EUSTACHE O EL SUICIDADO POR LA SOCIEDAD


por Alejandro Hermosilla Sánchez


 

 

     Los manipuladores de la publicidad con el cinismo de aquellos que saben que las gentes son llevados a justificar las afrentas de las cuales no se vengan, le anuncian hoy tranquilamente que “cuando se ama la vida, se va al cine”. Pero esta vida y este cine son igualmente poca cosa; y es por ello que son efectivamente intercambiables.

(Guy Debord, In girum imus nocte et consumimur igni)

 


La mamá y la puta     Si hay una película que simbolice como pocas el fracaso de mayo del 68, ponga de manifiesto sus contradicciones y se forje libérrima, incisiva y dispuesta a llevar su discurso hasta las últimas consecuencias esta es, obviamente, La mamá y la puta de Jean Eustache. En verdad, en el cine de Eustache se encuentra condensado y sintetizado mucho de lo más veraz y real que el cine francés nos ha legado: desde los hermanos Lumière -de los cuales Eustache era un ferviente admirador-, pasando por Jean Vigo y su imprescindible Zéro de conduite hasta la incombustible fisicidad del cine de Pialat, los severos y rigurosos encuadres de Bresson o los manifiestos nihilistas sobre el presente del cine y las sociedades que lo producen de Guy Debord. Y, sin duda, una gran parte del cine francés vio representada su pretérita lucha por crear un arte que pudiera radiografiar con exactitud las cimas, colisiones, fracasos y retos con los que se encontró la modernidad, en ese recorrido sin tregua ni pausa por el París post-68 que son las más de 3 horas sin desperdicio alguno que dura La mamá y la puta de Eustache.
     Por ejemplo, un cineasta como como Philippe Garrel, a quien se le pueden discutir muchas cosas pero no el tener una conciencia clara y manifiesta de esta época decisiva para el país francés y las sociedades occidentales, no puede evitar citarla continuamente, ya sea intertextualmente, en la planificación de muchas de sus secuencias y la forma de sus imágenes, ya sea explícitamente, en el discurso de sus personajes. Y creo que resulta imposible realizar una mirada crítica de la evolución del cine francés sin detenerse a radiografiar las aristas cinematográficas del film de Eustache. Tanto él como Debord, en un camino que con tanta rigurosidad y coherencia hasta entonces puede que sólo hubiera realizado Artaud en el siglo XX en Francia, llevaron al límite sus obsesiones y su lucha contra la esterilización que el mercado pretendía hacer de las fuerzas matrices de todo arte, de toda vida. Y si su lucha y su obra -la de Debord y Eustache- aparece como una herida todavía sin cicatrizar en el seno del cine francés es porque son los únicos que se atrevieron a realizar una crítica áspera y sin concesión alguna al sistema al que se opusieron. Los dos desarrollaron un contra-lenguaje en que intentaron huir del círculo teológico-mítico surrealista y de todo discurso poético-simbólico para enfrentar al retórico poder de la sociedad post-revolucionaria de consumo con las mismas armas a través de las que había construido su imperio. Tanto Debord como Eustache fueron los únicos que se atrevieron a ser laicos y delincuentes anarquistas en un medio cultural plagado de impostado proxenetismo marxista. Y esto les supuso enfrentarse a sí mismos y a la propia crítica del lenguaje cinematográfico, lingüístico y social que habían realizado para detectar en ellos mismos y en los componentes a través de los que habían forjado su arte, los mismos defectos que deseaban denunciar de una manera tan radical que sólo su suicidio pudo, aparentemente, poner paz a una conciencia de donde, como en la obra de Sade, la idea de Dios había dejado de existir a golpe de látigo. Así, frente a las ficciones que inundaban y forjaban la mente del ciudadano contemporáneo de mitos inexistentes e imposibles -los sueños de grandeza del capitalismo- tanto Debord como Eustache se empeñaron en levantar en su cine, ficcional o no, el imperio de la realidad e intentaron desvelar la conciencia maltrecha y los rincones ocultos del ciudadano de su época, para radiografiar con crudeza el verdadero “pathos” estéril de una década y sociedad que se quisieron concebir rebeldes.
