MARGARIT EL CLÁSICO
Txema Martínez
Inglés
Cuando Gil de Biedma resumía los
temas de su poesía en dos, «el tiempo y yo», quizás
podríamos afinar más y dejarlo en “tiempo”,
porque el “yo” no es sino una encarnación de ese tiempo,
la manera en la que lo experimentamos y se hace corpóreo, como
el viento necesita las hojas.
La poesía de Joan Margarit está
hecha, cada vez más, de este tiempo, de la encarnación y
del concepto, y ahora que, según dice siempre él mismo,
ya es viejo, ya es mayor, a través de los versos busca una especie
de pacto consigo mismo para recuperar todas las cosas que han quedado
por el camino y para hacer de la poesía aquello que siempre debería
haber sido: memoria y verdad. El sexo, el amor, el recuerdo, la vida,
en definitiva, son el subrayado del tiempo que tiene razón de ser
desde la lucidez del presente, porque desde el niño primero hasta
el viejo último, la poesía es necesaria para sobrevivir,
a veces a través de una música que es la melodía
de un ritmo escondido, y otras con las puertas que te abre a las convicciones,
otras con la indagación insobornable de la belleza y de la inteligencia.
«Necesito el dolor contra el olvido», dice Margarit, en un
endecasílabo que es pura síntesis de su poética:
necesidad (porque con el tiempo el arte se convierte en un proceso de
depuración donde ya no caben los elementos superfluos, la pompa,
los fuegos artificiales que son, una vez superado el fogonazo inicial,
una mentira), dolor (porque la poesía siempre es dolor y pérdida,
incluso cuando celebra) y olvido (porque contra el olvido existen las
palabras, que son la expresión de piedra del futuro). Si nos fijamos
bien, todos los poetas principales han atravesado este laberinto, peaje
de pirotecnia lingüística, para salir a la pureza, a la exactitud
de las declinaciones, como han hecho de manera sublime nombres como Thomas
Hardy, Eugénio de Andrade, Czeslaw Milosz, Jorge Guillén
o Antonio Machado, de formas distintas, o como han hecho tantos poetas
italianos (Luzi, Montale, Ungaretti), una poesía del valor de la
razón encarnada en las emociones y las sensaciones que se emparenta
tímidamente con las estrategias morales de Joan Margarit.
Llega un momento en la vida en el que uno
debe hacer frente a un tipo de esencialización forzosa, cuando
los impulsos juveniles y la perversión del concepto del tiempo
en la edad adulta se convierten en intuiciones ridículas, superadas
por la experiencia y el peso del pasado. En el tiempo, pues, nos reflejamos,
y ya sólo nos queda aspirar a la esencia, a la fuerza
que nos otorga la justa perspectiva. En el arte, la idea de la perspectiva
se encuentra en el fondo del fondo de un equilibrio que todo lo sostiene,
incluso el desorden aparente o las ideas en fuga, e instalados en la perspectiva
es que el poeta empieza a destilar las dudas hasta construir, desde ellas,
certezas ineludibles. El gran artista tiene que buscar siempre la excelencia,
no la hipocresía o el pacto estéril, y tiene que ser lo
bastante valiente para aplicar el juicio de su vida al juicio de su obra.
De ahí, quizás, que Margarit haya decidido coger las tijeras
y cargarse, en El primer frío, la mayoría de sus
libros antes de Luz de lluvia, precisamente los más premiados
(otra ironía que el poeta nos regala), y nadie tendrá más
razón que el autor ante una indecisión. De todos modos,
mal que le pese, algunos lectores de Margarit siempre tendremos en casa
L'ordre del temps (El orden del tiempo) —título
que supera, a mi parecer, la evocación que implica El primer
frío para una obra completa—, donde descansarán
en silencio algunos poemas memorables que él ha decidido aniquilar.
La
apuesta margaritiana por la no concesión, por tensar al límite
la experiencia física y sustancial que sus poemas desnudos nos
plantean, ha supuesto esta masacre poemática, pero quiero creer
que las posibles concesiones, sobre todo de orden estético, que
tienen las primeras obras en catalán de Joan Margarit no estropean
el territorio de agua que balizan, y de donde este escritor ya no se moverá:
hablamos de la mirada, zambulléndose con un ademán nostálgico
en los fondos antiguos y saliendo a la superficie para vislumbrar un horizonte
con los ojos mojados e irritados; hablamos, también, de los nombres
y de los apellidos, de los personajes verosímiles que juegan a
ser las personas que nos importan; y hablamos del encuentro chispeante
entre la vida y el arte, una encrucijada donde de forma irremisible la
voz de los hombres se aisla. Son constantes que más tarde se sublimarán
en los libros posteriores, aquellos donde la biografía encajada
en los acentos pretende ser escenario y platea al mismo tiempo, actor
y espectador, autor y lector hermano, que sabe sin medias tintas.
