DEMASIADO MAR
Antonio García Fernández, Sr. Curri |
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Si
hay que elegir un sitio para perderse, este es el sitio; el cielo siempre
está limpio y la luz parece de propiedad exclusiva. Yo nunca vi
una luz tan blanca. Cuando uno llega en coche desde Almería, se
va empapando por el camino de esa belleza trágica —afortunadamente
ya no tan trágica como la que describió Juan Goytisolo en
Campos de Níjar— del parque natural: la tierra semiárida,
el amarillo de las matas secas y el rojo apagado de la tierra volcánica.
Y el mar. Todo el tiempo el mar.
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Dejo
el coche aparcado en la plaza Virgen del Mar, en el centro del pueblo,
y nada más salir, lo primero que veo es una anciana vestida de
negro lavando camisas blancas en el lavadero. Sólo con eso ya me
doy cuenta de que acabo de entrar en otra época, en una especie
de patria mítica, una escala en el viaje de Ulises donde el tiempo
se hubiera detenido. Me dejo llevar por la pendiente y al escuchar el
ruido de las barcas y el mecerse del pescado puesto a secar en los tenderetes,
me da la impresión de que nada de lo que existe aquí pudiera
cambiar nunca. Todo esto es más alegre los meses fuertes de verano
—me dicen—, se llena esto de gente y eso siempre da alegría.
Sutil y educado, a este pueblo todo el mundo lo llama La Isleta del Moro. El Moro es por el Moro Arráez (que significa Capitán) y que fue el primero en instalarse a vivir aquí allá por el siglo XIX, y la Isleta es por ese islote que hay junto al pueblo en el mar. Eso, me digo, hay que verlo de cerca, así que bordeando la orilla me acerco hasta la Punta Isleta, un peñón señorial que se enfrenta en un duelo a la misma altura a la Isleta de afuera y al que presiden cientos de gaviotas. Al llegar a la cumbre, la sensación es peculiar. Todos los azules se juntan y uno tiene la sensación de pertenecer a un mundo extraño. Girando la cabeza está el mar y el desierto, y si vencemos el vértigo, desde arriba se puede ver en la falda del peñón un refugio natural y un pequeño embarcadero medio derrumbado por la fuerza del mar, aunque suene a tópico, uno se da cuenta viendo esto de qué gran verdad es eso de qué poco somos cuando el mar quiere. Junto al embarcadero alguien se entretuvo en tallar en la piedra un banco y una mesa. |
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A este pueblo vino a parar el poeta Javier Egea, sin buscarlo se encontró con este mar, demasiado mar, y aquí le contaron la historia de La Nube, una tempestad que llega de cuando en cuando sin avisar desde África. La leyenda dice que pueden pasar muchos años pero La Nube siempre vuelve y arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Él llegó aquí huyendo, tratando de superar una crisis personal y La Nube se convirtió en un presentimiento de algo terrible. Tarde o temprano algo inevitable iba a arrasar con todo. Pero mientras tanto, él iba a esperar aquí y aquí tuvo que ser necesariamente feliz.
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Al
bajar la cuesta, atravieso el encantador desorden de las casas y me voy
acercando hasta el mirador, que está justo al otro lado del pueblo;
las distancias aquí son muy pequeñas y en diez minutos se
puede cruzar de punta a punta, a pesar de las nuevas construcciones y
del empeño de algunos en que todos los pueblos de costa sean como
Benidorm. Bordeo un pequeño espigón quebrado que intenta
hacerle frente al mar y llego a la plaza del pueblo. En esta plaza se
instala la orquesta cuando son las fiestas y toca hasta que sale el sol
y la gente se cansa, que suele ser ya bastante de día. ¿Otra
más? —dicen siempre los músicos—. No tenéis
hartura, muchachos.
Y aunque este sol y esta brisa sean lo mejor que me vaya a pasar en mucho tiempo, tengo que irme. Ya recordaré y haré una imagen aún mejor de este sitio en mi cabeza. Y un día vendré con más tiempo, me digo, y hasta quizá venga para quedarme. Javier Egea recuerda su tiempo en La Isleta como un periplo de purificación interior, yo, con estar así de tranquilo, me conformo.
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————— (1)
EGEA, Javier, Troppo mare, Dauro, Granada, 2000, pág.
39. |