     Precisamente, la película de Eustache se forja a partir de la imposibilidad que sus personajes poseen de adaptar su lenguaje a la realidad, a partir del punto vacío y del signo elidido que deja el fracaso de toda una revolución en los jóvenes que, aunque sólo fuera durante un instante o un momento puro, quisieron creer en ella. Y muestra de manera clarividente que lo que queda después de una revolución -parafraseando a Bernardo Bertolucci- no es muy distinto de lo que había antes de ella. Ni el vértigo, el vacío o la angustia han desaparecido. Tan sólo se han agrandado y han abierto la fosa del aburrimiento. Aquel aburrimiento que es el protagonista directo de tantas películas de Garrel y sobre el que Baudelaire, clarividentemente, hiciera girar la estética contrarrevolucionaria de las sociedades modernas del siglo XIX que ya prefiguraran inevitablemente el dictado monovolante de nuestras actuales sociedades de consumo ante el que se posicionaran de manera radicalmente abierta, situacionistas como Raoul Vaneigem.
Guy Debord contra el cine     Y ese es uno de los grandes méritos de la película de Eustache: dibujar el aburrimiento, el vacío como, asimismo, el exacto momento en que toda una sociedad advierte el fracaso de sus rebeldes sueños, se pliega ante la nueva situación y se dedica a olvidar. El haber sabido retratar no sólo el desencanto y las contradicciones de aquellos estetas y burgueses revolucionarios sobre los que ironizara Passolini sino, ante todo, cómo el olvido fue penetrando en la conciencia de toda una época que no pudo evitar ser enjuiciada hasta mostrar el culpable y desaprensivo rostro de aquellos que la quisieron liberada de todo prejuicio.
     Ahí se dirige el discurso de Eustache. A cuestionar la realidad que tanto él como Debord sentían opresora y traidora para poner en imágenes el momento justo en que el sistema está engullendo a quienes con más ferocidad se opusieron a él. Y, en realidad, no es difícil seguir la pista de toda una generación en los paseos sin finalidad alguna de Alexandre y en los rostros que se dibujan ya sea en el fondo de la cámara siempre inquisitiva de Eustache o en los bares y terrazas de París abrazados con resignación complaciente a una cerveza, un café, unos cigarrillos.
     De hecho, creo que gran parte de la verborrea que caracteriza a Alexandre, intenta llenar el hueco que hay detrás de todas las preguntas que el movimiento revolucionario que originara mayo del 68 no pudo contestar, cegado como estaba para observar cómo el rostro del poder que enfrentaba era, en verdad, muy parecido a su faz contestataria. Y si Alexandre, al contrario que algunos de los románticos protagonistas del primer Godard, es cínico y satírico hasta el límite es porque considero que ha contestado prematuramente las preguntas simples y sencillas que dejó detrás de sí el fogonazo revolucionario del mayo parisino: ¿cuál es la revolución que pedían aquellos jóvenes que disfrutaban las consecuencias de un estado de bienestar asentado en parte gracias al impulso colonialista del país francés en África? ¿Contra quién gritaban aquellos jóvenes que volcaban coches incendiados sobre las aceras de un París en estado de sitio sino sobre el rostro conformista de quien un día serían? ¿Cómo pensar una verdadera revolución a través de un marxismo elitista cultivado en las Universidades y, en cuyo fondo, -eliminada la procelosa sombra de Dios– latía la necesidad de repensar no ontológicamente sino económicamente el cuerpo y espíritu de las sociedades modernas favoreciendo, por tanto, su desarrollo y futura expansión consumista?
     Es allí donde pienso que se dirigen los discursos de Alexandre y donde se recluye su ansia abrumadora por cuestionar una situación que no puede hacer más que devorarlo en cuanto su propia existencia y lucha sin raíces es hija fortuita pero agraciada del mundo sin cuartel que aparece a sus ojos tras la revolución y al que se opone. Es ahí donde radica su angustia y su necesidad de cabalgar como un desnutrido jinete por el caballo del lenguaje en una lucha mortal sin posible vencedor por intentar determinar dónde se encuentra aquel desconocido que llamamos hombre. Por saber dónde se encuentra su yo, el de sus compañeros y el de toda una generación sometidos a la insulsa doctrina de un Sartre que aparecerá en la película ridiculizado como si se tratara de un melagómano borracho incapaz de engañar ya a nadie. Sin más iglesia ni acólitos que un vaso de alcohol.
     Porque este es otro de los grandes temas de La mamá y la puta: el engaño. La mentira de la rebelión, de todo lenguaje crítico y, por tanto, de todo sistema filosófico, político o social que condena a la locura a todos aquellos que no pueden adaptarse al mismo, como ya radiografiara con precisión Foucault. La inmensa paradoja de intentar construir un discurso sin ley alguna cuando toda crítica no puede formularse sino gracias a las reglas internas de un lenguaje y unas palabras esclavos y atados al hecho denunciado. Por ello, creo que la película de Eustache impacta tanto. Porque desvela con precisión los mecanismos a partir de los que el sueño deviene pesadilla y la utopía no puede ni siquiera ser pensada. Porque