MARGARIT EL CLÁSICO

 

Txema Martínez Inglés

 


     Cuando Gil de Biedma resumía los temas de su poesía en dos, «el tiempo y yo», quizás podríamos afinar más y dejarlo en “tiempo”, porque el “yo” no es sino una encarnación de ese tiempo, la manera en la que lo experimentamos y se hace corpóreo, como el viento necesita las hojas.
Margarit, un clásico en la Roma del siglo XXI (diciembre 2006)      La poesía de Joan Margarit está hecha, cada vez más, de este tiempo, de la encarnación y del concepto, y ahora que, según dice siempre él mismo, ya es viejo, ya es mayor, a través de los versos busca una especie de pacto consigo mismo para recuperar todas las cosas que han quedado por el camino y para hacer de la poesía aquello que siempre debería haber sido: memoria y verdad. El sexo, el amor, el recuerdo, la vida, en definitiva, son el subrayado del tiempo que tiene razón de ser desde la lucidez del presente, porque desde el niño primero hasta el viejo último, la poesía es necesaria para sobrevivir, a veces a través de una música que es la melodía de un ritmo escondido, y otras con las puertas que te abre a las convicciones, otras con la indagación insobornable de la belleza y de la inteligencia. «Necesito el dolor contra el olvido», dice Margarit, en un endecasílabo que es pura síntesis de su poética: necesidad (porque con el tiempo el arte se convierte en un proceso de depuración donde ya no caben los elementos superfluos, la pompa, los fuegos artificiales que son, una vez superado el fogonazo inicial, una mentira), dolor (porque la poesía siempre es dolor y pérdida, incluso cuando celebra) y olvido (porque contra el olvido existen las palabras, que son la expresión de piedra del futuro). Si nos fijamos bien, todos los poetas principales han atravesado este laberinto, peaje de pirotecnia lingüística, para salir a la pureza, a la exactitud de las declinaciones, como han hecho de manera sublime nombres como Thomas Hardy, Eugénio de Andrade, Czeslaw Milosz, Jorge Guillén o Antonio Machado, de formas distintas, o como han hecho tantos poetas italianos (Luzi, Montale, Ungaretti), una poesía del valor de la razón encarnada en las emociones y las sensaciones que se emparenta tímidamente con las estrategias morales de Joan Margarit.
     Llega un momento en la vida en el que uno debe hacer frente a un tipo de esencialización forzosa, cuando los impulsos juveniles y la perversión del concepto del tiempo en la edad adulta se convierten en intuiciones ridículas, superadas por la experiencia y el peso del pasado. En el tiempo, pues, nos reflejamos, y ya sólo nos queda aspirar a la esencia, a la fuerza que nos otorga la justa perspectiva. En el arte, la idea de la perspectiva se encuentra en el fondo del fondo de un equilibrio que todo lo sostiene, incluso el desorden aparente o las ideas en fuga, e instalados en la perspectiva es que el poeta empieza a destilar las dudas hasta construir, desde ellas, certezas ineludibles. El gran artista tiene que buscar siempre la excelencia, no la hipocresía o el pacto estéril, y tiene que ser lo bastante valiente para aplicar el juicio de su vida al juicio de su obra. De ahí, quizás, que Margarit haya decidido coger las tijeras y cargarse, en El primer frío, la mayoría de sus libros antes de Luz de lluvia, precisamente los más premiados (otra ironía que el poeta nos regala), y nadie tendrá más razón que el autor ante una indecisión. De todos modos, mal que le pese, algunos lectores de Margarit siempre tendremos en casa L'ordre del temps (El orden del tiempo) —título que supera, a mi parecer, la evocación que implica El primer frío para una obra completa—, donde descansarán en silencio algunos poemas memorables que él ha decidido aniquilar.
«Los versos, como quería Eliot, trabajan a pleno rendimiento, a plena palabra.»     La apuesta margaritiana por la no concesión, por tensar al límite la experiencia física y sustancial que sus poemas desnudos nos plantean, ha supuesto esta masacre poemática, pero quiero creer que las posibles concesiones, sobre todo de orden estético, que tienen las primeras obras en catalán de Joan Margarit no estropean el territorio de agua que balizan, y de donde este escritor ya no se moverá: hablamos de la mirada, zambulléndose con un ademán nostálgico en los fondos antiguos y saliendo a la superficie para vislumbrar un horizonte con los ojos mojados e irritados; hablamos, también, de los nombres y de los apellidos, de los personajes verosímiles que juegan a ser las personas que nos importan; y hablamos del encuentro chispeante entre la vida y el arte, una encrucijada donde de forma irremisible la voz de los hombres se aisla. Son constantes que más tarde se sublimarán en los libros posteriores, aquellos donde la biografía encajada en los acentos pretende ser escenario y platea al mismo tiempo, actor y espectador, autor y lector hermano, que sabe sin medias tintas.
