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Encuentro con JAVIER HUECAS
—JAVIER
HUECAS: Se trataba de un periodo de transición, primero fue el
rojo y después el negro. Siempre he tenido la necesidad de mostrar
cierto malestar. Hace años experimentaba cercano a lenguajes muy
reduccionistas, de carácter simbólico. El límite
del cuadro era la muralla de la ciudad, la ciudad se convertía
en un plato, en un bodegón… Luego trabajé con la palabra
escrita y la ocultación. Más tarde se —ECP: ¿En qué estás trabajando exactamente en estos momentos? —JH: Estoy trabajando en la serie Apestados, siguiendo en la línea de grupos encadenados en la que trabajo últimamente. Otras series anteriores fueron La Comedia Humana, El hombre y la Naturaleza, Disonancias o Amantes. En todas enfrento al individuo a un ideal elevado como Dios, la Música o la Naturaleza, o ante un revés del destino como una epidemia de peste, tratando de poner de manifiesto la imbecilidad inherente en el comportamiento humano. La única serie que no trata la imbecilidad es Amantes. En ella trato el amor entre mujeres desde un nivel más poético. En Apestados estudio las distintas reacciones humanas ante dicho mal; y así, aparecen elementos como el piadoso, el que reza, el desesperado o la misma cruz que servía para marcar la vivienda de los enfermos. —ECP: Recientemente has participado en una exposición colectiva llamada La Biblioteca del Pintor. Háblame de la importancia que tiene la literatura en tu obra… Y de la que tiene la música, pues me consta que eres un gran aficionado especialmente a la música de vanguardia de la primera mitad del siglo XX.
—ECP: ¿Qué piensas del arte de estos momentos en Almería y en España? ¿Con qué artistas te sientes identificado o representan una referencia importante para ti? —JH: Mira, cada vez me interesa menos la obra de los demás, salvo en raras excepciones. Me aburre… Repetición de repeticiones. Me siento afín a Trakl, Alfred Kubin, Friedrich, Samuel Beckett, Lucien Freud, Kafka, Goya, Lutoslawski, Penderecki, Maderna, Alban Berg, Antón Webern. —ECP: Compaginas tu creación con la enseñanza en un centro de educación secundaria. ¿Es posible sentirse artista en el instituto?
La luz que se filtra por un ventanal alto nos indica que anochece. Algunas figuras parecen mirarnos y susurrar algo entre ellas. El tiempo se detiene, reina la paz y se respira una humedad cálida que me sobrecoge. De fondo suena la música de Walter Marchetti. Y yo… Me creo a Javier cuando dice encontrarse aquí como en el vientre de su madre. |
MIGUEL HERRANZ
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Entrevista: Juan Fernández
—ANTONIO LÓPEZ: Me levantaba, bueno, nos levantábamos Mari, mi mujer, y yo, sobre las ocho y media. Nos aseábamos, desayunábamos, charlábamos con mucha tranquilidad, y sobre las once y media me iba a trabajar. Cogía el metro y tardaba una hora y cuarto en llegar. Para mí aquel viaje también formaba parte del trabajo, porque estaba unido a la vida. —ECP: ¿Qué hacía en el metro? —AL: Me gusta estudiar a la gente. Ir en el metro lo encuentro fascinante. La oportunidad de tener tan cerca una persona y poderle observar los pelos de las orejas es algo fantástico. Lucien Freud podría haber pintado en el metro. Allí ves las figuras como las muestra él, con esa cercanía. Ves cosas muy íntimas de gente desconocida, ahí, delante de tus ojos. A veces ves cosas antipáticas, gente que te desagrada mucho, pero no importa, porque es el mundo, es la vida, y lo ves con una gran proximidad.
—AL: A pintar todo el día. Me solía llevar algo de comida y bebida en un termo y trabajaba jornadas muy largas, hasta las ocho o las nueve, hasta que me cansaba. Ha sido el cuadro que más he tardado en pintar. Lo empecé tres veces. La primera vez el tablero se alabeó. La segunda, no encontraba la escala a la que representar a la ciudad. A la tercera encontré la escala, pero todo el esplendor que quería meter en el cuadro no cabía, así que tuve que ir añadiendo fragmentos. —ECP: ¿Quince años es mucho tiempo para pintar un cuadro? —AL: No he estado todo el tiempo pintándolo, lo abandoné durante muchas temporadas. Elegí la luz de la primavera y sólo tenía dos momentos al año en los que la luz era la misma. Hay que trabajar así, hay que amoldarse al ritmo de la vida. Yo amo la totalidad de esta aventura y todo lo que ocurre en medio de ella me gusta. En tu voluntad no reside todo, has de armonizarte con la realidad que estás pintando. Es parte de la belleza de este trabajo. Yo nunca tengo ansiedad por terminar un cuadro, sólo cuando me meten presión. Pero si no, no pasa nada, un cuadro a medias está bien. —ECP: ¿Cuándo se termina un cuadro? —AL: Los que nacen en contacto con la vida nunca se cierran del todo. Este cuadro lo he entregado, no lo he terminado. Podría haber seguido, y quería seguir, pero tenía un compromiso.