revela el reflejo evanescente de una época que ya no volverá jamás y que se ha ido para siempre como aquellas melodías de Marlene Dietrich que Alexandre escucha taciturno en su habitación. Y en este sentido, La mamá y la puta es más que una película, una experiencia intensamente moderna y bajo cuyos cimientos, se escucha el latido de la ideología que, por ejemplo, llevaría a Lars Von Trier, ya totalmente consciente de la inexistencia e imposibilidad de toda revolución -al menos como ha sido pensada hasta ahora en Occidente- a construir la alucinada metáfora que daría lugar a su cínica, amoral y sangrante visión de nuestra actual sociedad de consumo, Los idiotas. Precisamente, el mensaje Eustache, cuchillo sangrientomoral de los filmes de Eustache, como él mismo se encargaría de resaltar en sus observaciones y apreciaciones sobre nuestra sociedad contemporánea, no deja lugar a dudas sobre el nihilismo vital que le acompañara durante toda su vida y que se reflejara en las absorbentes imágenes que recreara: «Me gustaría que la gente se diera cuenta de que en la civilización actual no hay salida para nadie. Puede uno intentar aparentarlo: están los que viven y los que hacen como si vivieran».
     Desde este punto de vista, el film de Eustache no es sólo cuchillo sangriento que muestra sin piedad las vísceras muertas de la sociedad francesa sino, ante todo, ojo sangrante y cegado que no puede evitar estallar ante los ojos del espectador mostrando las contradicciones a partir de las cuales se construyó el irreal estallido de una sociedad. De hecho, la ausencia de árabes o negros en la película de Eustache, sin embargo, no puede elidirlos del primer plano de un posible debate sobre el estatuto de la realidad social retratado por el film. Todo lo contrario. Gracias a su ausencia, el monólogo tiránico, infinito y estéril de Alexandre, de todo Occidente, se muestra sin concesiones, descarnado, violento y contraproducente. Si el revolucionario o el antiguo soñador no pueden ni tienen la oportunidad de dialogar con un “otro” diferente, esto significa que su progresivo ascenso al poder será fruto estéril labrado y desgastado por el lento transcurso de los años. Al fin, su programa será el vacío o la consolidación del orden establecido.
     De hecho, no otras opciones aparecen ante Alexandre luego del catártico y liberador monólogo -más tarde, excelentemente sampleado y utilizado por Diabologum para realizar una de sus habituales lecturas nihilistas de nuestra sociedad a través del discurso musical- de Veronike: intentar como un niño chapotear entre los huecos vacíos y carentes de sentido de la sociedad en la que se encuentra hasta desaparecer arrastrado por ella o sumirse en su corriente antinatural concibiendo un hijo a través del que entronizar todos los atributos amorales de la sociedad contra los que quisiera luchar.
     Y es inevitable, a día de hoy, y una vez vistos los acontecimientos sucedidos en Francia en este violento fin de año, recordar que si la revolución de mayo fracasó fue para que no se hiciera para ningún “otro”. No se construyó para aquellos extranjeros, árabes y negros, a los que hasta entonces se había explotado e intentado negar su identidad. Fue más la rabieta de unos adolescentes que observaron que no podrían cambiar su sino y destino ya marcado por su educación que la petición de una amplificación total de los derechos de la sociedad de consumo hacia los emigrantes que, poco a poco, comenzaron a formar parte del paisaje social francés.
     No es vano recordarlo. Le Pen estuvo a punto de ganar unas elecciones y ninguna encuesta lo consideraba favorito de las mismas. Y es en el país francés donde se ha forjado el debate más ¿Qué y quiénes somos en realidad?enconado y la resistencia más estrecha a la entrada de Turquía en la Comunidad Económica Europea. En ese lugar en donde finaliza y empieza, como supiera Debord, nuestra sociedad de consumo: en la mentira. O el egoísmo. Y en escasas oportunidades, el cine ha intentado hablar y mostrar el violento rostro de esta mentira como lo hiciera Eustache.
     Es bien claro que, por ejemplo, Chabrol no ha cesado de radiografiarla pero lo genial del intento realizado por Eustache es que, por una vez, tenemos la sensación de que la pantalla del cine se desvela y se cierra sobre sí misma para mostrarnos no una película sino la realidad. Un documental y un debate más que una ficción sin que la narración pierda en ningún momento su brío. Si, para Debord, era fundamental acabar de una vez con las imágenes, hacer estallar la proyección y comenzar a realizar la verdadera película en el diálogo de quienes asistían a la sesión cinematográfica, creo que la película de Eustache tiene el merito de conseguir que este debate -interno y externo- se produzca sin interrupción en la mente de cualquier espectador que se anime a introducirse entre sus imágenes. Y hoy en día, en que el estado occidental ha devenido omnipotente miembro capaz de realizar cualquier acción demandada por el ciudadano para responder a sus anhelos, no es vano realizar de nuevo un guiño a las imágenes del film de Eustache y preguntarse por el padre real, ficcional de los personajes de su película. ¿Dónde queda su familia?