     La poesía es útil, pero no toda. La hay que más bien ensucia, daña la literatura y por lo tanto a los hombres y mujeres, la que envilece la imagen misma de la poesía. A partir de Luz de lluvia y hasta Cálculo de estructuras, Margarit parece haber hecho un pacto con esta premisa y buscar el poema digamos necesario, aquél que refleje un instante personal que es el instante eterno y universal de sus lectores, ahora y siempre. Por eso el autor define su obra, y no con ligereza, como «ejercicio de la inteligencia emocional», o el binomio razón-emoción que desde Platón todo escritor tiene que atravesar, aunque uno puede hacerlo desde muchas perspectivas y la de Margarit es, y no podía ser de otra manera, desde el equilibrio, tratando de conquistar el propio misterio a través de la conexión con el sentimiento. A este equilibrio podríamos llamarlo voz, la misma que muchos poetas tardan años en encontrar, o no encuentran nunca, aunque nos torturen con sus desesperados intentos. El poema necesario trabaja, pues, en la dirección de enriquecer el mundo, de aportarle alguna cosa, y lo hace en el terreno de las primeras personas, es decir, en el ámbito de la soledad, donde, como asegura el poeta, uno acostumbra a reírse poco. El poema necesario es el poema al que tienes que volver, en el desaliento y en la celebración, en los días que serán como cualquier otro día, un poema que rescate la delicadeza como lo hace la buena música.
     La poesía de Margarit suena como una música, en efecto, y por ello no detecto los ciclos que el autor quiere hacernos ver en el devenir de sus libros (Luz de lluvia, Edad roja, Los motivos del lobo y Aguafuertes primero, y Estación de Francia, Joana y Cálculo de estructuras después), porque sus lectores atraviesan todos estos poemarios como en una larga sinfonía que va creciendo y matizándose, que te va llevando hasta los rincones del presente y de la memoria, como en la Novena de Mahler. El único giro, por así decirlo, que emprende su voz a partir de Estación de Francia es una aparente apuesta por la sinceridad biográfica que de hecho entra de lleno en el pacto del arte con el lector; quiero decir que importan poco los motivos, las raíces, de los poemas más allá del propósito de quien los escribe, y el efecto es lo que cuenta. Las temáticas de sus últimos libros han estado largamente presentes en los anteriores, aunque ahora la voz se depura, la mirada se afina y se concentra y el bagaje vital y cultural de Margarit destila lo que el rigor le exige. El peso del pasado pesa más, porque tiene que hacerlo para presionar el ahora. Todo suena como una intensa melodía que poco a poco se desprende y se pausa, y te va sugiriendo las cosas más tremendas de una manera cada Wystan Hugh Auden (York, 1907 - Viena, 1973) © Antony di Gesuvez más dulce y más severa, y por lo tanto más auténtica. Los versos, como quería Eliot, trabajan a pleno rendimiento, a plena palabra. Y como querían los del 50 y Auden, en tono de conversación, para que la experiencia te atraviese desde la sutileza y la elegancia, para que el horror, si surge, se exprese desde dentro.
     En Cálculo de estructuras, la nota final hasta ahora, la mirada de Joan Margarit es el molde, las manos que dan forma a lo que nos quiere, y se quiere, transmitir. Su poesía es, en este sentido, muy cinematográfica, porque cada poema es evocación de alguna escena vivida, en la realidad y en el deseo, en el presente y en el pasado, para estallar en los últimos versos en alguna reflexión, en alguna imagen, en alguna palabra, que ya para siempre nos acompañan, porque tiene este poeta la rara capacidad (léase talento, si se prefiere) de usar la herramienta justa en cada trabajo que aborda, sobre todo a la hora de destriparnos, que es lo que más le gusta practicar en los contraluces de sus poemas.
     Una mirada sobre los otros que es, ya lo decíamos, una mirada sobre el yo, que se desdobla: cuando extiende su sentimentalidad, el latido de un corazón desbocado, dice que «somos formas de un desorden más profundo», y el sujeto se convierte en el símbolo de una caótica interioridad; mientras que cuando despliega la razón, como en el epílogo del libro, dice que «la poesía sirve para introducir en la soledad de las personas algún cambio que proporcione un mayor orden interior ante el desorden de la vida». La poesía sirve, pues, como eslabón entre los dos mundos, y es una comprensión, y por lo tanto, un alivio que aliviándote te subleva.
     Porque, ¿cuál es, si no, la condición misma del arte? A los poemas de Joan Margarit, el tiempo y la mirada sobre el orden del tiempo a menudo se aferran a lo que el arte tiene de vivo en nosotros, como cuando leemos a Cernuda, Neruda, Homero o Verne, que sirven porque se levantan de las páginas que escribieron para meterse entre los pliegues de lo que vamos viviendo. Debemos pensar que, como nos recuerda Steiner, el mundo de los clásicos griegos y latinos, el mundo de los clásicos casi hasta la llegada de la Ilustración (que fue un romanticismo tímido y de derechas), estaba hecho de héroes y epopeyas y dioses que marcaban unos valores, unas fronteras y una proyección de los individuos que a su vez veían colmada su identidad en el colectivo. Cuando el hombre, con la llegada de la modernidad y la revolución industrial y la muerte de Dios, quiso conquistar los palacios divinos y ordenó su propio mundo, encontró, paradójicamente, el caos. Y todo este caos, como el caos que Margarit trata de combatir con su perfecta arquitectura, también es el nuestro. Ésta es la apuesta de un escritor que se complace en moverse en los límites, allá en las dimensiones que nos dejaron cifradas los clásicos.

 

Guardas de "Los motivos del lobo" (Colección 4 Estaciones, 2002)

 

 

     Txema Martínez Inglés. Lleida, 1972. Poeta, traductor y articulista. Ha publicado los poemarios Ulls d'ombra (1996), La nit sense alba (2000) y Sentit (2003), además de algunas plaquettes como Temps impersonal, y el libro de artículos Les cendres. Articles 2000-2004 (2005). Ha obtenido, entre otros, los premios de poesía Salvador Espriu, Joan Alcover y Màrius Torres y ha sido incluido en diversas antologías de poesía catalana.

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