—AL: Sí, por supuesto. Este es un vínculo que no quieres romper nunca, es un amor que no deseas abandonar. Y te doblegas a todas las dificultades del mundo por no cortar esa relación. A mí me causa mucho dolor finalizar un cuadro. —ECP: ¿Sentado ante el lienzo en blanco, la aspiración cuál es? —AL: Lo primero es que delante de mí haya algo que me cause emoción, que tire de mí. A mí me emociona la realidad porque es como es. Por tanto, tengo que representarla como es. Si es una vista de Madrid la que me emociona, no puedo querer pintar Venecia. Si te emociona eso, eso es lo que debes conseguir, ahí es donde has de indagar. —ECP: ¿Cómo casa esa aspiración con la abstracción? —AL: Bueno, habría que mirar antes qué es la abstracción. Para mí está incluida en todo lenguaje artístico. En la Venus de Milo hay leyes secretas que son abstractas. La gran enseñanza de la abstracción, aparte del placer de tanta pintura buena como nos ha dado, es que nos ha señalado eso, que la abstracción ya estaba ahí, en el gran arte. Siempre en el gran arte. En Fidias y en Velázquez está la abstracción. Sin embargo, en Benlliure no. —ECP: ¿En Velázquez está la abstracción? —AL:
Está en su sensibilidad hacia el hecho mágico de la pintura.
Al seleccionar un determinado rojo y relacionarlo con un determinado gris,
Velázquez ya se estaba moviendo en la abstracción. Esa es
la gran diferencia entre él y Van Dyck, esa intensidad secreta
que tiene que ver con la abstracción. Eso es algo que está
en Zurbarán. Y en Piero della Francesca. No es arrimar el ascua
a ninguna sardina, es hablar como creo que son las cosas. Es el misterio
del lenguaje del arte. Si quiere llamar a ese misterio —ECP: ¿Encuentra muchos contenedores de emociones en la vida de hoy? —AL: Potenciales, muchos… Pero abundan los malentendidos. Hay mucho espectador tonto, incauto, tendencioso e ignorante que hace un daño terrible. Es la causa de que exista el mal arte. —ECP: ¿Esto lo dan los tiempos? —AL: No, porque cuando veo en los museos tanta pintura antigua equivocada, entiendo que allí también tenían ese fondo de perversión. Sólo hubo un momento en el que eso no ocurría, porque había unas verdades comunes muy sólidas y esenciales. Es el mundo antiguo, de Roma hacia atrás. Ahí no hay idioteces. Ahí parece que la sociedad y la voz del artista buscan lo mismo. Por eso ves la esfinge de Gizeh y sientes que estás ante un poder energético que te puede calcinar. ¿Qué motivaba aquello? ¿Que había unos dioses que estaban muy cerca de los hombres? Yo no lo sé. Sólo sé que entonces había unos motivos muy hondos para hacer las cosas. —ECP: ¿Se siente cómodo en el mundo de hoy? —AL:
No, claro que no. ¿Usted se siente cómodo? Hombre, usted
sí, usted es joven y a su edad es normal. Hay una cosa muy importante,
que es la sensualidad. No hablo de sexo, sino de sensualidad, de la —ECP: En algún momento le he oído quejarse de que hay en el mundo mucho torpe suelto. —AL: Lo malo no son los torpes, sino los sinvergüenzas, que en el fondo es una forma de torpeza. Hoy el mal nos va a alcanzar a todos, no se van a librar ni los ricos más ricos. Hoy quienes tendrían que estar hablando en el mundo son los científicos, no los políticos, que son casi todos unos pringaos. Ni siquiera los artistas, que sólo podemos intuir algo. La ciencia es lo único que nos puede salvar. —ECP: Siempre le quedarán sus pinceles. —AL: No me aferro a ellos, es sólo que me gusta mi trabajo. El arte es algo extraordinario creado por el hombre, pero eso tampoco nos va a salvar. Por muchos museos que haya, de nada van a servir si se sigue usando mal la riqueza de la tierra y persisten la torpeza, la ignorancia y la prepotencia. El problema es que el hombre hasta ahora sólo ha tenido fuerza en relación a otros hombres, pero hoy la tiene ante la Tierra. —ECP: Recibir un premio a toda su carrera le reconcilia con algo? —AL:
Un artista, la energía para pintar la saca de muchos sitios y muy
variados. Uno de ellos es el sentimiento de que lo que haces le vale a
los demás. Sin eso, no podría continuar. De todos modos,
yo tampoco soy de esos artistas que quieren estar en todos sitios a la
vez. Me formé en un momento de gran —ECP: Suele pintar figuras y escenas humildes, pero en breve entregará el retrato de la familia real. —AL: Bueno, el rey, cuando lo ves de cerca, es un hombre como usted y como yo. Con su mundo interior y su misterio. En esta vida no se puede ser más que hombre. —ECP: ¿Ha captado el misterio de Juan Carlos? —AL: Es mi misión. Velázquez lo hizo. Cuando ves su Felipe IV y su Papa, ves a dos hombres. Por eso Bacon pudo trabajar sobre ese retrato, porque había un hombre en el cuadro de Velázquez, con el misterio y la fragilidad de todo ser vivo. Eso lo consigue muy poca gente. Tiziano no lo consiguió. Velázquez sí. Reflejó de verdad lo que es esa persona. Porque una cosa es cierta: la verdad siempre es digan y elegante.
© Juan Fernández / El Periódico de Catalunya
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BRASSÄI: EL HOMBRE SOLO DE LA GENERACIÓN PERDIDA
Adolfo Marchena
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