     Creo, de nuevo, que ahí sustenta su poder La mamá y la puta. En lo elidido, en lo no visto tanto como en la radical impiedad a través de la cual está representada la realidad. Eso es, en el fondo, la maquinaria occidental: un despiadado padre preocupado por llenar los huecos afectivos de sus hijos a través de los objetos fabricados en serie por la sociedad de consumo y donde el alucinado y frenético rostro solitario de sus miembros -véase el caso de Alexandre- comienza a confundirse con el nuestro preguntándonos a dónde ir para encontrar el hombre que soñamos y quisimos ser. Un estado forjado a través de la violencia que, como muestra con radicalidad, el último y excelente film de Garrel, Les amants réguliers, es incapaz de contestar la cuestión que late en el fondo de toda búsqueda artística: ¿qué y quiénes somos en realidad?
     Sí. La duda que corroía al, puede que muy a su pesar, irracional Descartes acabó formulándose como afirmación tajante, sin ambigüedades, recta sostenida en el tiempo que acabó afirmando el progreso. Y resulta, en verdad, un poco enojoso acercarse hoy en día al Pompidou a contemplar la exposición dedicada al Dadaísmo y encontrarse totalmente mediatizadas y ya absorbidas por las sociedades de consumo, las anti-reglas a través de las que Tzara o Breton formularan sus alegatos creativos. Sentarse entre un público ávido de novedades y con la mirada ansiosa y perdida a componer un poema surrealista al tiempo que somos filmados o fotografiados por las abstrusas cámaras de cientos de turistas, al fin y al cabo, es reconocer que se ha perdido otra batalla. Afirmar que la sociedad del espectáculo que pensamos denunciar ya lo ha inundado todo. Ni la vida ni el cine pueden dar cuenta de una batalla que fue ganada hace demasiado tiempo por el capital. Y, desde ese punto de vista, se ha de entender que el lenguaje de la liberación sexual es, en realidad, como se visualiza en la La mamá y la puta, un intento de huir hacia delante sin tomar conciencia de los verdaderos problemas que laten ocultos en el fondo de la sociedad en la que nos desenvolvemos. Es, en suma, otra forma de comercio, de soledad. Como puede que, a estas alturas, todo lenguaje artístico.
"Zéro de conduite" de Jean Vigo     Como dijimos anteriormente, creo que La mamá y la puta refleja el exacto momento en que se percibe que, por ejemplo, el urinario de Duchamp ha sido ya totalmente integrado al paisaje catódico y mental de la misma clase y medio social contra el que, en principio, pensó atentar. En realidad, creo que muestra con una agudeza y una precisión demoledoras, cómo las sociedades occidentales –a pesar de y gracias a los manifiestos y gritos de tantos burgueses “rebeldes”– se han construido a partir de la lógica de la exclusión y cómo, todo discurso que no sea capaz de abrirse a recibir a un “otro” o “extranjero” en su interior, acaba por autodestruirse o afirmarse, precisamente, a partir de y gracias a todos los hechos frente a los que se forjaba la rebelión. Esto lo supo bien Passolini y también lo comprendió con lúcidez y entereza Eustache. El hecho mismo de su suicidio refleja con meridiana claridad desde dónde se construyó la noción de caridad y salud en las naciones llamadas cristianas. La progresiva aceptación e integración de argelinos, tunecinos o marroquíes en la sociedad francesa y su progresivo hacinamiento en los extrarradios de las ciudades, no es más que la consecuencia de seguir midiendo a los individuos en torno a una lógica económica cruel frente a la que los protagonistas de mayo del 68 -ahora en el poder- quisieron rebelarse. En realidad, no deberíamos quejarnos más del cine ni de nuestra sociedad. Como supiera Debord, tenemos tanto el cine como la sociedad que nos merecemos. Lo demás son palabras. Flujo perdido de significantes que no van hacia ninguna parte y que, antes o después, como le sucederá a Alexandre frente al mítico discurso de Verónica al final de La mamá y la puta, deben admitir su fracaso y la imposibilidad de romper las leyes y reglas de la naturaleza. Deben reconocer, como toda la sociedad a un grito, su radical imposibilidad para ser amor.

