UNA MIRADA EN EL ESPEJO INTERIOR
Los poemas de Joan Margarit... en hebreo

 

Shlomo Avayou

 

 

Joan Margarit con Shlomo Avayou     Para mí la poesía es una de las artes marciales. Elegir ser poeta equivale a la adopción, para toda una vida, de una estrategia de supervivencia en la propia guerra de independencia. Y además, creo que las artes en general y la poesía en particular, constituyen desde hace mucho tiempo el último refugio de lo sagrado y no así las poderosas, manipuladoras y sanguinarias religiones. La poesía libera y te quiere ver en tu mejor aspecto, es decir, libre y orgulloso, vigoroso e independiente. Me parece muy apropiado que me hayan integrado en el equipo de los poetas Jorge Díaz, Joan Margarit y Miriam Reyes en una lectura en el Centro Penitenciario de Córdoba, que lleva, cómo no, el título de “Poesía para la libertad”.
     En ‘Entre lenguas e identidades, como un turco perdido en la neblina’, prólogo a mi libro Vigía de largas distancias, una antología de mi poesía hebrea en traducción al castellano, digo: «Mai no m'he tingut per grec» («Nunca me tuve por griego»), que fue el primer poema de Joan Margarit que traduje al hebreo y más tarde sirvió como título de su primera antología poética publicada en Tel Aviv en 2004. Me sedujo, y no por casualidad, con su expresión agridulce de la enajenación de un “bárbaro entre griegos”, tal vez un catalán entre españoles, de un judío entre gentiles, y puedo añadir: de un poeta entre gente normal, puesto que, como casi todos los poetas de cualquier procedencia, no dejaré de sentirme exiliado, marginado, ajeno y alejado del consenso íntimo y acogedor, siempre y dondequiera que me arrastre mi destino.
     Con ocasión de sus setenta años se publicará en Israel a principios de 2008 una segunda antología de su poesía. El título hebreo de esta antología será Mabat BaMara hapnimit (Una mirada en el espejo interior). Este título, como el de la antología anterior, también está tomado de uno de sus poemas —‘Els ulls del retrovisor’ (‘Los ojos del retrovisor’). La traducción al hebreo de estas palabras, no es “literalmente correcta” pero puede ilustrar el porqué de una entre muchas decisiones del traductor.
     Es cierto que el término retrovisor en catalán y en castellano tiene la connotación de “retrospectiva”, es decir, una mirada hacia atrás, pero no se puede negar su aspecto técnico, su referencia al utensilio mecánico. El hebreo no tiene, que yo sepa, un nombre específico para este pequeño espejo y se conoce sencillamente como espejo interior. La ventaja que me ofrecía el hebreo no era tanto de retrospectiva sino más bien de introspectiva, una palabra que invoca más claramente la naturaleza de la poesía de Margarit. Quiero decir, que la traducción de poesía tiene que estar muy orientada a la lengua de destino (en mi caso, al hebreo) sacrificando algo de la exactitud literal en favor de la evocación más profunda y poética. "Una mirada en el espejo interior"Mi traducción tiene que captar con su hechizo al lector israelí, hacer que se olvide por un instante mágico que estamos hablando de otra literatura, de otro mundo intelectual y que acoja a Margarit como uno de los nuestros que habla de lo nuestro.
     La poesía de Joan destaca específicamente por su audaz indagación en la vida interior, profunda, contradictoria, volcánica. Habla con candidez proverbial de sí mismo en todas las peripecias de la vida humana. De Joan como niño en la posguerra, estudiante joven, hombre que envejece, poeta, arquitecto, amante de antaño y de hoy, marido, padre, con todos los desafíos y vicisitudes que cada etapa conlleva. Él sabe cómo tocar estas regiones tan resbaladizas, sabe cuándo se acerca al límite peligroso, pero se detiene antes de caer al abismo de la sentimentalidad barata. Su saber hablar de lo más doloroso y mantener la dignidad y el elevado quilate artístico bajo control, es el don del genio, y aquí está el gran mago. Se nota en cada poema suyo, y con esto nos captó en Israel, ampliando gradualmente un público que lo conoce, lo aprecia y nos pregunta cuándo viene otra vez a Israel. Quieren verlo. Es esto lo que lo hace tan nuestro, y parte de lo mejor que la poesía hebrea contemporánea ofrece a sus lectores fieles. Sea poesía original o sea la traducida de otras lenguas.