La poesía es útil, pero no
toda. La hay que más bien ensucia, daña la literatura y
por lo tanto a los hombres y mujeres, la que envilece la imagen misma
de la poesía. A partir de Luz de lluvia y hasta Cálculo
de estructuras, Margarit parece haber hecho un pacto con esta premisa
y buscar el poema digamos necesario, aquél que refleje un instante
personal que es el instante eterno y universal de sus lectores, ahora
y siempre. Por eso el autor define su obra, y no con ligereza, como «ejercicio
de la inteligencia emocional», o el binomio razón-emoción
que desde Platón todo escritor tiene que atravesar, aunque uno
puede hacerlo desde muchas perspectivas y la de Margarit es, y no podía
ser de otra manera, desde el equilibrio, tratando de conquistar el propio
misterio a través de la conexión con el sentimiento. A este
equilibrio podríamos llamarlo voz, la misma que muchos poetas tardan
años en encontrar, o no encuentran nunca, aunque nos torturen con
sus desesperados intentos. El poema necesario trabaja, pues, en la dirección
de enriquecer el mundo, de aportarle alguna cosa, y lo hace en el terreno
de las primeras personas, es decir, en el ámbito de la soledad,
donde, como asegura el poeta, uno acostumbra a reírse poco. El
poema necesario es el poema al que tienes que volver, en el desaliento
y en la celebración, en los días que serán como cualquier
otro día, un poema que rescate la delicadeza como lo hace la buena
música.
La poesía de Margarit suena como
una música, en efecto, y por ello no detecto los ciclos que el
autor quiere hacernos ver en el devenir de sus libros (Luz de lluvia,
Edad roja, Los motivos del lobo y Aguafuertes
primero, y Estación de Francia, Joana y Cálculo
de estructuras después), porque sus lectores atraviesan todos
estos poemarios como en una larga sinfonía que va creciendo y matizándose,
que te va llevando hasta los rincones del presente y de la memoria, como
en la Novena de Mahler. El único giro, por así
decirlo, que emprende su voz a partir de Estación de Francia
es una aparente apuesta por la sinceridad biográfica que de hecho
entra de lleno en el pacto del arte con el lector; quiero decir que importan
poco los motivos, las raíces, de los poemas más allá
del propósito de quien los escribe, y el efecto es lo que cuenta.
Las temáticas de sus últimos libros han estado largamente
presentes en los anteriores, aunque ahora la voz se depura, la mirada
se afina y se concentra y el bagaje vital y cultural de Margarit destila
lo que el rigor le exige. El peso del pasado pesa más,
porque tiene que hacerlo para presionar el ahora. Todo suena como una
intensa melodía que poco a poco se desprende y se pausa, y te va
sugiriendo las cosas más tremendas de una manera cada vez
más dulce y más severa, y por lo tanto más auténtica.
Los versos, como quería Eliot, trabajan a pleno rendimiento, a
plena palabra. Y como querían los del 50 y Auden, en tono de conversación,
para que la experiencia te atraviese desde la sutileza y la elegancia,
para que el horror, si surge, se exprese desde dentro.
En Cálculo de estructuras,
la nota final hasta ahora, la mirada de Joan Margarit es el molde, las
manos que dan forma a lo que nos quiere, y se quiere, transmitir. Su poesía
es, en este sentido, muy cinematográfica, porque cada poema es
evocación de alguna escena vivida, en la realidad y en el deseo,
en el presente y en el pasado, para estallar en los últimos versos
en alguna reflexión, en alguna imagen, en alguna palabra, que ya
para siempre nos acompañan, porque tiene este poeta la rara capacidad
(léase talento, si se prefiere) de usar la herramienta justa en
cada trabajo que aborda, sobre todo a la hora de destriparnos, que es
lo que más le gusta practicar en los contraluces de sus poemas.
Una mirada sobre los otros que es, ya lo
decíamos, una mirada sobre el yo, que se desdobla: cuando extiende
su sentimentalidad, el latido de un corazón desbocado, dice que
«somos formas de un desorden más profundo», y el sujeto
se convierte en el símbolo de una caótica interioridad;
mientras que cuando despliega la razón, como en el epílogo
del libro, dice que «la poesía sirve para introducir en la
soledad de las personas algún cambio que proporcione un mayor orden
interior ante el desorden de la vida». La poesía sirve, pues,
como eslabón entre los dos mundos, y es una comprensión,
y por lo tanto, un alivio que aliviándote te subleva.
Porque, ¿cuál es, si no, la
condición misma del arte? A los poemas de Joan Margarit, el tiempo
y la mirada sobre el orden del tiempo a menudo se aferran a lo que el
arte tiene de vivo en nosotros, como cuando leemos a Cernuda, Neruda,
Homero o Verne, que sirven porque se levantan de las páginas que
escribieron para meterse entre los pliegues de lo que vamos viviendo.
Debemos pensar que, como nos recuerda Steiner, el mundo de los clásicos
griegos y latinos, el mundo de los clásicos casi hasta la llegada
de la Ilustración (que fue un romanticismo tímido y de derechas),
estaba hecho de héroes y epopeyas y dioses que marcaban unos valores,
unas fronteras y una proyección de los individuos que a su vez
veían colmada su identidad en el colectivo. Cuando el hombre, con
la llegada de la modernidad y la revolución industrial y la muerte
de Dios, quiso conquistar los palacios divinos y ordenó su propio
mundo, encontró, paradójicamente, el caos. Y todo este caos,
como el caos que Margarit trata de combatir con su perfecta arquitectura,
también es el nuestro. Ésta es la apuesta de un escritor
que se complace en moverse en los límites, allá en las dimensiones
que nos dejaron cifradas los clásicos.
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Txema
Martínez Inglés. Lleida, 1972. Poeta, traductor
y articulista. Ha publicado los poemarios Ulls d'ombra
(1996), La nit sense alba (2000) y Sentit (2003),
además de algunas plaquettes como Temps impersonal,
y el libro de artículos Les cendres. Articles 2000-2004
(2005). Ha obtenido, entre otros, los premios de poesía
Salvador Espriu, Joan Alcover y Màrius Torres y ha sido incluido
en diversas antologías de poesía catalana. |
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