 

 

 

 

 

 

 

FATIH AKIN

Fatih Akin, corazón internacional

 

 

     Entrevista: Ángel Manuel Gómez Espada

     Traducción: David Martínez Pando

 

 

CRUZANDO EL PUENTE CON...

     Nace en Hamburgo, en 1973, de padres turcos. Estudia Comunicaciones visuales en el Colegio de Bellas Artes de su ciudad natal, y durante esta época comenzará sus colaboraciones con Wueste Film. En 1995, escribe y dirige su primer cortometraje, Sensin – Du bist es! (Sensin – El mejor), con el que conseguirá el Premio del Público en el Festival Internacional de Cortometrajes de Hamburgo. Con el segundo, Getuerkt (1996), también se alza con varios premios. En 1998 se pasa al largometraje, donde realizará, sucesivamente, Kurz und schmerzlos (Corto y con filo, 1998 ), Im Juli (En julio, 2000), Wir haben vergessen zurueckzukehren (documental, 2001) y Solino (2002). Pero será con Gegen die Wand (Contra la pared, 2003) cuando le ha de llegar el reconocimiento internacional del prestigioso jurado de Berlín, adjudicándose el Oso de Oro y el Premio de la Crítica. Fue jurado de Cannes en su última edición. Aprovechamos su estancia el verano pasado en Cartagena, donde presentó su último e interesante trabajo hasta la fecha, Crossing the Bridge (Cruzar el puente, 2005), dentro del siempre enriquecedor festival LA MAR DE MÚSICAS, para ponernos en contacto con él. Aunque algo tarde, le agradecemos toda la paciencia que ha tenido con nosotros. A pesar de su juventud, tenemos que apostar fuerte por él. A ver si con el tiempo, podremos disfrutar de su cine en dvd, puesto que las películas europeas de gente desconocida y las salas multicines están peor que israelíes y palestinos. Desde aquí os decimos que la entrevista no tiene desperdicio.

 

 

     -Su película Contra la pared habla de un matrimonio de conveniencia con una joven turca. ¿Hasta qué punto se podría considerar ese argumento como autobiográfico?

     -El aspecto autobiográfico fue sólo al principio de la película de Contra la pared, pero eso es todo. Hace años una compañera del instituto me pidió que me casara con ella. No teníamos Contra la paredninguna relación sentimental, había solamente entre nosotros una especie de amistad. Ella deseaba desesperadamente salir de su entorno familiar y me consideró la persona adecuada para un matrimonio de conveniencia. En un primer momento estuve fascinado por la idea, pero al final evidentemente no acepté. El resto de la historia de la película es pura ficción mezclada con elementos autobiográficos de la gente que me rodea.

     -¿Cómo ve desde su punto de vista de director el escándalo que se montó al saber que su protagonista, Sibel Kekilli, hubiera sido una actriz porno?