     El vocabulario del hebreo es, cuantitativamente, muy reducido comparándolo, por ejemplo, con el inglés, el catalán o el español. Pero de ninguna forma se puede decir que el hebreo sea pobre. De pobre no tiene nada. Las partes poéticas de la Biblia, como ya es sabido, son las poesías conocidas más antiguas, y tener un patrimonio milenario como éste (mucho más en poesía que en prosa, lo admito) da como resultado que cada palabra tiene un tremendo y riquísimo bagaje de connotaciones religiosas, filosóficas, históricas, lingüísticas y de todo tipo. La misma palabra significa distintas cosas para el autor de los salmos bíblicos, para los talmudistas de las épocas romana y bizantina, para los enfebrecidos cabalistas medievales de Girona y de Castilla la Vieja, para los rabinos del imperio otomano o para un humilde poeta contemporáneo como yo, que vivo en un pequeño kibbutz luchando para sobrevivir en un mundo desconocido y cruel de globalización feroz y de escalofriantes amenazas nucleares.
     No niego que en el nivel mundial son pocos los hebreoparlantes. Esta lengua la dominan sólo un reducido porcentaje de los mismos judíos, pero eso sí, casi todos la respetan y hasta se disculpan por no conocerla y, precisamente, en todo esto está enraizada una de las razones básicas de su milagroso y triunfante renacimiento. Brevemente: tener la suerte de escribir en hebreo, como es mi caso, o de ser traducido al hebreo, como es el caso de Margarit, es pertenecer, junto con los escritores en griego y en latín, a la respetada tradición clásica, en el amplio sentido de la expresión.
     Quiero distinguir entre dos tipos de traducción de poesía. Una hecha por académicos para la academia y la otra hecha por poetas para amantes de la poesía. Son dos mundos que poco tienen en común y ya veremos el Cymbalista Synagogue and Jewish Heritage Center (Tel Aviv University)porqué. Soy traductor de poesía del castellano, del catalán y del turco, un caso sui generis. Como traductor me permito aquí una breve desviación. Después de perder mi trabajo como jardinero del kibbutz, me tocó (en los años 2000-2004), trabajar en dos universidades. En el Centro para la Investigación de la Cábala, en Bar Ilan, y en el Centro para la Investigación del Sionismo de la Universidad de Tel Aviv. En la primera fui investigador y traductor (!) de un corpus enorme de himnos místicos escritos en gran parte en ladino y otra parte en turco otomano. En la segunda universidad trabajé como style editor de artículos escritos por los profesores e historiadores. A pesar de la diferencia entre las dos instituciones, en ambas tenía que respetar el código y las leyes de las publicaciones universitarias. Conozco, pues, algo del tema. Y lo que digo es esto: las traducciones hechas en las universidades sirven para los juegos académicos, valgan lo que valgan. Pero la poesía no hay que buscarla allí. Hay excepciones, lo admito, pero en la mayoría de los casos lo traducido se asemeja más a un cementerio de palabras que a una delicia o consolación para el corazón.
     Esto les pasa por querer ser demasiado fieles al texto: que no se diga que esta o aquella palabra no está traducida conforme al diccionario. Y a causa de este miedo, aparte de aquel ennui tristísimo que infecta las aulas académicas, pierden lo mágico, el enigmático hechizo de la poesía. Recuerdo lo que me dijo una chica en Granada sobre los guitarristas japoneses de flamenco, «¡todo preciso, correcto, pero les falta el filin»! Creo que se refería al feeling inglés, o al duende, más conocido así en vuestras tierras de Dios...
