
os inventó, miradas?— / los ojos que no tuvo jamás
estatua alguna / de Fidias. Estos ojos, / que ya me han perdonado, de
Joana».
Por todo lo dicho hasta ahora, leyendo a
Margarit siempre pienso en los grandes escritores del realismo ruso: en
especial en Tolstoi y en Dostoievski. Es ésta una conexión
que el propio poeta se encarga de favorecer. En Joana, sin ir
más lejos, en el poema ‘Pasajera’ evoca con gozo sus
lecturas de los narradores rusos del siglo diecinueve. Con emocionado
agradecimiento, recuerda a Natashas y Nastenkas, de las cuales, según
advierte, «aprendí / a buscar las pequeñas esperanzas
/ como si fuesen conchas en la orilla». No sólo eso, les
pide que acojan a su hija entre ellas, como si habitasen el único
paraíso que uno pueda desear. Pero estamos ante alguien que siempre
ha dado abundantes pistas de la importancia que ha jugado en él
esa tradición. ‘Madre Rusia’ se titula de forma muy
significativa un poema de ‘El orden del tiempo’, uno de los
tramos iniciales de El primer frío, y en él se
nos brinda esta instantánea: Margarit leyendo a Tolstoi en 1962
y proyectando sobre Raquel (su gran amor y compañera desde aquellos
años, Mariona Ribalta) el rostro de Ana Karenina. Sin ánimo
de agotar ese filón, tampoco puede echarse al olvido la emotiva
semblanza de Tolstoi escapando hacia la muerte en ‘Astàpovo’,
de Aguafuertes. Más aún, si en la etapa final de
Galdós resulta determinante el influjo de esta misma literatura
rusa y tiende a hablarse de un realismo espiritual, que se deja notar
de forma notable en títulos como Misericordia, ¿será
descabellado poner
en relación el último título del poeta, Casa
de misericordia, con la misma atmósfera de referencias —más
allá de la realidad física a la que pueda aludir—?
En definitiva, y para concluir con este frente, de la misma manera que
dice mucho sobre el cine de Kurosawa que haya en él una versión
de El idiota, de Dostoievski, dice mucho sobre Margarit todo
este juego de espejos, hasta tal punto que el paralelismo establecido
antes entre el autor y Joana con Dante y con Beatriz se enriquece proyectando
sobre él otros paralelismos procedentes del ámbito que comentamos,
y uno puede pensar, por ejemplo, en Raskólnikov y Sonia, donde
Sonia es una figura comodín en la que caben todas las Natashas
y Nastenkas que uno pueda imaginar marcadas por taras físicas o
morales.
«Nunca sabré qué sabes
tú de mí, / ni en qué verdad hemos estado juntos»,
«la casa, / grande y vacía ahora, / a su propio silencio
mira y mira». Joana está lleno de fragmentos así
que acercan la poesía casi a un solo de saxo, por eso el magnífico
poema-oración de Pere Rovira que alude a «música de
oro» constituye la mejor puerta de entrada a este espacio en el
que el sentimiento de pérdida batalla con la contemplación
temblorosa en el agua del recuerdo. «El agua fue su libertad, y
ahora / es el espejo que nos la devuelve». En ese espejo, Joana
queda redimida de su cuerpo contrahecho y el lector, ganado poco a poco
por la voz que nos habla, va creciendo y madurando también hacia
otra forma mucho más sutil de belleza. Como la de la música:
hecha no tanto de algo físico y visible, sino de la más
pura, huidiza y evanescente vibración.
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Lorenzo
Oliván. Castro Urdiales (Cantabria), 1968. Licenciado
en Filología Hispánica. De 1997 a 2003 codirigió
la revista Ultramar y su colección poética.
En la actualidad es colaborador del suplemento cultural de ABC.
Ha publicado los poemarios Único norte (1995), Visiones
y revisiones (1995), Puntos de fuga (2001), Libro
de los elementos (2004), La noche a tientas (2006)
y Vértices (2006). Es autor de los libros de aforismos
Cuatro trazos (1988), La eterna novedad del mundo
(1993), El mundo hecho pedazos (1999) y De raíz
(2005). Ha traducido y prologado la poesía de John Keats
y Emily Dickinson y estudiado la obra de José Hierro. Su
obra poética está recogida en las más destacadas
antologías generacionales. |
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