     -Desde muy al principio supe que esto algún día surgiría, pero cuando finalmente ocurrió me quedé horrorizado de qué manera tan sucia y miserable fue orquestada esta campaña. Hay un estúpido periódico sensacionalista llamado Bild-Zeitung que vende millones de copias a todo aquél que necesita mierda como ésta. Intenté proteger a Sibel de toda esta basura pero no pude. Esta impotencia me cabreó mucho y me querellé con este periódico. Además mucha gente dijo que todo esto fue una buena promoción para la película y eso me puso mucho más furioso. Desde el punto de vista de un director de cine sólo puedo decir que es una vergüenza cultural el que, probablemente, más gente se centrara en el tan llamado escándalo pornográfico que en la película en sí misma.

     -¿Por qué hacer una trilogía que se empieza con su aclamada Contra la pared? ¿Todas tendrán como base las historias de amor o es que para usted toda película lleva como transfondo una historia de amor?

     -Por supuesto, el amor es un elemento que difícilmente podemos pasar de largo en una película, junto con la muerte y el demonio, las otras dos partes de la trilogía. Ésta es más un sueño que una idea. Después del éxito de Contra la pared tengo la ocasión de seguir realmente la idea de una trilogía, en donde una película se construye sobre otra surgiendo finalmente ésta. La próxima será la segunda parte. La muerte, la pérdida y el dolor tienen una fatídica influencia en la vida de seis personas y vuelve a unir a aquellos que se han ido marchando. Después de un gran éxito es difícil colmar todas las expectativas. Espero que mi película sea un paso más allá, más compleja y madura. Una tercera entrega completará un día la idea en su conjunto de una trinidad de películas crecidas con el tiempo.

     -¿Opina que la caída del Muro de Berlín ha traído al cine en Alemania una nueva generación de directores que ven la unificacion con ojos escépticos? Estoy pensando en películas como Good bye, Lenin! de Wolfgang Becker o Berlin is in Germany de Hannes Stohr, dos impresionantes historias con el trasfondo político del tiempo perdido y la caída de la Alemania comunista.

     -No lo sé. La caída del Muro fue hace algún tiempo. Crecí en la ciudad de Hamburgo, la cual no está lejos de la antigua frontera, pero culturalmente es muy occidental. Así que creo que es mejor ser prudente, todavía no conozco mucho la parte de la Alemania del Este. Pero Good bye, Lennin! no está realmente tratando el tema de la unificación de una manera crítica, está solamente Crossing the bridgejugueteando con estas cosas de una forma entretenida. Que yo sepa, esta película la hizo gente de la Alemania oriental. En cuanto a Berlin is in Germany no la he visto, pero a menudo tengo la impresión de que las cosas que tratan el pasado del dividido país son o muy ideológicas o pura nostalgia.

     -Si pensamos en las grandes producciones que proliferan, cada año más, en Europa, ¿podríamos llegar a tropezar con una hollywoodización del cine europeo en un futuro próximo, o para ese desastre aún nos queda mucho?

     -Un nuevo “Hollywood” sería verdaderamente un desastre, pero espero que el cine europeo como parte de un nuevo “cine mundial” se convierta en lo que llamamos el “Nuevo Hollywood” de los sesenta y setenta. En esa época una nueva generación de directores rompió el sistema de los estudios y demostró que es posible realizar películas ambiciosas con un acercamiento social y político, las cuales tuvieron también un éxito lúdico y comercial. Tenemos que redescubrir el cine europeo como un género, como una alternativa a la basura hollywoodiense. Ésta es la única arma de la identidad cultural europea para frenar el avance del comercio e infiltración de los Estados Unidos. Contestamos a los Estados Unidos de América con los Estados Unidos de Europa. ¡Pero antes tenemos urgentemente que unirnos!

     -¿Y usted se imagina recibiendo una llamada de Hollywood para dirigir a gente como Tom Cruise o Angelina Jolie? ¿No le llama la atención esa posibilidad?

     -Una llamada como ésa podría tentarme durante uno o dos días, pero no puedo imaginarme que esto ocurra. Tendría que preguntarles: ¿por qué yo? ¿Piensa realmente que soy el director apropiado para una película como ésta? ¡Podría ir en una dirección que le pudiera gustar! Algún día me gustaría trabajar en América, quizá en un proyecto como 21 gramos, película que estuvo dirigida por mejicanos. Pero tengo claro que ni Tom ni Angelina estarán en él.

     -¿Qué tal la experiencia de ser jurado en Cannes?