     No hay que ser adivino para saber que mi corazón está del lado de la traducción de poetas para poetas y para amantes de la poesía. Dicho con claridad, a pesar de mi origen proletario no dejo de ser un aristócrata y un clasista y en lo que se refiere a la producción poética, sea original, sea traducción, no admito diferencia alguna.
     Aquí debo hacer un breve homenaje al señor A.D. Shapir, que en paz descanse. Fue casi un homeless y un alcohólico perdido que me descubrió como poeta, y me ayudó a publicar mi primer libro en 1973. Era un genio de la lengua hebrea, gran traductor y mentor de editores, cuando no estaba borracho, hay que decirlo. Jean Lewinski (París, 1970): «La traducción es el dominio del peligro, así el valor es la primera virtud del traductor»Fue él quien me dijo: «Shlomo, al traducir cualquier poema de cualquier lengua nunca te olvides que el resultado tiene que ser un poema hebreo». Poco tiempo después, tambaleándose desorientado entre una y otra acera, en Tel Aviv, lo atropelló un coche.
     Quiero dedicar unas palabras a la autotraducción, es decir, al poeta que se traduce a sí mismo. En el caso de Joan Margarit él se traduce, o más exactamente, escribe la versión castellana de su poema escrito en catalán. Y es interesante ver lo que sucede. Yo también me traduzco del hebreo al castellano, pero como conozco mal esta lengua, no sirvo como ejemplo. Fue Joan el que seleccionó y editó el lenguaje de mis traducciones. Ninguna maravilla, pero su mano de alquimista, tocando el pobre cobre, lo trasformó en oro.
     Joan nos sirve mucho mejor para ilustrar la autotraducción. Él domina ambas lenguas completamente, fue poeta en castellano antes de ser poeta en catalán y... hasta yo, con mis pobres conocimientos lingüísticos, puedo ver que a las versiones castellanas, cómo decirlo, les falta el filin... son buenas pero no llegan a la altura del original. Creo que la razón no hay que buscarla en el grado de conocimiento lingüístico, nada de esto. A mi parecer, esto tiene que ver con la temperatura emocional distinta entre las dos versiones. La temperatura de la autotraducción no puede igualar al misterio del nacimieno del poema en catalán. Pues eso es lo que hago yo al traducirlo al hebreo. Leo la versión castellana y hago un primer borrador. Luego comienza el trabajo delicado y cuidadoso de leer y volver a leer para captar algo de la música del original, indagar en los dos diccionarios de catalán que tengo en mi casa y tratar de acercarme a una versión hebrea que haga justicia al catalán. Dejo de un lado lo introducido o lo diferente de la versión castellana que para mí es un andamio útil: una vez acabado el edificio, ya sabemos lo que les pasa a los andamios.
     Quiero terminar con una hermosa cita de Jean Lewinski. La encontré en la página web del colombiano Prometeo. No sé mucho de este escritor, sólo recuerdo que trató de abarcar los distintos aspectos de la traducción literaria llegando a la conclusión a la que yo también llego aquí. «La traducción es el dominio del peligro, así el valor es la primera virtud del traductor».
     La traducción de Joan Margarit al hebreo fue y sigue siendo para mí un acto de amistad y aventura, un audaz y hermoso acto de autoliberación, de la fraternidad entre poetas libres. Y lo bailado ¡a ver quién se atreve a quitármelo!

 

 

     Shlomo Avayou. Izmir, Turquía (1939). Emigró a Israel en 1949. Licenciado en Estudios Orientales por la Universidad Hebrea de Jerusalén. Traductor. Ha dictado conferencias en Israel, España, Estados Unidos y diversos países de América Central y del Sur. Es autor de novelas y de varios poemarios, entre ellos, Hierba sobre el umbral (1973), La presión de los estratos (1987) y Vigía de largas distancias (2007).