     -Fue una gran aventura. Fatih en el país de las maravillas. Una gran pero también agotadora experiencia, una visión entre bastidores de un gran festival. Fue como en el colegio. Entre todos los ilustres miembros del jurado me sentía a veces como un chiquillo. Cuando estuvimos discutiendo las películas en competición, tuve realmente que concentrarme para no culparme a mí mismo de ser el subalterno del grupo. Pero después de tres semanas estaba malo yendo sobre alfombras rojas de arriba para abajo, el encarcelamiento del visionado de películas y el obsceno desfile de ricos. A pesar de todo fue un enorme privilegio vivir por primera vez la experiencia de un festival como Cannes y desde una perspectiva como ésa.

     -En Crossing the bridge usted se lanza a mostrarnos Estambul a través de sus diversos estilos musicales. Ese puente que hay que cruzar, ¿es interno o externo?, es decir, ¿es una deuda contraída por usted con Estambul, como hijo de familia turca emigrante?

     -Se supone que el puente exterior es el símbolo para el puente interior. Un primer paso para cruzar el puente a otra cultura podría ser el abrir tus oídos y escuchar la música. Detrás de la Corto y con filo música está el alma de la gente en todas las culturas. Podría presentar un sentimiento intuitivo para los asuntos extranjeros, mucho más expresivo que cualquier aproximación intelectual. Este es el mensaje.
     ¿Qué tipo de culpa tengo por sentirme de la tierra de mis padres? ¿Le debo yo algo a Turquía? Quizá el privilegio de crecer con dos culturas, dos idiomas y dos conceptos de la vida; pero no robo nada de ellos, solamente retrato lo que me fascina y lo traigo para promocionarlo en Europa. No hay ningún tipo de deuda ni de culpa.

     -Para nosotros, como comprenderá, es un orgullo. Nos gustaría que nos dijera cómo surgió la idea de presentar su Crossing the bridge en un festival de música como es el que se realiza en Cartagena cada mes de julio, el aclamado internacionalmente La Mar de Músicas. ¿Ha sido la puesta de largo oficial de la película en España?

     -Fue la primera proyección en España e hicimos algo de promoción. El festival estaba dedicado a Turquía el año pasado. Muchos de los músicos de mi película fueron invitados para representar la música del país. Así que desde la cinemateca de Murcia, el señor Joaquín Cánovas Belchí, el cual estaba encargado de las películas que se proyectaban en el festival, nos invitó para presentar la cinta en España, en donde ha sido distribuida.

     -Bueno, no nos tilde de exigentes, pero díganos qué es eso de 'Corazón Internacional' y explíquenos un poco también su origen. ¿Piensa que el cine europeo ha dado paso al cine latino, donde se están haciendo obras maestras desde mediados de los ochenta?

     -Estuvimos pensando mucho en un nombre para nuestra productora, pero también teníamos algo de prisa. Nadie entendería un nombre turco, no queríamos un nombre inglés y ningún nombre alemán venía a nuestra mente. Todos nosotros estamos muy unidos emocionalmente con España y Latinoamérica, y nuestro objetivo era y es hacer películas desde el corazón. Así que terminamos llamándole ‘Corazón’ y le añadimos ‘Internacional’ para parecer muy cosmopolitas.
     Mi padre se estableció en el Mar Negro y fue pescador antes de ir a Alemania a buscar trabajo. Mi madre también se crió en el Mar Negro, pero en Sile, que es casi un barrio residencial de Estambul. Se casaron muy jóvenes y los primeros años mi padre estuvo solo en Alemania. Después mi madre se fue a Hamburgo con él y yo nací allí a principios de los 70. Crecí en una parte de la ciudad llamada Altona, en donde evidentemente había muchos turcos, pero también había niños inmigrantes de otros países como Grecia o Yugoslavia y, por supuesto, frikis alemanes. Por lo tanto siempre ha habido muchas influencias multiculturales a mi alrededor.
     Actualmente estoy francamente sorprendido por el cine latinoamericano. Parece ser la influencia más renovadora del cine moderno. Recientemente vi la película Y tu mamá también. ¡Una obra maestra! Películas como ésta han sido una enorme aportación en mi obra. Amores perros influyó mucho en Contra la pared y me dio una visión concreta de la película que tenía en mente.

     -Muchas gracias por su amabilidad.

     -A vosotros.